Versículo destacado
Jeremías 30:18 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Así dice el SEÑOR: Yo haré volver de la cautividad las tiendas de Jacob y tendré misericordia de sus moradas. La ciudad será edificada sobre su propio montón, y el palacio permanecerá conforme a su forma. "
Jeremías 30:18
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
16 Por tanto, todos los que te devoran serán devorados; y todos tus adversarios, cada uno de ellos, irán a la cautividad. Los que te saquean serán saqueados, y entregaré como presa a todos los que hacen presa de ti.
17 Porque te devolveré la salud y sanaré tus heridas, dice el SEÑOR, porque te llamaron Desechada, diciendo: «Esta es Sion, a quien nadie busca».
18 Así dice el SEÑOR: Yo haré volver de la cautividad las tiendas de Jacob y tendré misericordia de sus moradas. La ciudad será edificada sobre su propio montón, y el palacio permanecerá conforme a su forma.
19 De ellos saldrán acciones de gracias y la voz de los que se alegran. Yo los multiplicaré, y no serán pocos; también los glorificaré, y no serán pequeños.
20 Sus hijos serán como antes, y su congregación será establecida delante de mí; y castigaré a todos los que los oprimen.
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Aquí se nos dan nuevas señales del favor que Dios había reservado para su pueblo, una vez terminado su tiempo de sufrimiento.
En primer lugar, la ciudad y el templo serían reconstruidos (Jeremías 30:18). Las tiendas de Jacob y todos sus lugares de habitación habían sufrido el peso de la cautividad, porque quedaron en ruinas cuando el pueblo fue llevado lejos. Pero, cuando los exiliados regresaran, esas casas serían reparadas y levantadas de entre sus ruinas. Así Dios mostraría misericordia hacia los lugares que antes habían sido señales de su juicio.
Jerusalén sería edificada sobre su propia colina, en el mismo lugar donde había estado antes, aunque ahora pareciera un montón de escombros. Ese sitio era apropiado para una ciudad, y la ciudad volvería a levantarse allí. El que puede convertir una ciudad en un montón de ruinas (Isaías 25:2) también puede, cuando así lo decide, convertir nuevamente un montón de ruinas en una ciudad.
El palacio, es decir, el templo, el palacio del propio Dios, permanecería como antes. Sería reconstruido conforme al diseño antiguo, y allí continuaría el culto a Dios como en tiempos pasados.
En segundo lugar, las fiestas sagradas volverían a celebrarse (Jeremías 30:19). De la ciudad, del templo y de todas las casas de Jacob surgirían acciones de gracias y voces de alegría. Irían con gozo al culto en el templo y regresarían de allí con el mismo gozo. La voz de gratitud es también la voz de alegría, porque todo lo que nos produce felicidad debería llevarnos a alabar a Dios. Si alguien está alegre, que cante salmos. Lo que nos llena de gozo también debería movernos a dar gracias. Sirvan al SEÑOR con alegría.
En tercer lugar, el pueblo aumentaría en número y volvería a ser grande. Ya no sería pequeño ni escaso, sino numeroso, honorable y respetado entre las naciones. Dios dice: «Los multiplicaré y los honraré». Es una señal de honor para la iglesia que muchas personas sean añadidas a ella y reciban salvación. Incluso un pueblo que ha sido reducido considerablemente y despreciado puede ser multiplicado y honrado por Dios.
Serían restaurados a su dignidad anterior. Sus hijos serían como antes, jugando en las calles (Zacarías 8:5), y heredarían las propiedades y la posición de sus padres. Su comunidad quedaría firmemente establecida delante de Dios, tanto en la vida civil como en el culto. Siempre habría autoridades fieles en el consejo de los ancianos para mantener el orden, y adoradores fieles en la asamblea de los santos. Al pasar una generación, se levantaría otra, y así la comunidad permanecería establecida delante de Dios.
En cuarto lugar, serían bendecidos con un buen gobierno (Jeremías 30:21). Sus nobles y jueces surgirían de entre ellos mismos, de su propia nación, y ya no serían gobernados por extranjeros ni por enemigos. Su gobernante surgiría de su propio pueblo, alguien que hubiera compartido sus sufrimientos durante la cautividad. Esto señala a Cristo, nuestro gobernante, David nuestro Rey (Jeremías 30:9). Él es uno de nosotros en el sentido más verdadero, hecho semejante a sus hermanos en todo.
Dios dice: «Haré que se acerque». Esto puede entenderse de dos maneras. Puede referirse al pueblo, a Jacob e Israel. Dios volvería a acercarlos a él en el culto del templo, como lo habían estado antes, y los incorporaría nuevamente a su pacto como su pueblo (Jeremías 30:22). Los acercaría a sí mismo para que vivieran en comunión con él.
¿Quién ha dispuesto su corazón para esto, lo ha comprometido y se ha sujetado a ello para acercarse a mí? Muy pocos lo hacen. Nadie puede hacerlo sin que la gracia especial de Dios lo atraiga. Cada vez que nos acercamos a Dios en algún servicio santo, debemos disponer nuestro corazón para ello. El corazón debe estar preparado para el deber, concentrado en él y firmemente comprometido con él. Dios mira principalmente el corazón y lo exige, pero el corazón es inconstante y se desvía si no se cuida mucho y no se mantiene sujeto, como un sacrificio atado con cuerdas.
O bien, esto puede referirse al gobernante, puesto que se habla de una sola persona. Su gobernador sería llamado legítimamente a ocupar su cargo y se acercaría a Dios para buscar su dirección en cada asunto. Dios haría que se acercara, porque, de otro modo, ¿quién estaría dispuesto a asumir la responsabilidad por un pueblo tan débil y con tanta ruina sobre sus hombros? Pero cuando Dios tiene una obra que realizar, aun cuando esté llena de dificultades y motivos de desánimo, levanta a las personas necesarias para llevarla a cabo.
Esto también apunta más adelante a Cristo en su función de Mediador, es decir, aquel que se coloca entre Dios y su pueblo. La obra propia de Cristo es acercarse a Dios, no solo por sí mismo, sino por nosotros y en nuestro lugar, como el sumo sacerdote de nuestra confesión. Se dice que los sacerdotes se acercan a Dios (Levítico 10:3; Levítico 21:17), y Moisés también se acercó (Éxodo 20:21). Dios el Padre hizo que Jesucristo se acercara de esta manera como Mediador. Lo designó para esa obra, lo apartó para ella, lo ungió, lo aceptó y mostró que se agradaba de él.
Jesucristo, al ser enviado por el Padre para acercarse a Dios como Mediador, también dispuso su corazón para la obra. Es decir, se comprometió con ella y la asumió por completo, con todo su corazón y toda su alma, para que en el tiempo señalado fuera ofrecido como sacrificio por el pecado. Su propia disposición voluntaria, unida a la voluntad de su Padre y a su compasión por la humanidad caída, lo movió a realizar esta obra; y su propio honor lo mantuvo fiel a ella.
Esto también muestra que la emprendió con plena determinación, libremente y con alegría, considerando como nada las dificultades que se interponían en su camino (Isaías 63:3-5). En todo esto, Jesucristo es verdaderamente maravilloso. Bien podemos preguntarnos con admiración: ¿Quién es este que dispone su corazón para una tarea así?
En quinto lugar, volverían a entrar en pacto con Dios, conforme al pacto hecho con sus padres (Jeremías 30:22). «Ustedes serán mi pueblo», y es la buena obra de Dios en nosotros la que nos convierte en su pueblo, un pueblo para su nombre (Hechos 15:14). «Yo seré su Dios», y esta es la esencia de esa parte del pacto: la buena voluntad de Dios para con nosotros.
En sexto lugar, sus enemigos serían juzgados y humillados (Jeremías 30:20). Dios dice: «Castigaré a todos los que los oprimen», para que todos entiendan que es peligroso tocar a los ungidos de Dios (Salmo 105:15). Los dos últimos versículos pertenecen a este mismo tema. El torbellino del SEÑOR caerá con dolor sobre la cabeza de los malvados. Estos mismos versículos ya habían sido dados en Jeremías 23:19-20, donde advertían acerca de la ira de Dios contra los hipócritas malvados de Israel. Aquí se dirigen contra los opresores malvados de Israel. Su lenguaje coincide con Isaías 51:22-23, donde Dios dice: «Quitaré de tu mano la copa que te hace temblar y la pondré en la mano de quienes te afligen».
La ira de Dios contra los malvados se presenta aquí como algo terriblemente poderoso, semejante a un torbellino: repentino e imposible de resistir. También será muy dolorosa. Caerá con fuerza sobre sus cabezas, de modo que no solo se llenarán de temor, sino que también sufrirán daño. Además, seguirá persiguiéndolos. Por lo general, los torbellinos pasan rápidamente, pero este continuará avanzando.
La ira cumplirá aquello para lo que fue enviada. El enojo del SEÑOR no se apartará hasta que haya realizado su propósito. Sus designios de juicio, al igual que sus designios de amor, se cumplirán por completo. Él hará lo que su corazón ha planeado.
Quienes no tomen esto en serio ahora, más adelante no podrán apartar de su mente esta realidad. «En los últimos días» pensarán en ello, cuando ya será demasiado tarde para detener sus consecuencias.
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De este capítulo
Jeremías 30:1
"La palabra que vino a Jeremías de parte del SEÑOR, diciendo:"
Jeremías 30:2
"Así habla el SEÑOR, Dios de Israel, diciendo: Escribe para ti en un libro todas las palabras que te he hablado."
Jeremías 30:3
"Porque vienen días, dice el SEÑOR, en que haré volver de la cautividad a mi pueblo Israel y Judá, dice el SEÑOR; y haré que regresen a la tierra que di a sus padres, y ellos la poseerán."
Jeremías 30:4
"Estas son las palabras que el SEÑOR habló acerca de Israel y acerca de Judá."
Jeremías 30:5
"Porque así dice el SEÑOR: Hemos oído una voz de temblor, de miedo y no de paz."
Jeremías 30:6
"Pregunten ahora y vean si un hombre sufre dolores de parto. ¿Por qué veo a todo hombre con las manos sobre la cintura, como una mujer que está de parto, y todos los rostros convertidos en palidez?"
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