Versículo destacado
2 Reyes 9:30 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Cuando Jehú llegó a Jezreel, Jezabel se enteró. Entonces se pintó el rostro, se arregló el cabello y miró por una ventana. "
2 Reyes 9:30
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
28 Sus siervos lo llevaron en un carro a Jerusalén y lo sepultaron en su sepulcro, con sus padres, en la ciudad de David.
29 Ocozías comenzó a reinar sobre Judá en el año once de Joram hijo de Acab.
30 Cuando Jehú llegó a Jezreel, Jezabel se enteró. Entonces se pintó el rostro, se arregló el cabello y miró por una ventana.
31 Cuando Jehú entraba por la puerta, ella preguntó: ¿Tuvo paz Zimri, que mató a su señor?
32 Él alzó el rostro hacia la ventana y dijo: ¿Quién está de mi lado? ¿Quién? Entonces dos o tres eunucos se asomaron hacia él.
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Jezabel era la principal culpable de la casa de Acab. Ella introdujo el culto a Baal, mató a los profetas del Señor, organizó el asesinato de Nabot y empujó a su esposo, y después también a sus hijos, a hacer el mal. Aquí se la llama una mujer maldita (2 Reyes 9:34), una maldición para la tierra y una mujer a la que maldecirían todos los que se preocuparan por la nación. Su dominio había continuado durante tres reinados, pero por fin había llegado su hora.
La iglesia de Tiatira tenía una falsa profetisa comparada con Jezabel y llamada por su nombre (Apocalipsis 2:20). Su pecado era el mismo: llevaba a los siervos de Dios a la idolatría. También tuvo tiempo para arrepentirse, como Jezabel, y también llegó a un final aterrador (Apocalipsis 2:22-23). Por eso, la ruina de Jezabel puede verse como una imagen de la ruina que les sobrevendrá a los idólatras y perseguidores, especialmente a ese gran poder corrupto llamado la madre de las prostitutas, que se ha embriagado con la sangre de los santos y ha embriagado a las naciones con el vino de su inmoralidad sexual, cuando Dios haga que los reyes de la tierra se vuelvan contra ella (Apocalipsis 17:5-6).
Jezabel se enfrentó con descaro al juicio que se acercaba. Se enteró de que Jehú había matado a su hijo por causa de la inmoralidad sexual y la hechicería de ella, y que había arrojado su cuerpo en el terreno de Nabot, tal como el Señor lo había dicho. También supo que Jehú iba a Jezreel, donde ella solo podía esperar convertirse en su próxima víctima. En vez de esconderse, fue a una ventana junto a la entrada de la ciudad para enfrentarlo y desafiarlo.
No actuó como alguien que temiera el juicio de Dios. Se expuso al peligro y no mostró temor. Un corazón endurecido contra Dios seguirá avanzando hasta el final, incluso precipitándose de cabeza hacia la destrucción, como en la imagen de Job sobre correr contra Dios con el cuello erguido (Job 15:26). Pero nadie se ha endurecido jamás contra Dios y ha terminado bien.
Tampoco se humilló. Debió haberse puesto de luto por su hijo, pero se pintó el rostro y se arregló el cabello para verse como siempre: majestuosa e imponente. Esperaba asustar a Jehú y detenerlo. El Señor había llamado al duelo y a vestirse de tela áspera, pero ella escogió el maquillaje y los adornos, desafiando el llamado de Dios (Isaías 22:12-13). Un corazón orgulloso que permanece sin quebrantarse bajo la mano humillante de Dios es una señal segura de ruina inminente.
Tampoco tembló ante Jehú, el instrumento del juicio de Dios. En vez de eso, trató de intimidarlo con esta advertencia: «¿Tuvo paz Zimri, el que mató a su señor?» (2 Reyes 9:31). Ignoró la mano de Dios contra su familia y atacó al hombre que solo estaba ejecutando la espada de Dios. Cuando llegan los problemas, las personas suelen arremeter contra el instrumento que Dios usa para traerlos, en vez de inclinarse ante Dios y juzgarse a sí mismas.
También se consoló pensando que Jehú terminaría mal. Él le había cerrado toda esperanza de paz (2 Reyes 9:22), y ahora ella quería hacerle lo mismo. A quienes hacen la obra de Dios con frecuencia les dicen que están encaminándose hacia el desastre. Los reformadores y quienes reprenden fielmente pueden recibir amenazas, pero no deben dejarse sacudir por el temor (Filipenses 1:28).
Jezabel también intentó detener a Jehú señalando un mal ejemplo. Zimri no tuvo paz, dijo ella, y Jehú tampoco la tendría. Zimri llegó al trono mediante el asesinato y la traición, y luego incendió el palacio sobre sí mismo después de solo siete días. Si Jehú hubiera estado actuando de la misma manera, aquella advertencia habría sido válida. Los juicios de Dios sobre las personas malvadas que nos precedieron deben advertirnos que no sigamos su camino.
Pero Jezabel utilizó mal ese ejemplo. Zimri no tenía derecho a hacer lo que hizo; actuó por ambición y crueldad. Jehú, en cambio, había sido ungido por uno de los hijos de los profetas y estaba actuando por orden de Dios. Cuando comparemos a las personas y sus acciones, debemos distinguir entre lo noble y lo corrupto, y no atribuirles a los hombres enviados por Dios el mismo destino de los malvados.
Entonces Jehú pidió ayuda contra ella. Miró hacia la ventana sin dejarse estremecer por sus amenazas audaces, pero vacías, y gritó: «¿Quién está de mi lado? ¿Quién?» (2 Reyes 9:32). Había sido llamado a realizar la obra de Dios, reformar la tierra y castigar a quienes la habían arruinado, y ahora pedía ayuda para cumplirla. Levantó un estandarte, como Moisés cuando preguntó: «¿Quién está de parte del Señor?» (Éxodo 32:26), y como el salmista cuando preguntó: «¿Quién se levantará por mí contra los malhechores?» (Salmo 94:16). Cuando comienza una reforma, es momento de ver quién está verdaderamente a favor de ella.
Sus propios asistentes la entregaron al justo juicio de Jehú. Dos o tres oficiales miraron hacia él con una actitud que le hizo pensar que estaban de su lado, y les ordenó que no la detuvieran para después, sino que la arrojaran de inmediato. Esa era una forma de castigar a los criminales: lanzarlos de cabeza desde un lugar alto. Así cayó sobre ella la venganza por la muerte de Nabot. Si el mandato de Dios justificaba a Jehú, entonces ese mismo mandato también los justificaba a ellos.
Tal vez odiaban en secreto la maldad de Jezabel, aunque le servían. O quizá ella había sido cruel con ellos y aprovecharon la oportunidad para vengarse. También es posible que, al ver el éxito de Jehú, esperaran ganarse su favor y conservar sus puestos en su corte. Cualesquiera que fueran sus motivos, Jezabel fue ejecutada de una manera vergonzosa. La estrellaron contra la pared y el pavimento, y luego los caballos la pisotearon; quedaron manchados con su sangre y sus sesos. Contemplemos el final del orgullo y la crueldad, y reconozcamos: «El Señor es justo».
Después, los perros completaron su vergüenza, tal como se había anunciado. Luego de que Jehú comió en el palacio, recordó que Jezabel todavía merecía sepultura, al menos porque era mujer, hija de un rey, esposa de un rey y madre de un rey. Por eso dijo: «Vayan a enterrarla» (2 Reyes 9:34). Pero aunque él hubiera olvidado la palabra del profeta —«Los perros se comerán a Jezabel» (2 Reyes 9:10)—, Dios no la había olvidado. Mientras Jehú comía y bebía, los perros ya se habían comido el cadáver de Jezabel. Los perros que recorrían la ciudad (Salmo 59:6) se alimentaron de sus restos hasta que no quedó más que su cráneo, sus pies y sus manos. Los perros hambrientos no mostraron respeto por su linaje real. Para ellos, la hija de un rey no era diferente de cualquier otra persona.
Cuando maltratamos nuestro cuerpo y vivimos para la comodidad, debemos recordar lo débil y humilde que realmente es. Muy pronto, nuestro cuerpo se convertirá en alimento para los gusanos bajo tierra o para los animales que andan sobre ella.
Cuando Jehú oyó este informe, recordó la advertencia de 1 Reyes 21:23: «Los perros se comerán a Jezabel junto al muro de Jezreel». No quedaría nada de ella, excepto el recuerdo de su vergüenza. A menudo se había presentado en público con gran orgullo, y la gente había dicho: «Esta es Jezabel. ¡Qué noble aspecto y porte tiene! ¡Qué imponente se ve!». Pero ese tipo de elogio llegaría a su fin.
Con frecuencia vemos que los malvados reciben sepultura (Eclesiastés 8:10), pero a veces, como Jezabel, ni siquiera reciben sepultura (Eclesiastés 6:3). Su nombre quedó conservado en las Escrituras únicamente como una marca de deshonra. Nadie podía señalar y decir: «Esta es la tumba de Jezabel» o «Estos son los descendientes de Jezabel». De esa manera, el nombre de los malvados se pudre, aun sobre la tierra.
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De este capítulo
2 Reyes 9:1
"El profeta Eliseo llamó a uno de los hijos de los profetas y le dijo: Cíñete la cintura, toma en tu mano este frasco de aceite y ve a Ramot de Galaad."
2 Reyes 9:2
"Cuando llegues allá, busca allí a Jehú hijo de Josafat, hijo de Nimsi; entra, haz que se levante de entre sus hermanos y llévalo a una habitación interior."
2 Reyes 9:3
"Luego toma el frasco de aceite, derrámalo sobre su cabeza y di: Así dice el SEÑOR: Yo te he ungido rey sobre Israel. Después abre la puerta, huye y no te detengas."
2 Reyes 9:4
"Así que el joven, el joven profeta, fue a Ramot de Galaad."
2 Reyes 9:5
"Cuando llegó, los capitanes del ejército estaban sentados. Él dijo: Tengo un mensaje para ti, capitán. Jehú preguntó: ¿Para cuál de todos nosotros? Él respondió: Para ti, capitán."
2 Reyes 9:6
"Él se levantó y entró en la casa. Entonces derramó el aceite sobre su cabeza y le dijo: Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: Yo te he ungido rey sobre el pueblo del SEÑOR, sobre Israel."
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