Versículo destacado

Hechos 17:22 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces Pablo se puso de pie en medio de la colina de Marte y dijo: «Hombres de Atenas, percibo que en todas las cosas ustedes son demasiado supersticiosos». "

Hechos 17:22

menu_book El versículo en contexto

20 «Porque traes a nuestros oídos ciertas cosas extrañas; por tanto, queremos saber qué significan estas cosas».

21 (Pues todos los atenienses y los extranjeros que estaban allí no dedicaban su tiempo a ninguna otra cosa sino a contar o escuchar algo nuevo).

22 Entonces Pablo se puso de pie en medio de la colina de Marte y dijo: «Hombres de Atenas, percibo que en todas las cosas ustedes son demasiado supersticiosos».

23 «Porque mientras pasaba y observaba sus objetos de culto, encontré un altar con esta inscripción: A DIOS DESCONOCIDO. A quien ustedes adoran sin conocerlo, a ese les anuncio».

24 «El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él, puesto que es Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí tenemos el sermón de Pablo en Atenas. Ya hemos visto otros sermones que los apóstoles predicaron a los judíos o a los gentiles que conocían el Antiguo Testamento y honraban al Dios verdadero y viviente. En esos casos, principalmente tenían que mostrar que Jesús es el Cristo, el Mesías prometido. Aquí Pablo les habla a paganos que adoraban dioses falsos y no conocían al Dios verdadero. Por eso, su mensaje es diferente.

Con los judíos y los gentiles temerosos de Dios, los apóstoles guiaban a las personas, por medio de las profecías y los milagros, a conocer al Redentor y confiar en él. Con los atenienses, Pablo primero los guía, por medio de la obra de Dios en la creación y en su providencia —es decir, su cuidado del mundo—, a conocer al Creador y adorarlo. Ya vimos un sermón parecido cuando habló con los rudos idólatras de Listra (Hechos 14:15). Este sermón, pronunciado ante los idólatras más refinados de Atenas, también es excelente y se adapta tanto a sus oyentes como a su propósito.

Pablo comienza exponiendo el objetivo de su mensaje: llevarlos a conocer al único Dios vivo y verdadero, el único que merece ser adorado. Aquí tiene que poner los cimientos y enseñarles la primera verdad de la religión: que Dios existe y que hay un solo Dios. Cuando habla en contra de los dioses que ellos adoran, no está tratando de llevarlos a la incredulidad. Está tratando de conducirlos a la adoración del Dios verdadero.

Sócrates, el filósofo griego que criticaba la adoración pagana, había sido acusado en ese mismo tribunal. Lo condenaron no solo porque no aceptaba a los dioses que la ciudad honraba, sino también porque introducía nuevos espíritus o deidades. Pablo enfrentaba una acusación parecida. Acepta tranquilamente la primera parte, porque sí rechaza sus ídolos, pero se protege de la segunda. Dice que no está introduciendo dioses nuevos, sino llevándolos al conocimiento de un solo Dios, el Anciano de Días.

Primero, Pablo les muestra que necesitaban recibir esta enseñanza. Habían perdido el conocimiento del Dios verdadero que los creó, porque se habían vuelto a dioses falsos hechos por ellos mismos. El antiguo dicho les queda muy bien: «El que adora dioses termina haciéndolos». Pablo dice: «Percibo que en todas las cosas ustedes son demasiado supersticiosos» o, como algunos traducen la expresión, «muy religiosos». Su punto es que estaban dando a otros el honor que le pertenece solamente a Dios. Temían y adoraban a demonios, espíritus que, según creían, vivían en las imágenes ante las cuales se inclinaban.

En esencia, Pablo les está diciendo: «Es hora de que aprendan que hay un solo Dios, aunque ustedes tengan más dioses que sus vecinos y mezclen la idolatría con cada aspecto de la vida». La palabra que usa podía sonar respetuosa, así que suaviza la acusación. Si se entiende en un sentido positivo, significa que eran muy devotos a su manera. Si se entiende en un sentido negativo, aun así habla con amabilidad y se limita a decir lo que él mismo había observado. Ellos acusaban a Pablo de introducir nuevos espíritus, pero él responde, en efecto: «Ustedes ya tienen suficientes espíritus. Yo no estoy añadiendo más».

Segundo, Pablo les muestra que ya le habían dado una oportunidad apropiada al colocar un altar con las palabras: «Al Dios desconocido». Esa inscripción reconocía que existía un Dios que todavía no conocían. Es triste pensar que en Atenas, considerada la cuna de la sabiduría, el Dios verdadero siguiera siendo desconocido, el único Dios que ellos no conocían. Pablo les está diciendo: «Deberían recibirme, porque este es el Dios que he venido a darles a conocer: precisamente el Dios que ustedes reconocen no conocer».

Cuando reconocemos nuestra falta, el evangelio viene a llenarla. Muchas personas instruidas han formulado distintas teorías sobre este altar al dios desconocido. Algunos piensan que significaba: «Al Dios cuya honra consiste en permanecer desconocido», y que quizá se refería al Dios de los judíos, cuyo nombre es demasiado santo para tratarlo a la ligera y cuya naturaleza no puede ser examinada por completo. Los paganos llamaban al Dios de los judíos un dios incierto o la deidad sin nombre de Moisés. Pablo les dice, en efecto: «Este Dios, que no puede ser conocido por completo mediante la investigación humana, es el que ahora les anuncio».

Otros creen que el significado era: «Al Dios que no conocemos, aunque no conocerlo es nuestra desgracia». Dicen que este altar pudo haber surgido durante una época de plaga en Atenas. Después de que los sacrificios ofrecidos a todos sus dioses fracasaron, les dijeron que dejaran que unas ovejas caminaran libremente y que construyeran un altar dondequiera que se recostara alguna. Como no sabían cómo llamar al dios que tenía poder sobre aquel asunto, escribieron: «Al Dios desconocido». Otros escritores antiguos dicen que tenían varios altares dedicados a los dioses de diferentes tierras y también uno dedicado al dios desconocido.

Pablo menciona esto con mucho cuidado. No quiere que piensen que se había entrometido en asuntos privados o que, como un extraño, había fisgoneado en cosas sagradas. Dice que lo notó mientras pasaba y observaba sus objetos de culto o sus lugares sagrados. Era algo público, así que no podía evitar verlo. Por eso, era válido que comentara sobre la religión de la ciudad. Y sabiamente lo usa como una puerta de entrada para enseñarles acerca del Dios verdadero.

Les dice que el Dios que él predica ya es, en cierto sentido, el Dios al que ellos adoran. Así que no está introduciendo un dios extraño o nuevo. «Así como ustedes dependen de él», les dice, «también le han rendido alguna clase de honor». Pero esa adoración se hacía en ignorancia, y eso era una vergüenza para un pueblo famoso en todas partes por su conocimiento. Pablo viene a quitarles esa vergüenza, para que puedan adorarlo con entendimiento en vez de adorar algo que no conocen. La misma devoción ciega puede convertirse en un servicio razonable cuando Dios es verdaderamente conocido.

Pablo apoya su enseñanza acerca del único Dios vivo y verdadero señalando la obra de Dios en la creación y en la providencia, es decir, su gobierno sabio sobre todas las cosas. En efecto, Pablo dice: «El Dios al que les digo que adoren es el Dios que hizo el mundo y lo gobierna. En lo que ha hecho pueden ver lo suficiente de él para conocer su poder eterno y su naturaleza divina».

Entre los gentiles, y especialmente entre los atenienses, la vida religiosa estaba más moldeada por los poetas y los mitos que por sus filósofos. Muchos filósofos, como Platón y más tarde Cicerón, hablaron bien acerca de un Dios supremo, de su naturaleza perfecta y de su gobierno sobre todas las cosas. Sin embargo, hicieron poco con esas verdades para combatir la idolatría, y muchos de ellos todavía cedieron ante la religión de su propia cultura. Se contentaban con debatir y enseñar esas ideas, pero nunca las usaron como debían para apartar a la gente de la adoración falsa.

Pablo comienza corrigiendo las ideas que los atenienses tenían acerca de Dios y luego va más lejos, llamándolos a reformar su adoración. Quiere que se vuelvan de los muchos dioses y los ídolos al único Dios verdadero. La primera gran verdad que les presenta es esta: Dios hizo el mundo y todo lo que hay en él; él es el Padre todopoderoso, el Creador del cielo y de la tierra.

Algunos filósofos estaban de acuerdo con esto, pero otros no. Los seguidores de Aristóteles afirmaban que el mundo siempre había existido, y los seguidores de Epicuro decían que había surgido de átomos que se unieron por casualidad. Pablo rechaza ambas ideas. Enseña que Dios, por su poder y sabiduría infinitos, hizo el mundo al principio del tiempo, y que la creación surgió de una mente eterna, no de materia eterna.

Como Dios hizo el cielo y la tierra, también es el Señor del cielo y de la tierra. Eso significa que es el dueño legítimo y gobernante de todos los seres, poderes y riquezas, tanto visibles como invisibles. Lo que él crea, tiene derecho a gobernarlo. Si él da la vida y la existencia, también tiene el derecho incuestionable de establecer las reglas.

Luego Pablo dice que Dios es, de manera especial, el Creador de todos los seres humanos. Él «hizo de una sola sangre todas las naciones de los hombres» (Hechos 17:26). Creó al primer hombre y sigue creando a cada persona. Él es quien forma cada cuerpo y da cada espíritu humano. También formó las naciones y colocó a las personas en comunidades para su protección y bienestar.

Todos compartimos una misma naturaleza y provenimos de la misma línea familiar. En Adán y también en Noé, todos estamos relacionados. Esto debería llevarnos a la bondad, la ayuda y la preocupación fraternal, porque somos criaturas semejantes. Como dice Malaquías: «¿Acaso no tenemos todos un mismo Padre? ¿No nos creó un mismo Dios?» (Malaquías 2:10). Dios también hizo que las personas habitaran toda la tierra, la cual les ha dado a los hijos de los hombres con todo lo que contiene. Puesto que todas las naciones provienen de la misma sangre, ninguna debería menospreciar a otra. Pablo derriba con sus palabras la idea orgullosa de los griegos, y especialmente la presunción de los atenienses de que habían nacido de su propia tierra y no tenían relación con nadie más.

Dios también es el gran benefactor de toda la creación. Él «da a todos vida, aliento y todas las cosas» (Hechos 17:25). No solo dio vida al primer hombre, sino que continúa dándosela a cada persona. Formó el espíritu del ser humano dentro de él y sostiene esa vida momento tras momento. Nuestro aliento está en sus manos, y en cada instante él nos lo vuelve a dar. Ni siquiera los gobernantes más poderosos ni los filósofos más sabios pueden vivir sin él.

Este cuidado se extiende más allá de los seres humanos y alcanza a todas las criaturas vivientes. Todos los animales reciben de él la vida y el aliento. Y donde él da vida y aliento, también da lo necesario para sostener esa vida. La tierra está llena de su bondad (Salmo 104:24, Salmo 104:27).

Finalmente, Dios es el soberano de los asuntos humanos y lleva a cabo todas las cosas conforme a su voluntad. «Él ha establecido de antemano los tiempos y los límites de la habitación de los seres humanos» (Hechos 17:26). Esto muestra, en primer lugar, el poder de Dios sobre nosotros. Él ha establecido cada acontecimiento, de modo que su providencia no puede ser cuestionada ni cambiada. En segundo lugar, muestra su sabiduría, porque sus decisiones no son repentinas ni arbitrarias. Son la expresión de un plan eterno. Lo que Dios hace realidad ya estaba guardado en él antes de la creación del mundo.

También muestra el alcance de su providencia: el tiempo y el lugar. Los tiempos y lugares de nuestra vida en este mundo están dispuestos por el Dios que nos creó. Él determina nuestros días, que a nosotros pueden parecernos cambiantes, pero que están fijados por él. Nuestros tiempos están en sus manos: él puede alargarlos o acortarlos, hacerlos dulces o amargos, según le plazca. Él determina el momento en que entramos al mundo y el momento en que lo dejamos; nuestro tiempo de nacer y nuestro tiempo de morir (Eclesiastés 3:1, Eclesiastés 3:2), y todo lo que ocurre entre ambos.

Ya sean tiempos prósperos o llenos de dificultades, Dios los ha establecido. Debemos depender de él para los días que aún tenemos por delante. También ha fijado los límites de los lugares donde viven las personas. El Dios que hizo de la tierra un hogar para la humanidad también distribuyó los territorios y estableció las propiedades, con límites que impiden que las personas tomen lo que pertenece a otros.

Los lugares específicos donde nacemos y donde nos establecemos también están bajo el gobierno sabio de Dios. Esto debería enseñarnos a aceptar el lugar en que estamos y a aprovecharlo de la mejor manera. Él no está lejos de ninguno de nosotros (Hechos 17:27). Dios está presente en todas partes. No solo está cerca de nosotros, sino que nos conoce por completo y nos observa en todo momento (Salmo 139:13). Él nos conoce mejor de lo que nosotros mismos nos conocemos.

Los idólatras fabricaban imágenes de Dios para sentir que él estaba presente en ellas. Pablo muestra lo absurdo de esto. Dios es un Espíritu infinito; está cerca de cada uno de nosotros, pero ninguna imagen puede hacerlo estar más cerca. En cierto sentido, una imagen lo hace parecer más lejano, porque intenta reducirlo a los límites de nuestra imaginación. Él está cerca de nosotros para recibir la honra que le damos y responder a las misericordias que le pedimos, estemos donde estemos, aunque no haya cerca un altar, una imagen ni un templo.

El Señor de todos es rico (Romanos 10:12), y está cerca de todos los que lo invocan (Deuteronomio 4:7). Él nos manda orar en todo lugar, así que podemos tener la seguridad de que no está lejos de ninguna parte. Sin importar el país, la nación, el trabajo, la posición social o la condición a la que pertenezcamos, Dios no está lejos de nosotros. Ya sea que estemos en un palacio o en una casa humilde, rodeados de gente o solos, en una ciudad o en un desierto, en el mar o muy lejos de la costa, esto sigue siendo verdad.

Pablo también dice que en Dios vivimos, nos movemos y existimos (Hechos 17:28). Toda nuestra vida depende de su cuidado, así como los arroyos dependen de un manantial y los rayos dependen del sol. En él vivimos, lo que significa que nuestra vida continúa únicamente por su cuidado constante. Él es nuestra vida y quien determina la duración de nuestros días. Nuestras vidas no solo se conservan por su paciencia y compasión; continúan por su poder, su bondad y su cuidado paternal. Si simplemente dejara de darnos sus buenos regalos, moriríamos al instante.

En él nos movemos. Nuestra alma actúa porque su providencia nunca deja de obrar. Nuestros pensamientos se ocupan de muchas cosas y nuestros afectos se dirigen hacia sus objetos apropiados por causa de él. También es él quien hace que nuestro cuerpo se mueva. No podemos levantar una mano, un pie o la lengua sino por su poder. Así como él es la causa primera, también es el primer motor.

En él tenemos nuestro ser. No solo recibimos la vida de él al principio; seguimos dependiendo de él para vivir ahora. Por su cuidado y bondad constantes, no solo existimos, sino que existimos como la clase de seres que somos. Podemos conocer y disfrutar de Dios. No quedamos reducidos al nivel de los animales ni somos entregados a la miseria de los demonios.

En general, somos descendientes de Dios. Él es nuestro Padre, quien nos formó (Deuteronomio 32:6, Deuteronomio 32:18), y quien nos alimentó y nos crió como a sus hijos (Isaías 1:2). Pablo cita una frase del poeta griego Arato, un hombre de Cilicia, la misma región de donde era Pablo. En su poema, Arato dijo: «También somos descendientes de él». Una confesión como esa, proveniente de un opositor, resulta útil como argumento directo contra él.

Pablo podría haber citado a otros poetas para mostrar que vivimos y nos movemos en Dios. Escoge a Arato porque esa frase es breve y contundente. Esto también muestra que Pablo era un hombre instruido y que el conocimiento humano puede ser útil para un ministro del evangelio, especialmente al tratar con quienes están fuera de la fe. Le ayuda a responderles usando sus propias herramientas, como David le cortó la cabeza a Goliat con la espada de Goliat. ¿Cómo pueden vencer a los enemigos de la verdad en sus propios lugares fuertes quienes no conocen esos lugares?

Esto también debería avergonzar al propio pueblo de Dios cuando olvida quién es. Hasta un poeta pagano pudo decir: «Somos descendientes de él». Dios nos formó y nos hizo para él, y su providencia nos cuida con más atención de la que los padres terrenales cuidan a sus hijos. Por eso debemos obedecer sus mandamientos, aceptar la manera en que trata con nosotros y vivir para su honra y alabanza. Puesto que vivimos en él y por él, debemos vivir para él. Puesto que nos movemos en él, debemos avanzar hacia él. Puesto que tenemos nuestro ser de él y recibimos de él todo el sustento y el consuelo de la vida, debemos entregarle todo nuestro ser y buscar en él una vida nueva, una vida mejor y el bienestar eterno.

A partir de estas grandes verdades acerca de Dios, Pablo concluye que la idolatría de ellos es absurda, tal como lo habían hecho antes los profetas. Si esto es verdad, entonces Dios no puede ser representado por una imagen. Si somos descendientes de Dios y somos espíritu unido a un cuerpo, entonces ciertamente el Padre de nuestros espíritus es él mismo un Espíritu. La naturaleza divina no es semejante al oro, la plata o la piedra, moldeados por la habilidad y la imaginación humanas (Hechos 17:29). Deshonramos a Dios cuando pensamos de esa manera. Dios honró a los seres humanos al crear el alma a su propia imagen. Pero las personas deshonran a Dios cuando intentan hacerlo semejante al cuerpo.

La naturaleza de Dios es espiritual, ilimitada, no está hecha de materia y está más allá de nuestra plena comprensión. Por eso, cualquier imagen que intente mostrar a Dios presenta una idea falsa e injusta de él, sin importar cuán costoso sea el material, cuán cuidadosa sea la talla o cuán significativo parezca su diseño. Enseña una mentira.

Luego Pablo dice que Dios no vive en templos hechos por manos humanas (Hechos 17:24). Él no necesita ser invitado a ningún templo que las personas puedan construirle, ni está confinado a ninguno de ellos. Un templo no lo acerca más a nosotros ni hace que permanezca con nosotros por más tiempo.

Un templo puede ser útil para nosotros cuando nos reunimos para adorar a Dios, pero Dios no necesita un lugar donde vivir o descansar. La belleza o el esplendor de un edificio no pueden añadir nada a la gloria de su presencia. Lo que le agrada es un corazón piadoso y sincero, un templo no hecho por manos humanas, sino por el Espíritu de Dios. Ese es el lugar donde vive y donde se complace en habitar (1 Reyes 8:27; Isaías 66:1, 2).

Por tanto, Dios no es adorado ni servido por manos humanas como si necesitara algo (Hechos 17:25). Él, que hizo todas las cosas y mantiene todo en funcionamiento, no recibe ningún beneficio de nuestro servicio. No nos necesita, porque ya posee en sí mismo toda perfección. Él es la fuente de todo bien, y nosotros no tenemos nada bueno aparte de él. Los filósofos entendían que Dios no necesita de nosotros ni de nuestras ofrendas, pero la adoración pagana común muchas veces trataba a los ídolos como si necesitaran casas y alimentos para sus dioses (Job 35:5-8; Salmo 50:8).

Esto significa que es importante que todos busquemos a Dios (Hechos 17:27). Es decir, debemos temerlo y adorarlo correctamente. Dios ha hecho que la vida humana dependa de él para la vida misma y para todo consuelo, a fin de que permanezcamos constantemente obligados a honrarlo. Vemos señales claras de su presencia, de su autoridad sobre nosotros, de su cuidado providencial y de su generosidad para con nosotros. Todo esto debería llevarnos a buscar a Dios, nuestro Creador, quien da canciones durante la noche, nos enseña más que a los animales y nos hace más sabios que las aves del cielo (Job 35:10, 11).

Nada debería conmovernos más que la manera en que Dios nos creó, especialmente las nobles capacidades de nuestra alma. Estas deberían convencernos de que Dios existe y llevarnos a buscar su favor y su amor. Si reflexionamos cuidadosamente sobre nosotros mismos, podemos ver tanto nuestra relación con Dios como nuestro deber hacia él. Sin embargo, este conocimiento es tenue en comparación con la luz más clara de la revelación divina, y las personas son tan lentas para recibirlo que quienes no cuentan con esa revelación solo pueden buscar a Dios a tientas y quizá encontrarlo.

Aun así, no es seguro que realmente lo encuentren; y, si lo encuentran, su idea acerca de él será confusa e incompleta. Es como andar a tientas en la oscuridad o como una persona ciega que intenta sujetar algo sin saber qué es. El poeta que Pablo cita solo tenía una idea general de nuestra relación con Dios: decía que somos descendientes de Dios, y algunos de sus filósofos expresaban pensamientos parecidos. Pitágoras decía que los seres humanos tienen algo de naturaleza divina. A Heráclito le preguntaron: «¿Qué son los seres humanos?», y respondió: «Dioses mortales». Cuando le preguntaron: «¿Qué son los dioses?», respondió: «Seres humanos inmortales». Píndaro también decía que Dios y el ser humano están estrechamente relacionados.

Es verdad que reflexionar con cuidado sobre nosotros mismos puede guiarnos hacia el conocimiento de Dios, pero sigue siendo un conocimiento confuso. Es solo buscarlo a tientas. Por eso debemos agradecer que, por medio del evangelio de Cristo, ahora tenemos un conocimiento de Dios mucho más claro del que la naturaleza por sí sola podría darnos. Ya no lo buscamos a tientas en la oscuridad, sino que, a cara descubierta, contemplamos como en un espejo la gloria de Dios.

Luego Pablo los llama a arrepentirse de su idolatría y a apartarse de ella (Hechos 17:30-31). Esta es la parte práctica de su discurso ante aquella comunidad de estudiosos. Después de mostrarles quién es Dios, con razón los exhorta a arrepentirse y volver a él. También les habría enseñado a tener fe en nuestro Señor Jesucristo, si se hubieran quedado el tiempo suficiente para escucharlo. Como les había mostrado lo absurdo de adorar a otros dioses, los anima a abandonar ese culto vacío y regresar al Dios vivo y verdadero.

Debemos observar cómo trató Dios al mundo gentil antes de que el evangelio llegara a él: pasó por alto los tiempos de esa ignorancia. Fueron tiempos de profunda ignorancia. Antes de la venida de Cristo, el conocimiento humano había avanzado mucho entre los gentiles, pero seguían siendo muy ignorantes acerca de las cosas de Dios. Las personas son verdaderamente ignorantes cuando no conocen a Dios o cuando lo adoran sin conocerlo; y la idolatría surgió de esa ignorancia.

Dios pasó por alto aquellos tiempos de ignorancia de una de dos maneras. Algunos entienden esto como un acto de justicia: Dios dejó de lado esos tiempos y no les envió el evangelio, como ahora sí lo hace. Le resultaba profundamente ofensivo ver que su gloria se entregaba a otro, y aborrecía aquellos tiempos. Sin embargo, una mejor interpretación es que se trató de un acto de paciencia y moderación. Pasó por alto esos tiempos al no detener sus idolatrías por medio de profetas, como lo hizo con Israel. No los castigó por esas idolatrías como castigó a Israel, sino que aun así les concedió los buenos regalos de su providencia (Hechos 14:16-17). Podía decirles: «Has hecho estas cosas, y yo he guardado silencio» (Salmo 50:21). No les dio los mismos llamados firmes al arrepentimiento que ahora les da. Los dejó seguir su propio camino. Como no aprovecharon la luz que tenían y estuvieron dispuestos a permanecer en la ignorancia, Dios no les dio más luz. O bien, tuvo paciencia con ellos y no actuó rápida ni severamente, porque habían actuado en ignorancia (1 Timoteo 1:13).

Ahora, por medio del evangelio, Dios da al mundo gentil una orden clara: manda a todas las personas, en todas partes, que se arrepientan. Esto significa cambiar su manera de pensar y de vivir, avergonzarse de su necedad y comenzar a vivir con mayor sabiduría. Significa apartarse de la adoración de ídolos para adorar al Dios verdadero. Y significa aún más: apartarse con dolor y vergüenza de todo pecado, y dirigirse con un corazón dispuesto y una firme determinación hacia todo deber.

Este es el mandato de Dios. Habría sido una gran misericordia que solo nos hubiera dicho que todavía es posible arrepentirse y que podemos ser recibidos si lo hacemos. Pero va más allá y usa su propia autoridad para nuestro bien. Ha convertido en nuestro deber aquello que es un privilegio. Este mandato es para todas las personas, en todas partes: para los seres humanos, no para los ángeles, que no lo necesitan, ni para los demonios, que están excluidos de sus beneficios. Es para todas las personas y en todos los lugares. Todos han pecado y necesitan arrepentirse, y todos están invitados a hacerlo y a recibir sus beneficios. Los apóstoles fueron enviados a predicar esto en todas partes. Los profetas fueron enviados a llamar a los judíos al arrepentimiento, pero los apóstoles fueron enviados a predicar el arrepentimiento y el perdón de pecados a todas las naciones.

En la época del evangelio, este mandato llega con una urgencia todavía mayor, porque ahora se presenta con más claridad y respaldo que antes.

Ahora el camino del perdón está abierto más plenamente que antes, y la promesa está confirmada con mayor claridad. Por eso Dios llama ahora a todas las personas al arrepentimiento. Este es el momento de volver a él. Ya has vivido demasiado tiempo en pecado, y pronto será demasiado tarde.

La razón más contundente para este mandato es el juicio venidero. Dios nos manda arrepentirnos porque ha establecido un día en el que juzgará al mundo con justicia (Hechos 17:31). Bajo el evangelio, nos ha dado una revelación más clara que nunca acerca de la vida después de la muerte, cuando cada persona recibirá lo que merece.

El Dios que creó el mundo lo juzgará. Él les dio vida y capacidades a las personas, y les pedirá cuentas de cómo las usaron. Las recompensará según hayan usado el cuerpo y el alma para servirle o hayan convertido el alma en sierva del cuerpo, preocupándose únicamente por los placeres terrenales. Cada persona recibirá lo que le corresponda por lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo (2 Corintios 5:10). El Dios que ahora gobierna el mundo también lo juzgará. Recompensará a quienes hayan apoyado fielmente su gobierno y castigará a quienes se hayan rebelado.

También hay un día establecido para esta revisión final de todo lo que las personas han hecho durante su vida y para la determinación definitiva de su estado eterno. Ese día está fijado en el plan de Dios y no puede cambiarse, pero nadie en la tierra sabe cuándo llegará. Será un día de decisión, un día de recompensa y un día que pondrá fin a todos los días de esta vida.

El mundo será juzgado con completa justicia, porque Dios nunca es injusto cuando castiga el mal. Conoce perfectamente el carácter y las acciones de cada persona, así que su sentencia será completamente justa. No será posible apelar, y nadie tendrá una queja válida contra ella.

Dios juzgará al mundo por medio del hombre que ha designado, y ese hombre no puede ser otro que el Señor Jesús, a quien se le ha dado toda autoridad para juzgar. Por medio de él, Dios creó el mundo; por medio de él lo redimió; por medio de él lo gobierna; y por medio de él lo juzgará. La resurrección de Cristo de entre los muertos es la gran prueba de que ha sido designado Juez de los vivos y de los muertos. Al honrarlo de esta manera, Dios mostró su propósito de darle ese cargo.

La resurrección de Cristo fue el comienzo de su exaltación, y su juicio del mundo será la culminación de ella. El Dios que inicia esta obra también la llevará a término. Ha dado a todas las personas pruebas suficientes para confiar en que el juicio viene y en que Cristo será el Juez. Esto no es incierto. Que los enemigos de Cristo estén seguros de ello y tiemblen delante de él. Que sus amigos también estén seguros y se regocijen en él.

Pensar en el juicio venidero y en la participación que Cristo tendrá en él debería movernos a todos a arrepentirnos de nuestros pecados y volvernos a Dios. Esta es la única manera de que el Juez sea nuestro amigo en aquel día. Será un día aterrador para todos los que vivan y mueran sin arrepentirse. Pero quienes se hayan arrepentido de verdad levantarán entonces la cabeza con alegría, porque sabrán que su redención está cerca.

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