Versículo destacado
Hechos 14:19 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Entonces llegaron allí ciertos judíos de Antioquía y de Iconio, quienes persuadieron a la gente; y después de apedrear a Pablo, lo arrastraron fuera de la ciudad, suponiendo que estaba muerto. "
Hechos 14:19
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
17 Sin embargo, no se dejó a sí mismo sin testimonio, pues hizo el bien y nos dio lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando nuestros corazones de alimento y alegría.
18 Y aun diciendo estas cosas, apenas lograron impedir que la gente les ofreciera sacrificios.
19 Entonces llegaron allí ciertos judíos de Antioquía y de Iconio, quienes persuadieron a la gente; y después de apedrear a Pablo, lo arrastraron fuera de la ciudad, suponiendo que estaba muerto.
20 Sin embargo, mientras los discípulos estaban alrededor de él, se levantó y entró en la ciudad; y al día siguiente partió con Bernabé hacia Derbe.
21 Después de predicar el evangelio en aquella ciudad y enseñar a muchos, regresaron a Listra, Iconio y Antioquía,
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Aquí se nos presenta otro relato de la obra, los sufrimientos y el ministerio continuo de Pablo y Bernabé. En esta ocasión, Pablo es apedreado y dejado por muerto; sin embargo, Dios lo restaura, y él continúa con la misión.
La multitud se volvió contra Pablo y no contra Bernabé porque Pablo era el principal portavoz, de modo que sus palabras los ofendieron más. Pero no se levantaron contra él por algún daño real que hubiera causado. Si les había parecido un insulto que no permitiera que le rindieran un honor divino de manera equivocada, no habrían tenido razón para seguir enojados. Más bien, llegaron judíos de Antioquía y, probablemente después de enterarse del gran respeto que Pablo y Bernabé habían recibido en Listra, provocaron al pueblo contra ellos. Los acusaron de ser agitadores, rebeldes y hombres peligrosos a quienes no se les debía permitir permanecer allí. Esto demuestra cuán intensa era la oposición de los judíos contra el evangelio de Cristo. No podían soportar que el evangelio echara raíces en ningún lugar.
Estos judíos hostiles llevaron al pueblo a tal furia que la multitud se levantó y apedreó a Pablo. No se trató de un castigo legal, sino de un ataque impulsado por un motín. Le arrojaron piedras hasta que cayó, y luego lo arrastraron fuera de la ciudad, como si no fuera digno de vivir allí. Probablemente lo hicieron pensando que ya estaba muerto. El corazón humano, cuando está corrompido y dominado por lo mundano, puede inclinarse rápidamente hacia el mal, incluso en direcciones opuestas. A veces las personas son detenidas de una clase de maldad solo para ser impulsadas fácilmente hacia otra. Quienes poco antes querían tratar a los apóstoles como si fueran más que hombres, ahora los trataron como si fueran peores que las bestias, como los peores criminales. Un día, «¡Hosanna!», y al siguiente, «¡Crucifícalo!». La opinión popular cambia como el viento. Si Pablo hubiera sido como Mercurio, el dios pagano mensajero, quizá lo habrían honrado e incluso le habrían levantado un santuario. Pero como era un fiel siervo de Cristo, lo apedrearon y lo expulsaron de la ciudad. Quienes aceptan voluntariamente la falsa enseñanza muchas veces odian la verdad cuando esta llega con amor.
Sin embargo, Dios libró a Pablo por su poder. Cuando lo arrastraron fuera de la ciudad, los discípulos se reunieron alrededor de él. Parece que había algunos en Listra que se habían convertido en creyentes y habían encontrado un punto medio entre adorar a los apóstoles y rechazarlos. Incluso estos nuevos creyentes demostraron valor al ponerse al lado de Pablo, aunque tenían razones para temerle a la misma multitud. Se pararon alrededor de él, en parte para protegerlo de más violencia y en parte para ver si estaba vivo o muerto. Entonces, de repente, Pablo se levantó. No estaba muerto, pero probablemente había quedado muy golpeado y lastimado, y quizá se había desmayado por los golpes. Fue un milagro extraordinario que se recuperara tan pronto y pudiera regresar a la ciudad. Los siervos fieles de Dios pueden acercarse mucho a la muerte, y tanto los amigos como los enemigos pueden pensar que su obra ha terminado; pero no morirán hasta que Dios haya cumplido el trabajo que les encomendó. Pueden ser derribados, pero no destruidos (2 Corintios 4:9).
No dejaron de trabajar por causa de la persecución. Todas las piedras que le arrojaron a Pablo no pudieron apartarlo de su llamado. Aunque lo arrastraron fuera de la ciudad, volvió a entrar en ella, demostrando que no les tenía miedo. Nada de esto lo hizo retroceder. Sin embargo, como la persecución allí era una señal clara de que debían buscar oportunidades útiles en otro lugar, dejaron Listra por un tiempo.
Fueron a Derbe y comenzaron de nuevo donde el terreno todavía estaba libre de oposición. Al día siguiente, Pablo y Bernabé partieron hacia esa ciudad, que no estaba muy lejos, y predicaron el evangelio. Allí enseñaron a muchas personas. Es posible que Timoteo fuera de esa ciudad y que se encontrara entre los discípulos que ahora viajaban con Pablo, después de haberlo conocido en Antioquía y haberse unido a este viaje. Más adelante, Pablo mencionó los sufrimientos que Timoteo había visto en Antioquía, Iconio y Listra (2 Timoteo 3:10-11). No se registra nada más acerca de lo que sucedió en Derbe.
Después regresaron por el mismo camino, regando lo que habían sembrado. Luego de permanecer en Derbe el tiempo que consideraron conveniente, volvieron a Listra, Iconio y Antioquía, precisamente las ciudades donde habían predicado antes. Ya hemos visto cómo pusieron el fundamento y comenzaron la buena obra. Ahora vemos cómo edificaron sobre ese fundamento y la llevaron adelante.
Fortalecieron el alma de los discípulos enseñándoles lo que los afirmaría en la fe. Los creyentes nuevos suelen ser inseguros y se perturban con facilidad. Antiguos amigos los animan a no abandonar sus costumbres anteriores. Personas a quienes consideran más sabias les advierten sobre la vergüenza, el peligro o la insensatez de cambiar. Algunos se sienten tentados por la esperanza de progresar si permanecen en las tradiciones de sus antepasados, mientras que a otros los atemoriza el precio de ir en contra de la mayoría. Los apóstoles fueron a decirles que esta era la verdadera gracia de Dios en la cual estaban firmes y que debían aferrarse a ella. No hay peligro mayor que perder la participación en Cristo, ni ganancia mayor que permanecer unidos a él. Cualesquiera que fueran las pruebas que enfrentaran, Cristo les daría fuerzas para soportarlas. Cualquier cosa que perdieran les sería devuelta con abundancia. Así fueron afirmadas las almas de los discípulos. Se fortaleció su resolución santa para que permanecieran unidos a Cristo, sin importar lo que les costara.
Los que se convierten necesitan ser fortalecidos. Los que han sido plantados necesitan echar raíces. El trabajo de un ministro no consiste solo en despertar a los pecadores, sino también en afirmar a los santos. A veces es más difícil conservar lo que hemos ganado que obtenerlo al principio. Quienes han aprendido la verdad deben comprender cuán segura es, y quienes han comenzado bien deben ser afirmados en ella. El verdadero fortalecimiento es un fortalecimiento del alma. No consiste principalmente en mantener a las personas en su lugar mediante castigos severos si se apartan. Consiste en unir el corazón a Cristo y a su verdad. Solo la gracia de Dios puede afirmar verdaderamente el alma de los creyentes y guardarlos de volver atrás.
También los animaron a continuar en la fe o, según el sentido que también puede tener esta expresión, los exhortaron.
Asimismo, les dijeron que perseverar era tanto su deber como su beneficio. Debían mantenerse firmes en la creencia de que Cristo es el Hijo de Dios y el Salvador del mundo. Los creyentes necesitan continuar en la fe aun cuando el mundo intente apartarlos mediante elogios o presiones. Como las tentaciones de apartarse son constantes, los cristianos necesitan recordatorios constantes para perseverar.
Lo que más enfatizaron fue que debemos entrar en el reino de Dios por medio de muchas aflicciones. Esto no se aplica solamente a los apóstoles, sino a todos los creyentes. Toda persona que desea llegar al cielo debe esperar dificultades y persecución en el camino. Al principio, esto puede sonar desalentador, pero cuando se entiende correctamente, fortalece a los creyentes y los ayuda a permanecer fieles a Cristo.
Es verdad que enfrentarán dificultades, y muchas. Pero estos sufrimientos han sido dispuestos por Dios. Él ya ha determinado que todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecución. También ha ordenado que todos los discípulos de Cristo tomen su cruz. Cuando nos entregamos a Jesucristo, aceptamos también esta parte del camino. Si llega la aflicción por causa de la palabra, es solo aquello sobre lo cual ya habíamos sido advertidos. Dios lleva a cabo lo que ha dispuesto para nosotros.
Este también es el destino de los líderes del ejército de Cristo, no solo de los soldados. Si esto se considera una carga y una dificultad, no solo ustedes, sino también nosotros, estamos bajo ella. Por eso, el sufrimiento de ustedes no debe hacerlos tropezar, ni tampoco el nuestro (1 Tesalonicenses 3:3). Que nadie se deje sacudir por nuestras aflicciones, porque ustedes mismos saben que fuimos destinados a ellas. Cristo no envió a sus apóstoles a un servicio más difícil que el que él mismo ya había soportado, ni ellos impusieron a los cristianos comunes exigencias más pesadas que las que estaban dispuestos a llevar.
Debemos esperar mucha aflicción, pero aquí está el consuelo: saldremos adelante. La aflicción no nos destruirá. Es como el mar Rojo, pero el Señor abre un camino a través de él para su pueblo redimido. Tenemos que descender a la aflicción, pero volveremos a salir. Más aún, atravesaremos la aflicción y entraremos en el reino de Dios. La gloria y el gozo del final compensarán con creces cada dificultad del camino. Debemos pasar por la cruz, pero si continuamos por ese camino sin desviarnos ni volver atrás, llegaremos a la corona. La esperanza de ese destino hace que el sufrimiento presente sea más ligero y más fácil de soportar.
También nombraron ancianos, o presbíteros, en cada iglesia. En esta segunda visita, ayudaron a los creyentes a organizarse mejor. Los establecieron como iglesias organizadas, bajo el liderazgo de ministros permanentes, y distinguieron entre quienes reciben enseñanza y quienes enseñan. Cada iglesia tenía gobernantes o líderes cuya labor era orar con los miembros, predicar en sus reuniones, administrar las ordenanzas del evangelio y velar por su vida espiritual. Debían enseñar a los que no tenían conocimiento, advertir a los desordenados, animar a los desalentados y responder a quienes se oponían a la verdad. Toda iglesia local necesita uno o más líderes así.
A estos hombres se les llamaba ancianos porque se esperaba de ellos la sabiduría y seriedad propias de personas mayores, y porque tenían la autoridad que corresponde a quienes ocupan un cargo de responsabilidad. Su función no era crear nuevas leyes, pues eso le corresponde únicamente a Cristo, el gran Legislador. Cristo gobierna a la iglesia como su único Rey. La tarea de los ancianos era asegurarse de que las leyes de Cristo se obedecieran y se pusieran en práctica; por eso debían ser respetados y recibir la debida sumisión.
Estos ancianos fueron ordenados. Los apóstoles evaluaron las cualidades de los hombres propuestos, ya fuera por ellos mismos o por el pueblo, porque estaban mejor capacitados para tomar esa decisión. Después, apartaron solemnemente a esos hombres para la obra del ministerio y los comprometieron con ella. Fueron nombrados para servir a los discípulos y procurarles el bien. Quienes están en la fe todavía necesitan ser fortalecidos en ella, y necesitan la ayuda de ancianos, pastores y maestros, cuyo propósito es edificar el cuerpo de Cristo.
Por medio de la oración, acompañada del ayuno, los encomendaron al Señor Jesús, en quien habían creído. Aunque las personas crean verdaderamente, los ministros no terminan con eso su cuidado por ellas. Todavía necesitan vigilancia, enseñanza y advertencia, porque su fe aún debe completarse y madurar. Los ministros que más se preocupan por los creyentes deben seguir encomendándolos al Señor y dejándolos bajo la protección y la dirección de su gracia. En oración, pueden decir: «Señor, guárdalos por tu propio nombre».
Esta encomienda debe hacerse mediante la oración. Cristo mismo oró de esta manera por sus discípulos en Juan 17: «Eran tuyos, y tú me los diste. Padre, guárdalos». También es un consuelo encomendar a los creyentes al Señor porque él es aquel en quien han confiado. Le entregamos a quienes se han entregado a él y saben que es capaz de guardar lo que le han confiado hasta aquel día (2 Timoteo 1:12). Es bueno unir el ayuno a la oración como señal de humildad por el pecado y para dar mayor seriedad a nuestras oraciones. Cuando nos separamos de nuestros amigos, la mejor despedida es encomendarlos al Señor y dejarlos en sus manos.
Después continuaron predicando el evangelio en otros lugares que ya habían visitado. Parece que antes no habían hecho tantos convertidos allí, así que regresaron para continuar la obra de conversión. Desde Antioquía atravesaron Pisidia, la provincia donde estaba aquella Antioquía. Luego entraron en Panfilia, cuya ciudad principal era Perge, donde habían estado anteriormente (Hechos 13:13). Volvieron allí para predicar la palabra (Hechos 14:25), intentando de nuevo ver si ahora la gente estaba más dispuesta a recibir el evangelio.
No se nos dice qué éxito tuvieron allí, pero desde ese lugar bajaron a Atalia, una ciudad de Panfilia situada en la costa. No permanecían mucho tiempo en un solo lugar. Adondequiera que llegaban, procuraban establecer un buen fundamento para el trabajo posterior y sembrar una semilla que algún día produjera una cosecha abundante. Las parábolas de Cristo ayudan a explicar esto. Él comparó el reino de los cielos con un poco de levadura que con el tiempo fermenta toda la masa, con una semilla de mostaza que comienza siendo muy pequeña pero crece hasta convertirse en un árbol grande, y con la semilla que un hombre planta en su campo, que brota sin que él sepa cómo.
Después regresaron por mar a Antioquía de Siria, desde donde habían sido enviados a esta misión (Hechos 14:26). Volvieron allí por una razón. Esa era la iglesia que los había encomendado a la gracia de Dios, y ellos valoraban mucho ese envío acompañado de oración. Aunque ya gozaban de gran honra delante de Dios, todavía querían mostrar el debido respeto a quienes los habían enviado. Puesto que los creyentes los habían encomendado a la gracia de Dios para realizar la obra que habían completado, ahora sentían que le debían a la iglesia un informe completo, para que la iglesia pudiera ayudarlos con sus alabanzas, tal como los había ayudado con sus oraciones.
Reunieron a la iglesia (Hechos 14:27). Probablemente había más creyentes en Antioquía de los que podían reunirse en un solo lugar, así que quizá convocaron a los líderes y posiblemente otros creyentes se reunieron en grupos en distintos momentos. Cuando se encontraron, Pablo y Bernabé dieron un informe de dos cosas. Primero, hablaron de las señales de la presencia de Dios en su obra. Contaron todo lo que Dios había hecho con ellos. No presumieron de lo que ellos habían hecho, porque eso habría sido orgullo. Hablaron de lo que Dios había hecho con ellos y por medio de ellos. Todo el bien que hacemos debe atribuirse a Dios, porque él produce en nosotros tanto el querer como el hacer, y después obra con nosotros para que el trabajo tenga éxito. La gracia de Dios puede hacer cualquier cosa sin la predicación de los ministros, pero la predicación de los ministros, incluso la de Pablo, no puede hacer nada sin la gracia de Dios. Por eso, el poder de esa gracia debe reconocerse en el fruto de la palabra.
Segundo, hablaron del fruto de su obra entre los gentiles. Contaron cómo Dios había abierto a los gentiles la puerta de la fe. No solo los había invitado al banquete del evangelio, sino que también había movido a muchos de ellos a aceptar la invitación. Nadie entra en el reino de Cristo sino por medio de la fe. Debemos creer verdaderamente en Cristo; de lo contrario, no tenemos parte en él. Dios es quien abre la puerta de la fe. Él abre las verdades que debemos creer, abre nuestro corazón para recibirlas y convierte esa puerta en un acceso amplio y eficaz a la iglesia de Cristo. Debemos dar gracias a Dios porque abrió la puerta de la fe a los gentiles. Les envió el evangelio, que se ha dado a conocer a todas las naciones para que obedezcan a la fe (Romanos 16:26), y también les dio corazones dispuestos a recibirlo. De esta manera, el evangelio se extendió y resplandeció cada vez más, y ningún poder del infierno ni de la tierra pudo cerrar la puerta que Dios había abierto.
Permanecieron allí algún tiempo con los discípulos (Hechos 14:28), más tiempo del que quizá habían planeado al principio. No fue porque tuvieran miedo de sus enemigos, sino porque amaban a sus amigos y no querían dejarlos.
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De este capítulo
Hechos 14:1
"Y sucedió en Iconio que ambos entraron juntos en la sinagoga de los judíos y hablaron de tal manera que creyó una gran multitud tanto de judíos como de griegos."
Hechos 14:2
"Pero los judíos que no creían incitaron a los gentiles y pusieron sus mentes en contra de los hermanos."
Hechos 14:3
"Por tanto, permanecieron allí mucho tiempo, hablando con valentía en el Señor, quien daba testimonio de la palabra de su gracia y concedía que se hicieran señales y maravillas por medio de sus manos."
Hechos 14:4
"Pero la multitud de la ciudad estaba dividida: unos estaban con los judíos y otros con los apóstoles."
Hechos 14:5
"Y cuando los gentiles y los judíos, junto con sus gobernantes, lanzaron un ataque para maltratarlos y apedrearlos,"
Hechos 14:6
"ellos se dieron cuenta y huyeron a Listra y Derbe, ciudades de Licaonia, y a la región circundante."
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