Versículo destacado
Marcos 12:13 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Entonces enviaron a él a algunos de los fariseos y de los herodianos para atraparlo en sus palabras. "
Marcos 12:13
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
11 Esto fue obra del Señor, y es maravilloso a nuestros ojos?
12 Ellos intentaron arrestarlo, pero tuvieron miedo de la gente, porque sabían que había dicho la parábola contra ellos. Así que lo dejaron y se fueron.
13 Entonces enviaron a él a algunos de los fariseos y de los herodianos para atraparlo en sus palabras.
14 Cuando llegaron, le dijeron: Maestro, sabemos que eres veraz y que no buscas el favor de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres, sino que enseñas con verdad el camino de Dios. ¿Es lícito pagar tributo a César o no?
15 ¿Debemos pagarlo o no debemos pagarlo? Pero él, conociendo su hipocresía, les dijo: ¿Por qué me ponen a prueba? Tráiganme un denario para que lo vea.
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Cuando los enemigos de Cristo, ansiosos por matarlo, no pudieron atraparlo con sus propias palabras, intentaron hacerlo mediante preguntas. En esta ocasión lo pusieron a prueba —o, más bien, intentaron hacerlo— con una pregunta sobre si era lícito pagar tributo al César. Encontramos el mismo relato en (Mateo 22:15).
Los hombres que utilizaron fueron los fariseos y los herodianos, dos grupos que por lo general se oponían entre sí, pero que se unieron contra Cristo (Marcos 12:13). Los fariseos defendían con firmeza la libertad judía. Si Jesús decía que era lícito pagar tributo al César, incitarían al pueblo contra él, y los herodianos los apoyarían discretamente. Los herodianos respaldaban decididamente el dominio romano. Si Jesús decía que estaba mal pagar tributo al César, incitarían al gobernador contra él, y hasta los fariseos se unirían a ellos, aunque eso contradijera sus propias convicciones. No es nada nuevo que personas que discrepan en muchas cosas se unan para oponerse a Cristo.
Su pretexto era que querían que él resolviera una seria cuestión de conciencia en un momento muy importante. También actuaron como si tuvieran una elevada opinión de su sabiduría para responderla (Marcos 12:14). Lo elogiaron exageradamente. Lo llamaron Maestro y reconocieron que era un verdadero maestro del camino de Dios, alguien que enseñaba lo correcto y lo hacía con sinceridad. Dijeron que no se dejaría influir por los elogios ni por las amenazas, y que no tenía miedo de ofender ni al gobernante desconfiado ni a la multitud desconfiada. Afirmaron que siempre era imparcial y que siempre decía la verdad.
Si realmente querían decir lo que afirmaron acerca de Cristo, entonces su posterior persecución contra él fue un pecado cometido con pleno conocimiento. Lo conocían y, aun así, lo crucificaron. En cualquier caso, las propias palabras de las personas a menudo sirven como evidencia en su contra; aquí fueron juzgados por lo que ellos mismos habían dicho. Sabían que él enseñaba con sinceridad el camino de Dios, pero rechazaron el propósito de Dios para ellos. La profesión de fe y el respeto fingido de un hipócrita algún día serán presentados como prueba en su contra, y quedará condenado por sus propias palabras. Pero si no creían lo que dijeron, entonces estaban mintiendo a Dios y adulándolo con sus labios.
La pregunta que hicieron fue: «¿Es lícito pagar tributo al César, o no?». Actuaron como si de verdad quisieran conocer cuál era su deber. Parecían una nación que buscaba justicia de parte de Dios, pero en realidad solo querían escuchar lo que Jesús diría para poder acusarlo, sin importar qué postura tomara. Nada expone más fácilmente a los ministros a una trampa que involucrarlos en disputas sobre los derechos civiles y los límites exactos entre el gobernante y sus súbditos. Tales asuntos deben resolverse, pero no corresponde que los ministros sean quienes los resuelvan.
Parecían dejar la decisión en manos de Cristo, y él estaba capacitado para decidirla, pues por medio de él reinan los reyes y los gobernantes establecen leyes justas. Formularon la pregunta de una manera que sonaba imparcial: «¿Pagamos, o no pagamos?». Actuaron como si estuvieran dispuestos a aceptar su respuesta: «Si dices que debemos pagar tributo, lo haremos, aunque eso nos empobrezca. Si dices que no debemos pagarlo, no lo pagaremos, aunque nos haga parecer traidores». Antes hubo personas que aparentaron estar igualmente ansiosas por recibir una respuesta así, como aquellos hombres orgullosos de (Jeremías 42:20).
Cristo respondió la pregunta y escapó de la trampa al remitirlos a algo que su propia nación ya había aceptado, dejándolos sin argumentos para discutirlo (Marcos 12:15-17). Conocía su hipocresía y el odio que había en sus corazones, aun cuando sus labios le hablaban con amabilidad. Nada puede ocultarse del Señor Jesús, aunque la hipocresía esté cuidadosamente encubierta. Él ve lo que hay debajo de las apariencias.
Sabía que intentaban atraparlo, así que presentó el asunto de tal manera que los atrapó a ellos. Los obligó, por sus propias palabras, a aceptar algo que no estaban dispuestos a aceptar: que debían pagar sus impuestos honesta y tranquilamente. Al mismo tiempo, se defendió de sus objeciones. Hizo que admitieran que el dinero que circulaba en el país era moneda romana, con la imagen del emperador en un lado y su nombre en el otro. Si así era, entonces el César podía reclamar ese dinero para el uso público, porque estaba a cargo del gobierno y de sus gastos. «Den al César lo que es del César». El dinero circulaba bajo su autoridad, así que debía volver a él. Lo que le pertenece y hasta dónde se extiende su derecho debe determinarse de acuerdo con la forma de gobierno y con los derechos establecidos entre el gobernante y sus súbditos.
Pero el César no podía reclamar sus conciencias, ni intentaba hacerlo. No estaba cambiando su religión. «Paguen, entonces, su tributo sin quejarse ni discutir, pero asegúrense de dar a Dios lo que es de Dios». Es posible que Cristo también tuviera en mente la parábola que acababa de contar, en la que los condenó por no dar al dueño de la viña lo que le correspondía (Marcos 12:2). Muchas personas tienen cuidado de darles a los demás lo que les deben, pero no le dan a Dios el honor que corresponde a su nombre. Nuestro corazón y nuestros mejores afectos le pertenecen a él, tanto como el alquiler le pertenece al propietario o el tributo al gobernante.
Todos los que escucharon a Jesús quedaron asombrados por la sabiduría y la habilidad de su respuesta, y por la manera tan completa en que evitó la trampa. Pero dudo que alguno haya sido movido, como debía serlo, a entregarse a Dios y rendirle adoración. Muchos elogian la ingeniosidad de un sermón y, aun así, se niegan a obedecer su mensaje.
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De este capítulo
Marcos 12:1
"Y comenzó a hablarles por medio de parábolas. Cierto hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lugar para el lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se fue a un país lejano."
Marcos 12:2
"A su debido tiempo envió un siervo a los labradores para recibir de ellos parte del fruto de la viña."
Marcos 12:3
"Pero ellos lo agarraron, lo golpearon y lo despidieron con las manos vacías."
Marcos 12:4
"Volvió a enviarles otro siervo; pero a este le arrojaron piedras, lo hirieron en la cabeza y lo despidieron después de tratarlo vergonzosamente."
Marcos 12:5
"Volvió a enviar a otro, y a este lo mataron; y envió a muchos otros, de los cuales golpearon a unos y mataron a otros."
Marcos 12:6
"Todavía tenía, pues, un hijo, su amado. Por último, también lo envió a ellos, diciendo: Respetarán a mi hijo."
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