Versículo destacado

Hechos 9:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Mientras Saulo aún respiraba amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, fue al sumo sacerdote "

Hechos 9:1

menu_book El versículo en contexto

1 Mientras Saulo aún respiraba amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, fue al sumo sacerdote

2 y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que, si encontraba a algunos de este Camino, fueran hombres o mujeres, pudiera llevarlos atados a Jerusalén.

3 Mientras viajaba, se acercó a Damasco, y de repente una luz del cielo resplandeció a su alrededor.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Escuchamos mencionar a Saulo dos o tres veces en el relato de Esteban, porque el escritor estaba ansioso por llegar a contar su historia. Ahora llegamos a ella. No nos alejamos por completo de Pedro, pero desde este punto el libro tratará principalmente de Pablo, el apóstol a los gentiles, así como Pedro fue especialmente el apóstol a los judíos.

Saulo era su nombre hebreo, que significa «deseado». Sin embargo, como dice un antiguo escritor, era de muy baja estatura, muy diferente del rey Saúl, que era alto e imponente. Su nombre romano, usado entre los ciudadanos de Roma, era Pablo, que significa «pequeño». Nació en Tarso, una ciudad de Cilicia y una ciudad romana libre; él mismo era ciudadano libre de esa ciudad.

Tanto su padre como su madre eran judíos de nacimiento, por lo que podía llamarse «hebreo de hebreos». Pertenecía a la tribu de Benjamín, la tribu que permaneció leal a Judá. Primero estudió en Tarso, una ciudad conocida por su aprendizaje, casi como una pequeña Atenas. Allí aprendió filosofía y poesía griegas. Después lo enviaron a Jerusalén para estudiar teología, es decir, el estudio de Dios, y la ley judía.

Su maestro fue Gamaliel, un fariseo respetado. Pablo tenía capacidades naturales excepcionales y progresó mucho en sus estudios. También tenía un oficio: fabricaba tiendas de campaña, algo común entre los maestros judíos, como señala el doctor Lightfoot. Esto les ayudaba a ganarse la vida y a evitar la ociosidad. Este era el joven en quien la gracia de Dios obró el gran cambio que se describe aquí, aproximadamente un año después de la ascensión de Cristo, o quizá un poco más.

Primero se nos dice cuán malo era antes de su conversión; y, justo antes de ella, era verdaderamente muy malo. Era un enemigo acérrimo del cristianismo y hacía todo lo posible por destruirlo, persiguiendo a todos los que creían. En otros aspectos, era bastante decente. En cuanto a la justicia que enseñaba la ley, era intachable. Pero era blasfemo contra Cristo, perseguidor de los cristianos y cruel con ambos, como dice 1 Timoteo 1:13. Su conciencia estaba tan profundamente equivocada que pensaba que debía hacer lo que estaba haciendo contra el nombre de Jesús (Hechos 26:9), y que al hacerlo estaba sirviendo a Dios, tal como Jesús había anunciado (Juan 16:2).

Aquí vemos su odio y su enojo general contra la fe cristiana (Hechos 9:1). Todavía respiraba amenazas y muerte contra los discípulos del Señor. Las personas que perseguía eran los discípulos del Señor, y tan solo ese nombre bastaba para que los odiara. La persecución tomaba la forma de amenazas y matanza. Las amenazas ya son una forma de persecución (Hechos 4:17, 21), porque atemorizan a las personas y quebrantan su espíritu. Si Saulo no lograba alejarlas de Cristo mediante el miedo, las mataba. Las perseguía hasta la muerte (Hechos 22:4).

La expresión «respiraba» amenazas y muerte muestra que aquello se había convertido en su costumbre, casi en su manera natural de vivir. Parecía respirar ese ambiente como si fuera su propio elemento. Lo hacía con ardor y violencia, y hasta su aliento era dañino, como el de una criatura venenosa. Respiraba muerte contra los cristianos dondequiera que iba. Lanzaba su veneno contra ellos con furia (Salmo 12:4-5). Saulo todavía respiraba de esa manera, lo cual significa dos cosas. Primero, que seguía haciéndolo y no estaba satisfecho con la sangre que ya había derramado. Segundo, que pronto sería un hombre diferente, porque no podía continuar viviendo mucho tiempo con ese tipo de respiración.

En segundo lugar, vemos su plan específico contra los cristianos de Damasco. El evangelio había llegado recientemente a Damasco por medio de quienes huyeron después de la muerte de Esteban, y los creyentes de allí pensaban que estaban seguros y tranquilos. Las autoridades los dejaban en paz, pero Saulo no podía descansar si sabía que los cristianos vivían tranquilos. Así que, cuando oyó que estaban en Damasco, decidió perturbarlos.

Para hacerlo, le pidió al sumo sacerdote documentos oficiales (Hechos 9:1) que le permitieran ir a Damasco (Hechos 9:2). El sumo sacerdote no necesitaba mucha persuasión para perseguir a los cristianos, pues ya estaba dispuesto a hacerlo. Pero este perseguidor más joven parecía actuar con más ímpetu que el mayor. Los líderes en el pecado suelen ser los peores pecadores, y los seguidores que hacen los escribas y los fariseos muchas veces son peores que ellos mismos.

Pablo dice en Hechos 22:5 que esta autoridad provenía de todo el consejo de ancianos, y estaba orgulloso de llevar una comisión dirigida a él, con el sello del gran Sanedrín, el consejo gobernante de los judíos. La comisión le daba poder para registrar las sinagogas, o reuniones judías, de Damasco y averiguar si allí había personas que apoyaran esta nueva secta o «camino» y creyeran en Cristo. Si encontraba a alguien, hombre o mujer, debía llevarlo atado a Jerusalén para que el gran consejo lo juzgara conforme a la ley.

Observemos que a los cristianos se les llama «los del Camino». Esto puede deberse a que los creyentes usaban ese nombre para referirse a sí mismos, ya que Cristo es el Camino. También puede significar que se veían a sí mismos todavía en camino, sin haber llegado aún a su hogar. O quizá sus enemigos usaban esa palabra para hacer que el cristianismo pareciera un camino separado, una desviación, un partido o una facción.

El sumo sacerdote y el Sanedrín afirmaban tener autoridad sobre los judíos en todos los países, y las sinagogas de todas partes respetaban esa autoridad en asuntos religiosos, incluso cuando se encontraban fuera del dominio civil de la nación judía. De la misma manera, el papa romano reclama ahora una clase de autoridad semejante a la que reclamaba aquel sacerdote judío, aunque no tiene un fundamento real para hacerlo.

Mediante esta comisión, se debía perseguir a cualquiera que adorara a Dios según lo que ellos llamaban herejía, aunque su adoración coincidiera con la enseñanza original de la misma iglesia judía. Hombres y mujeres por igual debían ser perseguidos. Incluso las mujeres, que quizá esperaban recibir alguna compasión en un asunto así, no encontraron ninguna de parte de Saulo, tal como tampoco la encontraron ante perseguidores posteriores con el mismo espíritu. Debía llevarlos a todos atados a Jerusalén, como si fueran grandes criminales. Esto probablemente los aterrorizaría aún más y también aumentaría el honor de Saulo, pues parecería que él tenía autoridad sobre la fuerza que se los llevaría y continuaría respirando amenazas y muerte.

Esto era lo que Saulo hacía cuando la gracia de Dios obró en él ese gran cambio. Por eso, no debemos desesperar de que la gracia renovadora alcance ni siquiera a los peores pecadores. Y esos pecadores tampoco deben desesperar de la misericordia perdonadora de Dios, aun por causa del pecado más grande. Pablo mismo recibió misericordia para servir de ejemplo (1 Timoteo 1:13).

En segundo lugar, vemos cuán repentina y extraordinaria fue esta bendita transformación. No ocurrió por medios ordinarios, sino mediante milagros. La conversión de Pablo es una de las grandes maravillas de la iglesia. Aquí se nos dice dónde y cuándo ocurrió: mientras viajaba y se acercaba a Damasco, Cristo se encontró con él allí.

Estaba en el camino, viajando, no en el templo, ni en la sinagoga, ni reunido con los cristianos. La conversión no está limitada a la iglesia, aunque el ministerio público suele ser un medio que Dios usa para producirla. Algunas personas son llevadas de nuevo a Dios mientras duermen, acostadas en sus camas (Job 33:15-17), y otras mientras viajan solas por el camino. Allí hay espacio para reflexionar seriamente, igual que en una cama, y el Espíritu puede encontrarnos allí, porque va adonde quiere.

Algunos han señalado que Saulo recibió la palabra en un lugar abierto para que nadie pudiera sospechar que había engaño o fraude. También estaba cerca de Damasco, casi al final de su viaje, listo para entrar en la ciudad principal de Siria. Algunos han observado que el hombre que llegaría a ser el apóstol a los gentiles, es decir, a las naciones no judías, fue convertido a Cristo en una tierra gentil. Damasco había sido conocida en otro tiempo por perseguir al pueblo de Dios, cuando golpearon a Galaad con herramientas de hierro (Amós 1:3), y probablemente volvería a ser conocida por algo semejante.

Saulo también se encontraba en una misión perversa, avanzando con su plan contra los cristianos de Damasco y esperando destruir aquella nueva vida del cristianismo allí. Esto muestra que la gracia de Dios a veces obra en los pecadores cuando se encuentran en su peor momento y profundamente involucrados en sus planes más pecaminosos. Eso da gloria tanto a la misericordia como al poder de Dios.

Las crueles órdenes que Saulo llevaba estaban a punto de cumplirse, pero ahora fueron detenidas felizmente. Esto fue una gran bondad para los pobres creyentes de Damasco, que habían oído que él venía, como más tarde lo mostró Ananías (Hechos 9:13-14). Le tenían miedo como los corderos le temen a un lobo hambriento, y la conversión de Saulo fue, por el momento, su seguridad. Cristo tiene muchas maneras de rescatar del peligro a las personas piadosas, y a veces lo hace cambiando a quien las amenaza. Puede calmar por un tiempo un corazón violento (Salmo 76:10), como en varias ocasiones ablandó al Saúl del Antiguo Testamento hacia David (1 Samuel 24:16; 1 Samuel 26:21), o puede renovar por completo ese corazón, como lo hizo aquí con Saulo.

También fue una gran misericordia para el mismo Saulo que Dios lo detuviera antes de que llevara a cabo su malvado plan. Si hubiera continuado, quizá ese habría sido el momento en que colmara la medida de su pecado. Debemos considerar una clara señal del favor de Dios que él nos impida, ya sea por su gracia interior o por circunstancias externas, llevar a cabo un propósito pecaminoso (1 Samuel 25:32).

Entonces Cristo se le apareció en gloria. Aquí solo se nos dice que una luz del cielo resplandeció alrededor de él, pero lo que sigue muestra que el Señor Jesús estaba en esa luz y se le apareció en el camino (Hechos 9:17). Saulo vio al Justo, a Jesús (Hechos 22:14; Hechos 26:13). No sabemos si lo vio a lo lejos, como Esteban lo vio en el cielo, o más cerca, en el aire. No contradice la verdad de que el cielo debe recibir a Cristo hasta el fin de los tiempos (Hechos 3:21) pensar que, en una ocasión tan extraordinaria, él se presentó brevemente de manera personal en este mundo. Pablo necesitaba ver al Señor para ser apóstol, y sí lo vio (1 Corintios 9:1; 1 Corintios 15:8).

Esta luz resplandeció sobre él de repente, sin advertencia. Cristo a menudo se revela a las almas atribuladas de una manera repentina e inesperada, adelantándose a ellas con la bondad de su misericordia. Así les sucedió también a los discípulos a quienes llamó. Como dice el Cantar de los Cantares: «Antes de darme cuenta» (Cantar de los Cantares 6:12). Era una luz del cielo, del origen de toda luz, del Dios del cielo, el Padre de las luces. Era más brillante que el sol (Hechos 26:13), pues se hizo visible al mediodía y superó al sol en toda su fuerza y gloria (Isaías 24:23).

La luz resplandeció a su alrededor, no solo sobre su rostro. Hacia cualquier lado que se volviera, estaba rodeado por ella. Esto tenía el propósito no solo de asustarlo y captar su atención, sino también de representar cómo su mente sería iluminada con el conocimiento de Cristo. El diablo se acerca al alma en la oscuridad y usa la oscuridad para mantenerla bajo su control. Cristo viene en luz, porque él mismo es la luz del mundo, resplandeciente y glorioso para nosotros como la luz. En esta nueva creación, igual que en la primera creación del mundo, la luz aparece primero (2 Corintios 4:6). Por eso todos los cristianos son llamados hijos de la luz e hijos del día (Efesios 5:8).

Entonces Saulo fue humillado y arrojado al suelo. Cayó a tierra (Hechos 9:4). Algunos piensan que iba caminando y que la luz repentina, quizá acompañada de un trueno, lo asustó tanto que no pudo mantenerse en pie y cayó de rostro. Por lo general, esa es una postura de adoración, pero aquí fue una postura de asombro y conmoción. Es más probable que fuera montado, como Balaam cuando fue a maldecir a Israel, y quizá en una cabalgadura mejor que la de Balaam. Saulo iba en una misión oficial, tenía prisa y el viaje era largo, así que probablemente no iba caminando.

La luz repentina debió asustar al animal y hacer que lo arrojara al suelo. Fue una muestra de la bondadosa providencia de Dios que Saulo no resultara gravemente herido en la caída. Los ángeles tenían el encargo especial de protegerlo, para que ninguno de sus huesos se quebrara. Hechos 26:14 muestra que todos los que iban con él también cayeron a tierra, aunque el propósito principal era tratar con Saulo. Esto puede entenderse como el efecto de la aparición de Cristo y de la luz que lo rodeaba. La venida de Cristo a las pobres almas las humilla. Hace que piensen menos de sí mismas y se sometan más plenamente a la voluntad de Dios. Job dijo: «Ahora mis ojos te ven», y entonces se despreció a sí mismo. Isaías dijo: «Vi al Señor» en su trono, y luego exclamó: «¡Ay de mí! ¡Estoy perdido!».

Esto también fue un paso hacia el honor que Saulo recibiría en el futuro. No solo llegaría a ser cristiano, sino también ministro, apóstol y un gran apóstol; por eso primero tenía que ser derribado. A quienes Cristo planea honrar más, a menudo los humilla primero. A quienes están destinados a crecer profundamente en conocimiento y gracia, a menudo primero les hace reconocer su propia ignorancia y pecado. A quienes Dios planea usar, primero les hace sentir que no son dignos de ser usados.

Entonces Saulo fue llamado a rendir cuentas. Como si la caída lo hubiera puesto bajo custodia y lo hubiera llevado ante el Juez, oyó una voz que le hablaba, y esa voz estaba dirigida a él solamente. Los demás oyeron el sonido (Hechos 9:7), pero no entendieron las palabras (Hechos 22:9): «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?».

Observemos que Saulo no solo oyó una luz del cielo, sino también una voz del cielo. Dondequiera que Dios mostraba su gloria, también hablaba su palabra (Éxodo 20:18); hizo lo mismo con Moisés (Números 7:89) y con los profetas. Dios nunca se reveló únicamente mediante señales silenciosas, porque da a su palabra un honor mayor que a cualquier manifestación visible. Lo que las personas veían siempre tenía el propósito de conducirlas a lo que Dios decía.

Saulo oyó una voz, y la fe viene por el oír. Por eso se dice que el Espíritu se recibe al oír con fe (Gálatas 3:2). La voz que oyó era la voz de Cristo. Cuando Saulo vio al Justo, también oyó la voz de su boca (Hechos 22:14). La palabra que oímos es de mayor provecho cuando la escuchamos como la voz de Cristo (1 Tesalonicenses 2:13). Es la voz de mi amado, y ninguna otra voz puede llegar al corazón de la misma manera. Ver y oír son las dos formas principales en que aprendemos, y Cristo usó ambas para entrar en el corazón de Saulo.

Lo que Saulo oyó fue profundamente despertador. Cristo lo llamó por su nombre, y repitió el nombre: «Saulo, Saulo». Algunos piensan que esto también aludía al gran enemigo de David cuyo nombre llevaba. Saulo realmente era un segundo Saúl, tan hostil al Hijo de David como el primer Saúl lo había sido con David. Llamarlo por su nombre mostró la atención personal de Cristo hacia él, como si le dijera: «Te he llamado por tu nombre, aunque tú no me conoces» (Isaías 45:4; ver Éxodo 33:12). Esto llevó la convicción hasta su conciencia y no dejó ninguna duda sobre quién le hablaba. Lo que Dios dice en general nos hace bien cuando lo aplicamos a nosotros mismos, como si hubiera pronunciado nuestro propio nombre. Cuando dice: «¡Oigan, todos!», también ha dicho: «¡Oye tú, tal persona!». Así ocurrió con Samuel, Samuel, y con Saulo, Saulo.

La repetición del nombre también muestra, en primer lugar, cuán profundamente dormido estaba Saulo. Necesitaba que lo llamaran una y otra vez, como a la tierra en Jeremías 22:29: «¡Tierra, tierra, tierra!». En segundo lugar, muestra la tierna preocupación de Cristo por recuperarlo. Habla con urgencia, como cuando dijo: «Marta, Marta» (Lucas 10:41), «Simón, Simón» (Lucas 22:31), o «Jerusalén, Jerusalén» (Mateo 23:37). Le habla a Saulo como a alguien en grave peligro, de pie al borde de un hoyo y a punto de caer en él. Es como si le dijera: «Saulo, Saulo, ¿sabes adónde vas o qué estás haciendo?».

Luego viene la acusación: «¿Por qué me persigues?». Antes de que Saulo fuera hecho santo, tenía que ver que era pecador, y un gran pecador: un pecador contra Cristo. Ahora vio en sí mismo una falta que nunca antes había visto, y el pecado cobró vida mientras él era humillado. Una conciencia humillada del pecado es el primer paso hacia un cambio salvador que nos aparta del pecado. Cristo lo convence de un pecado específico, aquel del que era más abiertamente culpable y que incluso había defendido. Eso abre el camino para que sea convencido de los demás.

El pecado señalado es la persecución: «¿Por qué me persigues?». Es una pregunta amorosa, pero penetrante, suficiente para quebrantar un corazón endurecido. Observemos, primero, al pecador. Eres tú, alguien que no se encuentra simplemente entre la multitud ignorante que sigue todo lo que se vuelve popular, sino alguien que ha recibido una buena educación, tiene grandes capacidades y conoce las Escrituras. Eso hace que el pecado sea peor. En segundo lugar, observemos contra quién se ha pecado. Es contra Cristo, quien nunca le hizo daño a Saulo, quien vino del cielo a la tierra para hacerle bien y quien recientemente había sido crucificado por él. ¿No era eso suficiente? ¿Acaso Saulo tenía que volver a crucificarlo? En tercer lugar, observemos la naturaleza del pecado y cuánto tiempo había continuado. Era persecución, y Saulo seguía decidido a llevarla adelante. En ese momento no estaba arrastrando a nadie a la cárcel ni matándolo, pero ese era precisamente el propósito de su viaje a Damasco. Ya lo estaba planeando y se complacía al pensar en ello. Dios considera que quienes planean hacer el mal ya están haciendo el mal.

La pregunta también lo reprende: «¿Por qué haces esto?». Es una queja: «¿Por qué tratas de manera tan injusta y cruel a mis discípulos?». Cristo no se quejó tanto de quienes lo persiguieron en su propio cuerpo como de quienes lo perseguían en su pueblo. Lo considera el pecado de Saulo mismo: «¿Por qué eres tan enemigo de ti mismo y de tu Dios?». Los pecados de los pecadores son una carga pesada para el Señor Jesús. Le causan dolor (Marcos 3:5), y lo oprimen (Amós 2:13).

También es una pregunta que convence de pecado: «¿Por qué haces esto? ¿Puedes dar alguna buena razón para hacerlo?». Es sabio preguntarnos con frecuencia por qué hacemos ciertas cosas. Eso nos ayuda a ver cuán irracional es el pecado. De todos los pecados, perseguir a los seguidores de Cristo es uno de los más absurdos. Y es aún más vergonzoso cuando las personas no se dan cuenta de que, al perseguirlos, están persiguiendo al mismo Cristo. Quienes destruyen al pueblo de Dios no tienen entendimiento (Salmo 14:4). Saulo pensaba que solo estaba atacando a un grupo de personas débiles y necias que molestaban a los fariseos. No se daba cuenta de que estaba insultando a alguien que estaba en el cielo. Si lo hubiera sabido, no habría perseguido al Señor de gloria. Quienes persiguen a los santos persiguen al mismo Cristo, y él considera que lo que se les hace a ellos se le hace a él. Ese será el criterio en el gran juicio (Mateo 25:45).

Entonces Saulo pregunta: «¿Quién eres, Señor?». No responde directamente a la acusación, porque su conciencia ya lo ha declarado culpable y lo ha dejado sin nada que decir. Cuando Dios nos confronta con nuestros pecados, no podemos responder ni siquiera por uno de mil, mucho menos por un pecado como la persecución. Cuando la convicción se afirma con fuerza en la conciencia, silencia las excusas y la defensa propia. Aunque yo fuera justo, no podría responder.

Sin embargo, Saulo quiere saber quién lo está juzgando. Se dirige a él con respeto: «Señor». El hombre que antes había blasfemado el nombre de Cristo ahora le habla como al Señor. La pregunta misma es apropiada: «¿Quién eres?». Muestra que Saulo todavía no conoce a Cristo. No reconoce su voz como la reconocen las ovejas, pero desea conocerlo. La luz que lo rodea lo ha convencido de que quien habla ha venido del cielo, y honra todo lo que parece venir del cielo. Por eso pregunta: «Señor, ¿quién eres? ¿Cuál es tu nombre?» (Jueces 13:17; Génesis 32:29). Hay esperanza para una persona cuando comienza a preguntar por Jesucristo.

De inmediato Cristo responde, y en su respuesta vemos su bondadosa autorrevelación. Él siempre está dispuesto a responder a quienes lo buscan con sinceridad y desean conocerlo: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues». El nombre Jesús no era desconocido para Saulo. Su corazón se había levantado muchas veces contra ese nombre, y con gusto lo habría borrado de su memoria.

Saulo conocía el nombre que había estado persiguiendo, pero no esperaba oírlo desde el cielo ni en medio de una gloria tan resplandeciente. Cristo lleva a las personas a tener comunión con él al mostrarse a ellas. Primero dijo: «Yo soy Jesús, el Salvador»; o, como aparece en Hechos 22:8: «Jesús de Nazaret». Saulo había usado ese nombre con desprecio, pero ahora Cristo le dice, en efecto: «Yo soy ese mismo Jesús». Incluso en su gloria, Cristo no se avergüenza de la vergüenza que una vez llevó.

En segundo lugar, Cristo dice: «Yo soy el Jesús a quien persigues; así que sigue por ese camino bajo tu propio riesgo». Nada despierta y humilla más el corazón que comprender que el pecado está dirigido contra Cristo mismo: es un insulto personal contra él y una lucha contra sus propósitos. Las palabras de Cristo derribaron a Saulo porque le mostraron su culpa bajo su verdadera luz.

Cristo también le da a Saulo una reprensión suave: «Te es difícil dar coces contra el aguijón». El aguijón era una vara puntiaguda que se usaba para hacer avanzar a los animales; dar coces contra ella solo les causaba más dolor. Esto describe a quienes resisten a su conciencia, se rebelan contra la verdad y los mandamientos de Dios, luchan contra su providencia u oponen resistencia a sus siervos porque han sido reprendidos. Cuando las personas siguen endureciéndose después de que Dios las hiere por medio de su palabra o su disciplina, están dando coces contra el aguijón y acumulando dificultades para sí mismas.

Finalmente, Saulo se entrega al Señor Jesús (Hechos 9:6). Después de que Cristo trató con él, temblaba, como tiembla una persona profundamente aterrorizada. La convicción intensa, cuando el Espíritu Santo la hace penetrar en lo más profundo, hace temblar al alma despertada. Es difícil reaccionar de otra manera cuando una persona ve que Dios está contra ella, que toda la creación parece estar en su contra y que su propia alma está al borde de la ruina.

También estaba asombrado, como si hubiera sido llevado a un mundo nuevo. La obra de Cristo al convencer y convertir a un pecador está llena de asombro para el corazón que ha despertado. El alma se pregunta: «¿Qué ha hecho Dios conmigo y qué hará después?».

Entonces Saulo le dice a Jesús: «Señor, ¿qué quieres que haga?». Esto puede entenderse como una petición sincera de instrucción. Está diciendo: «Señor, he estado equivocado. Me has mostrado mi error; ahora enséñame el camino al perdón y a la paz». Se parece al clamor de Hechos 2:37: «Hermanos, ¿qué debemos hacer?». Un deseo genuino de que Cristo enseñe el camino de la salvación es una buena señal de que la gracia ha comenzado a obrar en el alma.

También puede entenderse como una entrega total al gobierno de Cristo. Esta fue la primera expresión de la gracia en Pablo, y con ella comenzó su nueva vida espiritual. Ya no pregunta qué quieren el sumo sacerdote y los ancianos, ni qué desean sus propias pasiones, sino qué quiere Cristo. El gran cambio de la conversión ocurre en la voluntad, cuando esta se entrega a la voluntad de Cristo.

Cristo responde con una instrucción general: «Levántate y entra en Damasco; allí te dirán lo que debes hacer». La promesa de recibir más instrucciones era suficiente aliento, pero Saulo no las recibiría todas de una vez. Primero debía detenerse y reflexionar en lo que ya había oído, y ser profundamente humillado por haber perseguido a Cristo. Después se le diría qué más debía hacer. Cristo también le estaba dando el resto de una manera más suave. No volvería a recibirlo por medio de una voz del cielo, porque en ese momento no podía soportar semejante terror. Se lo comunicaría un hombre como él, cuya presencia no lo abrumaría. Cristo suele revelarse a su pueblo poco a poco; quizá ahora no sepan lo que él hace ni lo que les pide, pero después lo entenderán.

Los compañeros de viaje de Saulo también fueron afectados por el acontecimiento. Cayeron al suelo como él, pero se levantaron sin que nadie se los ordenara, a diferencia de Pablo, que permaneció en el suelo hasta que Cristo le dijo que se levantara. Pablo llevaba la carga más pesada. Una vez de pie, permanecieron en silencio, confundidos y aturdidos. Habían emprendido la misma misión malvada que Pablo y quizá compartían, hasta donde podían, su odio. Sin embargo, ninguno parece haberse convertido, aunque vieron la luz, fueron derribados y quedaron en silencio por ella. Las señales externas, por sí solas, no cambian el corazón sin el Espíritu y la gracia de Dios.

Escucharon un sonido, pero no vieron a nadie. Oyeron hablar a Pablo, pero no vieron a aquel con quien hablaba ni entendieron claramente el mensaje. Esto concuerda con Hechos 22:9, donde se dice que vieron la luz y tuvieron miedo, algo que podían hacer sin ver a nadie dentro de ella. También dice que no oyeron la voz en el sentido de comprender sus palabras, aunque sí escucharon un sonido. Así, estos hombres que habían venido a ayudar a Pablo en su furia contra la iglesia terminaron siendo testigos del poder de Dios sobre él.

Entonces Saulo se levantó del suelo cuando Cristo se lo ordenó, aunque probablemente necesitó ayuda porque la visión lo había dejado débil y sin fuerzas. Cuando abrió los ojos, descubrió que no podía ver. Ni siquiera podía ver a los hombres que estaban con él, así que tuvieron que empezar a guiarlo. Esto no se debió simplemente al resplandor de la luz, pues probablemente también los habría dejado ciegos a ellos. Más bien, fue la visión de Cristo, a quien los demás no vieron, la que dejó ciego a Saulo por un tiempo.

Cuando Pablo vio la gloria de Dios en el rostro de Cristo, todo lo demás en la tierra pareció apagarse frente a ella. Para conocer más plenamente a Cristo y recibir su evangelio con mayor profundidad, Cristo primero apartó a Pablo de otras cosas que podía ver. Pablo tuvo que dejar de mirar lo que era inferior para fijar sus ojos únicamente en Jesús.

Lo llevaron de la mano hasta Damasco. No sabemos si lo llevaron a una casa pública o a la casa de algún amigo. El hombre que había planeado llevarse presos a los discípulos de Cristo ahora era conducido como un prisionero a Damasco. De esta manera aprendió cuánto necesitaba la gracia de Cristo para guiar su alma, pues por naturaleza estaba ciego y era propenso a equivocarse.

Permaneció sin ver y sin comer. Durante tres días no comió ni bebió (Hechos 9:9). No creo, como algunos creen, que este haya sido el momento en que tuvo la visión del tercer cielo que más tarde menciona (2 Corintios 12). Más bien, parece probable que estuviera bajo una profunda angustia, experimentando los terrores de Dios por sus pecados, que ahora se presentaban ante él uno por uno. No estaba seguro de su propia condición espiritual, y estaba tan herido en su espíritu que no podía hallar consuelo en la comida ni en la bebida.

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