Versículo destacado
Hechos 27:21 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Después de pasar mucho tiempo sin comer, Pablo se puso de pie en medio de ellos y dijo: «Señores, debieron haberme escuchado y no haber zarpado de Creta, para evitar este daño y esta pérdida». "
Hechos 27:21
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
19 Al tercer día arrojamos con nuestras propias manos los aparejos del barco.
20 Durante muchos días no aparecieron ni el sol ni las estrellas, y una tempestad nada pequeña seguía azotándonos. Entonces desapareció toda esperanza de que fuéramos salvados.
21 Después de pasar mucho tiempo sin comer, Pablo se puso de pie en medio de ellos y dijo: «Señores, debieron haberme escuchado y no haber zarpado de Creta, para evitar este daño y esta pérdida».
22 Ahora los exhorto a que tengan ánimo, porque ninguno de ustedes perderá la vida; solo se perderá el barco.
23 Porque esta noche estuvo junto a mí un ángel del Dios a quien pertenezco y a quien sirvo,
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Aquí vemos el resultado de la angustia de Pablo y de sus compañeros de viaje. Escaparon con vida, y eso fue todo; pero incluso eso ocurrió por causa de Pablo. En otro pasaje se nos dice que había 276 personas a bordo (Hechos 27:37), entre marineros, comerciantes, soldados, prisioneros y otros pasajeros. Ese detalle es importante, porque nos ayuda a sentir la magnitud del peligro en el que se encontraban. Un solo Pablo entre ellos valía más que todos los demás.
Los dejamos sumidos en la desesperación, dándose por perdidos. No se nos dice si cada uno invocó a su propio dios, como lo hicieron los marineros de Jonás. Sería bueno que esa práctica útil durante una tormenta no hubiera caído en desuso ni se hubiera convertido en motivo de burla. A diferencia de Jonás en su barco, Pablo no era la causa de la tormenta. Él fue un consuelo en medio de ella y honró el ministerio de un apóstol tanto como Jonás había deshonrado el llamado de un profeta.
Primero, Pablo los animó asegurándoles, en el nombre de Dios, que todos conservarían la vida, aun cuando ya no quedara ninguna razón humana para tener esperanza. Primero tuvo que sacarlos de la desesperación, porque la desesperación puede hacer que las personas se rindan y perezcan dominadas por el miedo. Después de haber pasado mucho tiempo sin comer, casi como si hubieran decidido no hacerlo hasta saber si vivirían o morirían, Pablo se puso de pie en medio de ellos. Hasta ese momento se había mantenido junto a los demás y había colaborado con ellos, ayudando a arrojar al mar los aparejos del barco (Hechos 27:19). Ahora dio un paso al frente, aunque era prisionero, y les habló como consejero y consolador.
Primero los corrigió por no haber escuchado su advertencia. Él les había dicho que permanecieran donde estaban, en el fondeadero de Lasea (Hechos 27:8). En efecto, les dijo: «Debieron haberme escuchado y no haber zarpado de Creta. Si se hubieran quedado, podríamos haber pasado allí el invierno como fuera y habríamos evitado este daño y esta pérdida». Sin embargo, aun el daño y la pérdida de este mundo pueden convertirse en ganancia si Dios los usa para apartarnos de las cosas terrenales y hacernos pensar en la eternidad. Ellos habían ignorado a Pablo cuando les advirtió del peligro, pero si ahora reconocían su error y se arrepentían, él todavía les ofrecería consuelo y ayuda.
Pablo no comienza aplastándolos. No les dice: «Ustedes provocaron esto, así que esperen lo peor». En vez de eso, les da esperanza. «Tengan ánimo», les dice, aunque su situación era grave. Así hablamos con los pecadores que reconocen su insensatez y comienzan a lamentarla: «Debieron haber escuchado y no haber tenido nada que ver con el pecado. Pero ahora cobren ánimo. Si no quisieron escucharnos cuando dijimos: “No se confíen”, escúchennos ahora cuando decimos: “No se desesperen”».
Ellos se habían dado por vencidos, pensando que no había esperanza de salvarse. Ahora Pablo los anima a recobrar el valor y a hacer lo que puedan para ponerse a salvo. Les dice que, si reúnen nuevamente sus fuerzas, conservarán la vida. Lo afirma cuando se encuentran en el punto más bajo, para que la promesa sea aún más dulce. Deben esperar perder el barco. Es probable que quienes más se preocupaban por el barco y la carga fueran los mismos que habían insistido en seguir adelante a pesar de la advertencia de Pablo, y ahora tendrían que sufrir la pérdida causada por su decisión imprudente. Muchos barcos grandes, fuertes y costosos se han hundido en poco tiempo. En verdad, todo es vanidad y correr tras el viento. Pero ninguna vida se perdería.
Esa era una buena noticia para personas que casi estaban muriendo de miedo a la muerte y cuya conciencia culpable hacía que la muerte les pareciera terrible. Pablo también explica la base de su confianza. No está tomando a la ligera el problema ni adivinando un resultado favorable. Tiene un mensaje de parte de Dios. Un ángel del Señor se le apareció durante la noche y le dijo que, por causa de Pablo, todas las personas que estaban en el barco se salvarían (Hechos 27:23-25). Eso hacía que su rescate fuera aún más dulce, porque no llegaría solamente por la providencia, es decir, por el cuidado ordinario de Dios, sino también por una promesa, como un favor especial concedido a Pablo.
Luego Pablo hace una declaración solemne acerca de su relación con Dios, quien le había dado esa buena noticia: «Yo pertenezco a él y le sirvo». Primero, Pablo ve a Dios como su legítimo dueño. Dios tiene un derecho incuestionable sobre él y autoridad plena sobre su vida. Puesto que Dios nos creó y nosotros no nos creamos a nosotros mismos, no nos pertenecemos, sino que le pertenecemos a él. Le pertenecemos por la creación, porque nos hizo; por la preservación, porque nos mantiene con vida; y por la redención, porque nos compró. Le pertenecemos más a él que a nosotros mismos.
Pablo también ve a Dios como su soberano y señor. Como Dios le dio la vida, tiene derecho a darle mandamientos. Por eso Pablo dice: «Le sirvo». Como pertenecemos a Dios, estamos llamados a servirle, a vivir para honrarlo y a hacer su obra. Aquí Pablo tiene a Cristo en mente. Cristo es Dios, y los ángeles le pertenecen y cumplen sus encargos.
Pablo suele hablar de sí mismo como siervo de Jesucristo. Le pertenece a Cristo y le sirve, tanto como cristiano como en su calidad de apóstol. No dice: «A quien pertenecemos y a quien servimos», porque la mayoría de las personas allí eran desconocidas para él. En cambio, dice: «Yo le pertenezco y le sirvo», sin importar lo que hagan los demás. Con esto quiere decir: «Ahora estoy sirviéndole realmente, voy camino a Roma, no en una misión mundana, sino como testigo de Cristo».
Pablo les dice esto para que, puesto que la ayuda venía del Dios a quien él pertenecía y a quien servía, ellos también fueran llevados a aceptar a ese Dios como suyo. También debían aprender a servirle. Jonás les dijo algo parecido a sus marineros: «Yo temo al Señor, el Dios del cielo, que hizo el mar y la tierra firme» (Jonás 1:9).
Pablo también les cuenta la visión que había tenido. «Anoche se me apareció un ángel de Dios», un mensajero celestial que ya le había llevado mensajes en otras ocasiones. El ángel estuvo a su lado y se le apareció claramente, probablemente mientras Pablo estaba despierto en su lugar de descanso. Aunque Pablo se encontraba lejos, en alta mar (Salmo 65:5), incluso en los confines más remotos del mar (Salmo 139:9), eso no impedía su comunión con Dios ni evitaba que Dios lo visitara.
Desde allí Pablo podía elevar una oración a Dios, y desde allí Dios podía enviarle un ángel. Pablo quizá no sabía dónde se encontraba, pero el ángel de Dios sabía dónde hallarlo. El barco era sacudido violentamente por el viento y las olas, pero aun así el ángel encontró la manera de entrar. Ninguna tormenta puede impedir que Dios ayude a su pueblo, porque él es una ayuda siempre presente, una ayuda cercana, aun cuando el mar ruge y se agita (Salmo 46:1, 3).
Podemos pensar que Pablo, por ser prisionero, no tenía un camarote privado en el barco ni un lugar en la habitación del capitán. Probablemente lo habían puesto en la bodega, junto con los demás prisioneros, en cualquier lugar oscuro o sucio que les pareciera suficientemente bueno. Incluso allí, el ángel de Dios estuvo a su lado. La baja posición social y la pobreza no colocan a nadie fuera del favor de Dios. Jacob, cuando no tenía más almohada que una piedra ni más cobertura que las nubes, aun así contempló una visión de ángeles.
Pablo había tenido esta visión apenas la noche anterior. Una visión anterior ya le había anunciado que iría a Roma (Hechos 23:11), lo que podía llevarlo a pensar que él mismo estaría a salvo. Pero esta nueva visión también le aseguró que quienes estaban con él se salvarían.
La visión le dio estos consuelos. Primero, se le ordenó que no tuviera miedo. Aunque todos los que lo rodeaban estaban desesperados y ya no sabían qué hacer, él recibió este mensaje: «No tengas miedo, Pablo; no temas lo que ellos temen ni te aterrorices» (Isaías 8:12). Que los pecadores en Sion tengan miedo, pero que el pueblo de Dios no tema, ni siquiera en medio de una tormenta en el mar, porque el Señor de los ejércitos está con ellos y su defensa estará en las fortalezas de las rocas (Isaías 33:14-16).
Segundo, se le aseguró que llegaría sano y salvo a Roma: «Tienes que comparecer ante César». Ni la furia de los enemigos más poderosos ni la violencia del mar más embravecido pueden detener a los testigos de Dios antes de que terminen su trabajo. Pablo debía ser preservado con vida en medio de este peligro porque Dios aún lo reservaba para otros servicios. Esto es un consuelo para los siervos fieles de Dios en tiempos difíciles: mientras Dios todavía tenga trabajo para ellos, sus vidas serán preservadas.
Tercero, por causa de Pablo, todos los demás que estaban en el barco también serían librados de morir en la tormenta. «Dios te ha concedido la vida de todos los que navegan contigo». El ángel podría haber llevado a Pablo a un lugar seguro y haber dejado que los demás perecieran, incluso quienes eran sus amigos, porque habían rechazado el consejo de Pablo. Pero Dios decidió salvarlos a todos por causa de Pablo, mostrando cuán grande es la bendición que las personas buenas representan para el mundo. Hizo esto en vez de salvar solamente a Pablo, lo cual habría mostrado únicamente que Dios aparta a su pueblo del mundo.
«Dios les ha concedido a todos los que navegan contigo» puede significar que Dios los perdonó en respuesta a las oraciones de Pablo, o que los perdonó por causa de Pablo. A veces las personas buenas no logran salvar a nadie más, sino únicamente sus propias almas (Ezequiel 14:18). Sin embargo, aquí Pablo salva a toda la tripulación de un barco, casi trescientas personas. Con frecuencia, Dios perdona a los malvados por causa de los justos, como perdonó a Zoar por causa de Lot, y como habría perdonado a Sodoma si allí se hubieran encontrado diez personas justas.
El mundo odia y persigue a las personas buenas como si no fueran dignas de vivir en él. Pero la verdad es que el mundo permanece por causa de ellas. Si Pablo se hubiera metido imprudentemente en una mala compañía, habría sido justo que pereciera con ellos. Pero, puesto que Dios lo había llamado a aquella situación, ellos serían preservados junto con él. También se insinúa que Pablo consideraba una gran muestra de bondad hacia él que otros fueran salvados por su causa: «Te los he concedido». Nada produce mayor alegría en una persona buena que saber que es de bendición para los demás.
Luego los consuela con el mismo consuelo que él había recibido (Hechos 27:25): «Así que, señores, anímense. Verán que todo terminará bien, porque yo creo en Dios y confío en su palabra: sucederá tal como se me dijo». Pablo no les pediría que creyeran algo que él mismo no creyera. Por eso declara abiertamente que sí lo cree, y esa convicción le da paz: «No tengo ninguna duda de que sucederá tal como se me dijo».
De esta manera, no duda de la promesa de Dios por falta de fe. Dios ha hablado, y ciertamente hará realidad lo que ha dicho. Él puede hacerlo y lo hará, porque no es un ser humano que mienta. Si sucederá tal como Dios lo ha dicho, entonces anímense y cobren valor. Dios siempre es fiel, así que todos los que participan de su promesa también deben vivir con alegría. Si para Dios hablar y actuar no son dos cosas diferentes, entonces para nosotros creer y disfrutar de esa promesa tampoco deberían serlo.
También les da una señal al decirles exactamente cómo terminará aquel viaje azotado por la tormenta (Hechos 27:26): «Tenemos que encallar en alguna isla». Eso destruirá el barco, pero salvará a los pasajeros, y así el mensaje demostrará ser verdadero en ambos sentidos. El piloto había abandonado su puesto y el barco había quedado a la deriva. No sabían dónde estaban, y mucho menos cómo dirigirlo. Sin embargo, la providencia de Dios los llevaría a una isla que se convertiría en refugio para ellos.
Cuando la iglesia de Dios, como aquel barco, es sacudida por las tormentas y parece no hallar consuelo, cuando ya no queda ningún guía entre sus hijos, Dios todavía puede llevarla a salvo hasta la orilla, y lo hará.
Finalmente llegaron a anclar frente a una costa desconocida (Hechos 27:27-29). Ya habían pasado dos semanas completas en medio de la tormenta, esperando la muerte en todo momento. Era la decimocuarta noche cuando se acercaron a tierra. Esa noche iban a la deriva por el Adriático, no por el golfo Adriático cercano a Venecia, sino por el mar Adriático, una parte del Mediterráneo que incluía los mares Siciliano y Jónico y se extendía hacia la costa de África. Allí eran sacudidos de un lado a otro sin saber dónde se encontraban.
Cerca de la medianoche, los marineros se dieron cuenta de que se acercaban a tierra. Esto confirmó lo que Pablo ya les había dicho: que encallarían en alguna isla. Midieron la profundidad del agua con una sonda, y descubrieron que disminuía: primero era de veinte brazas y luego de quince. Era una prueba clara de que se acercaban a la costa. Dios, en su sabiduría, ha dado a los marineros este tipo de advertencia durante la oscuridad, para que puedan actuar con cuidado.
Ellos tomaron en serio la advertencia. Como temían encontrar rocas cerca de la costa, echaron las anclas y esperaron a que amaneciera. No se atrevían a avanzar, pero tampoco podían regresar; así que se mantuvieron firmes y esperaron la mañana. Nadie puede culparlos cuando el peligro había llegado a su punto más crítico. Cuando tenían luz, no podían ver tierra. Ahora que la tierra estaba cerca, no tenían luz para verla; por eso era natural que anhelaran el amanecer.
Cuando quienes temen a Dios caminan en la oscuridad y no tienen luz, no deben decir: «El Señor nos ha abandonado» o «Nuestro Dios se ha olvidado de nosotros». Deben hacer lo que hicieron aquellos marineros: echar el ancla y esperar el día. La esperanza es el ancla del alma, segura y firme, y llega hasta lo que está detrás del velo. Aférrate a ella. No pienses en volver a emprender el viaje; permanece con Cristo y espera hasta que despunte el día y huyan las sombras.
Después viene el frustrado intento de los marineros de abandonar el barco. Se añadió un nuevo peligro a su angustia, y por poco no sucumbieron a él. Los marineros planeaban dejar el barco que se hundía. En otras circunstancias, eso podría haber sido una decisión prudente, pero en hombres a quienes se les había confiado el cuidado del barco, era la forma más despreciable de traición (Hechos 27:30). Llegaron a la conclusión de que, cuando el barco encallara, se despedazaría. Como ellos controlaban el bote, pretendían subirse a él y salvarse, dejando que todos los demás murieran.
Para ocultar su malvado plan, afirmaron que iban a echar anclas desde la proa del barco o a llevarlas más lejos. Con ese propósito bajaron el bote, que antes habían subido a bordo (Hechos 27:16-17), y estaban a punto de entrar en él. Habían acordado dirigirse directamente a la costa en cuanto estuvieran dentro. Aquellos marineros traicioneros eran como el falso pastor que huye cuando llega el peligro y más se necesita su ayuda (Juan 10:12). Salomón habló con verdad: confiar en una persona infiel en tiempos difíciles es como apoyarse en un diente roto o caminar con un pie dislocado. Por eso, dejemos de depender de los seres humanos.
Pablo les había asegurado en el nombre de Dios que llegarían a tierra sanos y salvos, pero ellos preferían su propia falsa esperanza a la palabra y la verdad de Dios. Pablo descubrió el plan y se lo informó al centurión y a los soldados, diciéndoles claramente: «Si estos hombres no permanecen en el barco, ustedes no podrán salvarse» (Hechos 27:31). La habilidad de un marinero se demuestra mejor durante una tormenta, y en medio de la angustia del barco, aquel era precisamente el momento de actuar. Lo más difícil todavía estaba por venir, así que necesitaban a los marineros más que nunca.
No habían llegado hasta allí por la habilidad de los marineros, porque el peligro estaba más allá de toda capacidad humana. Pero ahora que se acercaban a tierra, tenían que usar sus conocimientos para llevar el barco a salvo. Cuando Dios ha hecho por nosotros lo que no podemos hacer por cuenta propia, entonces debemos hacer lo que sí podemos, confiando en su poder. Pablo habló como un hombre prudente cuando dijo que no podrían salvarse a menos que los marineros permanecieran a bordo. No estaba debilitando la promesa que había recibido de Dios de que todos serían salvos.
Dios había determinado tanto el fin como los medios. Su propósito era salvarlos, y también había dispuesto que fueran salvados con la ayuda de aquellos marineros. Incluso si los marineros se hubieran ido, Dios habría podido cumplir su palabra de otra manera. Pablo hablaba como un hombre prudente, no como un profeta, al decir que aquellos hombres eran necesarios para su seguridad. La responsabilidad nos corresponde a nosotros, y los resultados pertenecen a Dios. No confiamos en Dios, sino que lo ponemos a prueba, cuando reclamamos su protección y nos negamos a usar los medios adecuados que están a nuestro alcance para preservar nuestra seguridad.
Los soldados pusieron fin al plan de inmediato. No había tiempo para discutir con los marineros, así que simplemente cortaron las cuerdas del bote. El bote podría haberlos ayudado en su dificultad inmediata, pero prefirieron perderlo antes que permitir que les causara daño. Una vez obligados a permanecer a bordo, los marineros también se vieron obligados a trabajar con todas sus fuerzas por la seguridad del barco, porque si los demás perecían, ellos también perecerían.
Luego Pablo dio nuevos ánimos a todos al instarlos a comer y repetirles su seguridad de que sus vidas serían preservadas. ¡Qué felices debieron sentirse al tener a Pablo con ellos! Él no solo conocía el apoyo del cielo, sino que también tenía un espíritu alegre que fortalecía a quienes lo rodeaban, como el hierro afila el hierro. Un amigo así brinda verdadero consuelo en medio de los problemas, cuando hay lucha afuera y temor por dentro. Un buen consejo es como un ungüento y un perfume que alegran el corazón, y así era Pablo para quienes sufrían con él (Proverbios 27:9).
Ya estaba por amanecer. Quienes anhelan el día deben esperar un poco más, y recibirán lo que desean. Al comenzar a aparecer la luz, les dio un poco de fuerza, y Pablo reunió a todos. Los reprendió por haberse descuidado, pues el miedo y la desesperación les habían impedido comer: «Hoy hace catorce días que están esperando y han estado sin comer» (Hechos 27:33). Esto no significa que hubieran pasado catorce días completos sin probar alimento, sino que no habían comido sus comidas habituales. Habían comido muy poco, casi nada.
O quizá Pablo quiso decir: «Han estado ayunando en el sentido de que han perdido el apetito. El miedo y la desesperación les han quitado las ganas de comer». Una condición muy triste se describe de manera semejante: «Me olvido de comer mi pan» (Salmo 102:4). Está mal maltratar el cuerpo y negarle lo que necesita. Quien no cuida su propio cuerpo actúa de manera antinatural, pues debe alimentarlo y cuidarlo. También es triste, bajo el sol, tener suficientes bienes de este mundo y aun así no tener la capacidad de disfrutarlos (Eclesiastés 6:2).
Si esto nace de la tristeza del mundo, o de un miedo y una angustia desmedidos, eso no lo justifica. Sigue siendo otro pecado: descontento, desconfianza de Dios y algo completamente equivocado.
¡Qué insensatez morir de miedo a morir! Sin embargo, eso es lo que hace la tristeza del mundo. Lleva a la muerte, mientras que el gozo en Dios da vida y paz aun en medio de la peor angustia y peligro.
Entonces Pablo los anima a comer (Hechos 27:34): «Les ruego que coman algo. Todavía nos espera una lucha difícil. Tenemos que intentar llegar a tierra, y si nuestros cuerpos están debilitados por el ayuno, no podremos ayudarnos». El ángel le dijo a Elías: «Levántate y come», porque de lo contrario el viaje habría sido demasiado para él (1 Reyes 19:7). De la misma manera, Pablo quiere que estos hombres coman, porque las olas serán demasiado fuertes para ellos. En efecto, les dice: «Les ruego que, si me van a escuchar, tomen algo de alimento. Tal vez no tengan ganas de comer y quizá hayan pasado tanto tiempo sin probar comida que ya perdieron el apetito, pero la razón debe llevarlos a comer. Es por su salud o, mejor dicho, por su seguridad, porque sin fuerzas no podrán salvarse».
Así como quien no quiere trabajar tampoco debe comer, quien se prepara para trabajar debe comer. Los cristianos débiles y temerosos suelen ceder ante las dudas y los temores acerca de su condición espiritual. Se privan de la Cena del Señor y de los consuelos de Dios, y luego se quejan de que no pueden continuar en su trabajo y batalla espiritual. El problema está en ellos mismos. Si se alimentaran de la provisión que Cristo ha hecho para ellos, como deben hacerlo, serían fortalecidos, y eso contribuiría a la salud y salvación de sus almas.
Pablo también les asegura que estarán a salvo: no caerá de la cabeza de ninguno ni un solo cabello. Esta era una expresión común que significaba protección completa. Aparece en (1 Reyes 1:51) y (Lucas 21:18). En efecto, les dice: «No pueden comer porque temen morir. Yo les digo que vivirán con toda seguridad, así que coman. Llegarán a tierra fríos y mojados, pero sanos y salvos. Quizá tengan el cabello mojado, pero no perderán ni un solo cabello».
Entonces Pablo mismo preparó la comida, porque ninguno de ellos tenía ánimo para hacerlo. Después de decir esto, tomó pan de las provisiones del barco. Ahora todos podían comer sin peligro, aunque ninguno tuviera apetito. No se habían quedado con raciones reducidas, como a veces les sucede a los marineros cuando las tormentas los mantienen en el mar más tiempo de lo esperado. Tenían suficiente comida, pero ¿de qué les servía si no tenían ganas de comer? Debemos agradecerle a Dios que con frecuencia tenemos tanto alimento como apetito, y que nuestras almas no rechazan ni siquiera la comida más sustanciosa (Job 33:20) a causa de la enfermedad o la tristeza.
En cierto sentido, Pablo era el capellán del barco, y ellos tenían razones para alegrarse de contar con él. Dio gracias a Dios delante de todos. Probablemente había orado muchas veces con Lucas y Aristarco, sus compañeros de viaje, y con cualquier otro creyente que estuviera entre ellos. Pero no podemos estar seguros de que hubiera orado antes con toda la tripulación. Ahora dio gracias públicamente porque todos seguían con vida, por la protección que habían recibido hasta ese momento y por la promesa de que sus vidas serían preservadas a pesar del peligro que aún tenían por delante. También dio gracias por la comida y le pidió a Dios que la bendijera. Debemos dar gracias en todo y recordar especialmente a Dios cuando comemos, porque la palabra de Dios y la oración santifican los alimentos para nosotros, y debemos recibirlos con agradecimiento (1 Timoteo 4:3-5). No vivimos solo de pan, sino de la palabra de Dios, y esa palabra debe recibirse con oración.
Pablo dio gracias delante de todos, no solo para mostrar que servía a un Señor del que no se avergonzaba, sino también para invitarlos a servirlo. Si le pedimos a Dios que bendiga nuestros alimentos y damos gracias de manera sincera, no solo disfrutaremos personalmente de la comunión con Dios, sino que también honraremos nuestra fe y la haremos atractiva para los demás.
Pablo también les dio un buen ejemplo. Después de dar gracias, partió el pan, que era una especie de galleta o bizcocho duro para los marineros, y comenzó a comer. Lo animaran o no, él comería. Si ellos decidían quedarse abatidos y rechazar la comida como niños obstinados porque todo no estaba como querían, él seguiría comiendo y dando gracias. Quienes enseñan a otros no tienen excusa si no practican lo que enseñan. La predicación más poderosa muchas veces se hace mediante el ejemplo.
Esto tuvo un buen efecto en todos (Hechos 27:36). Todos recobraron el ánimo. Estuvieron dispuestos a creer el mensaje que Dios había dado por medio de Pablo cuando vieron que Pablo mismo lo creía, aunque compartía el mismo peligro. De esta manera, Dios envía buenas noticias a un mundo que está muriendo por medio de personas que también están en peligro y son pecadoras. Si han de ser salvas, deben serlo de la misma manera en que animan a otros a confiar. El mensaje es una salvación común, y las personas se sienten impulsadas a entregarse a Cristo cuando quienes las invitan muestran claramente que ellos mismos lo han hecho.
En este punto, Lucas menciona el número de personas que estaban a bordo, algo que ya se había señalado: eran 276 en total. Podemos ver cuántas personas pueden ser influenciadas por el buen ejemplo de una sola. Todos comieron y quedaron satisfechos (Hechos 27:38). Comieron hasta llenarse y tuvieron una comida abundante. Esto explica lo que significa que habían ayunado durante catorce días. No quiere decir que no hubieran comido absolutamente nada durante todo ese tiempo, sino que hasta ese momento nunca habían comido lo suficiente para quedar satisfechos.
Una vez más, aligeraron el barco para que pudiera resistir mejor el golpe que se aproximaba. Antes habían arrojado al mar la carga y el equipo del barco, y ahora tiraron el trigo, es decir, sus alimentos y provisiones. Era mejor perder la comida que permitir que el barco se hundiera y los arrastrara con él. Esto muestra por qué nuestro Señor llamó a los alimentos del cuerpo «comida que perece». A veces quizá tengamos que deshacernos de lo que habíamos almacenado para nuestro sustento con tal de salvar la vida. Es probable que el barco estuviera sobrecargado por la gran cantidad de pasajeros, ya que el número de personas se menciona justo antes de esto, y que por eso tuvieron que aligerarlo tantas veces.
Después viene su intento de llegar a la orilla y la ruptura del barco durante ese esfuerzo. Comieron cuando comenzaba a amanecer y, cuando ya había suficiente luz, empezaron a mirar a su alrededor. No sabían dónde estaban. No podían identificar qué país habían alcanzado —Europa, Asia o África—, pues los tres tenían costas en el mar Adriático. Es probable que aquellos marineros hubieran recorrido esa ruta muchas veces y pensaran que conocían bien todas las costas cercanas. Sin embargo, allí estaban, confundidos. Que nadie sabio se jacte de su sabiduría, porque puede fallarle por completo aun en su propio campo.
Vieron una ensenada con una playa plana y esperaron poder encallar allí el barco (Hechos 27:39). No sabían en qué país estaban ni si sus habitantes serían amistosos u hostiles, civilizados o salvajes; aun así, estaban dispuestos a ponerse en sus manos. Llegar a tierra firme sería un gran alivio para quienes habían pasado tanto tiempo en el mar. Habría sido mucho mejor que recibieran ayuda desde la costa, como la de un piloto que conociera el lugar y pudiera guiar el barco, o la de otra embarcación que pudiera llevar a bordo a algunos de los hombres.
Las personas que viven cerca de la costa suelen tener oportunidades de ayudar a quienes están en peligro en el mar y de salvar vidas valiosas. Deben hacer todo lo posible, con prontitud y de buena voluntad, porque es un pecado grave negarse a ayudar a personas que están siendo empujadas hacia la muerte y a punto de perecer. Nadie puede excusarse diciendo: «Yo no sabía», cuando sí sabía o debería haber sabido (Proverbios 24:11-12). He oído que algunas personas, incluso en nuestro propio país, deliberadamente desorientan a barcos en peligro usando luces falsas u otros engaños para que naufraguen y así poder robar la carga. Cuesta creer que un ser humano pueda ser tan malvado, cruel y lleno de maldad diabólica. Si existen personas así, deben tener la certeza de que recibirán un juicio sin misericordia, porque no tuvieron misericordia.
Entonces se dirigieron directamente hacia la costa, impulsados por el viento y la marea (Hechos 27:40). Levantaron las anclas, las cuatro que habían echado por la popa (Hechos 27:29). Algunos piensan que las recogieron cuidadosamente porque esperaban volver a usarlas cerca de la costa. Otros creen que actuaron con tanta rapidez que tuvieron que cortar los cables y dejarlas atrás. Las palabras griegas permiten cualquiera de las dos interpretaciones. Después se entregaron al mar, con el viento empujándolos hacia el puerto. Soltaron las cuerdas del timón, que habían sido atadas durante la tormenta para mantener estable la nave, pero que ahora desataron para que el piloto pudiera dirigirla con mayor libertad. Luego izaron la vela mayor para aprovechar el viento y se dirigieron hacia la costa.
Las palabras griegas que aquí se usan para las cuerdas del timón y la vela mayor les han causado muchas dificultades a los estudiosos que intentan relacionarlas con términos modernos. Pero no tienen por qué preocuparnos si nos basta con saber que, al ver la costa, se apresuraron hacia ella tan rápido como pudieron, y quizá más rápido de lo prudente. ¿Acaso un alma afligida que ha luchado durante mucho tiempo contra los vientos y las tormentas de este mundo no anhela entrar en el puerto seguro y tranquilo del descanso eterno? ¿No debería liberarse de todo lo que la ata a esta tierra y evita que sus deseos se eleven hacia el cielo? ¿No debería izar la vela mayor de la fe al viento del Espíritu y dirigirse así hacia la costa con anhelo?
Entonces lograron encallar la nave en un banco de arena, o quizá en una franja estrecha de tierra rodeada por el mar a ambos lados, donde se encontraban las olas provenientes de dos direcciones. La parte delantera de la nave quedó atascada. Una vez que ya no pudo moverse, como puede hacerlo una nave anclada, la parte trasera pronto se rompería por la fuerza de las olas. No puedo decir si los marineros cumplieron fielmente con su tarea o si, enojados porque su plan de escapar había fracasado, encallaron la nave deliberadamente. Tal vez hicieron todo lo que pudieron, y Dios, en su providencia, dirigió cada circunstancia para cumplir la palabra de Pablo: que la nave debía perderse (Hechos 27:22). Pero esto es seguro: Dios confirmará la palabra de sus siervos y cumplirá los planes de sus mensajeros (Isaías 44:26).
La nave había sobrevivido de manera sorprendente a la tormenta en mar abierto, donde podía balancearse con las olas, pero se hizo pedazos cuando quedó atascada. Del mismo modo, si el corazón se establece en el mundo, lo ama y se aferra a él, se pierde. Las tentaciones de Satanás lo golpean y lo destruyen. Pero mientras el corazón permanezca por encima del mundo, aunque sea sacudido por las preocupaciones y las dificultades, todavía hay esperanza. Podían ver la costa y, aun así, naufragaron en el puerto. Esto nos enseña a no sentirnos seguros demasiado pronto.
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De este capítulo
Hechos 27:1
"Cuando se decidió que debíamos navegar hacia Italia, entregaron a Pablo y a algunos otros prisioneros a un centurión llamado Julio, de la cohorte de Augusto."
Hechos 27:2
"Subimos a un barco de Adramitio y zarpamos con intención de navegar por las costas de Asia. Con nosotros estaba Aristarco, un macedonio de Tesalónica."
Hechos 27:3
"Al día siguiente llegamos a Sidón. Julio trató a Pablo con bondad y le permitió ir a ver a sus amigos para recibir atención."
Hechos 27:4
"Después de zarpar de allí, navegamos al abrigo de Chipre, porque los vientos eran contrarios."
Hechos 27:5
"Luego de atravesar el mar frente a Cilicia y Panfilia, llegamos a Mira, ciudad de Licia."
Hechos 27:6
"Allí el centurión encontró un barco de Alejandría que navegaba hacia Italia y nos hizo subir a bordo."
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