Versículo destacado
Hechos 9:10 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Había en Damasco cierto discípulo llamado Ananías. El Señor le dijo en una visión: «Ananías». Y él respondió: «Aquí estoy, Señor». "
Hechos 9:10
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
8 Saulo se levantó de la tierra y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía a ningún hombre. Entonces lo tomaron de la mano y lo llevaron a Damasco.
9 Estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió.
10 Había en Damasco cierto discípulo llamado Ananías. El Señor le dijo en una visión: «Ananías». Y él respondió: «Aquí estoy, Señor».
11 El Señor le dijo: Levántate, ve a la calle llamada Derecha y pregunta en casa de Judas por uno llamado Saulo, de Tarso, porque él está orando.
12 Y ha visto en una visión a un hombre llamado Ananías, que entra y pone su mano sobre él para que recobre la vista.
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La obra de Dios siempre llega a término. Si él la comienza, también la terminará. Una buena obra había comenzado en Saulo cuando fue llevado a los pies de Cristo y dijo: «Señor, ¿qué quieres que haga?». Cristo nunca abandona a nadie a quien ha llevado hasta ese punto. Saulo fue profundamente humillado al permanecer ciego durante tres días, pero no fue abandonado. Cristo cuida la obra de sus propias manos. El que hiere también sana; el que golpea también venda; el que convence de pecado también consuela.
Entonces se le dice a Ananías que vaya a ayudar a Saulo, porque el que causa dolor también mostrará misericordia. El hombre elegido es Ananías, un discípulo que vivía en Damasco. No era uno de los creyentes que habían sido expulsados de Jerusalén, sino un nativo de Damasco. Hechos 22:12 dice que tenía una buena reputación entre los judíos que vivían allí y que era un hombre devoto, conforme a la ley. Recientemente había aceptado el evangelio y se había entregado a Cristo. Parece que en esta ocasión también sirvió como ministro, aunque no había sido ordenado apostólicamente; es decir, no había sido nombrado formalmente por un apóstol.
¿Por qué no enviaron desde Jerusalén a alguno de los apóstoles para realizar esta importante tarea? ¿Por qué no enviaron a Felipe el evangelista, quien recientemente había bautizado al eunuco etíope? Sin duda, Cristo quiso usar a distintas personas en tareas importantes, para que el honor no se concentrara solamente en unos pocos. También quiso poner su obra en manos de creyentes comunes y poco conocidos, y así darles honra. De esta manera, nos enseña a valorar a los ministros que Dios ha puesto entre nosotros, si son fieles, aunque no sean los más famosos.
A Ananías se le dice que vaya a preguntar por Saulo de Tarso en una determinada casa, probablemente una posada. Cristo lo llama por su nombre en una visión (Hechos 9:10). Es probable que esta no fuera la primera vez que Ananías escuchaba la voz de Dios o veía una visión. Sin temor ni confusión, responde: «Aquí estoy, Señor», listo para ir adonde Cristo lo enviara y hacer todo lo que le mandara. Entonces Cristo le dice que vaya a la calle Recta y pregunte en la casa de Judas, donde se hospedaban los forasteros, por Saulo de Tarso. Cristo sabe muy bien cómo encontrar a los suyos en medio de sus dificultades. Cuando sus familiares no saben qué ha sido de ellos, tienen un Amigo en el cielo que conoce su calle, su casa e incluso su condición interior. Él conoce sus almas afligidas.
Se dan dos razones por las que Ananías debe ir a ayudar a aquel desconocido. En primer lugar, Saulo está orando, y la visita de Ananías será la respuesta a esa oración. Esta es una razón por la que Ananías no debe tenerle miedo, aunque más adelante vemos que sí le tenía temor (Hechos 9:13-14). En efecto, Cristo dice que Saulo se ha convertido: «Mira, está orando». La palabra «mira» expresa certeza: «Puedes estar seguro; ve y compruébalo». Cristo se agradó tanto al encontrar a Pablo orando que quiso que otros lo notaran, como el pastor que dice: «Alégrense conmigo, porque ya encontré mi oveja perdida». Esa palabra también muestra lo sorprendente de la situación: el hombre que poco antes respiraba amenazas y muerte ahora respiraba oración.
¿De verdad era sorprendente que Saulo orara? Había sido fariseo. Pero ahora oraba de una manera nueva. Antes solo había pronunciado oraciones; ahora realmente oraba. La vida nueva que Dios da siempre lleva a las personas a orar. Es tan imposible encontrar a una persona viva sin respiración como encontrar a un cristiano vivo sin oración. Si no hay respiración, no hay vida. Si no hay oración, no hay gracia.
Esta es también la razón por la que Ananías debe ir de inmediato. No es momento de demorar cuando un hijo está llorando. Saulo, como Efraín, está lamentándose por sí mismo, como un novillo joven que no ha sido entrenado para llevar el yugo y que se resiste al aguijón. Dios está diciendo: «Ve pronto y dile que es un hijo querido, un niño agradable, y que, aunque hablé contra él porque me perseguía, todavía lo recuerdo con profunda compasión» (Jeremías 31:18-20). Saulo estaba bajo convicción de pecado, temblando y asombrado. Cuando nuestro pecado se nos presenta con claridad, debe impulsarnos a orar. Además, estaba físicamente afligido: ciego y débil; y la Biblia dice: «¿Está afligido alguno entre ustedes? Que ore». Cristo había prometido que más adelante le dirían a Saulo lo que debía hacer (Hechos 9:6), y ahora Saulo ora pidiendo que envíen a alguien para enseñarle. Lo que Dios promete, debemos pedirlo en oración. Él quiere que le pidamos, especialmente su enseñanza y su dirección.
En segundo lugar, Saulo ya había visto en una visión a un hombre llamado Ananías que venía a devolverle la vista. Por eso, la visita de Ananías corresponderá con la visión de Saulo, y esto también procede de Dios (Hechos 9:12). Saulo vio a un hombre llamado Ananías, precisamente como el que estaba por llegar: en el momento indicado para ayudarlo y ponerle las manos encima para que pudiera volver a ver. Esta visión puede entenderse de dos maneras. Fue una respuesta inmediata a la oración de Saulo y mostró que Dios ya estaba manteniendo comunión con él por medio de la oración. Saulo le había hablado a Dios de su miseria, y Dios inmediatamente le mostró el propósito bondadoso de su gracia. Es un gran consuelo saber lo que Dios piensa de nosotros.
La visión también preparó a Saulo para recibir a Ananías. Lo aceptaría fácilmente como mensajero de Dios al saber de antemano que vendría un hombre con ese nombre. Es una gran bendición cuando Dios reúne a un médico espiritual con su paciente. Aquí, dos visiones obraron juntas para lograrlo. Cuando Dios hace esto por medio de su providencia, sin visiones, y lleva a un mensajero hasta un alma afligida —un intérprete, uno entre mil, que le muestre a la persona lo que es correcto—, debemos darle gracias y alabarlo.
Entonces Ananías objeta que debe ir, y el Señor le responde. Observemos con cuánta bondad el Señor permite que su siervo razone con él. Ananías dice que Saulo era un perseguidor muy conocido de los discípulos de Cristo (Hechos 9:13-14).
Había sido así en Jerusalén. «Señor, he oído a muchas personas hablar de este hombre —dice Ananías—, y todos cuentan cuánto daño les ha hecho a tus santos en Jerusalén». Saulo había sido el enemigo más feroz del evangelio allí. Había causado un gran daño a la iglesia, y la gente le tenía más miedo que a cualquier otra persona, incluso más que al sumo sacerdote. En ese momento, Saulo había llegado a Damasco con autoridad de los principales sacerdotes para arrestar a todos los que invocaban el nombre de Cristo y tratarlos como criminales.
Ananías no presenta esta objeción porque piense que Saulo no merece bondad. Cristo ya les había enseñado a devolver bien por mal y a orar por quienes los perseguían. Su preocupación era otra. Si Saulo era realmente un enemigo tan peligroso de los cristianos, ¿sería seguro que Ananías fuera a verlo? ¿No estaría entrando como un cordero en la boca de un león? Y si de esa manera se exponía al peligro, algunos podrían decir que había actuado imprudentemente. También se preguntaba si serviría de algo. ¿Podría cambiar alguna vez un corazón tan endurecido como el de Saulo? ¿Podría un hombre así ser realmente transformado?
Cristo responde de inmediato a la objeción: «No sigas diciéndome lo malo que ha sido. Yo lo sé muy bien. Ve pronto y ayúdalo en todo lo que puedas, porque es un instrumento escogido para mí». Esto significa que Cristo lo había escogido como instrumento para su servicio. Dios elige el instrumento que usará y tiene el derecho de escoger a las personas que designa para su obra (Juan 15:16). Saulo es un instrumento de honra, y no debe ser ignorado en su estado quebrantado e indefenso, como si fuera inútil o no tuviera esperanza.
Cristo tiene dos grandes propósitos para él. En primer lugar, Saulo realizará una obra importante. Llevará el nombre de Cristo ante los gentiles, es decir, ante las naciones que no son judías. Se convertirá en el apóstol de los gentiles y llevará el evangelio a las naciones. El nombre de Cristo es la bandera bajo la cual se reúnen las almas, y Saulo será uno de los que llevarán esa bandera. También dará testimonio de Cristo ante los reyes, entre ellos el rey Agripa y el propio César. Además, testificará ante los hijos de Israel, aunque ya haya muchos otros trabajando entre ellos.
En segundo lugar, Saulo sufrirá mucho por causa de Cristo. «Yo le mostraré cuánto tendrá que sufrir por causa de mi nombre». El que había perseguido a otros será perseguido. Las palabras de Cristo pueden significar que lo llevará a enfrentar esas pruebas, como en Salmo 60:3, o que le está advirtiendo de antemano para que el sufrimiento no lo tome por sorpresa. Quienes llevan el nombre de Cristo deben esperar llevar también la cruz por causa de ese nombre. Y muchas veces, quienes hacen más por Cristo son quienes más sufren por él. Saulo tendrá que sufrir muchas cosas, pero esto no pretende desanimarlo. Es como decirle a un soldado valiente, una vez que se ha alistado, que pronto irá a la batalla. Los sufrimientos de Saulo traerán honra a Cristo, ayudarán a la iglesia y serán compensados por el consuelo espiritual y la gloria eterna.
Así que Ananías va de inmediato a ver a Saulo, y la misión tiene éxito. Había presentado una objeción, pero cuando Cristo la respondió, la dejó de lado. Cuando se elimina la dificultad, no queda nada más que hacer sino avanzar y realizar la obra.
Ananías le comunica su mensaje a Saulo. Probablemente lo encuentra en cama y le habla como a un enfermo que necesita cuidado. Le impone las manos. Esto corresponde a la señal de que los creyentes impondrían las manos sobre los enfermos y estos sanarían (Marcos 16:18). Saulo había llegado para imponer violentamente las manos sobre los discípulos en Damasco, pero ahora un discípulo pone sobre él una mano de ayuda y sanidad. «Los sanguinarios odian al íntegro, pero los justos buscan su vida».
Ananías lo llama «hermano». Saulo ya participa de la gracia de Dios, aun antes de ser bautizado. Al recibirlo como hermano, Ananías muestra que Dios está dispuesto a recibirlo como hijo, aunque Saulo había sido blasfemo y perseguidor de los hijos de Dios. También le dice que el mismo Jesús que se encontró con él en el camino ahora lo ha enviado para llevarle consuelo. La misma mano que lo hirió ahora lo sana. La luz de Cristo dejó ciego a Saulo, pero solo para que pudiera ver de una manera nueva. El que puso barro sobre sus ojos ahora envió a Ananías para lavarlos y devolverle la vista.
Ananías también pudo haberle hablado a Saulo con las palabras del profeta Oseas: «Vengan, volvamos al Señor. Él nos ha desgarrado, pero nos sanará; nos ha herido, pero nos vendará. Después de dos días nos dará vida; al tercer día nos levantará, y viviremos delante de él» (Oseas 6:1-2). Ahora la medicina es suave, no áspera.
También le dice a Saulo que no solo recuperará la vista, sino que será lleno del Espíritu Santo. Saulo mismo ha de ser apóstol, y no debe quedar atrás de los principales apóstoles en cuanto a los dones espirituales. Por eso recibe de inmediato el Espíritu Santo, y no después por medio de los apóstoles, como ocurrió con otros. La imposición de manos de Ananías, antes del bautismo, fue el medio por el cual recibió este don.
Ananías ve el resultado de su misión en la bondad de Cristo hacia Saulo. Por la palabra de Ananías, Saulo queda libre de su encierro al recuperar la vista. Esto corresponde a la misión de Cristo de abrir la prisión a los que están cautivos (Isaías 61:1), explicada mediante el acto de dar vista a los ciegos (Lucas 4:18; Isaías 42:7). La obra de Cristo consiste en abrir los ojos de los ciegos y sacar de la prisión a los cautivos. Saulo queda libre del espíritu de esclavitud cuando recupera la vista, como lo demuestra la caída de las escamas de sus ojos. Todo sucede de inmediato, lo que muestra que la curación es milagrosa. Esta recuperación señala su rescate de la oscuridad de su vida antes de convertirse.
Cuando Saulo perseguía a la iglesia de Dios y vivía como fariseo, estaba ciego. No entendía el significado ni de la ley ni del evangelio, como Pablo diría después en Romanos 7:9. Cristo les decía con frecuencia a los fariseos que estaban ciegos, pero ellos no querían admitirlo. Decían: «Vemos» (Juan 9:41). Saulo fue rescatado de esa ceguera farisaica cuando Dios le hizo reconocerla.
La gracia de la conversión, es decir, el poder salvador de Dios que transforma el corazón de una persona, abre los ojos del alma y hace que caigan las escamas (Hechos 26:18). Abre los ojos de las personas y las hace pasar de las tinieblas a la luz. Esto era precisamente lo que Saulo sería enviado a hacer entre los gentiles al predicar el evangelio, así que primero tenía que experimentarlo en su propia vida. También salió de la oscuridad de su terror presente, mientras sentía la culpa en su conciencia y temía la ira de Dios. Durante tres días permaneció en tinieblas, como Jonás en el vientre del pez, pero ahora las escamas cayeron de sus ojos. La nube se disipó, y el Sol de justicia se levantó sobre su alma, trayendo sanidad en sus alas.
El bautismo de Saulo mostró su sumisión a Cristo. Al bautizarse, se puso bajo el gobierno de Cristo y se encomendó a su gracia. De esa manera entró en la escuela de Cristo, pasó a formar parte de su familia, se alistó bajo su bandera y se comprometió con él en toda circunstancia. El asunto quedó resuelto. Saulo era ahora discípulo de Cristo. Ya no se oponía a Cristo, sino que se entregaba por completo a su servicio y a su honra.
La buena obra que había comenzado en Saulo siguió adelante de una manera extraordinaria. Este cristiano recién nacido, aunque parecía nacido antes de tiempo, llegó rápidamente a la madurez. Primero, recuperó sus fuerzas físicas en Hechos 9:19. Había pasado tres días sin comer, y la pesada carga sobre su espíritu lo había debilitado. Pero después de comer, recobró las fuerzas. El Señor cuida del cuerpo, así que debemos mantenerlo en buenas condiciones. De ese modo puede servir al alma en la obra de Dios, y Cristo puede ser honrado en él (Filipenses 1:20).
Después, Saulo se unió a los discípulos en Damasco. Se relacionaba con ellos, conversaba con ellos, asistía a sus reuniones y participaba en su comunión. Poco antes había estado respirando amenazas y muerte contra ellos, pero ahora respiraba amor y afecto hacia ellos. El lobo ahora habita con el cordero, y el leopardo se acuesta junto al cabrito (Isaías 11:6). Quienes toman a Dios como su Dios también toman a su pueblo como su pueblo. Saulo se unió a los discípulos porque ahora veía su bondad y su valor, porque los amaba y porque crecía en conocimiento y gracia al estar con ellos. Al unirse abiertamente a ellos, también demostró públicamente que era discípulo de Cristo.
Luego predicó a Cristo en las sinagogas, como se relata en Hechos 9:20. Tenía un llamado extraordinario para esta obra, y Dios le dio dones extraordinarios para realizarla, pues Dios había revelado directamente a su Hijo en él y a él, para que lo predicara (Gálatas 1:15-16). Estaba tan lleno de Cristo que el Espíritu que habitaba en él lo impulsaba a predicar a Cristo a los demás, como Eliú, que tenía que hablar para sentirse aliviado (Job 32:20). Predicó en las sinagogas judías porque los judíos debían recibir primero el evangelio. Esas sinagogas eran sus lugares de reunión, y allí a menudo hablaban contra Cristo y castigaban a sus discípulos. El mismo Pablo había hecho esto muchas veces en todas las sinagogas (Hechos 26:11). Por eso enfrentó a los enemigos de Cristo precisamente donde mostraban mayor atrevimiento, y confesó abiertamente el cristianismo donde antes se había opuesto a él con más fuerza.
¿Qué predicaba? Predicaba a Cristo. Desde el principio de su ministerio se mantuvo fiel a esta única regla, y la conservó hasta el final: «No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor». No predicaba otra cosa sino a Cristo, y a este crucificado. Enseñaba que Cristo es el Hijo de Dios, su Hijo amado, en quien Dios se complace, y que solo somos aceptados en él, nunca separados de él.
El efecto en quienes lo escuchaban era asombro (Hechos 9:21). Decían: «¿No es este el hombre que destruyó en Jerusalén a los que invocaban este nombre? ¿Y ahora él mismo invoca este nombre y persuade a otros a hacer lo mismo?». ¡Qué cambio! Saulo entre los profetas. ¿Acaso no había llegado allí para apresar a todos los cristianos que pudiera encontrar y llevarlos atados ante los principales sacerdotes? Sí, eso era lo que había hecho. Nadie habría imaginado que algún día predicaría a Cristo de esa manera. Muchos debieron considerar esto una prueba contundente de la verdad del cristianismo. Un hombre que había sido un enemigo tan notorio de la fe ahora se convertía en un predicador capaz, firme y reflexivo de esa misma fe. Este cambio en su mente fue un milagro mayor que sanar el cuerpo de una persona, y darle un corazón nuevo fue algo mayor que darle otras lenguas.
Saulo también dejó confundidos a quienes se oponían a la enseñanza de Cristo, como se relata en Hechos 9:22. No sobresalía solamente desde el púlpito, sino también en las discusiones públicas. Dios le dio poder no solo para predicar la verdad, sino también para defenderla después de haberla predicado. Crecía en su comprensión del evangelio, y también se fortalecían sus deseos santos. Además, crecía en valentía, determinación y firmeza para defender el evangelio. Avanzó aún más debido a las críticas que recibió, mencionadas en Hechos 9:21. Sus nuevos amigos lo culpaban por haber sido antes un perseguidor, y sus antiguos amigos lo culpaban por haberse vuelto contra ellos. Pero, en vez de desanimarse por todo esto, Saulo se hizo más valiente, porque encontraba en sí mismo recursos suficientes para responder a sus peores acusaciones.
También hizo callar y avergonzó a sus oponentes, especialmente a los judíos que vivían en Damasco. Respondía a sus objeciones de una manera que convencía a quienes escuchaban con honestidad y los enfrentaba con argumentos que no podían contestar. En todas sus discusiones con los judíos, seguía demostrando que Jesús es el Cristo, el Ungido de Dios, el verdadero Mesías prometido a los antepasados. Lo demostraba una y otra vez, persuadiéndolos y confirmando la verdad mediante una enseñanza cuidadosa. Tenemos razones para pensar que muchos llegaron a la fe en Cristo por medio de su obra, y que ayudó a edificar la iglesia en Damasco, precisamente la iglesia que había ido a destruir. Así, del que devora salió comida, y del fuerte salió dulzura.
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De este capítulo
Hechos 9:1
"Mientras Saulo aún respiraba amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, fue al sumo sacerdote"
Hechos 9:2
"y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que, si encontraba a algunos de este Camino, fueran hombres o mujeres, pudiera llevarlos atados a Jerusalén."
Hechos 9:3
"Mientras viajaba, se acercó a Damasco, y de repente una luz del cielo resplandeció a su alrededor."
Hechos 9:4
"Cayó a tierra y oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?»"
Hechos 9:5
"Él dijo: «¿Quién eres, Señor?» Y el Señor dijo: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Duro te es dar coces contra los aguijones»."
Hechos 9:6
"Él, temblando y asombrado, dijo: «Señor, ¿qué quieres que yo haga?» Y el Señor le dijo: «Levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer»."
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