Versículo destacado
1 Corintios 13:4 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Tener amor es saber soportar; es ser bondadoso; es no tener envidia ni ser presumido ni orgulloso, "
1 Corintios 13:4
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
2 Y si tengo el don de profecía, entiendo todos los designios secretos de Dios y sé todas las cosas, y si tengo la fe necesaria para mover montañas, pero no tengo amor, no soy nada.
3 Y si reparto entre los pobres todo lo que poseo, e incluso si entrego mi propio cuerpo para tener de qué enorgullecerme, pero no tengo amor, de nada me sirve.
4 Tener amor es saber soportar; es ser bondadoso; es no tener envidia ni ser presumido ni orgulloso,
5 ni grosero ni egoísta; es no enojarse ni guardar rencor;
6 es no alegrarse de las injusticias, sino de la verdad.
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En estos versículos, el apóstol describe las cualidades y los efectos del amor cristiano. Lo hace para recomendarlo, a fin de que sepamos si tenemos esta gracia. Si no la tenemos, aun así debemos aprender a desear algo tan hermoso y no descansar hasta alcanzarlo. Es una gracia noble, y tiene muchas señales hermosas.
En primer lugar, el amor es paciente. Puede soportar el daño, la ofensa y la provocación sin volverse amargado, enojado ni vengativo. Le da firmeza a la mente y dominio sobre los sentimientos de ira, y produce una paciencia constante. En vez de apresurarse a devolver el mal, espera y confía en que su hermano mejore. Puede soportar muchos desprecios y descuidos de la persona que ama, y sigue esperando ver el bien que la paciencia puede producir.
El amor también es bondadoso. Es amable, generoso, cortés y servicial. «La ley de la bondad» está en sus labios, y tanto su corazón como su mano están abiertos. Está dispuesto a mostrar favor y hacer el bien. Busca maneras de ser útil; no solo aprovecha las oportunidades para ayudar, sino que sale a buscarlas. Esa es su manera normal de actuar. Es paciente cuando sufre injusticias y está dispuesto a prestar todo servicio bueno que esté a su alcance. Estos dos rasgos, la paciencia y la bondad, resumen buena parte de los demás.
El amor no tiene envidia. No se molesta cuando a otros les va bien, ya sea en sus dones, su buen carácter, su honra o sus posesiones. Si amamos a nuestro prójimo, no resentiremos su bienestar. Lo compartiremos y nos alegraremos por él. Su felicidad y su crecimiento en santidad aumentarán nuestro propio gozo, no lo disminuirán. La envidia nace de la mala voluntad, pero la bondad y la buena voluntad no pueden producirla. Un corazón decidido a hacer el bien a todos no puede desearle el mal a nadie.
El amor también reprime el orgullo y la jactancia. No presume ni se llena de una importancia exagerada. No se vuelve arrogante por lo que ha obtenido, ni reclama honra, poder o respeto que no le corresponden. No es grosero, despreciativo ni está ansioso por mirar a los demás por encima del hombro. Quienes aman de verdad a sus hermanos y hermanas les dan honra, como dice (Romanos 12:10). Actúan con humildad, como enseña (Filipenses 2:3), considerando a los demás como superiores a sí mismos. El amor verdadero aumenta nuestro respeto por los demás creyentes, y eso mantiene bajo control la vanidad y el orgullo.
La expresión traducida como «no se envanece» puede entenderse de más de una manera, y su significado exacto no está completamente establecido. Aun así, en cualquiera de sus sentidos, el amor verdadero se opone a esa actitud. Algunos entendían que significaba que el amor no provoca tumultos ni disturbios. El amor calma los sentimientos de ira en vez de encenderlos. Otros lo entendían como que el amor no actúa de manera astuta o engañosa, tratando de atrapar a las personas o agotarlas con presiones innecesarias. No es terco, conflictivo ni difícil de tratar. Algunos lo entendían como una apariencia falsa y aduladora: mostrar un rostro agradable y decir palabras bonitas sin verdad ni buena intención. El amor aborrece ese tipo de engaño, porque con frecuencia hace daño y siempre va en contra de la verdadera buena voluntad.
El amor también mantiene una conducta decente. No hace nada vergonzoso, degradante ni fuera de lugar. Actúa de una manera apropiada para el momento, el lugar y las personas involucradas. Muestra respeto a quienes tienen autoridad sobre nosotros, bondad y gentileza hacia quienes están bajo nuestra responsabilidad, y cortesía con todos. No pretende destruir el orden ni borrar las distinciones que Dios ha establecido entre las personas. Más bien, nos ayuda a comportarnos correctamente en nuestro propio lugar, ocuparnos de nuestros asuntos y evitar juzgar, corregir o despreciar a los demás. El amor no hace nada indigno de él.
El amor también es enemigo del egoísmo. No busca constantemente su propia alabanza, honra, beneficio o comodidad. Cierto grado de amor propio es natural, y Jesús mismo usa un amor propio correcto como medida para amar a los demás cuando dice: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Por eso, el apóstol no quiere decir que el amor elimine todo cuidado por nosotros mismos. Tampoco quiere decir que una persona amorosa nunca deba reclamar lo que le pertenece ni prestar atención a sus necesidades personales. Pero el amor nunca pone sus propios intereses por encima de los demás de una manera perjudicial. Muchas veces renuncia a su propia ventaja por el bien de otros. Prefiere su bienestar, su paz y su beneficio por encima de la ganancia personal, y siempre coloca el bien de todos, tanto en la vida civil como en la vida de la iglesia, por encima de la ventaja privada. No se elevará, se enriquecerá ni buscará satisfacerse a costa del bien común.
El amor también estabiliza y suaviza las pasiones. La expresión significa que no se irrita fácilmente. El amor enfría el temperamento áspero y serena la mente, para que la ira no surja rápidamente ni permanezca por mucho tiempo. Donde el amor es fuerte, la ira tiene menos espacio para crecer. El amor no se enoja sin causa y procura mantener los sentimientos dentro de límites apropiados, tanto en su intensidad como en su duración. La ira no puede permanecer fácilmente donde gobierna el amor. Es difícil seguir enojados con quienes amamos, y mucho más fácil dejar a un lado el resentimiento y hacer las paces.
El amor no piensa mal. No alimenta la malicia ni se entrega a la venganza, como algunos explican esta expresión. No se enoja con rapidez y nunca se inclina a devolver el daño. No saca apresuradamente conclusiones negativas sobre los demás. La frase también puede significar que no «calcula» el mal, construyendo un caso contra alguien a partir de insinuaciones y suposiciones cuando no hay pruebas claras. El amor verdadero no es naturalmente desconfiado ni celoso. Se inclina más a cubrir las faltas que ve que a buscar faltas ocultas. No alimenta la sospecha sin pruebas. Más bien, se inclina a creer lo mejor y evita aceptar acusaciones contra la persona que ama.
Es lento para pensar mal de otra persona, y lo hace con pesar cuando los hechos no pueden negarse. Nunca sospecha rápidamente del mal ni forma una mala opinión basándose solo en las apariencias. No atribuye a las cosas el peor significado posible. En cambio, procura explicar los asuntos dudosos de la manera más bondadosa y justa que honestamente puede.
El gozo del amor, o del amor cristiano, se manifiesta aquí de dos maneras. Primero, no se goza de la injusticia. No se complace en hacerle daño a nadie ni disfruta de los pecados o fracasos de los demás. No se burla de ellos para sentirse superior ni para alimentar un espíritu malicioso. Los pecados de otros deberían entristecer a un corazón amoroso, no entretenerlo. No hay crueldad peor que disfrutar la miseria de otra persona, y caer en pecado es una de las mayores desgracias que pueden sucederle a alguien.
Segundo, el amor se goza de la verdad. En el Nuevo Testamento, «la verdad» con frecuencia se refiere al evangelio, las buenas noticias de Cristo. El amor se alegra cuando el evangelio avanza y cuando transforma a las personas en hombres y mujeres buenos y honestos. Se complace al ver que la verdad y la justicia se extienden entre la gente, que los males se corrigen, que la confianza se restaura y que crece la verdadera piedad. Se deleita en lo recto y lo bueno.
El amor también todo lo sufre y todo lo soporta. Algunos entienden la primera expresión como «cubre todas las cosas», lo cual corresponde al sentido original. El amor oculta las faltas de los demás hasta donde lo permite el deber, como dice (1 Pedro 4:8): «El amor cubre una multitud de pecados». No se apresura a exponer las fallas de un hermano ni a divulgarlas. Solo la necesidad debería obligar a un corazón amoroso a hacerlo. Una persona bondadosa puede hablar en privado con un hermano acerca de sus faltas, pero se muestra muy poco dispuesta a hacerlas públicas.
El amor también soporta las ofensas sin alimentar la ira ni la venganza. Permanece paciente ante la provocación y se mantiene firme cuando recibe un mal trato. Puede soportar maldiciones, insultos, calumnias, prisión, exilio, cadenas, dolor e incluso la muerte misma por el bien de otros. El amor persevera con esta firmeza. ¡Qué fuerza y valor le da al corazón un amor ferviente! Por el bien de la persona amada, alguien que ama puede soportar mucho, pasar por alto muchos desprecios y enfrentar numerosos peligros y dificultades.
El amor todo lo cree y todo lo espera. Esto no significa que el amor deje de lado la prudencia y crea cualquier historia, como advierte (Proverbios 14:15) contra la confianza ingenua. La sabiduría puede convivir con el amor, y el amor puede actuar con cuidado. Pero el amor está dispuesto a pensar bien de las personas cuando no existe una razón clara para pensar lo contrario. Incluso cuando hay algunas señales preocupantes, todavía duda en creer lo malo mientras las pruebas no sean evidentes.
El amor está lleno de justicia. Procura sacar lo mejor de cada situación y dar a los asuntos la interpretación más bondadosa posible. Se inclina hacia una buena opinión hasta donde lo permite la razón, y solo acepta una mala opinión con mucha renuencia. Cuando no puede creer honestamente algo bueno de alguien, todavía espera lo mejor mientras haya alguna base para hacerlo. No abandona rápidamente un caso. Desea que cambien incluso las personas más malas, y por naturaleza tiende a esperar aquello que anhela.
Qué gracia y atractivo tiene el amor cristiano. Qué hermoso es el corazón lleno de esta bondad, que la expresa en cada aspecto de la vida. Feliz la persona cuyo corazón está lleno de este fuego celestial, cuyas palabras lo manifiestan y cuya manera de vivir transmite calidez a todos los que la rodean. El cristianismo se vería mucho más hermoso ante el mundo si quienes lo siguen fueran guiados más plenamente por este espíritu divino. Jesús dio este mandamiento como una señal principal de su pueblo: «Ámense unos a otros como yo los he amado» (Juan 13:34). «De este modo todos sabrán que son mis discípulos» (Juan 13:35). Qué triste es que tan pocos de quienes profesan seguir a Cristo sean reconocidos por esta señal.
De este capítulo
1 Corintios 13:1
"Si hablo las lenguas de los hombres e incluso de los ángeles, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido."
1 Corintios 13:2
"Y si tengo el don de profecía, entiendo todos los designios secretos de Dios y sé todas las cosas, y si tengo la fe necesaria para mover montañas, pero no tengo amor, no soy nada."
1 Corintios 13:3
"Y si reparto entre los pobres todo lo que poseo, e incluso si entrego mi propio cuerpo para tener de qué enorgullecerme, pero no tengo amor, de nada me sirve."
1 Corintios 13:5
"ni grosero ni egoísta; es no enojarse ni guardar rencor;"
1 Corintios 13:6
"es no alegrarse de las injusticias, sino de la verdad."
1 Corintios 13:7
"Tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo y soportarlo todo."
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