Versículo destacado

Hechos 13:14 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Ellos salieron de Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia y, entrando en la sinagoga el día de reposo, se sentaron. "

Hechos 13:14

menu_book El versículo en contexto

12 Entonces el procónsul, al ver lo sucedido, creyó, asombrado por la enseñanza del Señor.

13 Pablo y sus compañeros zarparon de Pafos y llegaron a Perge de Panfilia; pero Juan se apartó de ellos y regresó a Jerusalén.

14 Ellos salieron de Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia y, entrando en la sinagoga el día de reposo, se sentaron.

15 Después de la lectura de la ley y de los profetas, los dirigentes de la sinagoga mandaron a decirles: «Hermanos, si tienen alguna palabra de exhortación para el pueblo, hablen».

16 Entonces Pablo se levantó, hizo una señal con la mano y dijo: Hombres de Israel, y ustedes que temen a Dios, escuchen.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Perge, en Panfilia, era un lugar conocido, especialmente porque allí había un templo dedicado a la diosa Diana. Sin embargo, no se nos dice nada de lo que Pablo y Bernabé hicieron allí; solo que llegaron a ese lugar (Hechos 13:13) y luego lo dejaron (Hechos 13:14). La historia de los viajes de los apóstoles, al igual que la historia de la vida de Cristo, omite muchas cosas dignas de ser registradas. Si todo se hubiera escrito, el mundo no habría podido contener los libros.

El siguiente lugar donde los encontramos es otra Antioquía, en Pisidia, para distinguirla de Antioquía de Siria, el lugar desde donde habían sido enviados. Pisidia era una provincia de Asia Menor, vecina de Panfilia, y esta Antioquía probablemente era su ciudad principal. Allí vivían muchos judíos, y el evangelio debía anunciarse primero a ellos. El sermón de Pablo probablemente se parecía mucho a lo que los apóstoles predicaban a los judíos en otros lugares, porque la manera correcta de hablarles era mostrar cómo el Nuevo Testamento concordaba con el Antiguo Testamento, que ellos ya aceptaban y valoraban profundamente.

Pablo y Bernabé se presentaron en una reunión religiosa judía en Antioquía. Aunque acababan de tener éxito ante un gobernador romano, no buscaron al funcionario principal cuando llegaron a Antioquía. Fueron a los judíos, lo cual muestra el amor sincero que les tenían y su deseo de buscar su bien. También guardaron el sábado judío, el séptimo día, cuando se reunieron con ellos. El primer día de la semana era su propio día de reposo cristiano, pero cuando querían reunirse con los judíos, a veces lo hacían con ellos en el séptimo día. El deber moral del cuarto mandamiento había pasado al día de reposo cristiano, pero en ese tiempo todavía era apropiado adorar junto con los judíos en su día de reposo.

Se reunieron en la sinagoga, el lugar de adoración de los judíos. Los días de reposo deben apartarse para la adoración pública, porque están destinados especialmente a eso. Pablo y Bernabé eran forasteros, pero dondequiera que vayamos debemos buscar a los fieles que adoran a Dios y reunirnos con ellos, como lo hicieron estos apóstoles. Aunque eran desconocidos, se les permitió sentarse en la sinagoga. La adoración pública también debe dar lugar a los forasteros, incluso a los pobres, porque sabemos algo de ellos: tienen almas preciosas y merecen nuestro cuidado.

Después de que se leyeron las Escrituras, los dirigentes de la sinagoga los invitaron a hablar. Se leían la Ley y los Profetas, una parte de cada uno, como las lecturas correspondientes a ese día. Cuando nos reunimos para adorar a Dios, no debemos limitarnos a orar y cantar. También debemos leer y escuchar su palabra, porque eso le rinde el honor que merece como nuestro Señor y Legislador. Cuando terminó la lectura, los dirigentes de la sinagoga enviaron un mensaje respetuoso: «Hermanos, si tienen alguna palabra de exhortación para el pueblo, díganla». Probablemente ya habían hablado en privado con Pablo y Bernabé y, aunque quizá todavía no creían en el evangelio, al menos tenían interés en escuchar predicar a Pablo.

Esto demuestra que no basta con leer las Escrituras en público. También es necesario explicarlas y exhortar al pueblo a partir de ellas. Así se extiende la red y se ayuda a las personas a hacer útil la palabra al aplicarla a su propia vida. Quienes dirigen la adoración pública deben procurar que se dé una palabra de exhortación cada vez que el pueblo se reúne. En ocasiones, la exhortación de un ministro visitante puede hacer mucho bien, si cuenta con la debida aprobación.

Pablo recibió con gusto la oportunidad de predicar a Cristo a sus propios compatriotas, los judíos. No se negó por ser forastero ni se contuvo porque predicar a Cristo entre los judíos pudiera causarle problemas. Se puso de pie, listo para hablar, e hizo una señal con la mano para llamar su atención y tranquilizarlos. Probablemente usó el gesto como lo haría un orador: para pedir silencio y también para conmover sus corazones. Hubiera habido desorden en la sinagoga o no, Pablo procuró calmarlos con gentileza y les pidió que lo escucharan con imparcialidad.

Se dirigió tanto a los «hombres de Israel», es decir, a los judíos de nacimiento, como a los que temían a Dios, es decir, a los gentiles convertidos al judaísmo. Les pidió que escucharan con atención, porque tenía algo que decirles acerca de su paz eterna. Este sermón se conserva para mostrar que quienes predicaban el evangelio a los gentiles primero hacían todo lo posible por persuadir a los judíos de recibirlo también. Asimismo, muestra que no sentían odio por la nación judía ni deseaban su ruina, sino que anhelaban que se volvieran a Dios y vivieran.

El sermón de Pablo incluye todo lo que podía convencer la mente de los judíos o ganar su corazón para que recibieran y abrazaran a Cristo como el Mesías prometido. Primero reconoció que eran el pueblo especial de Dios, un pueblo al que Dios había tomado para tener una relación estrecha con él y por el cual había hecho grandes cosas. Los judíos de la dispersión, es decir, los que vivían en otros países, probablemente estaban más interesados que otros en conservar señales claras de su llamamiento especial, porque corrían mayor peligro de mezclarse con las naciones que los rodeaban. Por eso Pablo tuvo cuidado de honrar esa verdad delante de ellos.

Les recordó que el Dios de toda la tierra era, de una manera especial, el Dios de Israel. Dios había establecido un pacto con ellos y les había dado a conocer su voluntad y sus pensamientos de una forma que no había dado a ninguna otra nación. Eso los diferenciaba de todos sus vecinos y les daba un honor especial, porque habían recibido mandamientos particulares que obedecer y promesas especiales en las cuales confiar.

También había escogido a sus antepasados para que fueran sus amigos, sus profetas y quienes sostuvieran su pacto con la iglesia. Abraham fue llamado amigo de Dios. Pablo señala esto para mostrar que Dios había favorecido a aquella nación, aunque no lo merecía, porque permaneció fiel a la elección que había hecho de sus antepasados (Deuteronomio 7:7-8). Fueron amados por causa de sus antepasados (Romanos 11:28).

Dios también había levantado a ese pueblo y le había concedido gran honor. Lo sacó de la nada cuando vivían como extranjeros en Egipto, sin tener nada en ellos que pudiera ganar su favor. Debían recordar que Dios no les debía nada, porque su lugar en el favor de Dios procedía de su propia elección soberana, no de algo que hubieran merecido. Ese favor podía quitárseles si él así lo quería, y si más adelante les retiraba su lugar especial, no les haría ninguna injusticia. Aun así, ellos le debían obediencia y debían recibir con agrado cualquier verdad adicional que Dios le diera a su iglesia.

Dios los sacó de Egipto con mano poderosa, donde no solo eran extranjeros, sino también esclavos. Los liberó por medio de muchos milagros, que fueron al mismo tiempo muestras de misericordia hacia ellos y de juicio contra sus opresores, como dice Deuteronomio 4:34. En el proceso murieron muchas personas, entre ellas todos los primogénitos de Egipto, el faraón y su ejército en el mar Rojo. Dios dice: «Di a Egipto como rescate por ti, y a Cus y a Seba en tu lugar» (Isaías 43:3-4).

También soportó a ese pueblo durante cuarenta años en el desierto (Hechos 13:18). Algunos entienden esta expresión como que Dios «los llevó como un padre que carga a su hijo», porque la Septuaginta expresa esa idea en Deuteronomio 1:31. Ambas ideas encajan aquí. Dios los sostuvo durante todos esos años, y los milagros eran su alimento diario, de modo que no les faltó nada. También mostró gran paciencia con ellos. Eran obstinados, murmuradores e incrédulos, pero Dios no los trató como merecían. Muchas veces apartó su ira por medio de la oración y la intercesión de Moisés.

Cada uno de nosotros debería pensar en su propia vida de la misma manera. No importa cuánto tiempo hayamos vivido; debemos reconocer que Dios ha sido para nosotros como un padre tierno. Él ha suplido nuestras necesidades y nos ha alimentado durante toda nuestra vida hasta el día de hoy. Ha sido paciente con nosotros, un Dios que perdona, como lo fue con Israel (Nehemías 9:17), y no ha llevado una cuenta rigurosa de nuestros pecados. Hemos puesto a prueba su paciencia, pero no la hemos agotado. Por eso, los judíos no debían apoyarse demasiado en los privilegios de su condición especial, porque habían perdido esos privilegios muchas veces.

Dios también les dio la tierra de Canaán (Hechos 13:19). Destruyó allí a siete naciones, naciones destinadas a ser expulsadas para hacer lugar a Israel, y después repartió su tierra entre ellos por sorteo. Esto fue una muestra clara del favor de Dios, y el apóstol no disminuye en ningún sentido la grandeza de ese favor.

Después de eso, Dios levantó hombres fortalecidos desde lo alto para librarlos de quienes los atacaban y oprimían después de que se establecieron en Canaán (Hechos 13:20-21). Les dio jueces, hombres capacitados para cumplir responsabilidades públicas y llamados por Dios cada vez que surgía una necesidad. Aunque eran un pueblo pecador y provocador, y muchas veces sus problemas eran consecuencia de su propio pecado, Dios aun así levantaba un libertador cuando clamaban a él.

A algunos estudiosos les resulta difícil encajar los cuatrocientos cincuenta años en este relato. Una manera de entenderlos es contarlos desde la liberación de Egipto hasta que David conquistó Sion, con lo cual terminó la expulsión de las naciones paganas. Ese período duró cuatrocientos cincuenta años, y la mayor parte transcurrió durante el tiempo de los jueces. Otra manera es contar los años de los jueces, desde la muerte de Josué hasta la muerte de Elí, que fueron trescientos treinta y nueve años, y añadir los ciento once años de opresión bajo distintas naciones. En la historia bíblica, esos años de opresión se describen como períodos separados, aunque estaban incluidos dentro del período más amplio. Juntos suman cuatrocientos cincuenta años.

Después, Dios los gobernó por medio del profeta Samuel, un hombre inspirado por Dios para dirigir los asuntos del pueblo. Más tarde, a petición de ellos, Dios les puso como rey a Saúl, hijo de Cis. El gobierno de Samuel y el de Saúl duraron juntos cuarenta años, como una especie de transición entre el gobierno directo de Dios y la monarquía.

Finalmente, Dios hizo rey a David (Hechos 13:22). Cuando quitó a Saúl por su mal gobierno, levantó a David como rey e hizo con él y sus descendientes un pacto relacionado con el reino. Cuando quitó a un rey, Dios no los dejó como ovejas sin pastor. Pronto levantó a otro, y lo elevó desde una condición humilde y ordinaria hasta una posición honorable (2 Samuel 23:1).

Luego Pablo cita el testimonio de Dios acerca de David. En primer lugar, la elección de David vino de Dios: «He encontrado a David» (Salmo 89:20). Dios mismo lo escogió. Decir que lo «encontró» da la idea de que lo buscó, como si hubiera examinado a todas las familias de Israel para hallar al hombre indicado, y David hubiera sido el elegido. En segundo lugar, el carácter de David también provenía de Dios: era «un hombre conforme a mi corazón», un hombre que Dios aprobaba y en quien se deleitaba, porque la imagen de Dios se reflejaba en él. Esto se dijo de David antes de que fuera ungido por primera vez (1 Samuel 13:14). En tercer lugar, la conducta de David estaría bajo la dirección de Dios: «Él hará todo lo que yo quiero». Desearía hacer la voluntad de Dios, procuraría cumplirla, recibiría la capacidad para hacerlo, sería usado para llevarla a cabo y la completaría.

Todo esto muestra no solo el favor especial de Dios hacia Israel, algo que el apóstol reconoce con gusto, sino también las bendiciones mayores que Dios tenía preparadas para ellos. Esas bendiciones adicionales ahora se les ofrecían mediante la predicación del evangelio. La liberación de Egipto y el establecimiento de Israel en Canaán eran modelos e imágenes de realidades mejores que vendrían después.

Los cambios en su forma de gobierno mostraban que la ley no podía hacer que todo quedara plenamente bien. Por eso tenía que dar paso al reino espiritual del Mesías, que ahora estaba siendo establecido. Si ellos lo aceptaban y se sometían a él, sería la gloria del pueblo de Israel. Por lo tanto, no tenían razón para sentir celos de la predicación del evangelio, como si de alguna manera perjudicara el verdadero honor de la comunidad judía.

Después Pablo presenta de manera completa la obra de nuestro Señor Jesús. Pasa de David al Hijo de David y muestra que Jesús es el descendiente prometido de David (Hechos 13:23): «De la descendencia de este hombre, de esa raíz de Isaí, de ese hombre conforme al corazón de Dios, Dios trajo a Israel un Salvador, Jesús», cuyo mismo nombre significa salvación. ¡Qué bien recibida debió haber sido entre los judíos la predicación acerca de Cristo! Les anunciaba a un Salvador que los libraría de sus enemigos, como lo habían hecho los jueces de tiempos antiguos. A aquellos jueces se les llamó salvadores, pero este Salvador haría lo que ellos no podían hacer: salvaría a su pueblo de sus pecados, que eran sus peores enemigos.

Jesús era un Salvador levantado por Dios, así que venía con una comisión celestial. Fue levantado primero como Salvador para Israel; por eso el evangelio no fue enviado para reunirlos y luego rechazarlos. Fue levantado de la línea de David, aquella antigua familia real de la que Israel se sentía tan orgulloso, aunque en ese tiempo se encontraba en la oscuridad y la insignificancia, para vergüenza de la nación. Debió haber sido un gran consuelo para ellos saber que Dios había levantado para su bien un poderoso Salvador en la casa de su siervo David (Lucas 1:69). Fue levantado conforme a la promesa de Dios: la promesa hecha a David (Salmo 132:11) y la promesa dada más tarde a la comunidad del antiguo pacto: «Levantaré para David un Renuevo justo» (Jeremías 23:5). Esta era la promesa que esperaban recibir las doce tribus (Hechos 26:7). Entonces, ¿por qué recibirla ahora con tanta frialdad, cuando les era anunciada?

Acerca de este Jesús, Pablo dice que Juan el Bautista fue su mensajero y precursor, aquel gran hombre que todos reconocían como profeta. Por eso nadie podía decir que la llegada del Mesías los había tomado por sorpresa ni que necesitaban más tiempo para decidir si lo aceptarían. Juan ya les había advertido antes de que Cristo viniera (Hechos 13:24). Hizo dos cosas. Primero, preparó el camino para Cristo predicando el bautismo de arrepentimiento, no solo a unos cuantos seguidores especiales, sino a todo Israel. Expuso sus pecados, les advirtió sobre la ira venidera, los llamó al arrepentimiento y les dijo que demostraran ese arrepentimiento con sus frutos. Así preparó un pueblo dispuesto para el Señor Jesús, cuya gracia sería recibida con alegría por quienes habían llegado a reconocer su propia condición.

Segundo, Juan anunció la venida de Cristo (Hechos 13:25). Cuando estaba terminando su obra, después de haber tenido mucho éxito y de ejercer una influencia firme, preguntó a sus oyentes: «¿Quién creen que soy? ¿Qué esperan de mí?». Tal vez ellos pensaban que era el Mesías, pero Juan les dijo que estaban equivocados: «Yo no soy él» (ver Juan 1:20). «Él está cerca. Después de mí viene uno tan superior a mí que no soy digno de realizar el servicio más humilde para él; ni siquiera de desatarle las sandalias. Ustedes mismos pueden juzgar quién debe ser».

Pablo también dice que los dirigentes y el pueblo judío, quienes debieron haber recibido a Jesús y obedecerlo libre y gustosamente, se convirtieron en sus perseguidores y asesinos. Cuando los apóstoles predican a Cristo como Salvador, no esconden su muerte vergonzosa ni intentan encubrirla. Siempre predican a Cristo crucificado y también afirman que, aunque esto hizo aún más deshonroso su sufrimiento, fue crucificado por su propio pueblo, por los habitantes de Jerusalén, la ciudad santa, y por sus dirigentes (Hechos 13:27). Su pecado fue este: aunque no pudieron encontrar una razón para condenarlo a muerte ni demostrar que fuera culpable o siquiera sospechoso de algún delito, aun así le pidieron a Pilato que lo matara (Hechos 13:28). El propio juez, después de escuchar todas sus acusaciones, dijo que no encontraba ninguna culpa en él. Sin embargo, ellos presionaron tanto a Pilato que lo obligaron a crucificar a Jesús, en contra de su propia voluntad y de su conciencia, aunque no podían demostrar que Jesús hubiera cometido ni el más pequeño pecado.

Pablo no podía atribuirles esta culpa directamente a sus oyentes, como Pedro lo hizo con la multitud en Jerusalén (Hechos 2:23), porque ellos estaban lo bastante lejos de aquel acontecimiento. Pero sí la atribuye a los judíos de Jerusalén y a sus dirigentes, para mostrar cuánta razón tenían los judíos de la dispersión para no sentirse tan orgullosos ni tan celosos del honor de su nación. Aquella nación había atraído sobre sí una mancha de culpa tan grande, y aun así el Mesías continuaba siendo ofrecido a ellos. Incluso después de todo esto, el evangelio debía comenzar en Jerusalén. La razón por la que actuaron así fue que no conocían a Jesús (Hechos 13:27). No sabían quién era ni por qué había venido al mundo. Si lo hubieran sabido, no habrían crucificado al Señor de la gloria. Cristo mismo dijo algo parecido en su defensa: «No saben lo que hacen», y Pedro afirmó lo mismo: «Actuaron por ignorancia» (Hechos 3:17).

Tampoco conocían la voz de los profetas, aunque los escuchaban leer todos los días de reposo. No entendían, o no tomaban en cuenta, que los profetas habían anunciado que el Mesías sufriría. Si lo hubieran comprendido, jamás habrían participado en su sufrimiento. Muchas personas leen a los profetas, pero no conocen su voz. No entienden el significado de las Escrituras. Escuchan el sonido del evangelio, pero su sentido no llega a la mente ni su dulzura alcanza el corazón. Las personas no conocen a Cristo ni saben cómo deben relacionarse con él porque no conocen la voz de los profetas, quienes dieron testimonio de antemano acerca de Cristo.

Aun así, Dios dirigió sus acciones para cumplir las profecías del Antiguo Testamento. Como no conocían la voz de los profetas, que les advertía que no tocaran al Ungido de Dios, cumplieron esas profecías al condenarlo. Estaba escrito que el Mesías, el Príncipe, sería quitado, pero no por sí mismo. Por eso, es posible que las personas cumplan las profecías de las Escrituras aun mientras quebrantan sus mandamientos, especialmente cuando persiguen a la iglesia, como ocurrió en la persecución contra Cristo.

Esto también explica una razón que a veces se da para entender por qué las profecías bíblicas pueden ser difíciles de comprender. Si fueran demasiado claras, algunas personas podrían intentar impedir que se cumplieran. Pablo dice aquí: «Como no conocieron la voz de los profetas, los cumplieron». Es decir, si hubieran entendido las profecías, no habrían hecho lo que hicieron.

Todo lo que se había anunciado acerca de los sufrimientos del Mesías se cumplió en Cristo (Hechos 13:29). Después de hacer todo lo demás que estaba escrito acerca de él, incluso darle vinagre cuando tenía sed, cumplieron también la profecía sobre su sepultura. Lo bajaron del árbol, es decir, de la cruz, y lo pusieron en un sepulcro. Lucas menciona esto porque hace que la resurrección de Cristo resplandezca todavía más.

Cristo fue separado de este mundo. Quienes son sepultados ya no tienen parte en este mundo, y el mundo ya no tiene parte en ellos. De la misma manera, nuestro alejamiento completo del pecado está representado por el hecho de ser sepultados con Cristo. Un buen cristiano debe estar dispuesto a ser, en cierto sentido, sepultado vivo con Cristo. Lo pusieron en un sepulcro y pensaron que lo habían asegurado allí.

La siguiente gran verdad es que resucitó de entre los muertos y no vio corrupción. Este era el mensaje principal que debía anunciarse, porque es el fundamento principal de todo el evangelio. Por eso Pablo dedica tanto tiempo a hablar de él. Primero, Cristo resucitó con la aprobación de Dios. Cuando estuvo retenido en el sepulcro a causa de nuestra deuda, no salió de allí ilegalmente; recibió una liberación legítima y apropiada de la prisión en la que había estado detenido (Hechos 13:30).

Dios lo levantó de entre los muertos. Dios envió un ángel para quitar la piedra de la entrada del sepulcro, le devolvió el espíritu que, al morir, había encomendado en las manos de su Padre, y le dio vida por medio del Espíritu Santo. Sus enemigos lo pusieron en el sepulcro con la intención de que permaneciera allí para siempre. Pero Dios dijo que no, y pronto quedó claro cuál de los dos planes prevalecería: el de ellos o el suyo.

Segundo, hubo pruebas suficientes de que había resucitado (Hechos 13:31). Fue visto durante muchos días, en muchos lugares y en numerosas ocasiones, por quienes mejor lo conocían. Ellos habían ido con él desde Galilea hasta Jerusalén, habían estado constantemente a su lado y ahora eran sus testigos ante el pueblo. Habían sido escogidos para esa tarea, habían dado testimonio muchas veces y estaban dispuestos a testificar de nuevo, aunque eso significara morir. Pablo no menciona que él mismo hubiera visto a Cristo, aunque para él esa experiencia fue más convincente de lo que podría ser para cualquier otra persona.

Tercero, la resurrección de Cristo cumplió la promesa hecha a los patriarcas, los primeros padres de Israel. No solo era una noticia verdadera, sino también una noticia llena de alegría (Hechos 13:32-33). Debió ser especialmente bien recibida por los judíos. En efecto, Pablo estaba diciendo que el mensaje que anunciaba no los deshonraba ni les hacía daño. Si lo entendían correctamente, les traía el mayor honor y la mayor alegría, porque en la resurrección de Cristo se había cumplido para ellos la promesa hecha a sus antepasados.

Pablo reconoce que el pueblo judío recibió un honor especial porque las promesas les pertenecían (Romanos 9:4). Eran herederos de la promesa porque eran descendientes de los patriarcas, a quienes se les habían dado esas promesas en primer lugar. La gran promesa del Antiguo Testamento era el Mesías, en quien serían bendecidas todas las familias de la tierra, no solo la familia de Abraham. Que el Mesías viniera de esa familia era un honor especial para ella, pero que Dios se lo diera tenía como propósito el bien de todas las familias.

Dios levantó a Jesús y lo exaltó. Esta expresión puede significar tanto que lo levantó de entre los muertos como que lo elevó a una posición de honor. Dios levantó a Jesús para que fuera profeta en su bautismo, sacerdote que hiciera expiación mediante su muerte y rey en su ascensión. Su resurrección de entre los muertos confirmó y aprobó todos estos oficios, mostrando que Dios lo había designado para cumplirlos.

Esto es el cumplimiento de las promesas hechas a los antepasados, incluida la promesa de enviar al Mesías y todas las bendiciones que vienen con él y por medio de él. Pablo está diciendo: «Este es el que debía venir, y en él tienen todo lo que Dios prometió en el Mesías, aunque no reciban todo lo que esperaban». Él se incluye entre los judíos al decir «a nosotros, sus hijos». Si los predicadores del evangelio les estaban llevando estas buenas noticias, no debían tratarlos como enemigos de la nación, sino como sus mejores amigos, y recibir su mensaje con plena confianza. Si los judíos valoraban tanto la promesa, debían valorar aún más su cumplimiento.

El anuncio del evangelio a los gentiles, que ofendía a muchos judíos, no iba en contra de la promesa que Dios les había hecho. De hecho, la promesa misma —que todas las familias de la tierra serían bendecidas en el Mesías— no podía cumplirse de ninguna otra manera.

Cuarto, la resurrección de Cristo fue la gran prueba de que él es el Hijo de Dios, y confirma lo que está escrito en el Salmo 2: «Tú eres mi Hijo; hoy te he engendrado». Esto tenía como propósito mostrar que Cristo era el Hijo de Dios con poder por medio de la resurrección de entre los muertos (Romanos 1:4). Cuando Dios lo levantó por primera vez de la oscuridad y lo presentó públicamente, declaró desde el cielo: «Este es mi Hijo amado» (Mateo 3:17), palabras que claramente apuntan al Salmo 2.

Esas palabras contienen un significado muy profundo. Muestran que Jesús fue engendrado por el Padre antes de todos los mundos, que es el resplandor de su gloria y la imagen exacta de su ser, como un hijo refleja a su padre. Muestran que él es el Verbo eterno, la sabiduría y el pensamiento eternos del Padre. También muestran que fue concebido por el Espíritu Santo en el vientre de la virgen, pues por esa razón el niño santo fue llamado Hijo de Dios (Lucas 1:35). Él fue el agente de Dios en la creación y el gobierno del mundo, así como en la redención del mundo y su reconciliación con Dios. Como Hijo fiel en la casa de su Padre, es heredero de todas las cosas.

Todo esto, que fue declarado en el bautismo de Cristo y nuevamente en su transfiguración, quedó demostrado claramente por su resurrección. Entonces se confirmó el decreto eterno. La razón por la que la muerte no pudo retenerlo fue que él era el Hijo de Dios y, por tanto, tenía vida en sí mismo. No podía entregar esa vida sino con el propósito de volver a recibirla. Cuando hablamos de su generación eterna, es apropiado decir: «Hoy te he engendrado», porque lo que existe desde la eternidad y por toda la eternidad es, para Dios, como un solo día interminable.

Sin embargo, esto también puede entenderse, en un sentido secundario, como una referencia a la resurrección de Cristo: «Hoy he declarado claramente que te he engendrado, y hoy he engendrado de nuevo a todos los que te pertenecen». Esto concuerda con lo que se dice en 1 Pedro 1:3: que Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, «nos hizo nacer de nuevo a una esperanza viva» mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos.

Quinto, el hecho de que Cristo resucitara al tercer día, sin ver corrupción, y que resucitara para vivir en el cielo sin volver jamás a la corrupción —es decir, al estado de muerte—, como les ocurrió a otros que fueron resucitados, demuestra aún más que él es el Mesías prometido. Resucitó para no morir nunca más, como dice Romanos 6:9. Cuando resucitó de entre los muertos, ya no volvería al sepulcro, llamado corrupción en Job 17:14. Lázaro salió del sepulcro todavía con las ropas funerarias, porque volvería a necesitarlas; pero Cristo, como ya no las necesitaría, las dejó allí.

Esto cumple la Escritura de Isaías 55:3: «Les daré las misericordias fieles prometidas a David». La expresión se refiere a las promesas santas y fieles hechas a David. En la promesa hecha a David, y por medio de él a Cristo, se hace gran énfasis en la fidelidad de Dios, como se ve en Salmos 89:1, 89:2, 89:5 y 89:24, 89:33, así como en el juramento que Dios hizo por su santidad en Salmos 89:35. Estas son verdaderamente misericordias firmes y seguras, porque aquel a quien se le confió concederlas resucitó para no morir jamás. Él vive para siempre, a fin de ver cumplida su voluntad y concedernos las bendiciones que compró para nosotros. Si Cristo hubiera muerto y no hubiera resucitado, o si hubiera resucitado solo para morir otra vez, habríamos perdido estas misericordias seguras o, al menos, no podríamos tener certeza de ellas.

También resucitó tan poco tiempo después de morir que su cuerpo no vio corrupción, porque el cuerpo comienza a cambiar después del tercer día. Esto también había sido prometido a David. Era una de las misericordias firmes prometidas a David, pues se le dijo en Salmos 16:10: «No permitirás que tu Santo vea corrupción» (Hechos 13:35). Dios le había prometido a David que levantaría al Mesías de su descendencia. Por tanto, sería un ser humano, pero, a diferencia de los demás seres humanos, no vería corrupción.

Esta promesa no pudo haberse cumplido en David mismo (Hechos 13:36). Después de que David sirvió a su propia generación conforme a la voluntad de Dios, aquel que lo había levantado para esa obra se durmió, fue sepultado con sus antepasados y vio corrupción. Aquí tenemos un breve relato de la vida, la muerte y el sepulcro de David, así como de cómo permaneció bajo el poder de la muerte. Su vida se resume así: antes de morir, sirvió a su propia generación.

David fue un hombre útil y bueno. Hizo el bien en el mundo conforme a la voluntad de Dios, y tomó los mandamientos de Dios como su guía. Sirvió a su propia generación de una manera que también servía a Dios. Buscó agradar a las personas de una manera correcta, sin dejar de ser un siervo fiel de Dios. Véase (Gálatas 1:10). Procuró el bien de las personas, pero no cedió a sus deseos pecaminosos.

También puede entenderse que, por la providencia de Dios —que dispuso el lugar y la obra de David—, él sirvió a su propia generación. Dios lo preparó para el servicio público y lo llamó a realizarlo. Cada criatura es para nosotros aquello que Dios determina que sea. David fue una gran bendición para la época en que vivió; fue un siervo de su generación. En cambio, muchas personas son una maldición, una carga y un problema para su generación.

Aun quienes ocupan un lugar y cumplen una función más modestos deben recordar que viven para servir a su generación. Quienes desean hacer el bien en el mundo deben ponerse al servicio de todos (1 Corintios 9:19). No nacimos para vivir solo para nosotros mismos, sino que formamos parte de comunidades y debemos procurar serles útiles.

Sin embargo, en esto David y Cristo son diferentes. David sirvió únicamente a la generación en la que vivió. Por eso, cuando terminó la obra que se le había encomendado y escribió todo lo que debía escribir, murió y no continuó más allá.

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