Versículo destacado
Hechos 28:23 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Después de fijar un día con él, muchos acudieron a su alojamiento. Desde la mañana hasta la tarde, él les explicó y les dio testimonio del reino de Dios, tratando de persuadirlos acerca de Jesús tanto por la ley de Moisés como por los profetas. "
Hechos 28:23
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
21 Ellos le dijeron: Nosotros no hemos recibido de Judea cartas acerca de ti, ni ninguno de los hermanos que han venido ha informado o hablado ningún mal acerca de ti.
22 Pero deseamos oír de ti lo que piensas, porque sabemos que en todas partes se habla contra esta secta.
23 Después de fijar un día con él, muchos acudieron a su alojamiento. Desde la mañana hasta la tarde, él les explicó y les dio testimonio del reino de Dios, tratando de persuadirlos acerca de Jesús tanto por la ley de Moisés como por los profetas.
24 Algunos creyeron las cosas que se decían, pero otros no creyeron.
25 Como no estaban de acuerdo entre ellos, se retiraron después de que Pablo dijo una palabra: Bien habló el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías a nuestros padres,
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Este es un breve relato de una larga conversación que Pablo tuvo con los judíos en Roma acerca de la fe cristiana. Ellos ya estaban predispuestos contra ella porque se hablaba en su contra por todas partes, y la llamaban una secta, es decir, un pequeño grupo religioso. Aun así, estuvieron dispuestos a escuchar a Pablo, algo que los judíos de Jerusalén no habían querido hacer. Es probable que estos judíos de Roma, por tener una experiencia más amplia y mayor contacto con el mundo, estuvieran más abiertos a hacer preguntas que los judíos de Jerusalén, más rígidos en su postura.
Pablo manejó aquella reunión con cuidado y valor mientras defendía la fe cristiana. Los judíos fijaron el día para la conversación, de modo que todos tuvieron tiempo para prepararse (Hechos 28:23). El hecho de que establecieran una fecha sugería que estaban dispuestos a considerar el asunto, aunque eso no significaba que todos lo estuvieran haciendo de verdad.
Cuando llegó el día, muchas personas acudieron a Pablo. Aunque era prisionero y no podía ir a donde ellos estaban, estuvieron dispuestos a ir a su alojamiento. Si entendían correctamente su encarcelamiento, este debió fortalecer su mensaje en vez de debilitarlo, porque mostraba que realmente creía lo que predicaba y que lo consideraba digno de sufrir por ello. Una persona debería estar dispuesta a visitar a un hombre como Pablo en prisión tan solo para recibir instrucción de él. Pablo les hizo espacio en su alojamiento y no tuvo miedo de ofender a las autoridades, siempre que pudiera ayudar a quienes habían ido a escucharlo.
Pablo habló extensamente y con amplitud, procurando más su conversión que su propia defensa. Les explicó el reino de Dios, mostrando su naturaleza y su glorioso propósito. Dejó claro que el reino de Dios es celestial y espiritual, que tiene su morada en el corazón humano y que no se manifiesta mediante apariencias externas, sino por medio de corazones puros y vidas santas. Muchas veces, lo que había impedido que los judíos creyeran era una idea falsa del reino de Dios, como si este llegara acompañado de un espectáculo visible. Una vez que esto quedaba claramente explicado, serían llevados a obedecer.
Pablo no solo explicó el reino de Dios; también dio testimonio acerca de él. Lo declaró abiertamente y lo respaldó con pruebas sólidas, mostrando que el reino de Dios, gobernado por el Mesías, había llegado y se había establecido en el mundo. También señaló la poderosa obra de la gracia, usando su propia experiencia como parte de su testimonio. Mostró cómo ese reino lo había transformado y lo había puesto bajo su autoridad.
También trató de persuadirlos. Puso el asunto delante de sus conciencias y les rogó con insistencia que recibieran el reino de Dios y dejaran de resistirse a él. Esta manera de predicar, en la que la explicación y las pruebas van seguidas de un fuerte llamado personal, es la mejor y más útil forma de hablar. Pablo trató de persuadirlos acerca de Jesús, porque todo el propósito de su mensaje era llevarlos a Cristo, demostrar que él es el Mesías y guiarlos a creer en él tal como lo presenta el evangelio.
Pablo les expuso lo relacionado con Jesús, incluidas las profecías acerca de él que leyó en la ley de Moisés y en los profetas, mostrando que señalaban al Mesías. Les mostró cómo todas se cumplieron en Jesús. Como estaba hablando con judíos, argumentó a partir de las Escrituras del Antiguo Testamento. Lejos de estar en contra del cristianismo, esas Escrituras son su prueba más sólida. Cuando comparamos la historia del Nuevo Testamento con las profecías del Antiguo, debemos concluir que Jesús es aquel que había de venir y que no debemos esperar a ningún otro.
Pablo también pasó mucho tiempo con ellos, al parecer desde la mañana hasta la tarde. Es posible que hablara durante ocho o diez horas. El tema era profundo, él estaba completamente dedicado a él y le importaba muchísimo. Era sincero, tenía el corazón puesto en aquello y sabía que tal vez no volvería a tener una oportunidad como esa. Por eso, sin disculparse por tomar tanto tiempo, permaneció con ellos todo el día. También es probable que pasara parte de ese tiempo orando con ellos y por ellos.
El efecto de este mensaje fue diverso. Uno podría pensar que una causa tan poderosa como el cristianismo, presentada con tanta habilidad por Pablo, habría convencido a todos de inmediato. Pero no fue así. El niño Jesús fue puesto para que unos cayeran y otros se levantaran; fue una piedra sobre la cual algunos edificarían y con la que otros tropezarían.
Ni siquiera estuvieron de acuerdo entre ellos (Hechos 28:25). Algunos pensaban que Pablo tenía razón, mientras que otros se negaban a aceptarlo. Esta era la división que Cristo dijo que traería, el fuego que vino a encender (Lucas 12:49, Lucas 12:51). Pablo había hablado con claridad y sencillez, pero aun así sus oyentes no podían ponerse de acuerdo sobre lo que quería decir ni sobre lo que demostraban sus pruebas.
Algunos creyeron lo que se había dicho y otros no (Hechos 28:24). Esa fue la división. El evangelio siempre ha recibido este tipo de respuesta. Para algunos, es un mensaje que trae vida; para otros, trae muerte. A algunos la palabra los transforma, mientras que a otros los endurece. Lo mismo ocurrió con los propios oyentes de Cristo y con quienes vieron sus milagros: algunos creyeron y otros blasfemaron. Si todos hubieran creído, no habría habido división. Por eso, la culpa recaía en quienes no quisieron creer.
Al final, Pablo les dio una advertencia para que la consideraran después de irse. Por sus murmullos podía ver que muchos de ellos, quizá la mayoría, eran obstinados y no cederían ante lo que les había dicho. Cuando comenzaron a levantarse para irse, les dijo, en efecto: «Esperen, llévense una reflexión más. ¿Qué creen que sucederá si siguen negándose a creer? ¿Cuál será el resultado? ¿A dónde los llevará?».
Les dijo que, por el justo juicio de Dios, quedarían aferrados a su incredulidad. Ellos estaban endureciendo su propio corazón, y Dios también los endurecería, como endureció el corazón del faraón. Pablo dijo que esto ya había sido anunciado acerca de ellos. Los dirigió a las Escrituras en Isaías 6:9-10 y les dijo que las leyeran con seriedad y temblor, no fuera a cumplirse aquella advertencia en su propio caso. Así como el Antiguo Testamento contiene promesas del evangelio que se cumplen en todos los que creen, también contiene advertencias del evangelio acerca de los juicios espirituales que vendrán sobre quienes no creen, y esta es una de ellas. Esto formaba parte de la comisión del profeta Isaías: fue enviado para empeorar la condición de quienes no quisieran mejorar. El Espíritu Santo habló acertadamente por medio de Isaías a sus antepasados.
Aquí se dice que lo hablado por el Señor fue hablado por el Espíritu Santo, lo cual muestra que el Espíritu Santo es Dios. Lo que primero se le dijo a Isaías también se describe como algo que fue hablado a sus antepasados, porque Isaías recibió la orden de comunicarle al pueblo el mensaje de Dios. Aunque aquel mensaje causaba temor en el pueblo y tristeza en el profeta, aquí se describe como un mensaje bien expresado. Ezequías, rey de Judá, habló de esa manera acerca de un mensaje de juicio: «La palabra del Señor que has hablado es buena» (Isaías 39:8). Y «el que no cree será condenado» forma parte del evangelio tanto como «el que cree será salvo» (Marcos 16:16).
Esto también puede explicarse por las palabras de nuestro Señor: «Bien profetizó Isaías acerca de ustedes» (Mateo 15:7). El Espíritu Santo les dijo a sus antepasados lo que se cumpliría en ustedes: «Oirán y oirán, y no entenderán». El gran pecado de sus antepasados contra Dios también era el de ellos: no quisieron ver. Cerraron los ojos ante las pruebas más claras posibles y se negaron a aceptar la conclusión, aunque no podían negar los hechos. «Han cerrado sus ojos» (Hechos 28:27). Esto demuestra una incredulidad obstinada y una esclavitud voluntaria a los prejuicios. Así como sus antepasados no quisieron ver la mano de Dios levantada contra ellos en juicio (Isaías 26:11), ellos tampoco quisieron ver la mano de Dios extendida hacia ellos con la gracia del evangelio.
Era cierto que estos judíos incrédulos estaban predispuestos contra el evangelio. No veían porque habían decidido no ver, y nadie es tan ciego como quien se niega a mirar. No quisieron actuar de acuerdo con sus propias convicciones y, por esa razón, tampoco quisieron admitirlas. Cerraron deliberadamente los ojos para no ver las grandes cosas que pertenecían para siempre a su paz. No quisieron ver la gloria de Dios, la belleza de Cristo, la fealdad del pecado, la belleza de la santidad, el vacío de este mundo ni la realidad del mundo venidero. No quisieron ser transformados ni gobernados por estas verdades y, por eso, no aceptaron las pruebas que las confirmaban. También se taparon los oídos, como la víbora sorda que no escucha al encantador, por hábil que sea. Sus antepasados habían hecho lo mismo y se habían negado a escuchar (Zacarías 7:11-12).
Lo que temían al cerrar sus ojos y sus oídos era llegar a entender con el corazón, convertirse y ser sanados. Mantenían su mente en oscuridad, o al menos en confusión e inquietud, para no tener un pensamiento serio y sobrio que les mostrara cuánto era tanto su deber como su bien vivir en obediencia a Dios. Poco a poco, la verdad podía llegar a ser demasiado fuerte para ellos, y podían apartarse de los malos caminos que disfrutaban para dedicarse a aquello que ahora rechazaban. El camino de Dios consiste en hacer que las personas vean, luego entiendan con el corazón, después vuelvan su voluntad hacia él y finalmente sean sanadas. Esa es la manera adecuada de tratar con un alma racional. Satanás impide que las personas se vuelvan a Dios cegando su mente y oscureciendo su entendimiento (2 Corintios 4:4).
El caso es muy triste cuando el pecador se une a Satanás en esto y se saca sus propios ojos. Prefieren permanecer en la ignorancia para poder pecar con mayor libertad. Aman su enfermedad y temen que Dios los sane. Así era Babilonia en tiempos antiguos: «Quisimos sanar a Babilonia, pero no fue sanada» (Jeremías 51:9). Ese era su pecado.
El gran juicio de Dios por este pecado consiste en que serán cegados. Dios los entregará a un endurecimiento judicial, a una condición justa de insensibilidad espiritual. «A ustedes les sucederá que oirán», escucharán una y otra vez la palabra predicada, «pero no la entenderán», porque no le dedicarán su mente y Dios no les concederá la gracia para entenderla. «Verán, pero no comprenderán»: verán muchos milagros y señales, pero no captarán su importancia. Cuídense de que no se cumpla en ustedes lo que Moisés dijo a Israel: «Hasta el día de hoy, el Señor no les ha dado un corazón para entender, ni ojos para ver, ni oídos para oír» (Deuteronomio 29:4). Lo que Isaías dijo a su propia generación fue igual de severo: «El Señor ha derramado sobre ustedes un espíritu de profundo sueño y les ha cerrado los ojos» (Isaías 29:10-12).
Su resistencia a la gracia de Dios, su rebelión contra la luz, el retiro de la gracia y la luz por parte de Dios, su rechazo al amor de la verdad y el hecho de que Dios los entregara a un engaño poderoso produjeron juntos este resultado. El corazón de este pueblo se volvió insensible y sus oídos se hicieron incapaces de escuchar. Se volvieron necios e indiferentes, sin reaccionar ante nada de lo que se les decía. Ningún remedio les hace efecto y nada logra llegar hasta ellos; por eso, su enfermedad debe considerarse incurable y su situación, sin esperanza. Nadie puede ser feliz si se niega a ser sanado de la misma enfermedad que lo hace miserable. Tampoco puede ser sanado quien no quiere usar los medios de curación, ni puede convertirse quien no acepta que está enfermo ni reconoce cuál es el remedio. Y si cierra los ojos y tapa sus oídos, tampoco puede ser convencido.
Todo el que escucha el evangelio y lo ignora debería temblar ante esta advertencia. Cuando las personas son entregadas a la dureza de corazón, ya están cerca del infierno, porque si Dios no las sana, nadie puede hacerlo.
Su incredulidad también dejaría claro que Dios no tenía la culpa de enviar el evangelio a los gentiles, que era precisamente el asunto que vigilaban con tanto celo (Hechos 28:28). Como habían rechazado la gracia de Dios y no habían querido someterse al poder de la verdad y el amor divinos, y como no quisieron convertirse ni ser sanados de la manera que Dios había establecido, Pablo dijo: «Sepan ustedes que la salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles». En otro tiempo, esta salvación había sido ofrecida de manera especial solamente a los judíos (Juan 4:22). Ahora se ofrecía a los gentiles, se les daban los medios para recibirla y estaban en una mejor disposición para aceptarla que los judíos. La salvación había sido enviada a ellos; ellos la escucharían, la recibirían y serían bendecidos por ella.
Con esto, Pablo quiso primero disminuir su enojo contra la predicación del evangelio a los gentiles, mostrando lo irrazonable de su queja. Se habían ofendido porque la salvación de Dios había sido enviada a los gentiles y pensaban que era un favor demasiado grande para ellos. Pero si valoraban tan poco esa salvación que no quisieron aceptarla, no podían resentir sinceramente que se les concediera a los gentiles, como si fuera algo demasiado bueno para ellos.
La salvación de Dios fue enviada al mundo, y los judíos fueron los primeros en recibir la oferta. Se les presentó claramente y se les insistió que la aceptaran, pero la rechazaron. No quisieron aceptar la invitación que les llegó primero, como los invitados que reciben primero la invitación a un banquete de bodas; por eso, si otros fueron invitados después, solo ellos tenían la culpa. Si no quisieron aceptar el trato ni cumplir las condiciones, no debían enojarse con quienes sí quisieron hacerlo.
No podían quejarse de que los gentiles hubieran recibido la salvación por encima de ellos o se la hubieran quitado de las manos, porque ellos ya la habían soltado. Es más, se habían vuelto contra ella. Por tanto, la culpa era suya, pues por su caída la salvación llegó a los gentiles (Romanos 11:11).
Pablo también quiso transformar su enojo por el favor concedido a los gentiles en algo útil y sacar bien de ese mal. Cuando escribió a los romanos sobre este mismo asunto —la bendición que los gentiles recibieron por medio de la incredulidad y el rechazo de los judíos— dijo que lo mencionaba deliberadamente para provocar a su propio pueblo, los judíos, a una santa envidia y así salvar a algunos de ellos (Romanos 11:14). Los judíos habían rechazado el evangelio de Cristo y lo habían dejado en manos de los gentiles, pero todavía no era demasiado tarde para arrepentirse de su rechazo y aceptar la salvación que habían ignorado.
Todavía podían decir que no al principio y aceptarla después, como el hijo mayor de la parábola. Cuando le dijeron que fuera a trabajar a la viña, primero respondió: «No quiero», pero después cambió de opinión y fue (Mateo 21:29). Si el evangelio iba a los gentiles, lo razonable era ir tras él en vez de perderlo. Ellos, que eran considerados muy alejados de la verdad y que durante tanto tiempo habían sido como los ídolos que adoraban, con oídos que no oyen, llegarían a escucharlo. Con mayor razón debían escucharlo los judíos, que tenían el privilegio de contar con Dios tan cerca cada vez que lo invocaban. Pablo quería que razonaran de esa manera y que la bienvenida que los gentiles daban al evangelio los llevara, avergonzados, a creer en él.
Si eso no los movía, solo haría más grave su juicio, tal como sucedió con los escribas y los fariseos. Cuando vieron que los recaudadores de impuestos y las prostitutas se sometían al bautismo de Juan, no se arrepintieron después para creerle, aunque debían haberlo hecho (Mateo 21:32).
Parece que la reunión terminó de manera algo desordenada. Algunos le dieron la espalda a Pablo. A los que no creían les dolieron profundamente sus últimas palabras: que serían juzgados como ciegos y que la luz del evangelio resplandecería entre quienes estaban sentados en oscuridad. Cuando Pablo dijo esas palabras, ya había dicho suficiente para ellos, y se fueron. Quizá no estaban tan furiosos como algunos de sus compatriotas en ocasiones similares, pero sí estaban insensibles e indiferentes, tan poco afectados por la advertencia y el consuelo de Pablo como los asientos en los que estaban sentados.
Se fueron, y muchos de ellos probablemente resolvieron no volver a escuchar a Pablo ni seguir preguntando acerca del asunto. También se volvieron unos contra otros, porque tenían fuertes desacuerdos entre sí. No solo había desacuerdo entre creyentes y no creyentes; también había debate entre los propios no creyentes. Los que estuvieron de acuerdo en irse no coincidían en la razón para hacerlo, y discutían acaloradamente entre ellos.
Muchas personas discuten mucho y aun así no razonan correctamente. Pueden señalar los errores en las ideas de los demás y, sin embargo, negarse a ceder ante la verdad. Ni siquiera las discusiones entre ellos mismos convencerán a las personas a menos que la gracia de Dios les abra la mente.
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De este capítulo
Hechos 28:1
"Cuando estuvieron a salvo, supieron que la isla se llamaba Melita."
Hechos 28:2
"Los bárbaros nos mostraron no poca bondad, pues encendieron una fogata y nos recibieron a todos a causa de la lluvia que estaba cayendo y del frío."
Hechos 28:3
"Cuando Pablo recogió un manojo de ramas y las puso en el fuego, una víbora salió a causa del calor y se prendió de su mano."
Hechos 28:4
"Cuando los bárbaros vieron al animal venenoso colgado de su mano, se decían unos a otros: Sin duda, este hombre es un asesino; aunque escapó del mar, la venganza no le permite vivir."
Hechos 28:5
"Pero él sacudió al animal y lo arrojó al fuego, y no sufrió ningún daño."
Hechos 28:6
"Ellos esperaban que se hinchara o cayera muerto de repente; pero después de esperar mucho tiempo y ver que no le sucedía ningún daño, cambiaron de parecer y dijeron que era un dios."
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