Versículo destacado

Hechos 19:21 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Después que terminaron estas cosas, Pablo se propuso en el espíritu ir a Jerusalén después de pasar por Macedonia y Acaya. Decía: «Después de haber estado allí, también debo ver Roma». "

Hechos 19:21

menu_book El versículo en contexto

19 También muchos de los que practicaban artes ocultas reunieron sus libros y los quemaron delante de todos. Calcularon su valor y hallaron que era de cincuenta mil piezas de plata.

20 Así crecía poderosamente la palabra de Dios y prevalecía.

21 Después que terminaron estas cosas, Pablo se propuso en el espíritu ir a Jerusalén después de pasar por Macedonia y Acaya. Decía: «Después de haber estado allí, también debo ver Roma».

22 Así que envió a Macedonia a dos de los que le servían, Timoteo y Erasto; pero él permaneció por algún tiempo en Asia.

23 Por aquel tiempo se produjo un disturbio nada pequeño acerca de aquel Camino.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Los problemas de Pablo en Éfeso surgieron justo cuando estaba planeando seguir adelante para trabajar en otros lugares. Tenía grandes planes para Dios y quería que su influencia llegara lo más lejos posible. Después de pasar más de dos años en Éfeso, pensaba visitar las iglesias de Macedonia y Acaya, especialmente Filipos y Corinto, las ciudades principales de esas regiones (Hechos 19:21). Él había fundado iglesias allí y ahora quería saber cómo estaban. Se proponía corregir lo que estuviera mal y fortalecer lo que marchaba bien.

Desde allí planeaba ir a Jerusalén para visitar a los creyentes y contarles cómo el Señor había bendecido su trabajo. Después quería ir a Roma, no solo para conocer la famosa ciudad, sino para ver a los cristianos que estaban allí y ayudarlos (Romanos 1:11). Los creyentes de Roma eran la verdadera gloria de esa ciudad, y Pablo anhelaba visitarlos. Algunos piensan que hizo estos planes después de la muerte del emperador Claudio, ya que Claudio había expulsado anteriormente a los judíos de Roma (Hechos 18:2).

Pablo también envió a Timoteo y a Erasto a Macedonia para avisarles a las iglesias que él iría y ayudar a preparar la ofrenda para los santos pobres de Jerusalén. Poco después escribió la primera carta a los corintios, con la intención de ir él mismo, como más adelante dijo: «Les envié a Timoteo, pero iré a verlos pronto, si el Señor quiere» (1 Corintios 4:17, 19). Por el momento, se quedó en la región de Éfeso y continuó estableciendo iglesias.

Las dificultades que enfrentó en Éfeso también impulsaron a Pablo a seguir adelante. Es sorprendente que hubiera estado tranquilo allí durante tanto tiempo, aunque probablemente ya había pasado por problemas anteriores que no se registran aquí. En una de sus cartas de ese período, dijo que había «luchado contra fieras» en Éfeso (1 Corintios 15:32), lo cual probablemente se refiere a que lo obligaron a entrar en el teatro para enfrentarse a animales salvajes. También habló de las grandes aflicciones que le sobrevinieron en Asia, donde estaba seguro de que moriría y había «recibido en sí mismo la sentencia de muerte» (2 Corintios 1:8, 9).

Sin embargo, en el relato de aquí Pablo se sintió más atemorizado que herido. Se produjo un gran alboroto por causa de «el Camino», es decir, la fe cristiana (Hechos 19:23). Algunos escritores dicen que por ese tiempo estaba en Éfeso el falso maestro Apolonio de Tiana, pero Lucas no lo menciona, probablemente porque su oposición al evangelio era demasiado insignificante para tener importancia. El verdadero disturbio tuvo otra causa, y los detalles son importantes.

Un platero llamado Demetrio, probablemente un hombre destacado en ese oficio, se quejó de que Pablo y los demás predicadores estaban apartando a la gente del culto a Diana y perjudicando el negocio de quienes fabricaban modelos de plata para su templo. Esos modelos quizá eran imágenes de plata del templo o pequeños santuarios que la gente podía llevarse a casa, parecidos a los objetos devocionales usados posteriormente en la idolatría. Los viajeros que llegaban a Éfeso para adorar a la diosa compraban estos objetos antes de regresar a casa, tanto como recuerdos como para mostrárselos a sus amigos. Esto demuestra cómo los artesanos, e incluso hombres más astutos que estaban por encima de los artesanos comunes, pueden beneficiarse de la superstición de la gente y usarla para su propio provecho.

Demetrio no llevó su queja ante las autoridades. Reunió a los artesanos y a otros trabajadores del mismo oficio, hombres que se preocupaban principalmente por sus propias ganancias. Intentó incitarlos contra Pablo, sabiendo que reaccionarían con enojo en lugar de hacerlo con razonamiento.

Su discurso fue directo y contundente. Primero argumentó que el negocio de fabricar santuarios de plata para Diana era necesario y debía protegerse (Hechos 19:25). Les dijo que ese oficio no solo les daba comida y un salario, sino también riqueza, comodidad y los medios para vivir bien. Por eso, afirmó, no debían permitir que el oficio cayera en descrédito. Es natural que la gente defienda la fuente de sus ingresos, sea correcta o incorrecta, y muchos se han opuesto al evangelio precisamente por esa razón. Se resisten a Cristo porque el evangelio los llama a apartarse de negocios deshonestos, aun cuando esos negocios produzcan mucho dinero.

Después Demetrio acusó a Pablo de persuadir a la gente para que no adorara a los ídolos. Según la acusación que Lucas registra, Pablo había dicho: «Los dioses que se hacen con las manos humanas no son dioses» (Hechos 19:26). ¿Qué podría ser más claro que eso? Los profetas ya habían señalado lo mismo: si un artesano lo fabrica, entonces no puede ser Dios. Nuestra primera y más verdadera idea de Dios es que existe por sí mismo y no depende de nada. Todo lo demás recibe de él la vida y depende de él. Por lo tanto, cualquier cosa creada por la imaginación y las manos humanas no puede ser un dios.

Sin embargo, ellos consideraban esa idea herética y atea, y a Pablo un criminal por sostenerla. La multitud en realidad no podía demostrar nada contra la doctrina misma. Su verdadera queja era el efecto que producía: no solo en Éfeso, la ciudad principal, sino en casi toda Asia, la provincia romana donde vivían, Pablo había persuadido a muchas personas, especialmente en las zonas rurales, para que dejaran de adorar a Diana. Eso significaba que ya no había tanta demanda de los santuarios de plata y que no se vendían a tan buenos precios.

La gente todavía defiende lo que es claramente necio y falso cuando las leyes humanas, el dinero y las antiguas costumbres lo respaldan. En este caso, defendían la afirmación de que los objetos hechos por manos humanas eran dioses, aunque la mentira fuera más que evidente. La fuerza de esta clase de error muchas veces no proviene de la verdad, sino de las ganancias y de la costumbre.

Demetrio también les recordó que su negocio estaba en peligro de decaer. Todo lo que afectaba su oficio tocaba un punto muy sensible para ellos. En efecto, les estaba diciendo: «Si esta enseñanza se extiende, estamos arruinados. Más vale que cerremos el negocio. Nuestro oficio será desplazado, quedará expuesto como superstición y será considerado un engaño al público. No solo perderemos nuestra participación en este negocio, sino que también nos traerá problemas; no solo seremos pobres, sino que seremos considerados culpables». La palabra traducida como «oficio» también puede referirse a su parte del negocio o a sus ganancias.

También fingió tener un gran celo por Diana, la diosa adorada en Éfeso, y una profunda preocupación por su honor. No bastaba, según él, con que su negocio estuviera en peligro. Lo que realmente le preocupaba era que el templo de la gran diosa Diana fuera despreciado y que su esplendor quedara destruido. Afirmó que toda Asia y, de hecho, el mundo entero la adoraban. Esto muestra qué podía ofrecer el culto a Diana en su propia defensa y qué podían decir sus seguidores más devotos a favor de ella.

En primer lugar, contaba con el esplendor exterior. La belleza y la magnificencia del templo eran lo que los atraía y los mantenía allí. No podían soportar la idea de que algo disminuyera esa gloria, mucho menos que la destruyera. En segundo lugar, contaba con la cantidad de sus seguidores. Podían decir: «Toda Asia y el mundo la adoran», e imaginar que eso por sí solo demostraba que su culto era verdadero. De la misma manera, como todo el mundo sigue a la bestia, al dragón y al diablo, quien es llamado el dios de este mundo, este le da su poder, su trono y gran autoridad (Apocalipsis 13:2, 3).

La respuesta de la multitud a esta queja fue intensa. La denuncia provenía de un trabajador de ese oficio y tenía el propósito de agitar al pueblo. Y funcionó. En esa ocasión mostraron gran enojo contra el evangelio y sus predicadores. Estaban llenos de ira y furia (Hechos 19:28). Los artesanos se habían descontrolado por completo cuando les dijeron que tanto su negocio como su ídolo estaban en peligro.

También demostraron una fuerte lealtad al honor de su diosa. Gritaban: «¡Grande es Diana de los efesios!». En otras palabras: «Estamos decididos a defenderla y viviremos y moriremos por ella». Si alguien se atrevía a deshonrarla o amenazaba con destruirla, estaban listos para oponerse. Pablo podía demostrar todo lo que quisiera que las cosas hechas por manos humanas no son dioses, pero ellos seguían decididos a decir: «¡Grande es Diana de los efesios!». Tenían la intención de defender la religión que habían heredado de sus padres.

Así es como la gente suele andar en el nombre de su propio dios y tener en alta estima su propia religión. Cuánto más deberían hacer lo mismo los siervos del Dios verdadero, pues pueden decir: «Este Dios es nuestro Dios eternamente y para siempre» (Salmo 48:14). Pero el falso celo pronto los llevó a la confusión. Toda la ciudad se llenó de desorden (Hechos 19:29). Este es el resultado común de una devoción apasionada por una religión falsa: lo arroja todo al caos, destrona la razón y pone la pasión en su lugar. La gente se reúne apresuradamente sin siquiera entenderse unos a otros, y muchas veces sin entenderse a sí misma.

Entonces la multitud fue más lejos. Se apoderaron de algunos compañeros de Pablo y los arrastraron al teatro (Hechos 19:29). Algunos piensan que querían hacerlos luchar con las fieras, como en ocasiones le había sucedido a Pablo; otros creen que solo querían maltratarlos y exhibirlos públicamente. Los hombres que apresaron fueron Gayo de Derbe (Hechos 20:4) y Aristarco, quien también aparece mencionado en Colosenses 4:10. Habían llegado con Pablo desde Macedonia, y su única falta era viajar con él tanto en el servicio como en el sufrimiento.

Pablo mismo había escapado de ser apresado. Cuando vio que sus amigos estaban en problemas por causa de él, quiso entrar en medio de la multitud y ofrecerse, si era necesario, en vez de permitir que sus amigos sufrieran por él. Esto mostró un espíritu generoso y un corazón que amaba al prójimo como a sí mismo. Pero sus amigos no se lo permitieron. Era más apropiado que él se ofreciera que dejar que ellos le permitieran hacerlo. Podían decirle a Pablo, como los siervos de David le dijeron a David cuando él estaba a punto de exponerse públicamente al servicio del pueblo: «Tú vales por diez mil de nosotros» (2 Samuel 18:3).

Otros amigos también intervinieron para impedir que caminara directamente hacia el peligro. Temían que la multitud lo tratara aún peor que a Gayo y Aristarco, porque lo consideraban el líder de todo el movimiento. Por eso pensaron que era mejor que aquellos dos recibieran el primer golpe, en vez de que Pablo entrara al teatro (Hechos 19:31). Entre esos amigos estaban algunos de los principales hombres de Asia, llamados asi8arcas. Algunos estudiosos dicen que eran sacerdotes importantes, mientras que otros creen que eran dirigentes de los juegos públicos. No se nos dice si se habían convertido al cristianismo o si simplemente sentían simpatía por Pablo, pero eran sus amigos.

El doctor Lightfoot sugiere que habían conservado un profundo respeto por Pablo desde que él había luchado con fieras en su teatro, y temían que volviera a ser maltratado. Cuidar más la vida y el bienestar de hombres buenos que ellos mismos es un servicio bondadoso y sabio. Los amigos de Pablo hicieron bien en detenerlo. Habría sido un paso muy peligroso, que probablemente le habría costado la vida. Así que Pablo tuvo que aceptar que se hiciera lo que sus amigos consideraban mejor, y aquí aprendemos a mantenernos fuera del peligro siempre que podamos, mientras no abandonemos el camino del deber. Es posible que seamos llamados a entregar la vida, pero no a desperdiciarla. A Pablo le habría correspondido más arriesgarse en una sinagoga que en un teatro.

La multitud estaba completamente confundida. Unos gritaban una cosa y otros otra, según sus sentimientos, sus pasiones y quizá los rumores que habían escuchado (Hechos 19:32). Algunos gritaban contra los judíos y otros contra Pablo, pero la multitud estaba en caos porque no se entendían entre sí.

Discutían unos con otros y estaban listos para volverse contra sus propios compañeros, pero ni siquiera entendían la causa que defendían. La mayoría no sabía por qué se había reunido. No sabían qué había provocado el alboroto, quién era responsable ni siquiera qué asunto los había llevado allí. En momentos así, muchas personas se acercan solamente para ver qué está pasando. Siguen el ruido, siguen a la multitud y muy pronto se convierten en una turba enorme.

Los judíos intentaron involucrarse en el alboroto, aunque en otros lugares a menudo habían sido ellos quienes comenzaban esos disturbios. Sin embargo, en Éfeso no tenían suficiente influencia para agitar por sí mismos a la multitud. Aun así, cuando la turba ya estaba en movimiento, tenían suficiente hostilidad para unirse a ella (Hechos 19:35). Así que hicieron pasar al frente a Alejandro, animándolo a hablar en contra de Pablo y sus compañeros en nombre de los judíos.

En efecto, querían que dijera: «Han escuchado lo que Demetrio y los artesanos de plata dicen contra ellos, como enemigos de nuestra religión. Ahora permítannos hablar contra Pablo como enemigo de nuestra religión». Los judíos animaron a Alejandro y prometieron apoyarlo. Pensaban que eso era necesario para defenderse. Por eso su discurso es llamado una defensa, no solo en favor de él mismo, sino de los judíos en general, a quienes los adoradores de Diana también consideraban enemigos.

Querían que todos supieran que estaban tan opuestos a Pablo como los fabricantes de ídolos. Quienes hoy están ansiosos por distanciarse de los siervos de Cristo y temen que los confundan con ellos, al final serán juzgados de esa manera. Alejandro hizo señas con la mano, queriendo que la multitud lo escuchara hablar contra Pablo. Habría sido extraño que una persecución contra los cristianos no involucrara de alguna manera a los judíos. Si no podían comenzar el problema, estaban dispuestos a ayudar a impulsarlo y así participar en los pecados de otros.

Algunos piensan que este Alejandro había sido cristiano, pero luego había regresado al judaísmo, y que por eso lo hicieron pasar al frente como un acusador apropiado de Pablo. Lo relacionan con Alejandro el calderero, quien le hizo mucho daño a Pablo (2 Timoteo 4:14) y a quien Pablo entregó a Satanás, es decir, al juicio y la disciplina de Dios, en 1 Timoteo 1:20.

Esto solo hizo que los acusadores dejaran de insistir en sus cargos contra los compañeros de Pablo y comenzaran, en cambio, a alabar a gritos a su diosa (Hechos 19:34). Cuando se dieron cuenta de que Alejandro era judío y, por lo tanto, enemigo de la adoración de Diana, se negaron a escucharlo. Los judíos habían llegado a sentir un profundo odio por los ídolos y la idolatría, así que la multitud no quiso oír nada de lo que Alejandro dijera, estuviera a favor o en contra de Pablo.

En cambio, comenzaron a gritar: «¡Grande es Diana de los efesios!». A cualquiera que atacara a Diana, fuera judío o cristiano, estaban dispuestos a responderle con el mismo grito. Era su Diana, y se enorgullecían de tener su templo entre ellos. Afirmaban su grandeza porque era ampliamente venerada y porque su templo era más famoso y espléndido que cualquier otro. Esa fue la única respuesta durante dos horas.

Pensaban que esto bastaba para demostrar que Pablo estaba equivocado, como si los gritos pudieran responder a la verdad de que los dioses hechos por manos humanas no son dioses en absoluto. De esta manera, algunas de las verdades más santas suelen ser silenciadas por el ruido, la ira y la furia de las multitudes. Desde hace mucho tiempo se ha dicho que los idólatras están fuera de sí por causa de sus ídolos, y este fue un ejemplo claro. Diana había hecho importante a Éfeso, porque la ciudad se enriquecía con las muchas personas que llegaban de todas partes a su templo. Por eso hicieron todo lo posible para proteger el honor cada vez más debilitado de su diosa, gritando: «¡Grande es Diana de los efesios!».

Finalmente, el alboroto fue calmado y disuelto por la sabiduría y la vigilancia del secretario de la ciudad, el funcionario encargado de los registros públicos. Le resultó muy difícil conseguir que la multitud se calmara lo suficiente para escucharlo. Cuando por fin lo logró, habló con serenidad, dando un ejemplo de aquel dicho: las palabras sabias se escuchan en silencio más que los fuertes gritos de un gobernante insensato (Eclesiastés 9:17).

Primero los tranquilizó reconociendo que Diana era, en efecto, la famosa diosa de los efesios (Hechos 19:35). No necesitaban gritar tan fuerte para defender algo que nadie negaba. Todos sabían que la ciudad de Éfeso estaba dedicada a la gran diosa Diana. La palabra que se usa aquí significa que la ciudad, como entidad pública, tenía la responsabilidad oficial de su culto, de cuidar su templo y de recibir a quienes llegaban para honrarla.

En cierto sentido, Éfeso era la encargada de cuidar a la gran diosa Diana. La ciudad parecía más la protectora de Diana que Diana la protectora de la ciudad. Los adoradores de ídolos se esforzaban mucho por conservar el honor de dioses hechos por manos humanas, mientras ignoraban la adoración del Dios verdadero y viviente. Son pocas las naciones o ciudades que se enorgullecen de proteger esa adoración. El templo de Diana en Éfeso era rico e impresionante, pero parece que valoraban la imagen de Diana incluso más que el templo mismo, porque decían que había caído de Júpiter y que, por lo tanto, no había sido hecha por manos humanas. Esto muestra con qué facilidad las personas supersticiosas pueden ser engañadas por un fraude ingenioso.

Como la imagen había estado allí desde tiempos antiguos y nadie podía decir quién la había hecho, convencieron al pueblo de que había caído de Júpiter. El secretario de la ciudad dijo con mucha seriedad —aunque no sabemos con certeza si realmente lo creía— que esas cosas no podían negarse, porque habían sido aceptadas en todas partes y no perjudicarían a la ciudad si alguien las cuestionaba. Algunos entienden que quiso decir: «Ya que todos creemos que la imagen de Diana cayó de Júpiter, entonces lo que se dice contra los dioses hechos por manos humanas no nos afecta en absoluto».

Después les advirtió que no recurrieran a la violencia ni provocaran disturbios, ya que su religión no necesitaba esos métodos y no podía obtener ninguna ventaja verdadera por medio de ellos (Hechos 19:36). «Deberían mantener la calma», les dijo, «y no hacer nada impulsivamente».

Esta es una buena regla para mantener en todo momento, tanto en la vida privada como en los asuntos públicos. No debemos actuar con demasiada rapidez ni apresurarnos a hacer las cosas. Más bien, debemos tomarnos el tiempo para pensar, mantener la calma y permitir que la razón conserve el control mientras mantenemos las pasiones bajo dominio.

Debemos estar listos para aplicar este consejo cuando veamos desorden a nuestro alrededor o cuando sintamos que empieza a surgir dentro de nosotros. Es mejor guardar la calma y evitar actuar precipitadamente, porque muchas cosas que se hacen de prisa después se lamentan.

El secretario de la ciudad también declaró inocentes a Pablo y a sus compañeros de las acusaciones falsas que se habían presentado contra ellos (Hechos 19:37). En esencia, dijo: «Han traído aquí a estos hombres y están listos para despedazarlos, pero ¿qué mal han hecho realmente? ¿Qué pueden probar contra ellos?». Señaló que no eran saqueadores de templos ni habían robado nada dedicado a Diana. No habían atacado el templo de Diana ni sus riquezas, ni habían insultado a la diosa o maltratado a quienes la adoraban.

No había razón para usar semejante violencia contra personas que, aunque no estaban de acuerdo con ellos, no habían respondido con palabras ofensivas. Ellos mantenían la calma; por eso la multitud no tenía motivo para enfurecerse. El verdadero blanco del mensaje de Pablo era el ídolo que había en el corazón de la gente. Si ese ídolo caía, también caería el ídolo del templo.

Quienes predican contra la idolatría tienen la verdad de su lado, y deben sostenerla con firmeza y hacerla pesar sobre la conciencia de las personas. Pero no deben comportarse como saqueadores ni usar lenguaje vulgar contra quienes adoran esos ídolos. Deben enseñar con mansedumbre, no con enojo ni insultos, a quienes se les oponen. La verdad de Dios no necesita mentiras humanas ni una actitud iracunda. El enojo humano no produce la justicia de Dios.

Luego, el secretario de la ciudad los remitió a los canales legales correspondientes, que siempre deben tener prioridad sobre la violencia de las turbas, especialmente en las naciones bien organizadas. Es una gran misericordia vivir en un país donde hay leyes para mantener la paz, tribunales para atender los delitos y recursos legales para reparar los daños.

Si la queja se refiere a un daño privado, el lugar apropiado son los jueces y los tribunales, que se reúnen públicamente en los momentos establecidos. Si Demetrio y los artesanos de plata se sienten perjudicados o creen que se ha violado algún derecho legal, deben presentar una demanda. Que expongan sus acusaciones y que el asunto sea escuchado con justicia. La ley está disponible y hay funcionarios que pueden escuchar a ambas partes y decidir con imparcialidad. Todos deben aceptar esa decisión, en vez de convertirse en sus propios jueces o agitar a la multitud.

La ley es útil cuando se usa correctamente, como el último recurso para determinar quién tiene un derecho en disputa o para recuperar un derecho que ha sido negado.

Si el asunto se refiere a una queja pública, algo que afecta al gobierno o a la vida común, debe tratarse, no mediante una multitud ruidosa, sino en una reunión pública legal (Hechos 19:39). Estos asuntos deben resolverse en una asamblea ordenada, convocada debidamente por quienes tienen autoridad. Los particulares no deben interferir en los asuntos públicos de una manera que se adelante a las autoridades correspondientes. Ya tenemos suficiente que hacer al ocuparnos de nuestros propios asuntos.

El secretario de la ciudad también les advirtió sobre el peligro que habían provocado con aquel alboroto (Hechos 19:40). Podían ser llamados a rendir cuentas por la conmoción de ese día e incluso ser denunciados ante el tribunal del emperador como una ciudad rebelde e inquieta. Les dijo que no tenían una verdadera razón para aquella reunión ni una excusa para el desorden. No podían justificar la alteración de la paz diciendo que otros la habían quebrantado primero y que ellos solo se estaban defendiendo.

La mayoría de las personas teme más el juicio humano que el juicio de Dios. Cuánto mejor sería usar esa misma advertencia para calmar nuestros deseos y pasiones pecaminosos. Debemos recordar que pronto responderemos ante el Juez del cielo y de la tierra por todo nuestro desorden. Se nos puede pedir cuentas por el alboroto que hoy existe en nuestro corazón y en nuestro hogar, y no tendremos una buena respuesta si no hay una causa real para nuestro enojo ni una razón justa para nuestra violencia.

Así como debemos contener los deseos pecaminosos, también debemos refrenar nuestras pasiones recordando que Dios llevará toda obra a juicio (Eclesiastés 11:9). Debemos vivir como personas que tendrán que rendir cuentas.

Después de mostrarle a la multitud lo insensato de su alboroto y el peligro que podía resultar de él, les ordenó disolverse de inmediato (Hechos 19:41). Despidió a la asamblea, y todos regresaron a sus casas.

Aquí vemos cómo la providencia soberana de Dios preserva la paz pública al controlar la mente de las personas. De esta manera, el mundo se libra de caer en un caos total, y la gente es refrenada para que no actúe como los peces del mar, donde el más fuerte devora al más débil. Si pensamos en lo feroz e indomable que puede ser una turba, tenemos razones para agradecerle a Dios que no siempre estemos bajo su poder.

Él calma el estruendo del mar y el rugido de sus olas, y también calma el alboroto de los pueblos (Salmo 65:7). También vemos cuántas maneras tiene Dios de proteger a su pueblo. Es posible que este secretario de la ciudad no fuera amigo de Pablo ni del evangelio que predicaba; sin embargo, Dios usó su sentido común y su prudencia para cumplir su propio propósito. Muchas son las aflicciones de los justos, pero el Señor los libra de todas ellas.

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