Versículo destacado

Hechos 23:12 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Cuando se hizo de día, algunos de los judíos formaron una conspiración y se comprometieron bajo maldición, diciendo que no comerían ni beberían hasta haber matado a Pablo. "

Hechos 23:12

menu_book El versículo en contexto

10 Como surgió una gran disputa, el comandante, temiendo que Pablo fuera despedazado por ellos, ordenó a los soldados que bajaran, lo sacaran por la fuerza de en medio de ellos y lo llevaran a la fortaleza.

11 La noche siguiente, el Señor se puso junto a él y le dijo: «Ten ánimo, Pablo, porque así como has dado testimonio de mí en Jerusalén, también debes dar testimonio en Roma».

12 Cuando se hizo de día, algunos de los judíos formaron una conspiración y se comprometieron bajo maldición, diciendo que no comerían ni beberían hasta haber matado a Pablo.

13 Los que habían hecho esta conspiración eran más de cuarenta.

14 Fueron a los principales sacerdotes y a los ancianos, y dijeron: «Nos hemos comprometido bajo una gran maldición a no comer nada hasta que hayamos matado a Pablo».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí encontramos la historia de un complot contra la vida de Pablo: cómo se formó, cómo salió a la luz y cómo fue frustrado. Primero vemos cómo se formó. Cuando los judíos comprendieron que no lograrían nada mediante la violencia de las turbas ni por la vía legal, recurrieron al asesinato. Planeaban tomar a Pablo por sorpresa y apuñalarlo si lograban acercarse lo suficiente. Su odio contra este hombre bueno era tan intenso que, cuando un plan fracasaba, enseguida preparaban otro.

Observemos quiénes participaron en esta conspiración. Eran ciertos judíos profundamente enfurecidos porque Pablo era el apóstol de los gentiles, es decir, de las naciones no judías (Hechos 23:12). Participaron más de cuarenta hombres (Hechos 23:13). «Señor, ¡cuántos se han multiplicado los que me afligen!». El complot también revela cuándo actuaron. Hicieron el plan durante la noche y, apenas amaneció, ya estaban listos para ponerlo en práctica. Satanás había llenado de maldad sus corazones en la oscuridad, y por la mañana ya estaban trabajando, como aquellas personas descritas por el profeta, que planean el mal en sus camas y luego lo llevan a cabo al amanecer, atrayendo sobre sí el juicio de Dios (Miqueas 2:1). Cristo se le había aparecido a Pablo durante la noche para protegerlo, y de día aquellos cuarenta hombres se habían reunido para destruirlo. Ellos no se levantaron antes que Cristo, y Dios «la ayudará Dios al clarear la mañana» (Salmo 46:5).

¿Cuál fue su acuerdo? Se unieron mediante un juramento, quizá incluso llamándolo una alianza santa. Cada hombre prometió ayudar a asesinar a Pablo. Es sorprendente que tantos pudieran reunirse tan rápidamente en Jerusalén y que estuvieran tan alejados de todo sentido de humanidad y honor. Las palabras del profeta acerca de Jerusalén les quedaban muy bien: «La justicia habitó en ella, pero ahora la habitan los homicidas» (Isaías 1:21). Antes de que unos hombres pudieran idear un plan tan perverso, tuvieron que presentar a Pablo como el peor de los hombres: un enemigo de Dios y de la religión, y una maldición para su nación. En realidad, su carácter era todo lo contrario. La malicia y el orgullo religioso pueden pasar por encima de cualquier norma de verdad y justicia.

También trataron de hacer irrevocable el complot, para que después nadie retrocediera cuando la conciencia comenzara a acusarlo. Se pusieron bajo maldición, invocando el juicio más severo sobre sus almas, sus cuerpos y sus familias si no mataban a Pablo. Incluso juraron que no comerían ni beberían hasta lograrlo. Aquí vemos una terrible acumulación de pecado. Planear el asesinato de un hombre inocente, bueno y útil, que no les había hecho ningún daño y solo buscaba su bien, era seguir el camino de Caín. Demostraba que se habían vuelto como su padre, el diablo, quien ha sido homicida desde el principio.

Pero añadieron pecado sobre pecado. Se comprometieron formalmente a hacerlo, lo cual es peor que limitarse a pensar o desear el mal. Era como hacer un pacto con el diablo y jurar lealtad al príncipe de las tinieblas. Eso no dejaba lugar para el arrepentimiento y casi desafiaba al arrepentimiento a presentarse. Además, se comprometieron unos a otros, arrastrando a más personas a su culpa y haciendo todo lo posible por arruinar no solo sus propias almas, sino también las de aquellos a quienes persuadían.

También mostraron desprecio por la providencia de Dios. Prometieron hacerlo en un plazo tan breve que no comerían hasta haberlo conseguido, como si nada pudiera interrumpir sus planes. Sin embargo, cuando decimos: «Mañana haremos esto o aquello», incluso si se trata de algo legítimo, debemos añadir: «Si el Señor quiere». ¿Cómo podían siquiera hablar de la providencia de Dios cuando todo su propósito se oponía directamente al mandato de Dios?

También despreciaron sus propias almas y sus cuerpos. Maldijeron sus almas si no lograban cometer el crimen, y así se tendieron una trampa terrible. Si continuaban, la maldición de Dios caería sobre ellos. Si se detenían, ya habían invocado una maldición sobre sí mismos. También perjudicaron sus cuerpos, privándose de comida y bebida por una acción que jamás debían realizar y que quizá ni siquiera lograrían llevar a cabo. Ese es el lenguaje del infierno: cuando las personas desean que Dios las condene y que el diablo se apodere de ellas si no consiguen hacer lo que quieren. Quienes aman las maldiciones terminan recibiéndolas.

Algunos creen que el sentido de su maldición era que matarían a Pablo, como si él fuera una cosa maldita, semejante a Acán, o que, de lo contrario, ellos mismos se harían malditos delante de Dios en su lugar. En cualquier caso, su deseo de llevarlo a cabo era feroz. Estaban impacientes hasta verlo cumplido, como enemigos enloquecidos por el odio o como hambrientos incapaces de saciarse. Incluso puede decirse que los perseguidores devoran al pueblo de Dios como si comieran pan, como si hacerle daño fuera un alimento para ellos (Salmo 14:4).

Por último, vemos el método que eligieron para llevar a cabo el complot. No podían acercarse a Pablo en la fortaleza, donde estaba bajo la protección del gobierno. Estaba encarcelado, no porque hubiera hecho daño, sino para evitar que le hicieran daño. Así que decidieron pedirles a los principales sacerdotes y a los ancianos que solicitaran al gobernador que llevara a Pablo al salón del consejo para interrogarlo más. Dirían que tenían otras preguntas que hacerle o algo más que comunicarle. Entonces, mientras lo trasladaban de la fortaleza al consejo, lo matarían y pondrían fin a toda discusión acerca de Pablo.

Después de pasar todo el día comprometiéndose unos a otros con aquella maldad, por la tarde fueron a ver a los miembros principales del Sanedrín, el gran consejo judío. Podrían haber ocultado su propósito vergonzoso y haber utilizado alguna otra excusa para lograr que enviaran a buscar a Pablo, pero estaban tan seguros de que los dirigentes aprobarían el plan que no les dio vergüenza contárselo claramente. Habían jurado bajo una gran maldición que no comerían nada al día siguiente hasta que Pablo estuviera muerto. Pretendían desayunar a la mañana siguiente con su sangre.

Estaban seguros de que los principales sacerdotes no solo aprobarían el plan, sino que también los ayudarían a realizarlo, sirviéndoles de instrumento para poner a Pablo en sus manos. Esperaban que incluso mintieran por ellos, fingiendo ante el comandante que solo querían interrogar a Pablo con más detalle, cuando en realidad pretendían algo muy diferente.

¡Qué baja opinión debían tener de sus propios sacerdotes para pensar que podían involucrarlos en un crimen semejante! Sin embargo, por malvado que fuera el plan, los sacerdotes y los ancianos estuvieron de acuerdo de inmediato. No dudaron ni reprendieron a aquellos hombres por su complot perverso. Al contrario, como odiaban a Pablo, alentaron la conspiración y se hicieron cómplices del pecado, tan culpables como si ellos mismos la hubieran iniciado.

Ahora vemos cómo salió a la luz el complot. No se nos dice que los conspiradores hubieran hecho un juramento de guardar el secreto, sino solo de mantenerse unidos, quizá porque cada uno pensaba guardar el asunto para sí mismo o porque creían que podrían llevarlo a cabo aunque llegara a conocerse. Pero Dios dispuso las cosas de tal manera que el complot salió a la luz y quedó en nada. Observemos primero cómo Pablo se enteró, en Hechos 23:16. Un joven, hijo de la hermana de Pablo, probablemente vivía en Jerusalén con su madre y de alguna manera se enteró de la emboscada. No se nos dice cómo lo descubrió. Tal vez oyó por casualidad lo que hablaban o recibió la información de alguien que participaba en el complot. Entró en la fortaleza, probablemente como lo hacía con frecuencia para ayudar a su tío y llevarle lo que necesitara, y allí le contó a Pablo lo que había escuchado.

Esto demuestra que Dios tiene muchas maneras de sacar a la luz el mal oculto. Aunque las personas profundicen para esconder sus planes del Señor, él puede usar hasta un ave del cielo para llevar la noticia (Eclesiastés 10:20), o incluso permitir que las propias palabras de los conspiradores los descubran.

En segundo lugar, observemos cómo el joven informó del asunto al comandante. El relato se cuenta con mucho detalle, quizá porque el escritor presenció personalmente aquel manejo cuidadoso y exitoso del caso y lo recordó con satisfacción. Pablo se había ganado la confianza de los oficiales mediante su conducta prudente y pacífica. Podía llamar a uno de los centuriones, un oficial que tenía soldados bajo su mando, y el hombre acudió de inmediato cuando Pablo lo llamó, como dice Hechos 23:17.

Pablo le pidió que llevara al joven ante el comandante, para que pudiera informarle algo relacionado con la seguridad del gobierno. El centurión lo hizo con gusto, como dice Hechos 23:18. No envió a un soldado cualquiera, sino que fue él mismo: para respaldar al joven, mostrar respeto por Pablo y dar mayor peso al mensaje. En esencia, dijo: «Pablo, el prisionero, me pidió que te trajera a este joven. No sé qué tiene que decirte, pero tiene algo que informarte». Es una verdadera muestra de bondad ayudar a los prisioneros necesitados usando nuestra influencia en favor de ellos, no solo dándoles dinero. «Estuve enfermo y en la cárcel, y me ayudaste» contará tanto como visitarlos o enviarles un regalo. Quienes tienen relaciones y cierta influencia deben estar dispuestos a usarlas en favor de quienes atraviesan dificultades.

El centurión ayudó a salvarle la vida a Pablo mediante este sencillo acto de cortesía, y eso debería disponernos a hacer lo mismo cuando tengamos la oportunidad. «Habla en favor de quienes no pueden defenderse por sí mismos» (Proverbios 31:8). Aunque no podamos darles buenos regalos a los prisioneros de Dios, todavía podemos hablar bien de ellos.

En tercer lugar, el comandante recibió el informe con bondad y respeto, como dice Hechos 23:19. Tomó al joven de la mano, como lo haría un amigo o un padre, para animarlo y evitar que se sintiera avergonzado. Esto debería animar a quienes ocupan puestos importantes a mostrarse accesibles, incluso para las personas más humildes, cuando tienen la oportunidad de hacer el bien. Aquí se honra a ese tribuno romano, o comandante militar, por tratar con tanta franqueza al sobrino de Pablo. Nadie debería pensar que la humildad o la bondad disminuyen su dignidad.

Lo llevó aparte en privado, para que nadie más escuchara, y le preguntó: «¿Qué tienes que decirme? Dime cómo puedo ayudar a Pablo». Es probable que también estuviera tratando de reparar el mal que había hecho antes, cuando mandó encadenar a Pablo, a pesar de que era ciudadano romano.

En cuarto lugar, el joven comunicó su mensaje con claridad y prudencia, como dice Hechos 23:20-21. No dijo exactamente qué judíos estaban involucrados, para no señalar específicamente a los principales sacerdotes y a los ancianos de una manera que provocara una ofensa innecesaria. Su propósito era salvar la vida de su tío, no acusar a sus enemigos. Dijo que ellos habían acordado pedirle al comandante que llevara a Pablo ante el consejo al día siguiente, fingiendo que querían interrogarlo más. Probablemente esperaban que lo enviara sin escolta, porque la distancia era corta. Pero el joven le rogó que no aceptara, porque más de cuarenta hombres estaban esperándolo escondidos. Habían jurado no comer ni beber hasta matar a Pablo, y ya estaban listos, aguardando la respuesta del comandante. Por la misericordia de Dios, el joven se les había adelantado.

En quinto lugar, el comandante despidió al joven y le advirtió que mantuviera el asunto en secreto, como dice Hechos 23:22. Los favores de las personas importantes no siempre deben darse a conocer y, en ocasiones, no deben usarse en asuntos públicos. Si los conspiradores se enteraban de que el comandante había sido advertido, podían intentar otra manera de matar a Pablo. Por eso le dijo que no contara nada.

Así fue como se frustró la conspiración. Cuando el comandante vio cuán amargamente estaban los judíos contra Pablo, cuán decididos estaban a hacerle daño y cuán cerca podía estar él mismo de hacerse culpable si dejaba a Pablo allí, decidió enviarlo rápidamente fuera de su alcance. Recibió la noticia con horror y repulsión ante su crueldad y sed de sangre. Parece que temía que, aunque mantuviera a Pablo en la fortaleza con una fuerte escolta, ellos aún encontraran alguna manera de matarlo, quizá atacando a los soldados o incendiando la fortaleza. Cualquiera que fuera el resultado, quería proteger a Pablo, porque creía que no merecía semejante trato.

¡Qué triste es que los principales sacerdotes judíos, que conocían este plan para asesinar a Pablo, lo apoyaran y ayudaran a llevarlo a cabo, mientras un oficial romano, movido solamente por la justicia común y la bondad humana, trabajaba para detenerlo y se ocupaba de hacerlo por completo!

El comandante ordena que una fuerza romana bastante numerosa se prepare de inmediato para acompañar a Pablo a Cesarea y llevarlo ante el gobernador Félix. Allí Pablo probablemente recibiría una audiencia más justa que ante el consejo judío en Jerusalén.

El comandante podría haber liberado a Pablo, sin faltar a su deber, y dejar que él cuidara de su propia seguridad. Pablo no estaba detenido legalmente como un criminal, y más adelante el comandante reconoce que no había ninguna acusación contra él que mereciera cadenas (Hechos 23:29). Debió haberse preocupado tanto por la libertad de Pablo como por su vida, pero quizá temía provocar aún más a los judíos. O tal vez, al darse cuenta de que Pablo era un hombre tan extraordinario, se sentía orgulloso de tenerlo como prisionero y bajo su protección.

En este asunto participaron dos centuriones, es decir, oficiales a cargo de cien hombres cada uno (Hechos 23:23-24). Debían reunir a doscientos soldados, probablemente de sus propios destacamentos, para ir a Cesarea. También debían acompañarlos setenta jinetes y doscientos lanceros, aunque algunos piensan que estos últimos eran guardias del comandante. No se sabe con certeza si los lanceros iban montados o a pie, aunque probablemente eran soldados de infantería que protegían a los jinetes.

Miren con qué justicia Dios había puesto a la nación judía bajo el dominio romano, cuando se necesitaba una fuerza semejante para impedir que cometieran crímenes terribles. En realidad, Pablo no necesitaba toda esa protección, ni ninguna de ella, para mantenerse fuera del alcance de sus enemigos. Ninguna cantidad de soldados habría podido mantenerlo a salvo si Dios hubiera decidido enviar un ángel, como lo había hecho en otras ocasiones. Sin embargo, Dios tenía su propio propósito.

El comandante quería mostrar que los judíos eran un pueblo obstinado y desordenado, incapaz de mantenerse dentro de los límites de la decencia y la justicia sin un control fuerte. También había oído cuántos se habían unido a la conspiración contra Pablo, así que pensó que una protección menor no sería suficiente. Al mismo tiempo, Dios quería animar a Pablo. Pablo estaba seguro, bajo la protección de personas que lo trataban favorablemente y fuera del alcance de sus enemigos.

Pablo no pidió una escolta como esa, del mismo modo que Esdras tampoco la había pedido (Esdras 8:22), y por la misma razón: confiaba en el poder pleno de Dios. Aun así, esta protección llegó por medio del cuidado del gobernador. También le dio a Pablo mayor reconocimiento público. Sus cadenas por causa de Cristo llegaron a conocerse en toda la región (Filipenses 1:13). Como la profecía ya había mostrado cuánto honor acompañaría sus sufrimientos, era apropiado que ahora también fuera escoltado con honor. Los creyentes se fortalecerían al verlo protegido como un ciudadano leal, no tratado como un peligro para la nación, y al ver que un predicador tan grande se había convertido en un prisionero de tanta importancia.

Cuando los enemigos lo odian y los amigos parecen descuidarlo, un tribuno romano interviene como su protector y se ocupa cuidadosamente de él. Primero, se ocupa de la comodidad de Pablo. «Que le proporcionen animales», dice, «para que Pablo monte en uno». Si los perseguidores judíos de Pablo hubieran organizado su traslado por medio de un proceso legal, probablemente lo habrían obligado a caminar o lo habrían llevado arrastrando en una carreta o un trineo. Incluso podrían haberlo colocado detrás de uno de los soldados que iban a caballo. En cambio, el comandante lo trata como a un caballero, aunque es un prisionero, y ordena que le proporcionen una montura adecuada, sin temor de que Pablo escapara.

La orden dice que debían proporcionar animales, en plural, para que Pablo montara en uno de ellos. Esto puede significar que se le permitía más de un caballo, o quizá que tendría un caballo ensillado y otro de repuesto en caso de que uno no fuera apropiado. Algunos intérpretes piensan que los animales eran para los amigos y compañeros de Pablo, a fin de que pudieran viajar con él, ayudarlo durante el camino y hacerle compañía.

En segundo lugar, el comandante se ocupa de la seguridad de Pablo. Da órdenes estrictas de que lo lleven sano y salvo ante el gobernador Félix, a quien ahora se le encomienda el asunto. Félix era la máxima autoridad civil sobre los judíos, así como el comandante era la máxima autoridad militar. Los escritores romanos hablan de Félix como un hombre de origen humilde que llegó a ser gobernador de Judea mediante hábiles intrigas. Tácito dice que ejercía el poder real con la mentalidad de un esclavo, practicando la crueldad y la lujuria de muchas maneras. El pobre Pablo es entregado a un hombre así, pero aun eso era mejor que estar en manos de Ananías, el sumo sacerdote. A un prisionero entregado mediante el proceso legal se le debía proteger con tanto cuidado como a un príncipe.

Para mayor seguridad, el comandante también ordena que se lleven a Pablo a la tercera hora de la noche. Algunos entienden que esto significa tres horas después de la puesta del sol, lo cual correspondería a la época del verano posterior a Pentecostés, cuando la noche sería más fresca para viajar. Otros piensan que significa tres horas después de la medianoche, durante la tercera vigilia, alrededor de las tres de la mañana, para que pudieran salir antes de que los enemigos de Pablo despertaran. Eso también ayudaría a evitar una alteración pública y dejaría a sus enemigos enfurecidos pero sin lograr nada, como un león que ha perdido su presa.

Además, le escribe una carta al gobernador Félix, poniendo todo el asunto en sus manos y librándose de cualquier responsabilidad posterior. Lucas incluye aquí la carta palabra por palabra, y es probable que tuviera una copia de ella, pues acompañaba a Pablo durante este traslado. En la carta, el comandante comienza con el saludo respetuoso acostumbrado a Félix, llamándolo «excelentísimo gobernador», un título que se usaba como fórmula de cortesía. Le expresa sus deseos de salud y prosperidad.

Luego presenta un relato imparcial del caso de Pablo. Dice que los judíos estaban profundamente resentidos contra él, que lo habían apresado y que habrían acabado con su vida. Félix probablemente conocía lo suficiente a los judíos como para no pensar mal de Pablo simplemente porque ellos lo odiaban. El comandante también explica que protegió a Pablo porque era ciudadano romano. Cuando los judíos estaban a punto de matarlo, llegó con una fuerza armada y lo rescató. Eso lo haría quedar bien ante el gobernador romano. También dice que no logró entender cuál era realmente el asunto ni por qué los judíos odiaban tanto a Pablo.

Eligió la manera correcta de averiguar los hechos: llevó a Pablo ante el Concilio (Hechos 23:28) para interrogarlo allí. Esperaba que, a partir de las acusaciones o de la propia respuesta de Pablo, pudiera descubrir qué había provocado todo aquel alboroto. Sin embargo, encontró que Pablo era acusado por cuestiones relacionadas con su ley (Hechos 23:29), especialmente por la esperanza de la resurrección de los muertos (Hechos 23:6).

Este comandante era sensato y honorable, y tenía un verdadero sentido de la justicia y la bondad. Aun así, observa con qué ligereza habla de la vida venidera y de las grandes realidades de ese mundo. Las trata como si fueran solo un punto en disputa, cuando en realidad son ciertas y todos las reconocen, excepto los saduceos. También las trata como si fueran solamente una cuestión de su ley, cuando en realidad conciernen a todas las personas. O quizá se refiere más a sus ritos que a sus creencias. En ese caso, la disputa parecía centrarse en que Pablo reducía el valor y la autoridad de su ley ceremonial, es decir, de las leyes relacionadas con la adoración externa. Los romanos permitían que las naciones conquistadas conservaran su propia religión y no les imponían la suya. Sin embargo, como protectores del orden público, no permitían que alguien usara la religión como pretexto para hacerles daño a sus vecinos.

Hasta ese momento, el comandante entendía que no se había presentado contra Pablo ninguna acusación que mereciera la muerte ni siquiera las cadenas, y mucho menos algo que hubiera sido demostrado. Los judíos se habían hecho despreciables por su propia maldad. Habían perjudicado su propio honor, habían cubierto de vergüenza su dignidad y habían desacreditado a su pueblo, su ley y su lugar santo. Luego se quejaban de que Pablo había disminuido su reputación. ¿Era eso realmente un delito digno de muerte o de encarcelamiento?

Entonces envió el caso de Pablo a Félix (Hechos 23:30): «Cuando me informaron que los judíos estaban esperando para matarlo, sin un juicio legal, lo envié de inmediato a usted, la persona indicada para escuchar el caso y tomar una decisión. Que sus acusadores vengan también y presenten sus cargos ante usted. Yo soy un soldado de formación, no un juez, así que dejo el asunto en sus manos».

Luego llevaron a Pablo de manera segura a Cesarea durante la noche, y los soldados dejaron que los conspiradores reflexionaran sobre su juramento. Si no se arrepentían de la maldad de aquel voto contra Pablo, ahora tenían tiempo para arrepentirse de su imprudencia, porque el juramento también los había puesto en peligro a ellos mismos. Si alguno llegaba a morir de hambre por su terquedad y frustración, moriría sin que nadie lo compadeciera. Pablo fue llevado hasta Antípatris, a unos diecisiete millas de Jerusalén y aproximadamente a mitad del camino hacia Cesarea (Hechos 23:31). Allí, los doscientos soldados de infantería y los doscientos lanceros regresaron a Jerusalén y volvieron a sus cuarteles en la fortaleza. Como Pablo ya estaba fuera de peligro, no hacía falta una escolta tan numerosa. Los soldados de caballería podían llevarlo más rápidamente hasta Cesarea, y hacerlo también ahorraba el esfuerzo de los soldados y los gastos de su comandante. Esto da a los siervos un buen ejemplo: deben obedecer las órdenes de sus superiores y, al mismo tiempo, actuar con sabiduría para el bien de aquellos a quienes sirven.

Pablo fue entregado a Félix como prisionero (Hechos 23:33). Los oficiales pusieron en manos de Félix tanto la carta como a Pablo, y así cumplieron con su deber. Pablo nunca había buscado la amistad de personas poderosas, sino la de los discípulos dondequiera que iba. Sin embargo, Dios usó su sufrimiento para darle la oportunidad de testificar acerca de Cristo ante hombres importantes. Esto correspondía a lo que Cristo había anunciado: que sus discípulos serían llevados ante gobernadores y reyes por causa de él, para darles testimonio (Marcos 13:9).

El gobernador preguntó de qué provincia del imperio provenía Pablo, y le respondieron que era de Cilicia. Entonces Félix le prometió que escucharía pronto su caso (Hechos 23:35): «Escucharé tu caso cuando lleguen tus acusadores, y escucharé con justicia a ambas partes, como debe hacerlo un juez». También ordenó que Pablo permaneciera bajo custodia en el pretorio de Herodes, una sala del palacio que llevaba el nombre de Herodes el Grande, quien lo había construido. Allí Pablo tuvo la oportunidad de encontrarse con los hombres importantes que acudían a la corte del gobernador, y sin duda aprovechó bien esos contactos para propósitos buenos.

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