Versículo destacado

2 Reyes 13:10 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" En el año treinta y siete de Joás, rey de Judá, Joás hijo de Joacaz comenzó a reinar sobre Israel en Samaria, y reinó dieciséis años. "

2 Reyes 13:10

menu_book El versículo en contexto

8 Los demás hechos de Joacaz, todo lo que hizo y su poder, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel?

9 Joacaz descansó con sus padres, y lo sepultaron en Samaria. Su hijo Joás reinó en su lugar.

10 En el año treinta y siete de Joás, rey de Judá, Joás hijo de Joacaz comenzó a reinar sobre Israel en Samaria, y reinó dieciséis años.

11 Hizo lo malo ante los ojos del Señor; no se apartó de todos los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, quien hizo pecar a Israel, sino que anduvo en ellos.

12 Los demás hechos de Joás, todo lo que hizo y el poder con que luchó contra Amasías, rey de Judá, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel?

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí encontramos a Joás, hijo de Joacaz y nieto de Jehú, en el trono de Israel. Es probable que la familia de Jehú quisiera mostrar cierto respeto por la casa de David al darle a este heredero el mismo nombre del rey de Judá que reinaba en ese tiempo. El relato general de su reinado es muy parecido a lo que ya hemos visto, y hay poco que destaque en él (2 Reyes 13:10-13).

No fue uno de los peores reyes, pero mantuvo la antigua y astuta idolatría de la casa de Jeroboam. Por eso, la Escritura dice que hizo lo malo ante los ojos del Señor. Ese solo pecado bastó para manchar su nombre con una vergüenza duradera, porque aunque la gente lo considerara algo insignificante, ante Dios era sumamente malvado. El juicio de Dios siempre es verdadero. Llama la atención que el escritor inspirado pase tan rápidamente por alto sus obras y su poder militar, dejándolos para la historia común. Solo registra el respeto que Joás mostró hacia Eliseo. En el libro de Dios, un acto bueno brillará más que muchos grandes logros. A los ojos de Dios, honrar a un profeta es un mérito mayor que conquistar a un rey y a su ejército.

El relato especial de lo que ocurrió entre Joás y Eliseo contiene varios detalles sorprendentes. Eliseo enfermó (2 Reyes 13:14). Había vivido muchos años, pues habían pasado cerca de sesenta desde que fue llamado por primera vez como profeta. Esto fue una gran misericordia para Israel, especialmente para los hijos de los profetas, porque permaneció entre ellos como una luz brillante y fiel durante tanto tiempo. En cambio, Elías terminó su ministerio en aproximadamente la cuarta parte de esos años. Dios determina distintas duraciones para el servicio de sus profetas, algunas más largas y otras más cortas, conforme a su sabiduría infinita.

Durante la última etapa de la vida de Eliseo, desde la unción de Jehú, que había ocurrido cuarenta y cinco años antes, no volvemos a saber nada de él hasta esta escena en su lecho de muerte. Es posible que siguiera siendo útil hasta el final, aunque ya no fuera tan conocido como antes. Su tiempo de reconocimiento público fue más corto que su vida. Las personas mayores no deberían quejarse si dejan de llamar tanto la atención, sino alegrarse de poder vivir tranquilamente.

Eliseo había recibido el espíritu de Elías, pero no fue llevado al cielo en un carro de fuego como Elías. Siguió el camino común por el que todos salen de este mundo y enfrentó el destino que corresponde a toda la humanidad. Si Dios decide honrar más a unos que a otros, aunque no sean menos dotados ni menos fieles, ¿quién tiene derecho a objetar? ¿Acaso no puede hacer lo que quiera con lo que le pertenece?

El rey Joás visitó a Eliseo durante su enfermedad y lloró por él (2 Reyes 13:14). Esto mostró algo bueno en Joás, porque valoraba a un profeta fiel y lo amaba. No lo trataba como un alborotador de Israel, sino como una de las mayores bendiciones de su reino. Lamentaba la pérdida de aquel a quien había honrado. Hay personas que no obedecen la palabra de Dios, pero cuya conciencia todavía las lleva a respetar a quienes la proclaman fielmente.

Cuando el rey se enteró de que Eliseo estaba enfermo, fue a recibir su último consejo y su bendición. No era una deshonra para un rey honrar a alguien a quien Dios había honrado. Puede ser muy provechoso visitar el lecho de enfermedad y de muerte de buenos ministros y de otras personas piadosas, para aprender a morir y fortalecernos con el consuelo que la fe les da en su última hora. Aunque Eliseo era muy anciano y, naturalmente, no podía vivir mucho más, Joás lloró al verlo enfermo y cerca de la muerte. Las personas mayores tienen más experiencia, y perderlas suele ser más difícil. En muchos casos, un testigo anciano vale tanto como diez jóvenes.

Joás pronunció las mismas palabras que Eliseo había dicho cuando Elías fue llevado: «¡Padre mío, padre mío!». Probablemente había escuchado o leído esas palabras en aquella historia tan conocida. Quienes honran debidamente a la generación que los precedió suelen recibir ese mismo honor de la generación que viene después. El que riega a otros con lágrimas también será regado a su debido tiempo (Proverbios 11:25).

Sin embargo, Joás también estaba pensando en sí mismo. Lamentaba a Eliseo porque Eliseo era «el carro de Israel y su gente de a caballo», mientras que Israel tenía muy poca fuerza militar. Solo contaba con cincuenta jinetes y diez carros (2 Reyes 13:7). Cuando las personas consideran cuánto bien hacen los justos al defender una nación y detener los juicios de Dios, tienen razones para lamentar que tales personas sean llevadas.

Entonces Eliseo le dio al rey la firme seguridad de que triunfaría sobre los sirios, los opresores que en ese momento afligían a Israel, y lo animó a continuar la guerra con valentía. Comprendía que Joás no quería perderlo porque lo veía como la gran protección del reino contra aquel enemigo común, y porque dependía mucho de sus oraciones y de su bendición en el conflicto. En esencia, Eliseo le dijo a Joás que no tenía que temer, porque aun después de su muerte derrotaría a los sirios. Aunque Eliseo estaba muriendo, Dios no estaría ausente. Dios todavía tenía más de su Espíritu para dar y podía levantar a otros profetas que oraran por Israel. La gracia de Dios no está limitada a un solo siervo. Él puede sepultar a un trabajador y aun así continuar su obra.

Para despertar al rey para la batalla, Eliseo le dio una señal. Le dijo que tomara un arco y unas flechas (2 Reyes 13:15), mostrando que la liberación de Israel requeriría una postura militar y la disposición para enfrentar las dificultades y los peligros de la guerra. Dios sería quien actuaría, pero el rey tendría que ser el instrumento. Después Eliseo le dijo que disparara una flecha hacia Siria (2 Reyes 13:16-17). Sin duda, Joás sabía manejar un arco mejor que el profeta, pero aquella flecha tenía un significado especial porque Dios había dado la orden. Por eso recibió las instrucciones de Eliseo: tomar el arco, abrir la ventana y disparar. Eliseo incluso puso sus manos sobre las manos del rey, como si Joás fuera un niño que nunca hubiera tensado un arco.

Esto mostraba que, en todas sus campañas contra Siria, el rey debía buscar en Dios dirección y fuerza. No podía confiar únicamente en sus propias manos, sino que tenía que depender de la ayuda divina: «Él adiestra mis manos para la batalla» (Salmo 18:34; Salmo 144:1). Las manos temblorosas de un profeta moribundo, al mostrar el poder de Dios actuando, dieron a aquella flecha más fuerza de la que habrían podido darle las manos fuertes del rey. Los sirios se habían apoderado de la tierra al oriente del Jordán (2 Reyes 10:33).

El profeta dirigió la flecha del rey hacia Siria y luego explicó lo que significaba la señal. Aunque, en cierto sentido, la flecha fue disparada al azar, Dios la usó para dar un mensaje claro. Era una orden para que el rey atacara a los sirios a pesar de su fuerza y de su control de la tierra, y también era una promesa de éxito. Era la flecha de la liberación del Señor, la flecha que traería rescate de Siria. Solo Dios ordena la liberación, y cuando decide concederla, nadie puede detenerlo. Él lanza sus flechas, y la obra queda hecha (Salmo 18:14). El significado era: «Vencerás a los sirios en Afec, donde ahora están reunidos, hasta destruir a quienes te han oprimido a ti y a tu reino».

Luego el profeta le dijo que golpeara el suelo con las flechas (2 Reyes 13:18-19). Como ya le había prometido la victoria en el nombre de Dios, ahora estaba poniendo a prueba lo que el rey haría con esa promesa. ¿Buscaría la victoria con celo, a diferencia de Acab, quien dejó con vida a Ben-adad cuando lo tenía bajo su poder? Para probarlo, el profeta le dijo que golpeara el suelo. Era como si le dijera: «Mira a estos enemigos derribados por la flecha de la liberación del Señor, tendidos a tus pies. Ahora muéstrame qué harás con ellos mientras están caídos. ¿Actuarás como David, quien, cuando Dios puso a sus enemigos bajo sus pies, los aplastó como polvo delante del viento?» (Salmo 18:40, 42).

El rey no mostró el entusiasmo que uno habría esperado. Golpeó solo tres veces. Tal vez sentía una compasión equivocada por los sirios, como si temiera herirlos o destruirlos, aunque ellos nunca habían tenido misericordia de él ni de su pueblo. O quizá golpeó tres veces y no más porque pensó que toda la acción parecía infantil y no quiso seguirle el juego al profeta. Pero al tomar la señal a la ligera, perdió la bendición que esta señal representaba. Esto entristeció profundamente al profeta moribundo, quien se enojó con él y le dijo que debió haber golpeado cinco o seis veces. Puesto que el poder y la promesa de Dios no tenían límites, ¿por qué habría de limitar el rey su propia esperanza y esfuerzo?

Es triste que las personas buenas vean esto. Les aflige ver que otros se pongan obstáculos a sí mismos y se aparten de su propio bien. Duele ver que algunos pierdan el terreno que podrían haber ganado contra sus enemigos espirituales e incluso les den ventaja a esos enemigos.

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