Versículo destacado
Hechos 26:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Entonces Agripa le dijo a Pablo: Se te permite hablar en tu defensa. Pablo extendió la mano y comenzó a responder en su defensa: "
Hechos 26:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Entonces Agripa le dijo a Pablo: Se te permite hablar en tu defensa. Pablo extendió la mano y comenzó a responder en su defensa:
2 Me considero dichoso, rey Agripa, porque hoy responderé ante ti acerca de todas las cosas de las que me acusan los judíos,
3 especialmente porque sé que eres experto en todas las costumbres y cuestiones que hay entre los judíos. Por eso te ruego que me escuches con paciencia.
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Agripa era la persona de mayor rango en la sala. Se le había dado el título de rey, aunque su poder real no era mayor que el de los otros gobernadores bajo el emperador. En ese momento no estaba por encima de Festo en rango, pero tenía más antigüedad en el cargo. Por eso Festo presentó el caso, y Agripa habló en nombre de la corte al darle permiso a Pablo para responder en su defensa (Hechos 26:1).
Pablo permaneció en silencio hasta que le dieron esa libertad. Los mejores oradores no siempre son los primeros en comenzar a hablar. Los judíos no le habrían concedido ese favor, o lo habrían hecho con mucha renuencia, pero Agripa se lo dio de buena gana. El caso de Pablo era tan sólido que no necesitaba un abogado como Tértulo para defenderlo.
Lucas también menciona el gesto de Pablo. Él extendió la mano, mostrando que no tenía miedo y que ejercía un dominio propio completo. El gesto también mostraba que hablaba con seriedad y que quería toda la atención de los presentes mientras se defendía. No usó su apelación al César como excusa para no decir nada, como si dijera: «No volveré a hablar hasta estar delante del emperador». Al contrario, aprovechó con gusto esta oportunidad para honrar la causa por la que sufría. Si siempre debemos estar preparados para dar razón de la esperanza que hay en nosotros a todo el que nos pregunte, con mayor razón debemos estarlo delante de gobernantes y autoridades (1 Pedro 3:15).
En esta primera parte de su discurso, Pablo muestra un respeto especial por Agripa (Hechos 26:2-3). Ya había hablado respetuosamente delante de Félix porque Félix había sido juez de aquella nación durante muchos años (Hechos 24:10). Pero la consideración de Pablo hacia Agripa va más allá. Se alegra de defenderse, aunque los judíos lo hayan acusado y hayan dicho muchas cosas falsas sobre él. No actúa como si ser apóstol lo colocara por encima de la autoridad civil. El gobierno es una institución establecida por Dios, de la cual todos se benefician; por eso, todos deben someterse a él.
Pablo también se alegra de hablar delante del rey Agripa, quien era judío por religión y se había convertido en prosélito, es decir, un gentil que se había unido a la fe judía. Agripa entendía las costumbres y las controversias judías mejor que los gobernadores romanos. Pablo afirma que Agripa conocía bien todas las costumbres y cuestiones relacionadas con los judíos. Probablemente Agripa había estudiado con cuidado la enseñanza judía. Entendía las costumbres de la religión judía, lo que significaban y que nunca tuvieron la intención de ser universales ni permanentes. También conocía los debates que surgían en torno a esas costumbres, pues ni siquiera todos los judíos estaban de acuerdo entre sí.
Agripa también conocía bien las Escrituras del Antiguo Testamento, así que estaba en mejor posición que otros para juzgar la controversia entre Pablo y los judíos acerca de si Jesús es el Mesías. Para un predicador es alentador hablar con personas reflexivas, capaces de distinguir entre lo verdadero y lo falso. Cuando Pablo dice: «Juzguen ustedes mismos lo que les digo» (1 Corintios 10:15), se está dirigiendo a personas sabias.
Por eso, Pablo le pide que lo escuche con paciencia, es decir, con tolerancia y bondad. Pablo se proponía dar un discurso largo y le pide a Agripa que no se canse de escucharlo. También se proponía hablar con claridad y honestidad, y le pide que no se ofenda por lo que va a decir. Pablo tenía razones para pensar que Agripa podía estar algo influenciado por los prejuicios judíos contra él, ya que Agripa era judío y Pablo era el apóstol a los gentiles. Por eso formula su petición con humildad: «Te ruego que me escuches con paciencia». Seguramente, lo menos que podemos esperar cuando predicamos a Cristo es que se nos escuche con paciencia.
Pablo luego explica que, aunque era odiado y acusado de traidor, seguía aferrado a la buena fe en la que había sido criado. Su religión siempre se había basado en la promesa de Dios a los antepasados, y todavía se basaba en ella. Su vida durante la juventud era bien conocida (Hechos 26:4-5). No había nacido en su propia nación, pero se había criado entre los judíos, en Jerusalén. Aunque después había pasado tiempo entre los gentiles, lo cual ofendía a los judíos, había comenzado su vida estrechamente vinculado con el pueblo judío y plenamente identificado con él.
Su crianza no había sido extranjera ni secreta. Se había desarrollado entre su propio pueblo, en Jerusalén, donde florecían tanto la religión como la educación. Todos los judíos lo sabían, al menos los que tenían edad suficiente para recordarlo, porque Pablo se había dado a conocer desde temprana edad. Quienes lo habían conocido desde el principio podían dar testimonio de que era fariseo, uno de los grupos judíos más estrictos. No pertenecía a los fariseos solo de nombre. Vivía como fariseo, siguiendo sus reglas de cerca y con más cuidado que la mayoría.
También había sido instruido por Gamaliel, un famoso maestro judío, en la escuela de Hillel, que gozaba de mayor respeto en asuntos religiosos que la escuela de Shamai. Si Pablo era fariseo y vivía como tal, entonces era un hombre instruido, no un trabajador ignorante. Los fariseos conocían bien la ley, junto con las tradiciones y explicaciones que se habían desarrollado alrededor de ella. Esto era importante porque algunos judíos incrédulos habían ridiculizado antes a los apóstoles por carecer de educación formal y haber sido pescadores (Hechos 4:13). Pero aquí Dios había levantado como apóstol a un hombre que se había sentado a los pies de los maestros más respetados de ellos.
Pablo también era un hombre moral, de conducta disciplinada, no un joven desenfrenado ni inmoral. Si vivía como fariseo, no era borracho ni sexualmente inmoral. Como joven fariseo, quizá todavía no había aprendido las prácticas codiciosas de los fariseos mayores que devoraban las casas de las viudas. En cuanto a guardar externamente la ley, era irreprochable. Nadie podía acusarlo de pecado público ni de falta de respeto por la religión. Por tanto, no podían decir que había abandonado el judaísmo porque no lo entendía, ya que era instruido. Tampoco podían decir que lo había abandonado porque lo despreciaba, pues era recto y no se sentía atraído por la inmoralidad.
También era ortodoxo, es decir, tenía creencias correctas. No era deísta, alguien que cree que Dios existe pero niega que gobierne de cerca su creación; tampoco era escéptico, alguien que duda de la verdad, ni tenía ideas corruptas que condujeran a la incredulidad.
Pablo era fariseo, no saduceo. Esto era importante porque los fariseos aceptaban los libros del Antiguo Testamento que los saduceos rechazaban. Además, creían en los espíritus, en la vida del alma después de la muerte, en la resurrección del cuerpo y en las recompensas y los castigos finales. Por eso, nadie podía decir que había abandonado su religión porque carecía de convicciones firmes o porque no respetaba la revelación de Dios.
Pablo siempre valoró la antigua promesa que Dios había hecho a los antepasados, es decir, a los patriarcas, los primeros padres de Israel. Eso no lo hacía justo delante de Dios, y Pablo sabía que nunca podría hacerlo. Sin embargo, esa herencia era útil para su defensa delante de los judíos e incluso delante de Agripa, porque demostraba que él no era la clase de hombre que ellos afirmaban que era. Pablo consideraba todas sus antiguas ventajas como pérdida si estas le impedían llegar a Cristo, pero las mencionaba cuando podían servir para honrar a Cristo.
Al mismo tiempo, Pablo sabía que antes de su conversión no había entendido el verdadero significado espiritual de la ley de Dios. Todavía no vivía una religión del corazón, es decir, una fe y una obediencia interiores, y sabía que, a menos que su justicia superara ese nivel, nunca entraría al cielo. Aun así, podía mirar atrás con cierta satisfacción y decir que no había sido ateo, descuidado ni moralmente corrupto. Conforme a la luz que tenía en aquel entonces, había vivido con una conciencia limpia delante de Dios.
Su religión ya no estaba centrada en la ley ceremonial como lo había estado durante su juventud. Creía que los sacrificios y las ofrendas de esa ley se habían cumplido en el gran sacrificio de Cristo, y ya no consideraba los lavamientos rituales ni la impureza ceremonial como asuntos de conciencia. También entendía que el sacerdocio levítico, es decir, el sacerdocio establecido bajo la ley de Moisés, había sido reemplazado honorablemente por el sacerdocio de Cristo. Pero en cuanto a las verdades principales de su fe, seguía siendo tan celoso como antes, y aún más. Estaba decidido a vivir y morir por ellas.
La religión de Pablo se basaba en la promesa que Dios había hecho a los antepasados. Estaba fundada en la revelación divina, en la cual creía y a la cual encomendaba su alma. También estaba fundada en la gracia divina, una gracia mostrada y concedida por medio de la promesa. Esa promesa existía antes de la ley ceremonial y había sido dada mucho antes de que la ley pudiera dejarla sin efecto (Gálatas 3:17). Las dos grandes verdades del evangelio son Cristo y el cielo, y ambas forman parte de esa promesa. Esta se remonta a la promesa de Dios a Adán acerca de la descendencia de la mujer y, de manera especial, a la promesa hecha a Abraham: que en su descendencia serían benditas todas las familias de la tierra y que Dios sería Dios para él y para sus descendientes.
La fe de Pablo también consistía en la esperanza de esa promesa. No ponía su confianza en la comida, la bebida ni en los rituales externos. Más bien, dependía de la gracia de Dios establecida en el pacto; es decir, de la promesa firme de Dios de salvar a su pueblo. Esperaba en Cristo como la descendencia prometida y esperaba recibir bendición por medio de él. También esperaba el cielo, como lo demuestra su creencia en la resurrección de los muertos (Hechos 24:15). No confiaba en el esfuerzo humano ni en ninguna grandeza de este mundo. Tenía la mirada puesta en la vida futura, donde los regalos de Dios son mayores que todo lo que este mundo puede ofrecer.
Pablo también compartía esta esperanza con todos los judíos piadosos. Su fe no solo se basaba en las Escrituras, sino que también estaba respaldada por el testimonio del pueblo de Dios. Aunque sus enemigos lo trataban como un blanco especial, él no estaba aislado del verdadero Israel. Las doce tribus, es decir, todo el pueblo judío, servían a Dios día y noche y esperaban la misma promesa: lo que Dios había preparado para su pueblo. Esperaban al Mesías y la vida venidera, y Pablo, como cristiano, esperaba esa misma promesa, ya cumplida en Cristo. Si ellos y él esperaban encontrarse en el mismo cielo, no debían haberlo tratado como un enemigo que iba por otro camino.
La iglesia judía no solo esperaba esa promesa; también servía a Dios a la luz de ella, mediante el culto regular del templo, que se llevaba a cabo día y noche. Los sacerdotes, los levitas y los representantes permanentes de las tribus participaban en ese servicio. Pablo dice que ahora sirve a Dios con la misma esperanza, aunque lo hace por medio del evangelio de Cristo. Puesto que él y ellos miraban hacia la misma promesa, no debían haberlo llamado desertor de su pueblo. Los cristianos también debemos aprender la misma lección: si esperamos en el mismo Jesús y el mismo cielo, aunque tengamos diferencias en las formas de adoración y en las ceremonias, debemos pensar bien unos de otros y vivir en amor santo.
Es posible que Pablo se refiriera a ciertas personas que permanecían dentro de la comunidad judía y eran muy devotas a su manera. Servían a Dios con gran concentración y constancia, de noche y de día, como Ana, quien nunca se apartaba del templo, sino que servía a Dios con ayunos y oraciones noche y día (Lucas 2:37). De ese modo esperaban recibir la promesa, y Pablo afirma que él también esperaba que la recibieran.
Solo quienes son diligentes y constantes en el servicio de Dios pueden esperar razonablemente la vida eterna. La esperanza de esa vida eterna debe impulsarnos a ser fieles en cada acto de adoración. Debemos continuar con nuestra labor teniendo el cielo en mente. También debemos juzgar con bondad a quienes sirven sinceramente a Dios día y noche, aunque no adoren de la misma manera que nosotros.
Pablo también estaba sufriendo por esto: por la doctrina que predicaba, una doctrina que incluso sus opositores debían haber reconocido si se hubieran entendido correctamente a sí mismos. Él dice: «Estoy siendo juzgado por la esperanza de la promesa que Dios hizo a nuestros padres». Se aferraba a la promesa por encima de la ley ceremonial, es decir, de los rituales externos de la ley judía, mientras que sus perseguidores defendían la ley ceremonial en contra de la promesa. «Por esta esperanza, rey Agripa, los judíos me acusan, porque hago lo que creo que debo hacer debido a esta promesa».
Es común que las personas aborrezcan en otros el poder verdadero de la fe, mientras siguen valorando en sí mismas las formas externas de la religión. La esperanza de Pablo era una esperanza que ellos mismos reconocían (Hechos 24:15), y aun así se enfurecían contra él porque vivía conforme a ella. Sin embargo, fue un honor para Pablo que, cuando sufrió como cristiano, sufriera por la esperanza de Israel (Hechos 28:20).
Pablo también quería que todos los que lo escuchaban aceptaran esta verdad con un corazón dispuesto, como se ve en Hechos 26:8: «¿Por qué se considera imposible que Dios resucite a los muertos?». La pregunta parece aparecer de repente, pero probablemente Pablo dijo más de lo que quedó registrado. Es posible que explicara que la promesa hecha a los padres era la promesa de la resurrección y de la vida eterna, y que mostrara que él iba por el camino correcto porque creía en Cristo, quien había resucitado de los muertos. La resurrección de Cristo era una garantía, una señal segura anticipada, de la resurrección que los padres esperaban.
Pablo anhelaba conocer el poder de la resurrección de Cristo, para alcanzar así la resurrección de los muertos (Filipenses 3:10-11). Muchos de sus oyentes eran gentiles, probablemente la mayoría, y entre ellos estaba especialmente Festo. Podemos imaginar que, al escuchar tanto acerca de la resurrección de Cristo y de la resurrección de los muertos que esperaban las doce tribus, algunos se burlaron, como lo hicieron los atenienses, o sonrieron y susurraron que aquello sonaba absurdo. Eso probablemente llevó a Pablo a razonar con ellos de esta manera: «¿Acaso consideran imposible que Dios resucite a los muertos?». También puede entenderse como una pregunta de sorpresa. Si algo les parece asombroso, ¿debería parecerme asombroso a mí?, dice el Señor de los ejércitos (Zacarías 8:6). Si está más allá del poder de la naturaleza, no está más allá del poder del Dios de la naturaleza.
No existe una buena razón para considerar imposible que Dios resucite a los muertos. No se nos pide creer algo que sea verdaderamente imposible o contradictorio en sí mismo. Hay razones suficientes para confiar en todas las enseñanzas de la fe cristiana, especialmente en esta acerca de la resurrección de los muertos. ¿Acaso Dios no tiene una fuerza infinita y todopoderosa, de modo que nada es imposible para él? ¿No creó el mundo al principio de la nada, simplemente con su palabra? ¿No formó primero nuestros cuerpos del polvo y les dio vida con su aliento? Entonces, ¿no puede ese mismo poder volver a formarlos de su propio polvo y darles vida otra vez? Incluso vemos en la naturaleza una especie de resurrección, cuando regresa la primavera. Si el sol puede despertar a las plantas que parecen muertas, ¿por qué debería parecernos extraño que Dios pueda resucitar cuerpos muertos?
Luego Pablo reconoce que, cuando todavía era fariseo, miembro del grupo judío más estricto, era un enemigo encarnizado de los cristianos y del cristianismo. Pensaba que tenía razón al actuar así, hasta que Cristo lo transformó de manera extraordinaria. Pablo menciona esto, en primer lugar, para mostrar que convertirse en cristiano y predicador no fue el resultado de alguna inclinación previa en esa dirección. No llegó al cristianismo mediante una cadena lenta de razonamientos que él mismo fue construyendo. Más bien, pasó de un fuerte prejuicio a una plena convicción de manera repentina, por medio de un poder sobrenatural. Por eso, su conversión fue una prueba convincente del cristianismo, no solo para él, sino también para los demás.
Tal vez también estaba ofreciendo alguna excusa a sus perseguidores, como lo hizo Cristo cuando dijo: «No saben lo que hacen». Pablo mismo había creído que hacía lo correcto cuando perseguía a los discípulos de Cristo, y con bondad supone que ellos podían estar cometiendo el mismo error. Pensaba que debía hacer muchas cosas, todo lo que estuviera a su alcance, contra el nombre de Jesús de Nazaret: contra su enseñanza, su honor y su causa. Ese nombre no le hacía daño a nadie, pero como no encajaba con su idea del reino del Mesías, Pablo se opuso a él. Creía que servía a Dios al perseguir a quienes invocaban el nombre de Jesucristo.
Esto muestra cuán posible es que una persona esté segura de tener la razón y, sin embargo, esté claramente equivocada. También es posible que alguien piense que está cumpliendo con su deber mientras persiste deliberadamente en un pecado grave. Eso fue lo que hicieron quienes odiaban a sus hermanos, los expulsaban y luego decían: «Que el Señor sea glorificado» (Isaías 66:5). Bajo la apariencia de la religión, los actos más crueles y vergonzosos muchas veces no solo han sido defendidos, sino también elogiados y considerados santos (Juan 16:2).
Pablo también describe la ferocidad de sus acciones (Hechos 26:10-11). No hay una fuerza más peligrosa que una conciencia mal dirigida. Cuando Pablo pensaba que era su deber hacer todo lo posible contra el nombre de Cristo, no escatimaba esfuerzos ni gastos. Lo dice con el dolor de alguien que verdaderamente se arrepiente: «Yo antes era un blasfemo y un perseguidor» (1 Timoteo 1:13). Llenó las prisiones de cristianos, como si fueran los peores criminales, con la esperanza no solo de atemorizarlos, sino también de hacer que el pueblo los odiara.
Muchos de los santos que encerró en prisión eran hombres y mujeres (Hechos 8:3). En esa labor se convirtió en servidor de los principales sacerdotes. Ellos le dieron autoridad, como a un funcionario subordinado, para llevar a cabo sus órdenes, y él se sentía orgulloso de tener poder para ese propósito.
También tomó la iniciativa al votar a favor de que los cristianos fueran condenados a muerte, incluso cuando nadie le pedía su opinión. Entre ellos estaba Esteban, cuya muerte Saulo aprobó (Hechos 8:1); así, Saulo se hizo cómplice del crimen. Tal vez, por su intenso celo y su juventud, tenía un lugar en el Sanedrín, el consejo gobernante de los judíos, y allí votaba para que los cristianos fueran condenados. O quizá, después de que fueran condenados, aprobaba y elogiaba lo que se había hecho. Eso también lo hacía culpable después de los hechos, como si hubiera servido de juez o jurado.
También ayudaba a castigarlos en las sinagogas, donde los golpeaban por considerarlos personas que habían quebrantado las normas de la sinagoga. Participó en el castigo de muchas personas, y parece que pudo haber castigado a algunas de ellas más de una vez, tal como más adelante él mismo fue azotado cinco veces (2 Corintios 11:24). No solo los castigaba por su fe; también se enorgullecía de dominar sus conciencias y los obligaba a renegar de su fe haciéndolos sufrir. Dice: «Los obligué a blasfemar contra Cristo», es decir, los forzaba a llamar engañador a Cristo y a admitir que se habían equivocado al confiar en él. Nada pesará más sobre los perseguidores que haber violentado las conciencias de otras personas, por mucho que ahora se jacten de los seguidores que han ganado mediante la violencia.
Su enojo contra los cristianos y contra la fe cristiana llegó a ser tan intenso que Jerusalén le quedó pequeña. Lleno de furia contra ellos, los persiguió incluso en ciudades extranjeras. Le enfurecía ver cuánto podían defenderse aun después de todo lo que les había hecho, y también ver que crecían a causa de sus sufrimientos. Su rabia era extrema. No tenía límites, y él mismo sufría tanto como aquellos a quienes perseguía, porque su frustración interior era tan grande que no lograba tener éxito, aunque su ira contra ellos seguía ardiendo. Los perseguidores actúan como dementes, y algunos llegan a extremos terribles. A Pablo le molestaba que en otras ciudades no hubiera tanta hostilidad contra los cristianos, así que se metía en lugares donde no tenía por qué estar y los perseguía también allí. Nada es más inquieto que la malicia, especialmente cuando pretende actuar por conciencia. Así era Pablo y así vivía al principio; por eso nadie podía suponer que se convertiría en cristiano por su crianza o por costumbre, ni porque esperara obtener alguna ventaja. Todo lo que se veía externamente apuntaba en contra de la posibilidad de que llegara a ser cristiano.
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De este capítulo
Hechos 26:2
"Me considero dichoso, rey Agripa, porque hoy responderé ante ti acerca de todas las cosas de las que me acusan los judíos,"
Hechos 26:3
"especialmente porque sé que eres experto en todas las costumbres y cuestiones que hay entre los judíos. Por eso te ruego que me escuches con paciencia."
Hechos 26:4
"Todos los judíos conocen mi manera de vivir desde mi juventud, la cual transcurrió desde el principio entre mi propia nación, en Jerusalén."
Hechos 26:5
"Ellos me conocían desde el principio y, si quisieran testificar, dirían que viví como fariseo conforme a la secta más estricta de nuestra religión."
Hechos 26:6
"Y ahora estoy aquí y soy juzgado por la esperanza en la promesa hecha por Dios a nuestros padres."
Hechos 26:7
"Nuestras doce tribus esperan alcanzar esta promesa sirviendo fervientemente a Dios día y noche. Por causa de esta esperanza, rey Agripa, me acusan los judíos."
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