Versículo destacado
Amós 6:8 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" El Señor DIOS ha jurado por sí mismo, declara el SEÑOR, Dios de los ejércitos: «Aborrezco la excelencia de Jacob y odio sus palacios; por eso entregaré la ciudad con todo lo que hay en ella». "
Amós 6:8
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
6 beben vino en tazones y se ungen con los mejores ungüentos, pero no se afligen por la aflicción de José.
7 Por eso, ahora irán cautivos entre los primeros que vayan cautivos, y el banquete de los que se tendían será quitado.
8 El Señor DIOS ha jurado por sí mismo, declara el SEÑOR, Dios de los ejércitos: «Aborrezco la excelencia de Jacob y odio sus palacios; por eso entregaré la ciudad con todo lo que hay en ella».
9 Y sucederá que, si quedan diez hombres en una casa, morirán.
10 El tío de un hombre lo recogerá, y el que lo quema, para sacar los huesos de la casa; y le dirá al que está en los rincones de la casa: «¿Queda todavía alguien contigo?». Él responderá: «No». Entonces dirá: «Calla, porque no podemos mencionar el nombre del SEÑOR».
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En la primera parte de este capítulo vimos a los israelitas acomodados llenándose de placeres, como si nunca pudieran divertirse lo suficiente. Aquí vemos a Dios cargándolos de castigos, como si nunca pudieran sufrir lo suficiente. Observa cuán firmemente está fijada esta carga. No pueden quitársela de encima con su orgullo ni con su falsa confianza, porque está respaldada por el Señor DIOS de los ejércitos, cuya mano poderosa nadie puede resistir.
También está respaldada por un juramento, lo que hace definitiva la sentencia. El Señor DIOS ha jurado, y no cambiará de parecer. Como no podía jurar por nadie superior, juró por sí mismo. ¡Qué terrible es la condición de aquellos cuya ruina, incluso su ruina eterna, Dios mismo ha jurado, teniendo el poder de cumplir su propósito y sin que nadie pueda impedirlo!
Consideremos ahora cuán pesada es esta carga. Dios dice: «Aborrezco la excelencia de Jacob», es decir, todo aquello de lo que se jactaban y en lo que confiaban, todo lo que les hacía considerarse la nación principal. Su pertenencia externa al pueblo de Dios y los privilegios que la acompañaban, junto con su templo, altar y sacerdocio, eran la gloria de Jacob. Pero cuando todo eso fue contaminado por el pecado, Dios lo aborreció. Aborreció esa forma vacía de religión que los hipócritas mantienen mientras rechazan su poder verdadero.
Si aborrece su templo por causa del pecado asociado con él, no sorprende que aborrezca sus palacios por la injusticia y la opresión que allí se practicaban. Todo aquello que valoramos tanto que termina rivalizando con Dios se vuelve abominable para él. Aborrece las casas de los pecadores por la maldad de quienes viven en ellas: «La maldición del Señor está en la casa del malvado» (Proverbios 3:33). Y si Dios las aborrece, el resultado es claro: entregará la ciudad y todo lo que hay en ella al enemigo, que la devastará y se apoderará de sus riquezas. Aquellos a quienes Dios aborrece y abandona quedan arruinados en todo sentido.
También habrá una muerte grande y generalizada entre ellos. Si después de que la espada del enemigo haya pasado quedan diez hombres en una casa, aun así morirán, ya sea de hambre o de enfermedad. En tiempos difíciles, la gente podría esperar que al menos algunos de los miembros de una familia sobrevivieran, como en la expresión de que uno sería llevado y otro quedaría (Lucas 17:34-36). Pero aquí ni uno de los diez vivirá lo suficiente para enterrar a los demás. El juicio será tan severo que incluso los familiares más cercanos tendrán que envolver a los muertos y enterrarlos con sus propias manos, porque no habrá nadie más disponible.
Esto también muestra que los jóvenes morirán primero, pues el tío que queda suele ser el pariente de mayor edad. La escena presenta a un tío que llega con quien se encarga de sacar a los muertos y pregunta si queda alguien. La respuesta será: «No, este es el último. Toda la familia ha sido eliminada por la muerte; no queda raíz ni rama». Lo que hace todavía más triste el juicio es que sus corazones parecen endurecerse bajo él. Cuando alguien intenta hablar de la mano de Dios en medio de la calamidad, los demás responden, en efecto: «¡Cállate! No nos hables de esto. Ni siquiera mencionemos el nombre del Señor».
Están tan abrumados o tan endurecidos que no hablarán del nombre de Dios, ni siquiera en medio de su sufrimiento. Tal vez algún rey idólatra había prohibido mencionar al Señor, así como la ley de Moisés prohibía mencionar los nombres de los dioses falsos. En cualquier caso, esto revela una terrible dureza de corazón. Es una desgracia que las personas no estén dispuestas a mencionar el nombre de Dios ni a adorarlo, aun cuando su mano se manifiesta claramente contra ellas en la enfermedad y la muerte. Quienes no claman cuando Dios los ata solo acumulan más ira sobre sí mismos.
Sus casas también serán destruidas. Dios golpeará la casa grande, dejándola llena de grietas, y la casa pequeña, partiéndola en pedazos. Ambas perderán su belleza y su resistencia, y avanzarán hacia la ruina. Los palacios de los príncipes no están por encima del juicio de Dios, y las viviendas de los pobres no están demasiado abajo para escapar de él. Ninguna quedará fuera. Cuando el pecado ha marcado una casa para la ruina, Dios encontrará la manera de derribarla. Las brechas se abrirán porque él lo ha ordenado.
Si entendemos correctamente lo que está sucediendo, debemos decir: «El Señor es justo». Su castigo es merecido. Todos los métodos que Dios había usado para corregirlos habían fracasado. «¿Correrán los caballos sobre las rocas? ¿Se arará allí con bueyes?» Por supuesto que no, porque ningún beneficio compensaría tal esfuerzo. Dios había enviado a sus profetas para quebrantar sus corazones endurecidos, como se remueve la tierra sin cultivar. Pero ellos eran tan duros y obstinados como la roca. Los profetas ya no podían hacerles ningún bien, así que Dios dejaría de insistir de la misma manera. Como no querían ser corregidos, serían dejados a su suerte.
También habían usado mal su poder para perjudicar y oprimir a muchas personas, y el Juez justo no solo corregiría esa injusticia, sino que también la vengaría. Habían convertido la justicia en veneno y el fruto de la rectitud en ajenjo. Es doloroso ver a quienes recibieron la responsabilidad de administrar justicia aplastar la equidad con el mismo poder que debieron usar para defenderla. Volvieron contra la justicia la fuerza que debía sostenerla. Cuando nuestro servicio a Dios se corrompe por el pecado, es justo que la manera en que Dios trate con nosotros se vuelva amarga.
También se burlaban de los juicios de Dios y confiaban en sus propias fuerzas, como si pudieran enfrentarse al poder todopoderoso. Se alegraban de algo sin valor y se complacían pensando que ninguna calamidad les sobrevendría, aunque no tenían una razón sólida para confiar de esa manera. Ponían su esperanza en algo que realmente no podía sostenerlos.
En efecto, decían: «¿Acaso no hemos adquirido poder y honor? ¿No hemos derrotado a nuestros enemigos y seguido avanzando de victoria en victoria, todo por nuestra propia fuerza, habilidad, valor, riqueza y poder militar? ¿Por qué deberíamos temer a alguien? ¿Por qué tendríamos que hacerle lugar a alguien, incluso a Dios mismo?».
La prosperidad y el éxito suelen hacer que las personas se sientan seguras y orgullosas. Quienes han logrado mucho empiezan a pensar que pueden lograr cualquier cosa, aun sin Dios y hasta en contra de él. Pero todo el que confía en su propia fuerza se está alegrando de algo vacío, y al final lo descubrirá. Tal vez no dijeron estas palabras literalmente, pero ese era el lenguaje de su corazón y de sus acciones, y Dios entiende ambos.
El Señor DIOS de los ejércitos llevaría esta carga sobre ellos de manera fácil y eficaz; él es el Señor que dirige todos los ejércitos y todas las criaturas. Puede hacer todo lo que quiere y, cuando tiene una obra que realizar, nunca le faltan los medios para llevarla a cabo. Aunque eran la casa de Israel, levantaría contra ellos una nación a la que no habían temido: los asirios, en quienes con frecuencia habían confiado de manera equivocada. Esa nación los afligiría, los oprimiría con fuerza y les causaría dolor desde la entrada de Hamat, al norte, hasta el río del desierto, el río de Egipto, llamado también Sihor o Nilo, al sur.
Toda la nación había participado en el pecado, así que toda la nación debía esperar el castigo. Cuando las personas son usadas como instrumentos de sufrimiento contra nosotros, debemos reconocer que Dios las ha levantado. Están en su mano, como una vara o una espada. El Señor incluso había ordenado a Simei que maldijera a David (2 Samuel 16:10-11).
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De este capítulo
Amós 6:1
"¡Ay de los que viven tranquilos en Sion y confían en el monte de Samaria, los señalados como principales de las naciones, a quienes vino la casa de Israel!"
Amós 6:2
"Pasen a Calné y vean; de allí vayan a Hamat la Grande; luego bajen a Gat de los filisteos. ¿Son mejores que estos reinos? ¿Es su territorio mayor que el territorio de ustedes?"
Amós 6:3
"Ustedes alejan el día malo y acercan el asiento de la violencia;"
Amós 6:4
"se acuestan en camas de marfil, se tienden sobre sus divanes y comen los corderos del rebaño y los terneros de en medio del establo;"
Amós 6:5
"cantan al son de la viola e inventan para sí instrumentos musicales, como David;"
Amós 6:6
"beben vino en tazones y se ungen con los mejores ungüentos, pero no se afligen por la aflicción de José."
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