Versículo destacado
2 Reyes 21:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Manasés tenía doce años cuando comenzó a reinar, y reinó cincuenta y cinco años en Jerusalén. Su madre se llamaba Hefzibá. "
2 Reyes 21:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Manasés tenía doce años cuando comenzó a reinar, y reinó cincuenta y cinco años en Jerusalén. Su madre se llamaba Hefzibá.
2 Hizo lo malo ante los ojos del SEÑOR, conforme a las abominaciones de las naciones que el SEÑOR había expulsado de delante de los hijos de Israel.
3 Porque volvió a edificar los lugares altos que Ezequías, su padre, había destruido; levantó altares a Baal e hizo un bosque sagrado, como había hecho Acab, rey de Israel; adoró a todo el ejército del cielo y le sirvió.
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Terminamos el reinado anterior con pensamientos llenos de alegría. Vimos a Sion en su gloria, es decir, en su pureza y sus triunfos, y vimos al rey en su esplendor: Ezequías (Isaías 33:17). Jerusalén era un hogar tranquilo porque era una ciudad de justicia (Isaías 1:26; 2 Reyes 21:20). Ahora el relato se ensombrece. La belleza de Jerusalén queda manchada, y su gloria, alegría y honor desaparecen.
Este reinado contrasta profundamente con el anterior y casi lo deshace por completo. Manasés comenzó a reinar cuando solo tenía doce años (2 Reyes 21:1). Nació cuando su padre tenía alrededor de cuarenta y dos años, tres años después de la enfermedad de Ezequías. Si Ezequías tenía hijos mayores, habían muerto o se consideraba poco probable que llegaran a reinar. La juventud de Manasés probablemente contribuyó a que se desviara, aunque no lo excusaba. Su nieto Josías llegó al trono siendo todavía más joven y, sin embargo, hizo lo correcto.
Por ser joven, Manasés se llenó de orgullo por su posición y quedó impresionado con su propio poder. Pensó que era sabio porque era poderoso y se enorgulleció de deshacer lo que su padre había hecho. A menudo, los gobernantes jóvenes se llenan de orgullo y luego caen bajo el juicio del diablo. También era fácil que los engañadores influyeran en él. Quienes odiaban las reformas de Ezequías y todavía amaban la antigua adoración a los ídolos halagaron a Manasés y llegaron a controlarlo. Muchas personas se han arruinado por recibir poder demasiado pronto.
Manasés reinó cincuenta y cinco años, más que cualquier otro rey de Judá. Fue el reinado más largo y, en muchos sentidos, también el peor. Joram reinó solo ocho años, y Acaz, dieciséis. Podemos esperar que al principio del reinado de Manasés las cosas todavía siguieran el rumbo establecido por Ezequías, y que hacia el final, después de su arrepentimiento, la verdadera fe comenzara a recuperarse. Aun en el momento más oscuro, Dios conservó un remanente que permaneció fiel. Manasés también pasó parte de ese tiempo como prisionero en Babilonia, lo cual debe contarse como una pérdida, aunque esos años se incluyen porque allí se arrepintió y comenzó a reformarse.
Gobernó muy mal. Hizo lo malo ante los ojos del Señor, aunque había recibido una buena enseñanza y debía haber sabido más (2 Reyes 21:2). Continuó haciendo mucha maldad ante los ojos del Señor, como si deliberadamente quisiera provocarlo (2 Reyes 21:6). Siguió las prácticas detestables de las naciones que lo rodeaban (2 Reyes 21:2) y actuó como Acab, el malvado rey de Israel (2 Reyes 21:3). No aprendió de la destrucción de Canaán ni de la caída de la casa de Acab, hechos que ocurrieron por causa de la idolatría. De hecho, hizo más maldad que las naciones que el Señor había destruido antes de que Israel llegara a la tierra. Cuando el pueblo de Dios se aparta, a menudo llega a ser peor que los impíos que lo rodean.
Más específicamente, reconstruyó los lugares altos que su padre había destruido (2 Reyes 21:3). Al hacerlo, insultó la memoria de su padre piadoso, aunque sabía cuánto había favorecido Dios a Ezequías y cuánto lo había honrado el pueblo. Probablemente estaba de acuerdo con la opinión de Rabsacés de que Ezequías había actuado mal al derribar aquellos lugares altos (2 Reyes 18:22), y quizá afirmaba que reconstruirlos honraría a Dios y ayudaría al pueblo. Pero solo se hundió aún más en la maldad.
Levantó altares para otros dioses, como Baal y Astarté, y también adoró a todo el ejército de los cielos: el sol, la luna, los planetas y las estrellas (2 Reyes 21:3). Dio a las imágenes que fabricó los nombres de esas divinidades, luego se inclinó ante ellas y les pidió ayuda. Les construyó altares (2 Reyes 21:5) y les ofreció sacrificios. Hizo pasar a su hijo por el fuego, entregándolo a Moloc, en abierto desprecio de la señal de la circuncisión que lo identificaba como perteneciente a Dios. También recurrió a guías espirituales malignos: practicó la magia y buscó la ayuda de médiums y espiritistas, como lo había hecho Saúl (2 Reyes 21:6). Los adivinos y encantadores, personas que pretendían conocer el futuro por medio de las estrellas, las nubes, las aves o las entrañas de los animales, llegaron a tener gran importancia para él. Manasés los escuchaba, confiaba en ellos y permitía que sus consejos determinaran sus planes.
Más adelante se nos dice que derramó muchísima sangre inocente (2 Reyes 21:16), probablemente para satisfacer su propia ira y deseos de venganza. Algunos quizá fueron asesinados en secreto y otros, bajo un pretexto legal. Es probable que mucha de esa sangre fuera la de quienes se oponían a la idolatría y daban testimonio contra ella, negándose a inclinarse ante Baal. Jerusalén es señalada especialmente por la sangre de los profetas, y es probable que Manasés haya matado a muchos de ellos. La tradición judía dice que hizo cortar en dos al profeta Isaías con una sierra, y muchos consideran que Hebreos 11:37 alude a ese sufrimiento.
Hay tres cosas que hacen que su idolatría fuera todavía peor. En primer lugar, colocó sus imágenes y altares en la casa del Señor, en los dos atrios del templo, precisamente en la casa donde Dios había dicho a Salomón: «Pondré aquí mi nombre» (2 Reyes 21:4-7). Desafió abiertamente a Dios y puso a sus dioses falsos bajo la mirada misma del Señor. Profanó aquello que había sido consagrado y, en efecto, expulsó a Dios de su propia casa para dejar que los rebeldes tomaran el control. Cuando los adoradores fieles llegaban al lugar que Dios había escogido, encontraban allí otros dioses esperando recibir ofrendas, lo cual debió llenarlos de dolor y temor. Dios había prometido poner allí su nombre y mantenerlo allí, y Manasés hizo todo lo posible por borrar esa memoria.
En segundo lugar, trató la palabra y el pacto de Dios con profundo desprecio. Dios había mostrado su bondad a Israel al poner su nombre entre ellos y tenía la intención de mantenerlos en aquella buena tierra. Su exigencia era sencilla y justa: debían obedecer todo lo que él les había mandado (2 Reyes 21:7-8). Las acciones de Manasés despreciaron esa misericordia y quebrantaron aquel pacto.
En ese tiempo, Israel disfrutaba de una buena relación con Dios y tenía un futuro tan prometedor como cualquier nación pudiera esperar. Pero el pueblo no quiso escuchar (2 Reyes 21:9). No quiso permanecer cerca de Dios, ni por medio de sus mandamientos ni por medio de sus promesas. Rechazaron ambas cosas.
Esto también significó que Manasés, rey de Judá, condujo al pueblo de Dios al pecado y la idolatría (2 Reyes 21:9). Hizo pecar a Judá (2 Reyes 21:11), tal como Jeroboam había hecho pecar a Israel. Su ejemplo bastó para corromper a la mayoría de las personas irreflexivas, que simplemente seguían lo que hacía su rey, fuera correcto o incorrecto. Cualquiera que quisiera avanzar en la vida copiaría a la corte, y otros se dejarían llevar por temor a convertir al rey en su enemigo.
De esta manera, por un medio u otro, la ciudad santa llegó a ser como una prostituta, y Manasés fue quien la convirtió en eso. Quienes son malvados por sí mismos y además ayudan a que otros se vuelvan malvados tendrán que rendir cuentas muy graves.
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De este capítulo
2 Reyes 21:2
"Hizo lo malo ante los ojos del SEÑOR, conforme a las abominaciones de las naciones que el SEÑOR había expulsado de delante de los hijos de Israel."
2 Reyes 21:3
"Porque volvió a edificar los lugares altos que Ezequías, su padre, había destruido; levantó altares a Baal e hizo un bosque sagrado, como había hecho Acab, rey de Israel; adoró a todo el ejército del cielo y le sirvió."
2 Reyes 21:4
"También edificó altares en la casa del SEÑOR, de la cual el SEÑOR había dicho: En Jerusalén pondré mi nombre."
2 Reyes 21:5
"Edificó altares para todo el ejército del cielo en los dos atrios de la casa del SEÑOR."
2 Reyes 21:6
"Hizo pasar a su hijo por el fuego, observó los tiempos, usó encantamientos y consultó a espíritus familiares y hechiceros. Hizo mucha maldad ante los ojos del SEÑOR para provocarlo a ira."
2 Reyes 21:7
"Puso en la casa la imagen tallada del bosque sagrado que había hecho. Acerca de esta casa, el SEÑOR había dicho a David y a su hijo Salomón: En esta casa y en Jerusalén, que he escogido de entre todas las tribus de Israel, pondré mi nombre para siempre."
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