Versículo destacado

Hechos 23:6 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Pero cuando Pablo se dio cuenta de que una parte eran saduceos y la otra, fariseos, exclamó en el Consejo: «Hermanos, yo soy fariseo, hijo de un fariseo. Se me juzga por la esperanza y la resurrección de los muertos». "

Hechos 23:6

menu_book El versículo en contexto

4 Los que estaban allí dijeron: «¿Insultas al sumo sacerdote de Dios?».

5 Pablo respondió: «Hermanos, yo no sabía que él era el sumo sacerdote, porque está escrito: “No hablarás mal del gobernante de tu pueblo”».

6 Pero cuando Pablo se dio cuenta de que una parte eran saduceos y la otra, fariseos, exclamó en el Consejo: «Hermanos, yo soy fariseo, hijo de un fariseo. Se me juzga por la esperanza y la resurrección de los muertos».

7 Cuando dijo esto, surgió una disputa entre los fariseos y los saduceos, y la multitud quedó dividida.

8 Porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel ni espíritu, pero los fariseos confiesan ambas cosas.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

A los justos les sobrevienen muchas aflicciones, pero de una manera u otra el Señor los libra de todas ellas. Pablo ya había conocido esta verdad en las persecuciones que sufrió entre los gentiles (2 Timoteo 3:11): «De todas ellas me libró el Señor». Ahora vuelve a ver que el Dios que lo ha librado sigue librándolo y continuará haciéndolo. El mismo Señor que lo rescató de la multitud en el capítulo anterior ahora lo rescata de la ira de los líderes religiosos.

La sabiduría y la rapidez de pensamiento de Pablo también lo ayudaron en esta ocasión. El honor supremo, el que más valoraba, era ser cristiano y apóstol de Cristo. En comparación con eso, consideraba todos los demás honores como basura, con tal de ganar a Cristo. Aun así, algunas veces aprovechó su posición social o legal, y esta le sirvió de mucho. En el capítulo anterior, ser ciudadano romano lo libró de recibir azotes como si fuera un alborotador cualquiera. Aquí, ser fariseo lo libró de ser condenado por el Sanedrín, el consejo gobernante judío, como alguien que había abandonado la fe y la adoración del Dios de Israel. Estar dispuestos a sufrir por Cristo no significa que debamos rechazar todos los medios legales, ni siquiera las estrategias prudentes, para evitar el sufrimiento o salir de él.

La estrategia honesta de Pablo consistió en dividir a sus jueces y ponerlos unos contra otros, de modo que la hostilidad de un grupo actuara en su favor. Él sabía que el Consejo estaba compuesto por saduceos y fariseos (Hechos 23:6). Los conocía bien por su larga experiencia y podía distinguir quién pertenecía a cada partido. Unos eran saduceos y otros fariseos, quizá en cantidades casi iguales. Estos grupos estaban profundamente divididos, aunque por lo general lograban trabajar juntos cuando se trataba de dirigir el Consejo.

Los fariseos eran hombres estrictos y muy devotos de las ceremonias, no solo de las que Dios había establecido, sino también de las tradiciones de los ancianos. Defendían con firmeza la autoridad de los líderes religiosos y presionaban a la gente para que obedeciera sus reglas, lo que a menudo los enfrentaba con el Señor Jesús. Sin embargo, en las verdades fundamentales de la fe judía seguían siendo ortodoxos. Creían en los espíritus, en la resurrección de los muertos y en la vida venidera.

Los saduceos eran, en efecto, incrédulos. No apreciaban las Escrituras ni la revelación divina, es decir, la verdad que Dios ha dado a conocer. Aceptaban los libros de Moisés como una historia útil y una buena ley, pero prestaban poca atención al resto del Antiguo Testamento (Mateo 22:23). Negaban la resurrección, no solo que el cuerpo volviera a vivir, sino también cualquier estado futuro de recompensa y castigo. No tenían esperanza de gozo eterno, ni temor de sufrimiento eterno, ni expectativa de algo después de la muerte. Basados en esas ideas, podían decir: «Es inútil servir a Dios», y llamar felices a los orgullosos (Malaquías 3:14-15).

También negaban la existencia de los ángeles y los espíritus, y no admitían ningún ser aparte de la materia. Pensaban que incluso Dios era corporal, con partes y miembros como los nuestros. Cuando leían acerca de los ángeles en el Antiguo Testamento, interpretaban que eran mensajes enviados por Dios o impresiones producidas en la mente de quienes los veían, no seres reales. Decían que el alma era solamente el temperamento o la fuerza vital del cuerpo, y negaban que existiera separada del cuerpo o que fuera diferente del alma de un animal. Probablemente se consideraban pensadores libres, pero en realidad sostenían ideas muy pobres, insensatas y esclavizantes.

Sorprende que hombres con creencias tan corruptas pudieran ocupar cargos en el Sanedrín, el consejo supremo de los judíos. Pero muchos de ellos eran ricos o influyentes y aceptaban la religión pública, por lo que obtenían y conservaban sus posiciones. Aun así, eran ampliamente considerados herejes, se les relacionaba con los epicúreos y se oraba en su contra. ¡Qué triste decadencia fue que hombres tan impíos se sentaran entre los gobernantes de la iglesia judía!

En esta disputa entre fariseos y saduceos, Pablo declaró abiertamente que estaba del lado de los fariseos y en contra de los saduceos (Hechos 23:6). Gritó lo suficientemente fuerte como para que todos lo oyeran: «Yo soy fariseo; fui criado como fariseo y, de hecho, nací en esa familia. Mi padre también fue fariseo, y todavía estoy de acuerdo con los fariseos en esto: espero la resurrección de los muertos. En realidad, si se entendiera bien el asunto, por eso mismo se me está juzgando ahora».

Cuando Cristo estuvo en la tierra, los fariseos se opusieron principalmente a él porque reprendió sus tradiciones y sus interpretaciones equivocadas de la ley. Pero después de su ascensión, los saduceos fueron quienes más se opusieron a los apóstoles de Cristo, porque ellos predicaban por medio de Jesús la resurrección de los muertos (Hechos 4:1-2). Hechos 5:17 dice que la secta de los saduceos se levantó llena de ira contra ellos porque predicaban que, por medio del evangelio, se habían dado a conocer la vida y la inmortalidad.

Por eso, aquí Pablo se llama fariseo en todo aquello en lo que los fariseos tenían razón. Aunque se oponía al fariseísmo cuando este se enfrentaba al cristianismo, especialmente por sus tradiciones que competían con la ley de Dios o contradecían el evangelio de Cristo, todavía coincidía con ellos en la esperanza de la resurrección. Nunca debemos tener en menos una enseñanza verdadera de Dios, ni dudar en reconocerla, solo porque también la sostienen personas corruptas. Si los fariseos esperaban la resurrección de los muertos, Pablo estaba dispuesto a mantenerse con ellos en esa esperanza.

También podía decir sinceramente que, como cristiano, ese era el verdadero asunto por el que lo acusaban. Tal vez sabía que los saduceos, aunque no tenían tanta influencia sobre el pueblo como los fariseos, habían incitado secretamente a la multitud contra él. Lo habían hecho con el pretexto de que había predicado a los gentiles, pero en realidad porque predicaba la esperanza de la resurrección. En cualquier caso, como estaba siendo acusado por ser cristiano, podía afirmar correctamente que estaba siendo juzgado por causa de la esperanza de la resurrección de los muertos, como más adelante también argumentó (Hechos 24:15; Hechos 26:6-7).

Pablo había hablado en contra de las tradiciones de los ancianos, como lo había hecho su Maestro, y en eso se oponía a los fariseos. Sin embargo, valoraba más que nada predicar la resurrección de los muertos y la vida en el mundo venidero, verdades que los fariseos también sostenían.

Esto provocó una división en el Consejo. Probablemente el sumo sacerdote estaba del lado de los saduceos, como lo había estado antes (Hechos 5:17), y su enojo contra Pablo lo demostraba (Hechos 23:2). Eso hizo que los fariseos se sintieran aún más incómodos. Así que surgió una disputa entre los fariseos y los saduceos (Hechos 23:7), y las palabras de Pablo hicieron que los saduceos estuvieran más decididos y que los fariseos tuvieran menos deseos de insistir en la acusación contra él.

La multitud se dividió. Hubo una ruptura y una disputa entre ellos, y su odio contra Pablo comenzó a volverse contra unos y otros. No podían seguir actuando contra él cuando no lograban ponerse de acuerdo, ni acusarlo de romper la unidad de la iglesia mientras ellos mismos mostraban tan poca unidad. Al principio, todos los gritos estaban dirigidos contra Pablo, pero ahora se levantó un gran clamor entre ellos mismos (Hechos 23:9).

El espíritu entre los judíos de aquel tiempo era tan intenso y airado que todo se hacía con ruido y gritería. Discutían acerca de las grandes verdades de su religión de una manera que producía poco bien, porque la ira humana no produce lo que Dios exige. A quienes se oponen a la verdad se les puede responder con argumentos serenos, pero nunca con un gran alboroto.

Entonces los fariseos tomaron el partido de Pablo, lo cual resulta sorprendente. Discutían a favor de él y decían: «No encontramos nada malo en este hombre» (Hechos 23:9). Se había comportado de manera correcta y respetuosa en el templo, y había participado en la adoración de la iglesia. Aunque tal vez lo hubiera hecho solo en algunas ocasiones, eso demostraba que no era el tipo de enemigo que ellos habían afirmado que era. También había hablado bien en su propia defensa y había dado una explicación convincente de sus actos. Ahora había declarado que estaba de acuerdo con las verdades fundamentales de la religión y que llevaba una vida cuidadosa, así que no podían ver que hubiera hecho algo digno de muerte o de cadenas.

Fueron aún más lejos: «Si un espíritu o un ángel le ha hablado acerca de Jesús y lo ha llevado a predicar de esta manera, aunque nosotros no estemos convencidos, debemos tener cuidado de no oponernos a él; de lo contrario, podríamos encontrarnos luchando contra Dios», como antes había argumentado Gamaliel, un fariseo (Hechos 5:39).

Aquí podemos notar, para honra del evangelio, que a veces hasta sus enemigos se vieron obligados a dar testimonio a su favor. En ocasiones, la verdad puede arrancarles a los perseguidores confesiones no solo de inocencia, sino también de valor. Pilato no encontró ninguna culpa en Cristo, aunque aun así lo entregó a muerte, y Festo tampoco encontró culpa en Pablo, aunque lo mantuvo encadenado. Incluso los fariseos llegaron a considerar posible que Pablo hubiera recibido del cielo, por medio de un ángel, un mensaje que lo llevara a hacer lo que estaba haciendo.

Sin embargo, parece que más adelante, como líderes, se unieron al sumo sacerdote para acusarlo (Hechos 24:1). Pecaron contra la luz que habían recibido y, en ocasiones, reconocieron —tal como Cristo dijo acerca de personas así— que «han visto y también han aborrecido tanto a mí como a mi Padre» (Juan 15:24).

Aun así, podemos esperar que por lo menos algunos de ellos reconsideraran después su opinión acerca de Pablo y llegaran a verlo con más favor. Habían escuchado una explicación convincente tanto de su vida —una vida de buena conciencia— como de su fe acerca del mundo venidero. Si fue así, fue algo digno de reconocimiento que su preocupación por las tradiciones de los ancianos, que Pablo había dejado de lado, quedara ampliamente superada por su preocupación por las grandes verdades fundamentales de la religión, a las cuales Pablo todavía se aferraba. Si él se unía a ellos contra los saduceos y mantenía la esperanza de la resurrección de los muertos, no considerarían malo que hubiera dejado de observar la ley ceremonial. Más bien, pensarían caritativamente que estaba caminando conforme a la luz que Dios le había dado, quizá por medio de un ángel o de un espíritu, y estarían dispuestos no a perseguirlo, sino a apoyarlo y protegerlo.

Los fariseos perseguidores de la iglesia romana no tienen este espíritu. Aunque una persona sea sincera y celosa por todos los puntos de la fe cristiana, si no se somete a la autoridad de su iglesia, ellos encontrarán suficientes faltas en ella como para perseguirla hasta la muerte.

El cuidado y la actuación del comandante también ayudaron a Pablo. Había colocado el asunto en medio de una disputa entre fariseos y saduceos, haciendo que se enfrentaran entre sí y consiguiendo que los fariseos dieran un testimonio favorable acerca de Pablo. Pero Pablo todavía corría peligro de ser despedazado: los fariseos querían que lo liberaran y los saduceos querían que lo mataran o que lo entregaran al pueblo, como Daniel en el foso de los leones. Por eso, el comandante tuvo que acudir con sus soldados y rescatarlo, tal como lo había hecho antes (Hechos 21:32; Hechos 22:24).

Consideremos el peligro de Pablo. Entre sus amigos y sus enemigos, casi lo arrancaban de un lado y del otro: unos lo abrazaban hasta matarlo y los otros lo aplastaban hasta matarlo. Esta clase de violencia suele caer sobre las personas muy conocidas y de quienes se habla mucho, como Pablo, amado por unos y odiado por otros.

Así fue su rescate: el comandante ordenó a sus soldados que bajaran del cuartel, sacaran a Pablo por la fuerza de entre ellos —de la sala del templo donde había ordenado que se reuniera el Consejo— y lo llevaran a la fortaleza, o Torre Antonia. Se dio cuenta de que no podía entender sus argumentos ni llegar a la verdad del caso.

Aun así, el consuelo divino fue lo que más ayudó a Pablo. El comandante lo había rescatado de hombres crueles, pero Pablo seguía bajo custodia, y nadie podía decir qué sucedería después. La fortaleza le ofrecía protección, pero también lo mantenía encerrado. Lo había librado de una muerte como aquella, pero quizá también lo estaba preparando para una muerte aún mayor.

No leemos que ninguno de los apóstoles o ancianos de Jerusalén haya ido a verlo. Tal vez les faltó valor, o quizá no tenían acceso a él. Es posible que, la noche siguiente, Pablo estuviera lleno de pensamientos y preocupaciones acerca de lo que sería de él y de cómo sus dificultades podrían servir para algún buen propósito. Entonces el Señor Jesús le hizo una visita llena de bondad y, aunque ocurrió a medianoche, llegó en el momento preciso (Hechos 23:11). El Señor se puso a su lado y se acercó a su lugar de descanso, aunque quizá solo fuera un lecho de paja, para mostrarle que estaba con él durante todo el día con la misma certeza con que ahora estaba allí, ante sus ojos.

Esto es un gran consuelo. No importa quién esté contra nosotros; no tenemos que temer si el Señor está a nuestro lado. Si él toma nuestra defensa, podemos enfrentar sin terror a quienes buscan hacernos daño. El Señor está con quienes sostienen nuestra vida, y entonces nada puede salir mal en última instancia.

Cristo le dice a Pablo que tenga ánimo: «Ánimo, Pablo. No te desanimes. No permitas que lo sucedido te entristezca ni que lo que aún pueda suceder te llene de temor». Es la voluntad de Cristo que sus siervos fieles conserven un gozo firme. Quizá Pablo se preguntaba, al reflexionar sobre lo ocurrido, si había hablado correctamente ante el Consejo el día anterior. Si ese era el caso, las palabras de Cristo le aseguraban que Dios aprobaba lo que había hecho.

O quizá Pablo estaba angustiado porque sus amigos no habían ido a verlo. En ese caso, la visita de Cristo era consuelo suficiente, aun sin las palabras «Ánimo, Pablo». La presencia de Cristo le mostró a Pablo que no había sido olvidado.

La razón que Cristo le da parece, a primera vista, un consuelo extraño: «Así como has dado testimonio de mí en Jerusalén, también debes dar testimonio en Roma». Casi suena frío decirle: «Has sufrido mucho por mí y tendrás que sufrir más». Sin embargo, estas palabras tenían el propósito de fortalecer a Pablo. Le recordaban que sus dificultades anteriores habían sido parte de su servicio a Cristo como testigo.

También le indicaban a Pablo que su trabajo no había terminado. La prisión no lo había vuelto inútil ni lo había apartado del servicio. Lo estaban guardando para una obra futura. Nada afligía más a Pablo que pensar que se le impediría servir a Cristo y ayudar a las almas. Cristo le estaba diciendo, en efecto: «No tengas miedo. Todavía no he terminado contigo».

Pablo también parece haber tenido un deseo real y legítimo de ir a Roma y predicar allí el evangelio. El evangelio ya se había predicado en esa ciudad y allí ya se había establecido una iglesia, pero Pablo, como ciudadano romano, anhelaba visitarla. Ya había planeado ir antes, diciendo: «Después de estar en Jerusalén, también tengo que ver Roma» (Hechos 19:21). Además, les había escrito a los romanos que deseaba verlos (Romanos 1:11).

Ahora Pablo quizá pensaba que esos planes se habían arruinado y que nunca vería Roma. Pero Cristo le dice que todavía irá allí. De ese modo, se cumpliría el deseo de Pablo, pues lo quería para la honra de Cristo y para el bien de los demás.

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