Versículo destacado

Hechos 26:12 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Con este propósito iba a Damasco con autoridad y comisión de los principales sacerdotes. "

Hechos 26:12

menu_book El versículo en contexto

10 Y eso también hice en Jerusalén: encerré en prisión a muchos de los santos, después de recibir autoridad de los principales sacerdotes; y cuando los ejecutaban, daba mi voto contra ellos.

11 Muchas veces los castigué en todas las sinagogas y los obligué a blasfemar; y, enfurecido en extremo contra ellos, los perseguí hasta en ciudades extranjeras.

12 Con este propósito iba a Damasco con autoridad y comisión de los principales sacerdotes.

13 Al mediodía, oh rey, vi en el camino una luz del cielo, más brillante que el sol, que resplandecía alrededor de mí y de los que viajaban conmigo.

14 Cuando todos habíamos caído a tierra, oí una voz que me hablaba y decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Duro te es dar coces contra los aguijones.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Todo el que cree en Dios y respeta su autoridad debe admitir esto: quienes hablan y actúan bajo su dirección no deben ser resistidos, porque hacerlo es luchar contra Dios. Aquí Pablo, mediante un relato claro y sincero de los hechos, muestra ante toda aquella respetable asamblea que había recibido un llamado directo del cielo para predicar el evangelio de Cristo a los gentiles, precisamente aquello que había provocado la oposición de los judíos contra él.

Primero demuestra que se hizo cristiano por el poder de Dios, aunque tenía un fuerte prejuicio contra ese camino. El cielo lo incorporó de repente mediante la intervención divina; no fue obligado a confesar a Cristo por una presión externa, como él había obligado a otros a hablar contra Cristo, sino por un poder divino y espiritual, mediante una revelación de Cristo que vino de lo alto y penetró en su interior. Esto ocurrió mientras estaba completamente entregado al pecado, camino a Damasco para destruir el cristianismo persiguiendo allí a los creyentes. Seguía tan lleno de celo como siempre, y su enojo no se había agotado ni debilitado. No dejó de perseguirlos porque hubiera perdido el apoyo de sus amigos, pues en ese momento todavía tenía toda la autoridad y la comisión de los principales sacerdotes para perseguir a los cristianos. Entonces un poder superior lo obligó a abandonar aquella misión y aceptar otra: predicar a Cristo.

Dos cosas produjeron este cambio asombroso: una visión del cielo y una voz del cielo. Por medio de la vista y del oído, las dos principales maneras en que aprendemos, Cristo se dio a conocer a Pablo.

Primero, Pablo vio una visión celestial, cuyos detalles muestran que no pudo ser un engaño ni un error. Vio una gran luz, una luz del cielo que ninguna habilidad humana podía producir. No era de noche, sino al mediodía. No estaba dentro de una casa, donde se hubiera podido preparar algún engaño, sino en el camino, al aire libre. Era más resplandeciente que el sol y lo superaba por completo (Isaías 24:23). No podía proceder de la imaginación de Pablo, porque brilló alrededor de todos los que viajaban con él. Todos se sintieron rodeados por aquel torrente de luz, que hacía que el sol pareciera apagado en comparación. El poder de esa luz también se manifestó en sus efectos: todos cayeron al suelo al verla, porque el temor que produjo en ellos fue enorme. Resplandecía con la fuerza de un relámpago, pero no desapareció como un relámpago, sino que continuó brillando alrededor de ellos.

En los tiempos del Antiguo Testamento, Dios solía revelarse en una profunda oscuridad y la hacía su morada (2 Crónicas 6:1). Habló con Abraham en medio de una gran oscuridad (Génesis 15:12), porque aquella era una época anterior, marcada por la oscuridad. Pero ahora, puesto que el evangelio ha sacado a la luz la vida y la inmortalidad, Cristo se manifestó en medio de una gran luz. En la obra de la gracia, como en la creación del mundo, lo primero que se crea es la luz (2 Corintios 4:6).

Cristo mismo se apareció a Pablo (Hechos 26:16): «Me he aparecido a ti con este propósito». Cristo estaba presente en aquella luz, aunque los hombres que acompañaban a Pablo solo vieron la luz y no al propio Cristo en medio de ella. No todo tipo de conocimiento puede hacernos cristianos. Es necesario conocer a Cristo.

Segundo, Pablo oyó una voz celestial que le habló claramente. Aquí se dice que la voz habló en hebreo, su lengua materna y el idioma de su religión. Esto le recordaba que, aunque sería enviado a los gentiles, no debía olvidar que era hebreo ni volverse extraño a la lengua hebrea. En lo que Cristo le dijo pueden observarse varias cosas. Lo llamó por su nombre y lo repitió: «Saulo, Saulo». Esto debió sobresaltarlo, especialmente porque estaba en un lugar donde pensaba que nadie lo conocía. Cristo lo convenció de su pecado, en particular del pecado que estaba cometiendo en ese momento al perseguir a los cristianos, y le mostró cuán insensato era. También mostró su preocupación personal por el sufrimiento de sus seguidores: «Me persigues» (Hechos 26:14), y de nuevo: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (Hechos 26:15). Pablo jamás imaginó que, mientras aplastaba a quienes consideraba la carga y la vergüenza de la tierra, en realidad estaba atacando la gloria del cielo.

Cristo también le advirtió del peligro de resistirse a las convicciones que ya lo estaban presionando: «Dura cosa te es dar coces contra el aguijón», como un buey que lucha contra la vara puntiaguda que lo impulsa hacia adelante. Al principio, quizá el espíritu de Pablo comenzó a rebelarse, pero se le advirtió que era peligroso seguir resistiendo, y entonces cedió. O tal vez estas palabras fueron una advertencia: debía tener cuidado de no resistirse a aquellas convicciones, porque no pretendían insultarlo, sino moverlo en la dirección correcta.

Cuando Pablo preguntó quién le hablaba, Cristo se dio a conocer. Pablo preguntó: «¿Quién eres, Señor?». Quería saber quién le hablaba desde el cielo para poder responderle de manera apropiada. Cristo respondió: «Yo soy Jesús», aquel a quien Pablo había despreciado, odiado y atacado con sus palabras. Llevaba precisamente el nombre que Pablo había hecho tan despreciable y que había tratado como un nombre criminal. Pablo pensaba que Jesús estaba sepultado en la tierra, quizá robado de su propia tumba y puesto en otro lugar. A los judíos les habían enseñado a decir eso, y por eso Pablo quedó asombrado al oír que Jesús le hablaba desde el cielo y verlo rodeado de tanta gloria, después de que había sido cubierto de toda clase de vergüenza. Esto lo convenció de que la enseñanza de Jesús venía de Dios y del cielo, y que no solo debía dejarla en paz, sino recibirla con entusiasmo. Jesús es el Mesías, porque no solo resucitó de entre los muertos, sino que también recibió honor y gloria de Dios el Padre. Eso bastó para que Pablo se hiciera cristiano de inmediato, abandonara la compañía de los perseguidores contra quienes se había manifestado el Señor del cielo y se uniera a la compañía de los perseguidos, por quienes se había manifestado el Señor del cielo.

Pablo también muestra que fue constituido ministro por autoridad divina. El mismo Jesús que se le apareció en aquella luz gloriosa le ordenó ir y predicar el evangelio a los gentiles. Pablo no salió por iniciativa propia, sin haber sido enviado, ni fue enviado por hombres como él, sino por aquel a quien el Padre había enviado (Juan 20:21). Lo que aquí se dice acerca de su llamado como apóstol se une de inmediato con lo que se le dijo en el camino, aunque por Hechos 9:15 y Hechos 22:15, 17 y los versículos siguientes parece que parte de ello fue dicho después. Pablo reúne los acontecimientos por brevedad: «Levántate y ponte sobre tus pies». Aquellos a quienes Cristo derriba mediante la luz de su evangelio, humillándolos por causa de su pecado, descubrirán que lo hace para volver a levantarlos, a fin de que permanezcan firmes en la gracia, la fortaleza y el consuelo espirituales. Si Cristo hiere, lo hace para sanar. Si humilla, lo hace para levantar. Levántate, entonces, y sacúdete el polvo (Isaías 52:2). Haz lo que te corresponde, y Cristo te ayudará.

Pablo debía levantarse porque Cristo tenía una obra para él, un mensaje —y un mensaje muy grande— que debía llevar: «Me he aparecido a ti para constituirte ministro».

Cristo mismo hace ministros a quienes le sirven. De él reciben tanto sus dones como su comisión. Pablo da gracias a Cristo Jesús, quien «lo puso en el ministerio» (1 Timoteo 1:12). Cristo se le apareció precisamente para constituirlo ministro.

De una manera u otra, Cristo se dará a conocer a todos los que llama a servirle. ¿Cómo pueden predicar a Cristo quienes no lo conocen? ¿Y cómo pueden conocerlo si su Espíritu no se lo da a conocer? Pablo fue designado para el oficio de ministro, alguien que sirve a Cristo y actúa en su nombre como testigo. Debía presentar pruebas a favor de la causa de Cristo y confirmar la verdad de su enseñanza. Tenía que dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios. Cristo se le apareció para que pudiera hablar en su nombre delante de los demás.

El testimonio de Pablo tenía un tema claro. Primero, debía contar lo que había visto, especialmente la aparición de Cristo en el camino y lo que Cristo le había dicho. Vio estas cosas para darlas a conocer, y lo hizo cada vez que tuvo la oportunidad, tanto en esta ocasión como antes (Hechos 22). Segundo, debía hablar de las cosas que Cristo le mostraría después. Cristo estableció con Pablo una relación continua y tenía la intención de seguir enseñándole. Al principio, Pablo solo tenía una comprensión vaga del evangelio, hasta que Cristo se le apareció y le dio una instrucción más completa. Recibió directamente de Cristo el evangelio que predicaba (Gálatas 1:12), pero lo recibió poco a poco, conforme surgía cada nueva necesidad. Es probable que Cristo se le apareciera muchas veces más, aunque esos encuentros no quedaron registrados, y que continuara enseñándole para que él pudiera seguir enseñando a otros.

Mientras Pablo servía como testigo de Cristo, Cristo también lo mantenía bajo una protección especial. Los poderes de las tinieblas no podían derrotarlo hasta que hubiera terminado de dar testimonio (Hechos 26:17): «librándote del pueblo judío y de los gentiles». Los testigos de Cristo están bajo su cuidado especial. Pueden caer en manos de sus enemigos, pero él sabe cómo librarlos.

Cristo ya le había mostrado a Pablo que sufriría mucho (Hechos 9:16), y aun así aquí le dice que lo librará del pueblo. El gran sufrimiento sí concuerda con la promesa de Dios de librar a su pueblo, porque él no promete mantenerlo alejado de los problemas, sino llevarlo a través de ellos. A veces Dios permite que su pueblo caiga en manos de sus perseguidores para honrarse a sí mismo al rescatarlo.

Pablo también recibe una comisión especial para ir a los gentiles, es decir, a las naciones no judías. Pasaron años después de su conversión antes de que fuera enviado a ellos, o incluso supiera claramente que había sido escogido para esa tarea (véase Hechos 22:21). Finalmente se le dice que dirija su camino en esa dirección. Había una gran obra que realizar entre los gentiles, y Pablo debía ayudar a llevarla a cabo.

Había dos cosas que debían hacerse especialmente. Primero, había que llevar luz a un mundo sumido en las tinieblas. Había que enseñarles a las personas que no conocían las cosas que conducen a la paz eterna. Necesitaban conocer a Dios como su fin y a Cristo como el camino, cuando no conocían ni al uno ni al otro. Pablo es enviado para abrirles los ojos y hacerlos volver de las tinieblas a la luz.

Su predicación no solo les comunicaría cosas que nunca habían escuchado, sino que también sería el medio por el cual Dios les daría entendimiento para recibir la verdad. De ese modo, abriría ojos que habían estado cerrados a la luz, y las personas llegarían a estar dispuestas a entenderse a sí mismas y su verdadera condición. Cristo abre el corazón al abrir los ojos. No conduce a las personas con los ojos vendados, sino que les permite ver el camino que tienen por delante.

Pablo es enviado no solo a abrirles los ojos por un momento, sino a mantenerlos abiertos y hacerlos volver de las tinieblas a la luz. Esto significa apartarlos de guías falsos y ciegos, de los oráculos, la adivinación y las prácticas supersticiosas transmitidas por sus antepasados, así como de las ideas falsas que tenían acerca de sus dioses. Debía conducirlos a una revelación divina en la que se pudiera confiar por completo. Esto es volver de las tinieblas a la luz, de los caminos oscuros a los caminos donde resplandece la luz. El gran propósito del evangelio es enseñar al ignorante y corregir los errores de quienes están equivocados, para que las cosas puedan verse bajo la luz correcta.

Segundo, había que transformar y santificar a un mundo que yacía en la maldad, bajo el poder del maligno. No basta con que las personas tengan los ojos abiertos; sus corazones también deben ser renovados. No basta con hacerlas volver de las tinieblas a la luz. También deben ser trasladadas del poder de Satanás al poder de Dios, y esto sucederá naturalmente, porque Satanás gobierna por medio de las tinieblas, mientras que Dios gobierna por medio de la luz convincente de la verdad.

Los pecadores están bajo el poder de Satanás, y los idólatras lo estaban de manera especial, porque rendían honor a los demonios. Todos los pecadores sienten su influencia, ceden a sus tentaciones y se convierten en sus cautivos. La gracia que convierte aparta a las personas del gobierno de Satanás y las pone bajo el gobierno de Dios, para que vivan conforme a su palabra y sigan la dirección de su Espíritu. Las traslada del reino de las tinieblas al reino de su amado Hijo. Cuando los deseos santos se fortalecen en el alma, allí donde antes gobernaban los deseos pecaminosos, esa alma ha sido trasladada del poder de Satanás al poder de Dios.

Esta obra trae gran felicidad a los gentiles. Ellos han de recibir el perdón de los pecados y una herencia entre los que son santificados por la fe. Son trasladados de las tinieblas del pecado a la luz de la santidad, y de la esclavitud a Satanás al servicio de Dios, no para que Dios obtenga algo de ellos, sino para que ellos reciban de él. Son restaurados al favor de Dios, favor que el pecado les había hecho perder.

Han de recibir el perdón de los pecados. Son liberados del poder del pecado para ser salvados de la muerte que el pecado merece. No obtienen el perdón como una recompensa. Lo reciben como un regalo gratuito, y ese regalo los prepara para disfrutar de su consuelo. Abandonan su rebelión y vuelven a la lealtad, para beneficiarse del perdón de Dios y acogerse a él cuando llegue el juicio contra ellos.

También reciben felicidad al participar de Dios mismo. No solo les son perdonados sus pecados, sino que también reciben una herencia entre los que son santificados por la fe en Cristo. El cielo es una herencia porque llega a todos los hijos de Dios. Si somos hijos, también somos herederos. La palabra también puede entenderse como «porción», en alusión a las herencias en Canaán, que fueron asignadas por sorteo; y eso también fue obra de Dios, porque el resultado está determinado por el Señor.

Algunos entienden esto como que a los creyentes se les concede un derecho, no porque lo merezcan, sino únicamente por gracia. Todos los que verdaderamente se vuelven del pecado a Dios no solo reciben perdón, sino también un lugar de honor y una rica herencia. El perdón de los pecados abre el camino a esa herencia al quitar aquello que nos impedía recibirla.

Todos los que serán salvados en el futuro están siendo santificados ahora. Los que recibirán la herencia celestial primero deben ser preparados y hechos aptos para ella. Nadie puede ser verdaderamente feliz si no es santo, y nadie será santo en el cielo si primero no fue santo en la tierra. Si queremos la felicidad, no necesitamos más que tener nuestra porción con aquellos que son santificados, compartir su parte y seguir su camino.

Esto es lo mismo que tener nuestra porción entre los escogidos, porque ellos fueron escogidos para la salvación por medio de la santidad. Los que son santificados también serán glorificados. Por eso, echemos ahora nuestra suerte con ellos al unirnos a la comunión de los santos y estar dispuestos a compartir su porción, incluso en sus sufrimientos. Por difícil que esto sea, nuestra participación con ellos en la herencia compensará con creces todo lo demás.

Somos santificados y salvados por la fe en Cristo. Algunos relacionan estas palabras con las que aparecen justo antes, «santificados por la fe», porque la fe limpia el corazón y aplica al alma las preciosas promesas de Dios. También pone al alma bajo el poder de esa gracia por la cual llegamos a participar de la naturaleza divina, es decir, a compartir la vida santa de Dios. Otros relacionan estas palabras con recibir tanto el perdón como la herencia, ya que es por la fe que aceptamos ese regalo. En cualquier caso, el punto es el mismo: por la fe somos justificados, santificados y glorificados.

«Por la fe en mí» aparece con énfasis. Esta es la fe que no solo cree en la revelación de Dios en general, sino que se aferra a Jesucristo y a su mediación, es decir, a su obra como el mediador que nos lleva a Dios. Por medio de esta fe, confiamos en Cristo como el Señor que es nuestra justicia y nos entregamos a él como el Señor que nos gobierna. Así recibimos el perdón de los pecados, el regalo del Espíritu Santo y la vida eterna.

Ahora Pablo pasa a mostrar que cumplió su ministerio conforme a su comisión, con la ayuda de Dios y bajo su dirección y protección. Dios, quien lo llamó a ser apóstol, aprobó su obra apostólica y lo sostuvo en ella, dándole crecimiento y éxito.

Dios le dio un corazón dispuesto a obedecer el llamado. «No fui desobediente a la visión celestial» (Hechos 26:19). Cualquier persona razonable estaría de acuerdo en que debía obedecerla. Las visiones celestiales tienen más autoridad que los planes terrenales, y es peligroso rechazarlas. Si Pablo hubiera escuchado sus deseos carnales y sus intereses mundanos, habría hecho como Jonás y se habría ido a cualquier lugar excepto a cumplir esa misión. Pero Dios abrió su oído, y él no se rebeló. Aceptó la comisión, recibió sus instrucciones y se dedicó a llevarlas a cabo.

Dios también le permitió realizar una gran obra, aunque esta le trajo muchos problemas, como se muestra en Hechos 26:20. Se dedicó a predicar el evangelio con toda su energía. Comenzó en Damasco, donde se había convertido, y no perdió tiempo en servir a Cristo (Hechos 9:20). Cuando llegó a Jerusalén, donde había sido instruido, dio allí testimonio de Cristo, precisamente en el lugar donde antes había luchado contra él con mayor ferocidad (Hechos 9:29).

Predicó por toda la región de Judea, en pueblos y aldeas, como lo había hecho Cristo. Ofreció primero el evangelio a los judíos, tal como Cristo había ordenado, y no se apartó de ellos hasta que lo rechazaron deliberadamente. Trabajó por su bien con gran empeño, esforzándose más que cualquiera de los apóstoles, quizá más que todos ellos juntos.

Su predicación siempre era práctica. No intentaba llenar la mente de la gente con ideas vacías, entretenerla con teorías ingeniosas ni provocar discusiones sobre cuestiones dudosas. Más bien, mostraba y demostraba que las personas debían arrepentirse de sus pecados, volver a Dios y hacer obras que correspondieran al arrepentimiento. Arrepentirse significa reconsiderar las cosas, cambiar de manera de pensar y cambiar de conducta. Significa lamentar el pecado, confesarlo y comprometerse de nuevo a apartarse de él. También significa alejarse de lo malo y dirigirse hacia lo bueno, con amor, obediencia y sentido del deber. Esto es lo que Dios exige de toda la humanidad caída, tanto de judíos como de gentiles.

Deben volver a Dios mismo, porque él es su bien supremo, su gobernante y su herencia. Deben fijar en él sus ojos, entregarle el corazón y dirigir sus pasos hacia sus mandamientos. También deben hacer obras que correspondan al arrepentimiento. Juan predicó esto primero, pues fue el primer predicador del evangelio (Mateo 3:8). Quienes dicen que se arrepienten deben vivir como personas arrepentidas. No basta con pronunciar palabras de dolor; debemos hacer las obras que corresponden a esas palabras. Así como la fe verdadera se demuestra con acciones, el arrepentimiento verdadero también produce obras. Por eso, no había nada reprochable en una predicación como esta. Su propósito era reformar directamente al mundo, aliviar sus problemas y avivar la verdadera religión.

Los judíos no tenían una verdadera acusación contra Pablo, excepto que él hacía todo lo posible por persuadir a la gente a vivir para Dios y acercarse a él por medio de Cristo (Hechos 26:21). Esa fue la razón por la que lo apresaron en el templo e intentaron matarlo. Cualquiera puede juzgar si esos eran delitos que merecían la muerte o el encarcelamiento. Pablo sufrió no solo por hacer lo correcto, sino también por hacerles bien a los demás. Intentaron quitarle la vida porque odiaban una vida que era útil. Lo apresaron mientras adoraba a Dios en el templo, y allí lo atacaron, como si cuanto más santo fuera el lugar, más justificara la maldad que cometían.

No contaba con ningún apoyo, excepto el del cielo; y con ese apoyo siguió adelante en esta gran obra (Hechos 26:22): «Habiendo obtenido ayuda de Dios, continúo hasta el día de hoy». Estas palabras significan: «He permanecido firme. Dios ha preservado mi vida y mi obra ha continuado. Me he mantenido en mi posición y nadie me ha hecho retroceder. He permanecido fiel a lo que dije y no he tenido miedo ni me he avergonzado de seguir diciéndolo». Habían pasado más de veinte años desde la conversión de Pablo, y durante todo ese tiempo se había dedicado a predicar el evangelio en medio de peligros. ¿Qué lo sostuvo? No fue su propia determinación, sino la ayuda que recibió de Dios. Como la obra era tan grande y la oposición tan fuerte, no habría podido continuar sin la ayuda de Dios.

Quienes son usados por Dios en su obra también recibirán su ayuda. Él no abandonará a sus siervos cuando necesiten apoyo. El hecho mismo de que sigamos con vida hasta el día de hoy debe atribuirse a su ayuda. Habríamos caído si él no nos hubiera sostenido y nos habríamos apartado si él no nos hubiera llevado adelante. Debemos decir esto con gratitud, para darle la gloria.

Pablo presenta esto como una prueba de que su comisión procedía de Dios, porque Dios le dio el poder para llevarla a cabo. Los predicadores del evangelio jamás habrían podido hacer lo que hicieron, sufrir lo que sufrieron y alcanzar los resultados que alcanzaron sin recibir ayuda directa del cielo. Y esa ayuda no se les habría concedido si no hubieran estado defendiendo la causa de Dios mismo.

Pablo tampoco enseñaba nada que no estuviera de acuerdo con las Escrituras del Antiguo Testamento. Daba testimonio ante pequeños y grandes, jóvenes y ancianos, ricos y pobres, educados y sin educación, personas comunes y personajes famosos. Esto demostraba la gracia del evangelio, porque hasta las personas de condición más humilde eran bienvenidas a escucharlo. También demostraba la verdad y el poder del evangelio, porque no tenía miedo ni vergüenza de hablarles a los más importantes.

Los enemigos de Pablo decían que él enseñaba algo más que la necesidad de arrepentirse, volver a Dios y hacer obras que correspondieran al arrepentimiento. Esas cosas, en efecto, habían sido enseñadas por los profetas del Antiguo Testamento. Pero Pablo también predicaba a Cristo, su muerte y su resurrección; eso era lo que sus enemigos rechazaban, como muestra Hechos 25:19, donde Pablo dijo que Jesús estaba vivo. En esencia, Pablo respondió: «Sí, dije eso y todavía lo afirmo. Pero al decirlo no estoy enseñando nada diferente de lo que Moisés y los profetas anunciaron que sucedería. No hay mayor honor para ellos que mostrar que ahora se ha cumplido, en el momento preciso, lo que habían profetizado».

Los profetas anunciaron tres cosas, y Pablo predicaba esas mismas tres. Primero, que Cristo sufriría; es decir, que el Mesías sería un Salvador que sufriría. No sería solamente un hombre capaz de sufrir, sino que, como Mesías, había sido destinado al sufrimiento. Su muerte vergonzosa no solo era compatible con su misión, sino que formaba parte de ella. La cruz era una piedra de tropiezo para los judíos, y la predicación de Pablo acerca de la cruz fue una de las principales razones por las que se enfurecieron. Pero Pablo insistía en que, al predicar esto, estaba anunciando el cumplimiento de la profecía del Antiguo Testamento. Por lo tanto, ellos no debían ofenderse, sino aceptarlo.

Segundo, el Mesías sería el primero en resucitar de entre los muertos. Esto no significa que sería el primero en orden de tiempo, porque antes que él otras personas habían vuelto a la vida. Significa que sería el primero en rango e importancia, el principal en la resurrección. Se le llama el primogénito de entre los muertos y las primicias de quienes han muerto (Apocalipsis 1:5; Colosenses 1:18; 1 Corintios 15:20). Abrió la tumba como el primogénito abre el vientre, y preparó el camino para nuestra propia resurrección. Fue el primero en resucitar para no morir nunca más. Y para mostrar que la resurrección de los creyentes viene por medio de él, muchos santos resucitaron cuando él resucitó y entraron en la ciudad santa (Mateo 27:52-53).

Tercero, él llevaría luz al pueblo judío y a los gentiles. Primero al pueblo judío, porque sería la gloria de Israel. Les dio luz por medio de su propio ministerio y después la llevó a los gentiles por medio de sus apóstoles, porque sería una luz para quienes estaban sentados en tinieblas. Aquí Pablo se refiere a su propia comisión: había sido enviado para que las personas pasaran de las tinieblas a la luz (Hechos 26:18). Cristo resucitó de entre los muertos para llevar esta luz, demostrar que su enseñanza era verdadera y enviarla con mayor poder tanto a judíos como a gentiles. Los profetas del Antiguo Testamento también habían anunciado que, por medio del Mesías, los gentiles llegarían a conocer a Dios. Por lo tanto, los judíos no tenían ninguna razón válida para enojarse por esto.

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