Versículo destacado

Hechos 24:10 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces Pablo, después que el gobernador le hizo una señal para que hablara, respondió: Puesto que sé que desde hace muchos años usted es juez de esta nación, con mayor ánimo presento mi defensa. "

Hechos 24:10

menu_book El versículo en contexto

8 y ordenó a sus acusadores que acudieran ante usted. Al interrogarlo usted mismo, podrá enterarse de todas estas cosas de las que lo acusamos.

9 También los judíos estuvieron de acuerdo, afirmando que estas cosas eran así.

10 Entonces Pablo, después que el gobernador le hizo una señal para que hablara, respondió: Puesto que sé que desde hace muchos años usted es juez de esta nación, con mayor ánimo presento mi defensa.

11 Usted puede comprobar que no han pasado más de doce días desde que subí a Jerusalén para adorar.

12 No me encontraron en el templo discutiendo con nadie ni amotinando al pueblo, ni en las sinagogas ni en la ciudad.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí tenemos la defensa de Pablo en respuesta a la acusación de Tértulo. En ella vemos gran parte de la sabiduría y la santidad que Cristo prometió a sus seguidores: cuando fueran llevados ante gobernadores y reyes por causa de él, se les daría lo que debían decir en ese mismo momento.

Aunque Tértulo había dicho muchas cosas insultantes, Pablo no lo interrumpió. Dejó que terminara, siguiendo tanto la cortesía como el orden apropiado de un tribunal, donde primero habla el acusador y después responde el acusado. Cuando Tértulo terminó, Pablo no estalló en quejas airadas sobre la maldad de aquellos tiempos. Más bien, esperó hasta que el gobernador le dio permiso para hablar, y entonces habló bajo la protección del gobernador, algo que antes no había podido obtener.

Pablo tampoco atacó personalmente a Tértulo. Sabía que Tértulo hablaba por dinero, así que pasó por alto al hombre y respondió a quienes estaban detrás de la acusación. Habló respetuosamente con Félix, el gobernador romano, y con la confianza de que sería tratado con justicia. Sus palabras no fueron una adulación suave como la de Tértulo, sino un ruego sincero a un juez del que esperaba imparcialidad, aunque no simpatía.

Pablo también habló como un hombre de conciencia limpia. No temblaba ante el tribunal. Tenía más valor porque sabía que su juez no era parte del conflicto, sino un hombre neutral. No afirmó que Félix fuera perfectamente justo, que odiara los sobornos o que siempre temiera a Dios, porque eso habría ido más allá de la verdad. En cambio, dijo que le agradaba responder por sí mismo, porque Félix había sido juez de aquella nación durante muchos años, y eso significaba que conocía al pueblo y los hechos.

Como Félix había servido allí durante tanto tiempo, podía saber que antes no había existido ninguna queja real contra Pablo. Acusaciones como esa normalmente se presentan contra hombres con una mala trayectoria, pero Félix nunca había hecho comparecer a Pablo ante él hasta ese momento. Por lo tanto, Pablo no era el criminal peligroso que ellos pretendían presentar. Félix también conocía bien a la nación judía. Entendía cuán firmemente se aferraban a sus propias costumbres y con qué rapidez se enojaban contra cualquiera que no estuviera de acuerdo con ellos. Eso le ayudaría a ver que su acusación contra Pablo estaba marcada por el prejuicio y el odio.

Luego Pablo negó las acusaciones concretas. Los delitos que se empeñaban en atribuirle eran provocar disturbios y profanar el templo. Ellos sabían que los gobernantes romanos normalmente no intervenían en disputas relacionadas con la religión judía, y esperaban que Félix enviara a Pablo para que fuera juzgado según su ley. Pablo solo pidió protección contra personas que sabía que eran amargadas e injustas, aunque Félix no decidiera por sí mismo aquellas cuestiones religiosas.

Pablo quería que Félix entendiera varios hechos, y estaba dispuesto a demostrarlos con testigos si era necesario. Primero, había subido a Jerusalén para adorar a Dios en paz y con santidad. No había ido a provocar una rebelión ni a profanar el templo. Había ido para mantener la comunión con los judíos, no para insultarlos.

Segundo, solo habían pasado doce días desde que llegó a Jerusalén, y seis de esos días ya los había pasado como prisionero. Había estado allí muy poco tiempo y se encontraba solo. No era razonable pensar que hubiera podido causar el daño del que lo acusaban. En cuanto a lo que hubiera hecho en otros lugares, ellos solo lo conocían por rumores, y los rumores pueden ser muy injustos.

Tercero, Pablo se había comportado tranquilamente en Jerusalén. Si de verdad hubiera sido un rebelde entre los judíos en todas partes, seguramente habría intentado formar allí un grupo de seguidores. Pero no lo hizo. Lo encontraron en el templo, participando en el culto público. Estuvo en las sinagogas donde se leía y explicaba la ley. Se movió por los lugares de reunión de la ciudad, hablando con familiares y amigos, pero nadie podía acusarlo de haber dicho algo contra la fe judía o contra la paz pública.

Pablo afirma que no tenía un espíritu conflictivo. No era el tipo de hombre que provoca enfrentamientos. Nunca buscó peleas por motivos religiosos, nunca usó trucos ingeniosos para atrapar a los eruditos y nunca confundió a la gente sencilla con discusiones innecesarias. Estaba dispuesto a explicar la razón de su esperanza si alguien se lo preguntaba, y también a enseñar a otros. Pero no convirtió la religión en un campo de batalla de orgullo y argumentos. Asuntos como esos deben tratarse con humildad, reverencia, mansedumbre y amor.

Tampoco tenía un espíritu inquieto o rebelde. Nadie podía decir sinceramente que hubiera incitado al pueblo contra sus gobernantes, ya fuera en la iglesia o en el Estado, ni que hubiera sembrado temores y sospechas sobre asuntos públicos. No enfrentó a unas personas contra otras ni difundió divisiones. Vivió como debe vivir un cristiano y ministro: con amor, tranquilidad y el debido respeto a la autoridad legítima. Las armas de su servicio no eran armas terrenales, y nunca sugirió tomar las armas para extender el evangelio o defender a sus predicadores. Aunque hubiera podido reunir a una gran multitud entre la gente común, nunca intentó hacerlo.

En cuanto a la acusación de que había provocado disturbios en otros países, afirma claramente que era completamente inocente. Ellos no podían demostrar sus acusaciones. Cuando Pablo dice que no podían probarlas, quiere decir que la acusación era falsa.

No era enemigo de la paz pública. No había causado ningún daño real; al contrario, había hecho mucho bien verdadero y con gusto habría hecho aún más por la nación judía. Estaba tan lejos de sentir odio hacia ellos que los amaba profundamente y anhelaba su bien (Romanos 9:1-3).

También lamenta su propia aflicción: lo acusaban de cosas que nadie podía demostrar en su contra. Esto les ha sucedido muchas veces a personas buenas y dignas. Se les acusa de hacer cosas que están muy lejos de hacer, y aborrecen hasta la idea de ellas. Sin embargo, aun mientras sufren por ese trato, pueden alegrarse por el testimonio de su propia conciencia, que les asegura que han actuado con integridad.

Pablo también deja al descubierto la maldad de sus acusadores. Dijeron cosas que sabían que no podían probar y, de esa manera, le hicieron daño en su reputación, su libertad y su vida. También perjudicaron al juez al tratar de influir en él y, hasta donde podían, desviar su juicio. El juez debe dictar sentencia de acuerdo con lo que se afirma y se demuestra; por eso debe investigar con cuidado, examinar a fondo y preguntar si el asunto es verdadero y cierto (Deuteronomio 13:14). De otro modo, no puede juzgar correctamente.

Entonces Pablo presenta una explicación justa de sí mismo. Esta lo libra de toda culpa y también muestra la verdadera razón por la que estaban tan enojados con él. Reconoce que ellos lo consideraban hereje, y que por eso estaban tan resentidos. El comandante ya había notado la furia extraordinaria de los acusadores de Pablo, y ahora el gobernador también debía notarla. No sabían cómo explicar aquella furia, pero dedujeron cuál debía ser el delito a partir de los gritos y decidieron que Pablo tenía que ser un hombre muy malo solo por esa razón. Ahora Pablo explica el asunto: «Admito que, según el Camino que ellos llaman secta, adoro al Dios de mis antepasados». La disputa era religiosa, y ese tipo de disputas suele tratarse con la mayor ira y violencia.

No es nada nuevo que la manera correcta de adorar a Dios sea llamada herejía, ni que los mejores siervos de Dios sean etiquetados y atacados como miembros de una secta. Las iglesias que han sido reformadas a menudo son llamadas heréticas por quienes odian la reforma, aunque ellos mismos sean los verdaderos herejes. Por eso, nunca debemos apartarnos de un buen camino solo porque le hayan puesto un mal nombre. El cristianismo verdadero y puro no es peor, ni debe considerarse peor, porque lo llamen herejía, aunque el sumo sacerdote y los ancianos lo afirmen.

Luego Pablo demuestra que aquella acusación es falsa. Lo llaman hereje, pero no lo es. En primer lugar, adora al Dios de sus antepasados; por lo tanto, el objeto de su adoración es correcto. No se ha vuelto a otros dioses, como el falso profeta de (Deuteronomio 13:2). Si lo hiciera, podrían llamar herejía a su camino con toda razón, porque sería un desvío peligroso. Pero Pablo adora al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; no solo al Dios al que ellos adoraban, sino al Dios que hizo pacto con ellos y prometió seguir siendo su Dios. Pablo permanece unido a ese pacto y no establece ningún rival. Predicó la promesa hecha a los antepasados como cumplida para sus hijos (Hechos 13:32-33), y así dirigió tanto su propia adoración como la de los demás hacia Dios, el Dios de sus antepasados.

También sigue el ejemplo de todos sus antepasados fieles: «Adoro al mismo Dios a quien adoraron todos mis padres». Su fe no era una invención nueva. Más bien, se gloriaba en sus raíces antiguas y en la larga línea de quienes la habían profesado. Es un gran consuelo en la adoración mirar a Dios como el Dios de nuestros padres. Nuestros padres confiaron en él, y él los reconoció como suyos. Prometió ser el Dios de ellos y de sus hijos. Les demostró su fidelidad; y, si nosotros le servimos como ellos lo hicieron, también será nuestro Dios. ¡Cuánto peso tienen estas palabras: «Él es el Dios de mi padre, y yo lo exaltaré»! (Éxodo 15:2).

En segundo lugar, Pablo cree todo lo que está escrito en la Ley y los Profetas; por eso, su adoración se ajusta a la norma correcta. Su religión está fundada en las Sagradas Escrituras y guiada por ellas. La Escritura es su norma y su prueba, y él habla y actúa de acuerdo con ella. Recibe toda la Escritura y cree todo lo que está escrito en ella. También se mantiene únicamente dentro de lo que enseña la Escritura, sin decir nada más allá de lo que allí se encuentra, como lo explica después (Hechos 26:22). No establece ninguna otra norma para la fe o para la vida: ni la tradición, ni la autoridad de la iglesia, ni la supuesta infalibilidad de una persona o grupo, ni los sentimientos internos, ni la razón humana. Descansa en la revelación divina tal como fue dada en la Escritura, y está dispuesto a vivir y morir conforme a ella. Por esa razón, no es un hereje.

En tercer lugar, mantiene la mirada puesta en la vida futura y espera recibirla por la fe; por eso, el propósito de su adoración también es correcto. Quienes se desvían hacia la herejía suelen preocuparse principalmente por este mundo y por alguna ventaja terrenal. Pablo dirige su religión hacia el cielo, y solamente hacia el cielo (Hechos 24:15). «Mi esperanza está en Dios. Toda mi expectativa viene de él; por eso, todo mi deseo se dirige hacia él y toda mi confianza está puesta en él. Mi esperanza está en Dios, no en el mundo; está puesta en otro mundo, no en este. Dependo de Dios y de su poder para la resurrección de los muertos al final de los tiempos, tanto de los justos como de los injustos. El gran propósito de mi religión es alcanzar una resurrección gozosa y participar en la resurrección de los justos».

Aquí debemos notar, primero, que habrá una resurrección de los muertos; es decir, los cuerpos muertos de todas las personas, desde el principio hasta el fin de los tiempos, volverán a vivir. No solo es cierto que el alma no muere junto con el cuerpo, sino también que el cuerpo mismo volverá a vivir. No nos dirigimos únicamente hacia otra vida después de que termine esta, sino hacia otro mundo que comenzará cuando este mundo llegue a su fin. Todas las personas entrarán juntas en ese mundo mediante la resurrección de los muertos, así como entraron una por una en este mundo mediante el nacimiento.

En segundo lugar, la resurrección será tanto de los justos como de los injustos; de los santos y de los impíos; de quienes hicieron el bien y de quienes hicieron el mal. Nuestro Salvador dice que para un grupo será una resurrección de vida y para el otro, una resurrección de condenación (Juan 5:29). Véase también (Daniel 12:2). Esto significa que la resurrección conducirá al juicio final, mediante el cual todas las personas serán destinadas a la felicidad eterna o a la miseria eterna, en un mundo donde Dios dará a cada una lo que merece, de acuerdo con lo que fue y con lo que hizo durante esta vida de prueba y preparación.

Los justos resucitarán porque están unidos a Cristo, su cabeza. Los injustos resucitarán porque Cristo reina sobre ellos como su Juez. Dios es aquel en quien debemos confiar para la resurrección de los muertos. Pablo dice: «Tengo esperanza en Dios de que habrá una resurrección», y esta ocurrirá por el poder todopoderoso de Dios, exactamente como él lo ha prometido.

Quien duda de la resurrección demuestra que no conoce las Escrituras ni el poder de Dios (Mateo 22:29). La resurrección de los muertos es una parte fundamental de la fe cristiana, y también era aceptada en la comunidad judía. Los mismos judíos estaban de acuerdo con ella, y los antiguos patriarcas, como Job, también la esperaban. El evangelio la hace más clara y la confirma plenamente. Por eso, quienes creían en ella debieron agradecer a los predicadores del evangelio que la explicaran y demostraran, en vez de luchar contra ellos.

Toda nuestra religión debe mantener la mirada puesta en el mundo venidero. Debemos servir a Dios con la confianza de que los muertos resucitarán y vivir ahora a la luz de ese día futuro. La vida de Pablo estaba de acuerdo con su devoción. Él dice: «Me esfuerzo por mantener siempre limpia mi conciencia delante de Dios y de las personas» (Hechos 24:16). La vida y la enseñanza de los profetas deben ser evaluadas por sus frutos, y Pablo no había destruido una buena conciencia. Por eso, es poco probable que hubiera destruido la fe, ya que el misterio de la fe se conserva mejor con una conciencia limpia.

Pablo ya había dicho delante del sumo sacerdote: «He vivido delante de Dios con una conciencia limpia» (Hechos 23:1). Eso era parte de su alegría. Su objetivo era tener una conciencia que no ofendiera a nadie. Esto puede significar una conciencia que no lo engañara ni lo halagara, o una conciencia que no estuviera herida por sus propias acciones. En otras palabras, quería mantener una buena relación con su conciencia, para que esta no lo acusara de creer o hacer algo malo. La cuidaba con tanto esmero como evitaría ofender a un amigo que viera todos los días o a un magistrado ante quien tuviera que responder. La conciencia es la representante de Dios en el alma.

Pablo dice que se «ejercita» de esta manera; es decir, hace de ello una práctica constante y se disciplina conforme a ese propósito. Se abstiene de muchas cosas que sus deseos naturales podrían pedirle y se dedica a los deberes más espirituales de la religión, con el propósito de conservar la paz con su conciencia. Busca esto en todo momento y en todas las cosas. Quiere tener una conciencia libre de ofensas graves a cada instante y se esfuerza por cumplir con todo su deber, tanto hacia Dios como hacia los demás. La conciencia, como un magistrado, vigila las dos tablas de la ley: nuestro deber hacia Dios y nuestro deber hacia el prójimo (2 Corintios 8:21).

Pablo hacía todo esto porque esperaba la resurrección de los muertos y la vida venidera. Pensar en la vida futura debe llevarnos a vivir con cuidado y fidelidad en la vida presente. Después de confesar su fe, presenta un relato claro y honesto de su caso y de la injusticia que sus enemigos habían cometido contra él. En dos ocasiones, el comandante lo había rescatado de los judíos cuando estaban a punto de despedazarlo, y Pablo les pide que demuestren que había hecho algo digno de castigo en cualquiera de esas ocasiones.

En el templo, lo atacaron con violencia, como si fuera enemigo de su nación y de su templo (Hechos 21:28). Pero esa acusación no tenía fundamento real. Era difícil llamarlo enemigo de su nación cuando había regresado después de una larga ausencia para llevar ayuda económica a su pueblo, dinero que había reunido entre sus amigos para los pobres de Jerusalén. No solo no les tenía mala voluntad, sino que se preocupaba profundamente por ellos y estaba dispuesto a hacerles el bien. ¿Lo convertirían en su enemigo precisamente porque los amaba? (Salmo 109:4).

También era injusto acusarlo de profanar el templo. Había llevado ofrendas al templo, había pagado personalmente los gastos allí (Hechos 21:24) y había sido encontrado en el templo, purificado conforme a la ley (Hechos 24:18), comportándose tranquila y decorosamente. Aunque era muy conocido, no trataba de llamar la atención en Jerusalén. Había ido al templo de la manera más privada posible. Fueron sus enemigos, unos judíos de Asia, quienes provocaron a la multitud contra él. No tenían razón para causar un alboroto, pues Pablo no tenía ninguna multitud ni disturbio de su parte.

También pudieron haberle insinuado a Félix que Pablo había llevado griegos al templo contra la ley y que el gobernador romano debía ocuparse del asunto. Pero Pablo los desafía a demostrarlo (Hechos 24:19). Los judíos de Asia debieron estar allí delante de Félix para que se les preguntara si tenían una acusación real contra él y si estaban dispuestos a sostenerla bajo juramento. Algunas personas mienten sin dudar, pero aun así retroceden cuando se les pide que confirmen su mentira bajo juramento.

En el consejo, Pablo está diciendo: «Puesto que los judíos de Asia no están aquí para demostrar que hice algo malo en el templo, que estos mismos hombres que están presentes —el sumo sacerdote y los ancianos— digan si encontraron alguna maldad en mí o si cometí alguna ofensa cuando estuve delante del consejo» (Hechos 24:20). Está señalando que sus acusadores no estaban presentes y que los líderes que sí estaban allí no podían acusarlo honestamente de haber hecho algo malo.

Cuando estuvo delante de ellos, no pudieron ofenderse por nada de lo que dijo. Solo había declarado: «Por la resurrección de los muertos se me está juzgando hoy delante de ustedes» (Hechos 24:21). Esa declaración ofendía únicamente a los saduceos, el grupo judío que negaba la resurrección. El punto de Pablo es que esto no era ningún delito. Simplemente se aferraba a la fe de toda la comunidad judía, excepto de aquellos a quienes ellos mismos llamaban herejes.

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