Versículo destacado
Hechos 28:11 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Después de tres meses partimos en un barco de Alejandría que había pasado el invierno en la isla y cuya insignia era Cástor y Pólux. "
Hechos 28:11
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
9 Después de que esto sucedió, también acudieron los demás que tenían enfermedades en la isla, y fueron sanados.
10 Ellos también nos honraron con muchos honores y, cuando partimos, nos proveyeron de las cosas necesarias.
11 Después de tres meses partimos en un barco de Alejandría que había pasado el invierno en la isla y cuya insignia era Cástor y Pólux.
12 Desembarcamos en Siracusa y permanecimos allí tres días.
13 Desde allí dimos un rodeo y llegamos a Regio. Al día siguiente sopló el viento del sur, y al otro día llegamos a Puteoli.
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Aquí vemos cómo el viaje de Pablo a Roma sigue avanzando y, finalmente, cómo llega allí. Hasta ese momento, el viaje había sido difícil y peligroso, y Pablo apenas había escapado con vida. Pero después de la tormenta viene la calma, y la segunda parte del viaje fue fácil y tranquila. A través de muchos peligros y acontecimientos seguimos avanzando hacia el Lacio y, más importante aún, hacia el cielo. Dios pondrá fin a estas cosas en su tiempo.
En primer lugar, salen de Malta. Esa isla había sido un refugio bondadoso para ellos, pero no era su hogar. Después de recuperar allí sus fuerzas, tuvieron que volver a hacerse a la mar. Las dificultades y los desánimos que encontramos en la vida cristiana no deben impedirnos seguir adelante.
Lucas señala el momento de su partida: después de tres meses, es decir, los tres meses del invierno. Era mejor quedarse allí, aunque tuvieran que asumir el costo, que navegar durante una temporada peligrosa. Pablo les había advertido que no se arriesgaran en el mar durante el invierno, pero no le hicieron caso. Ahora habían aprendido la verdad por medio de las dificultades y el peligro, así que ya no necesitaban la advertencia. La lección les hizo bien, aunque les costó caro. Se dice que la experiencia es la maestra de los necios, porque los necios no aprenden hasta que la experiencia los obliga a hacerlo.
Lucas también menciona el barco que tomaron. Era un barco de Alejandría, del mismo tipo que el que había naufragado antes (Hechos 27:6). Este barco había pasado el invierno en la isla y había permanecido a salvo. Observemos cuán diferentes pueden ser los resultados de los planes humanos en este mundo. Aquí había dos barcos, ambos procedentes de Alejandría y ambos rumbo a Italia. Los dos fueron llevados a la misma isla, pero uno naufragó y el otro se salvó. Estas cosas suceden con frecuencia. A veces, Dios prospera a las personas en sus negocios para animarlas a trabajar con diligencia en sus responsabilidades ordinarias. En otras ocasiones, frustra sus planes para advertirles que no pongan el corazón en este mundo. De esta manera, nuestras experiencias son variadas, y aprendemos tanto a vivir en necesidad como a disfrutar de la abundancia.
El historiador también menciona la insignia del barco, que probablemente le daba su nombre: Cástor y Pólux. Estos eran dioses paganos insignificantes y necios, de quienes los poetas decían que vigilaban durante las tormentas y protegían a los marineros. Por eso, sus imágenes eran pintadas o talladas en la parte delantera del barco. Pienso que Lucas menciona esto principalmente para hacer más clara la historia, ya que el barco era conocido por ese nombre entre quienes comerciaban entre Egipto e Italia. El Dr. Lightfoot considera que Lucas quizá también estaba aludiendo a la superstición de los marineros, pues probablemente esperaban que aquella insignia les trajera una navegación más favorable que la anterior.
En segundo lugar, desembarcan en Italia o cerca de allí y continúan su viaje hacia Roma. Primero hacen escala en Siracusa, en Sicilia, la ciudad principal de esa isla. Permanecen allí tres días, probablemente porque tenían que descargar mercancías o atender asuntos comerciales, ya que parece haber sido un viaje de negocios. Es probable que Pablo disfrutara al conocer lugares de los que había oído hablar muchas veces y que deseaba visitar, especialmente Siracusa, una ciudad antigua y famosa. Sin embargo, parece que allí no había cristianos.
De Siracusa se dirigen a Regio, una ciudad de Italia situada frente a Mesina, en Sicilia, en la región de Calabria o cerca de Nápoles. Allí permanecen un día. Las leyendas católicas romanas cuentan una historia muy formal sobre la predicación de Pablo en ese lugar: dicen que unos peces se reunieron en la orilla para escucharlo y que él encendió una columna de piedra con una vela para demostrar que su mensaje era verdadero. También afirman que muchas personas fueron bautizadas y que Pablo nombró obispo a Esteban, uno de sus compañeros de viaje. Pero, según esas mismas historias, todo esto ocurrió en un solo día, aunque ni siquiera parece que ellos hayan desembarcado; solo se dice que anclaron en la rada.
De Regio llegan a Puteoli, un puerto marítimo no muy lejos de Nápoles, llamado hoy Pozzuoli. El barco de Alejandría se dirigía a ese puerto, así que Pablo y los demás que iban a Roma desembarcaron allí y recorrieron por tierra el resto del camino. En Puteoli encontraron hermanos, es decir, cristianos. No se nos dice quién llevó primero allí el conocimiento de Cristo, pero el hecho de que hubiera creyentes muestra cuán ampliamente se extiende el evangelio. Dios tiene muchos siervos que lo honran y lo adoran en lugares donde menos esperaríamos encontrarlos.
Notemos dos cosas. Aunque probablemente había pocos creyentes en Puteoli, Pablo los encontró, o ellos lo encontraron a él. Es posible que se enteraran de que había llegado, o que Pablo preguntara por ellos; en cualquier caso, se reunieron de inmediato. Los cristianos deben buscarse unos a otros y mantener la comunión, como personas de un mismo país que se encuentran en una tierra extranjera. Los creyentes de aquel lugar le pidieron a Pablo y a sus compañeros que se quedaran siete días, lo cual incluía por lo menos un día del Señor con ellos, para que pudiera ayudarlos en su adoración pública. No sabían si volverían a ver a Pablo, así que querían recibir de él al menos uno o dos sermones. Pablo tuvo gusto en concederles ese tiempo, y es posible que el centurión encargado de él también se quedara allí una semana, quizá porque tenía negocios o amigos en Puteoli.
De Puteoli continuaron hacia Roma. No se nos dice si viajaron a pie o montados en animales que les proporcionaron, como en Hechos 23:24. Pero Roma era su destino, y esta era la última etapa del viaje.
En tercer lugar, vemos la bienvenida que los cristianos de Roma le dieron a Pablo. Es probable que los creyentes de Puteoli les avisaran en cuanto Pablo llegó, informándoles cuánto tiempo pensaba quedarse y cuándo continuaría hacia Roma. Eso les dio tiempo para organizar este encuentro. Habían oído mucho acerca de Pablo: de su reputación, de cómo Dios lo había usado, de la gran obra que había realizado por el reino de Cristo y de cuántas personas había llevado a la fe y a la madurez espiritual. También habían oído hablar de sus sufrimientos y de cómo Dios lo había sostenido en medio de ellos. Por eso no solo querían verlo, sino que sentían el deber de mostrarle un gran honor, como a un poderoso defensor de la causa de Cristo.
Pablo les había escrito antes una carta extensa y excelente, la Epístola a los Romanos, en la que había mostrado gran afecto por ellos y les había dado mucha enseñanza provechosa. Ahora ellos le corresponden con este honor. Salen a su encuentro y lo reciben con respeto público, casi como cuando embajadores o jueces hacen una entrada formal, aunque Pablo llegaba como prisionero. Algunos fueron hasta el Foro de Apio, a unos 51 millas de Roma. Otros llegaron hasta las Tres Tabernas, a unas 28 millas de Roma, aunque algunos calculan 33.
Debemos elogiarlos por esto, porque estuvieron tan lejos de avergonzarse de Pablo o de temer reconocerlo por ser prisionero, que lo honraron aún más precisamente por esa razón. Se aseguraron de mostrarle respeto. Esto nos recuerda que los creyentes fieles no deben ser considerados menos dignos cuando sufren.
Pablo recibió mucho consuelo de este encuentro. Al acercarse a Roma, y quizá al enterarse en Puteoli de la clase de hombre en que se había convertido el emperador Nerón, pudo haber sentido tristeza por haber apelado al César y por lo que vendría después. Llegaba a Roma, una ciudad que nunca había visitado, donde conocía a pocas personas y donde pocos lo conocían a él. No podía saber qué pruebas lo esperaban allí, así que su ánimo comenzó a decaer hasta que aquellos creyentes de Roma salieron a recibirlo.
Cuando los vio, dio gracias a Dios. Podemos suponer que también les agradeció muchas veces por su bondad, pero fue más allá de eso y dio la gloria a Dios. Si nuestros amigos son amables con nosotros, es Dios quien los hace así: él pone esa disposición en su corazón y les da los medios para actuar de esa manera. Debemos honrarlo por ello. Pablo ya había dado gracias a Dios por los cristianos de Roma antes de haberlos visto, basándose en lo que había oído acerca de ellos (Romanos 1:8). Ahora que los veía personalmente, volvió a dar gracias a Dios, especialmente por el gran avance del evangelio en Roma, la capital del imperio.
También cobró ánimo. La bienvenida levantó su corazón, lo fortaleció y disipó su tristeza. Ahora podía entrar en Roma como prisionero, pero con tanto ánimo como cuando había entrado en Jerusalén siendo libre. Sabía que allí había personas que lo amaban y lo valoraban, y con quienes podía conversar y buscar consejo. Eso haría menos pesada su prisión y disminuiría el temor de comparecer ante Nerón. Cuando los viajeros que se dirigen al cielo se encuentran con otros creyentes, sus compañeros en el reino y en la perseverancia de Jesucristo, deben cobrar ánimo. Cuando vemos grandes reuniones de cristianos serios y comprometidos, no solo debemos dar gracias a Dios, sino también fortalecernos nosotros mismos.
Esta es una de las razones por las que los buenos ministros deben ser tratados con respeto, especialmente cuando sufren y son humillados. El respeto los anima y hace más llevaderos tanto sus sufrimientos como su trabajo. Sin embargo, vale la pena notar que, aunque los cristianos de Roma ahora mostraron tal honor a Pablo y él había esperado mucho de su apoyo, más adelante le fallaron cuando más los necesitaba. Él dice: «En mi primera defensa, nadie estuvo a mi lado; todos me abandonaron» (2 Timoteo 4:16). Estuvieron dispuestos a viajar cuarenta o cincuenta millas para encontrarse con Pablo porque era agradable y fácil. Pero cuando apoyarlo implicaba arriesgarse a provocar el disgusto del emperador o a molestar a personas poderosas, se apartaron. Preferían salir de la ciudad para evitarlo en vez de presentarse para ayudarlo. Esto nos enseña a dejar de confiar en las personas y a fortalecernos en el Señor nuestro Dios. El valor que obtenemos de sus promesas nunca nos fallará, aunque algún día podamos avergonzarnos de la confianza que depositamos en los elogios humanos. Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso.
Finalmente, Pablo fue llevado a Roma, el destino de su viaje. Sin embargo, todavía era prisionero. Durante mucho tiempo había deseado ver Roma, pero cuando llegó, fue entregado, junto con los demás prisioneros, al capitán de la guardia, y no pudo ver más de la ciudad que lo que este le permitía. Muchos hombres poderosos habían entrado triunfalmente en Roma, aunque habían sido una maldición para su generación. Aquí, un hombre bueno entró en Roma encadenado y fue tratado como cautivo, aunque en realidad era la mayor bendición para su generación. Tan solo pensar en esto debería hacernos perder todo deseo por el honor de este mundo.
Aun así, recibió cierta consideración. Seguía siendo prisionero, pero no estaba en una cárcel común. Se le permitió vivir por su cuenta en una vivienda privada que sus amigos habían conseguido para él, con un soldado asignado para vigilarlo. Podemos suponer que el soldado lo trataba bien y le permitía tanta libertad como fuera posible dentro de los límites de su custodia, porque habría sido necesario tener un espíritu muy cruel para tratar mal a un hombre tan cortés y servicial como Pablo. Al vivir por su cuenta, Pablo podía disfrutar mejor de su propia compañía, de la compañía de sus amigos y de la presencia de Dios que si lo hubieran puesto con los demás prisioneros.
Esto debe animar a los prisioneros de Dios. Él puede hacer que encuentren favor ante los ojos de quienes los mantienen cautivos (Salmo 106:46), como lo hizo con José ante su guardián (Génesis 39:21) y con Joaquín, rey de Judá, ante el rey de Babilonia (2 Reyes 25:27-28). Aun cuando Dios no libere de inmediato a su pueblo, si hace más llevadera su esclavitud o les da paciencia para soportarla, todavía tienen razones para darle gracias.
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De este capítulo
Hechos 28:1
"Cuando estuvieron a salvo, supieron que la isla se llamaba Melita."
Hechos 28:2
"Los bárbaros nos mostraron no poca bondad, pues encendieron una fogata y nos recibieron a todos a causa de la lluvia que estaba cayendo y del frío."
Hechos 28:3
"Cuando Pablo recogió un manojo de ramas y las puso en el fuego, una víbora salió a causa del calor y se prendió de su mano."
Hechos 28:4
"Cuando los bárbaros vieron al animal venenoso colgado de su mano, se decían unos a otros: Sin duda, este hombre es un asesino; aunque escapó del mar, la venganza no le permite vivir."
Hechos 28:5
"Pero él sacudió al animal y lo arrojó al fuego, y no sufrió ningún daño."
Hechos 28:6
"Ellos esperaban que se hinchara o cayera muerto de repente; pero después de esperar mucho tiempo y ver que no le sucedía ningún daño, cambiaron de parecer y dijeron que era un dios."
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