Versículo destacado
1 Samuel 30:7 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" David dijo al sacerdote Abiatar, hijo de Ahimelec: «Te ruego que me traigas aquí el efod». Y Abiatar llevó allí el efod a David. "
1 Samuel 30:7
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
5 También habían sido llevadas cautivas las dos esposas de David: Ahinoam la jezreelita y Abigail, esposa de Nabal el carmelita.
6 David estaba muy angustiado, porque el pueblo hablaba de apedrearlo, pues el alma de todo el pueblo estaba afligida, cada uno por sus hijos y por sus hijas. Pero David se fortaleció en el SEÑOR su Dios.
7 David dijo al sacerdote Abiatar, hijo de Ahimelec: «Te ruego que me traigas aquí el efod». Y Abiatar llevó allí el efod a David.
8 David consultó al SEÑOR diciendo: «¿Perseguiré a esta tropa? ¿La alcanzaré?». Él le respondió: «Persíguela, porque ciertamente la alcanzarás y sin falta lo recuperarás todo».
9 David partió con los seiscientos hombres que estaban con él y llegaron al arroyo de Besor, donde se quedaron los que fueron dejados atrás.
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Salomón dice que el justo es librado de la angustia, mientras que el malvado ocupa su lugar, y que el justo puede caer siete veces y volver a levantarse. Así sucedió con David. Tuvo muchas aflicciones, pero el Señor lo libró de todas ellas, especialmente de la que se describe aquí.
Primero, David consultó al Señor tanto acerca de su deber como del resultado. Preguntó: «¿Perseguiré a esta banda?» y «¿La alcanzaré?» (1 Samuel 30:8). Fue de gran ayuda para David tener consigo al sumo sacerdote y el pectoral del juicio, que un líder público podía usar para buscar la voluntad de Dios en asuntos importantes (Números 27:21). No debemos pensar que David había dejado a Abiatar y el efod en Siclag, pues los amalecitas los habrían tomado, a menos que Dios los hubiera protegido de manera especial para que estuvieran disponibles cuando David regresara.
Si David tenía consigo al sacerdote y el efod en el campamento filisteo, entonces fue una grave falla que no hubiera consultado al Señor acerca de su acuerdo con Aquis. Tal vez le daba vergüenza mostrar su fe abiertamente entre los incircuncisos. Pero ahora parece comprender que esta aflicción había venido para corregir ese descuido; por eso, lo primero que hace es pedir el efod. Es bueno cuando el sufrimiento nos recuerda deberes que hemos descuidado, especialmente cuando nos impulsa a buscar al Señor. Véase (1 Samuel 15:13).
David no tenía razón para dudar de que aquella guerra contra los amalecitas fuera correcta. También deseaba intensamente atacarlos, porque intentaba recuperar lo que más quería en este mundo. Aun así, no avanzaría sin pedir el consejo de Dios. De esa manera mostró que dependía de Dios y se sometía a él. Si reconocemos a Dios en todos nuestros caminos, él dirigirá nuestros pasos, como lo hizo aquí al prometerle a David más de lo que había pedido, incluso la seguridad de que recuperaría todo.
Segundo, David salió personalmente y llevó consigo a todos los hombres que tenía para perseguir a los amalecitas (1 Samuel 30:9, 1 Samuel 30:10). Observemos con cuánta rapidez se calmó la inquietud de los soldados gracias a su paciencia y confianza. Cuando hablaron de apedrearlo (1 Samuel 30:6), habría sido comprensible que David respondiera con dureza o incluso castigara de inmediato a los cabecillas. Pero eso podía perjudicar su causa en aquel momento crítico; mientras discutían, los amalecitas habrían escapado con el botín.
En lugar de eso, David guardó silencio, como si no hubiera escuchado, y refrenó su enojo. Se fortaleció en el Señor su Dios, y la multitud se calmó por su mansedumbre y por el poder de Dios obrando en el corazón de ellos. Como fueron tratados con bondad, ahora estaban tan dispuestos a seguirlo como poco antes habían estado dispuestos a volverse contra él. La mansedumbre ayuda a mantener firme cualquier autoridad.
Todos sus hombres estuvieron dispuestos a ir con él, y necesitaba de todos. Sin embargo, tuvo que dejar atrás a una tercera parte, porque 200 de los 600 estaban tan agotados por la larga marcha y tan abrumados por el dolor que no podían cruzar el arroyo Besor. Esto fue una gran prueba para la fe de David. ¿Seguiría adelante confiando en la promesa de Dios, aun cuando tantos le fallaran? Cuando nuestras ayudas humanas nos decepcionan y nos desaniman, pero continuamos avanzando con gozo y confianza en el poder de Dios, lo honramos al creer aun cuando la esperanza parece débil.
Esto también mostró la ternura de David hacia sus hombres. No los presionaría más allá de lo que podían soportar, aunque la necesidad fuera urgente. El Hijo de David, Cristo, también toma en cuenta la debilidad de sus seguidores. No todos tienen la misma fortaleza para el esfuerzo y la lucha espiritual. Allí donde somos débiles, él es bondadoso y, más aún, allí mismo él demuestra su poder (2 Corintios 12:9, 2 Corintios 12:10).
Tercero, la providencia puso en su camino a alguien que podía decirles adónde había ido el enemigo y ayudarlos a encontrarlo. Un pobre muchacho egipcio, apenas con vida, se convirtió en un instrumento de gran bien para David. A menudo Dios escoge las cosas débiles del mundo para avergonzar a los sabios.
Observemos, primero, cuán cruel había sido su amo con él. El amo había obtenido del muchacho todo el servicio que podía darle y, cuando el muchacho enfermó, probablemente por exceso de trabajo, lo abandonó cruelmente para que muriera en el campo. Podía haberlo puesto en uno de los carros, llevarlo a casa o, al menos, dejarle suficiente alimento para sobrevivir. Todo amo que trata a un siervo peor que a un animal tiene el espíritu de un amalecita, no el de un israelita. Hasta las acciones más bondadosas de los malvados siguen siendo crueles.
Es probable que aquel amalecita pensara que pronto tendría suficientes siervos entre los cautivos israelitas, así que no le importaba qué sucediera con su esclavo egipcio. Estuvo dispuesto a dejarlo morir en una zanja, sin comida ni cuidados, mientras él mismo comía y bebía (1 Samuel 30:16). Con justicia, Dios usó a aquel siervo pobre y maltratado para contribuir a la ruina de todo un ejército amalecita, incluido su amo. Dios escucha el clamor de los siervos oprimidos.
Segundo, David mostró compasión hacia el muchacho. Aunque tenía razones para pensar que había pertenecido al pueblo que destruyó Siclag, aun así lo ayudó en su aflicción. Le dio pan y agua (1 Samuel 30:11), además de higos y pasas (1 Samuel 30:12). Los israelitas iban de prisa y no tenían mucho ni siquiera para ellos mismos; aun así, no se negarían a ayudar a alguien que estaba siendo llevado a la muerte, ni podrían decir: «No lo sabíamos» (Proverbios 24:11, Proverbios 24:12). Quien cierra su corazón ante las personas que sufren no es digno de llamarse israelita.
Esto también fue prudente. El egipcio era débil e insignificante, pero aun así podía ayudarlos. Y eso fue lo que hizo, aunque ellos no sabían que sucedería cuando lo ayudaron. Es una buena razón para no hacerle daño a nadie y para no negarnos a hacer un acto de bondad cuando podemos hacerlo, porque no sabemos si esa persona algún día estará en posición de devolvernos un favor o causarnos algún daño.
Tercero, cuando el egipcio se recuperó, le contó a David lo que había sucedido con el enemigo. Explicó lo que había hecho su grupo: «Hicimos una incursión», y continuó con su relato (1 Samuel 30:14). Precisamente los territorios que David le había dicho a Aquis que saqueaba (1 Samuel 27:10) eran los que los amalecitas habían atacado y dejado completamente despojados. Lo que había sido falso en el relato anterior de David ahora resultó ser cierto acerca de los amalecitas.
También le dijo a David adónde se habían ido (1 Samuel 30:15). Aceptó dar esa información si David le perdonaba la vida y lo protegía de su amo, quien, si volvía a encontrarlo, probablemente añadiría crueldad a la crueldad.
Aquel pobre egipcio tenía una opinión tan elevada de un juramento que no quiso una protección mejor para su vida que esta: «Júrame por Dios». No le pidió a David que jurara por los dioses de Egipto o de Amalec, sino por el único Dios verdadero.
Entonces David fue guiado hasta el lugar donde los amalecitas estaban acampados y cayó sobre ellos mientras celebraban su victoria. Así como muchas veces había orado, ahora vio concedido su deseo contra sus enemigos. Los saqueadores fueron destruidos. Los amalecitas habían encontrado un botín abundante y pensaban que ya estaban a salvo de todo peligro (1 Samuel 30:16). Habían dejado de pensar en la guerra y no tenían prisa por guardar sus bienes. En vez de eso, se extendieron despreocupadamente por el suelo, comiendo, bebiendo y bailando, probablemente en honor de sus ídolos, a quienes atribuían su éxito.
David los atacó en esas condiciones, lo que hizo que la victoria fuera más fácil para él y mucho más desastrosa para ellos. Los pecadores están más cerca de la ruina cuando dicen: «Paz y seguridad», y dejan para después el día del juicio. Nada les da más ventaja sobre nosotros a nuestros enemigos espirituales que la indulgencia y ceder a los deseos de la carne. Muchos han descendido a la tumba por medio de la comida, la bebida y el baile, ese camino fácil y agradable hacia la ruina. Al encontrar a los amalecitas desprevenidos y sin sus armas, quizá muchos de ellos ebrios e incapaces de resistir, David los pasó a espada. Solo 400 escaparon (1 Samuel 30:17). Así, el triunfo de los malvados es breve, y el juicio cae sobre ellos, como ocurrió con Belsasar en medio de su alegría.
El botín fue recuperado y llevado de regreso; no se perdió nada. De hecho, se obtuvo mucho más. Primero, David recuperó todo lo que pertenecía a su propio pueblo (1 Samuel 30:18, 1 Samuel 30:19). David rescató a sus dos esposas, y esto se menciona de manera especial porque esa parte de la victoria le produjo más alegría que cualquier otra. Dios había dispuesto las cosas de tal manera que los amalecitas conservaran cuidadosamente todo lo que habían tomado, pensando que lo estaban guardando para sí mismos, cuando en realidad lo estaban preservando para sus legítimos dueños. Así que no faltaba nada. Cuando David temía que todo estuviera perdido, Dios demostró ser mucho mejor para él que sus propios temores.
Nuestro Señor Jesucristo fue verdaderamente el Hijo de David y el Hijo de Abraham. En esto se parecía a ambos: a Abraham (Génesis 14:16) y a David en este pasaje: tomó el botín de manos del poderoso y llevó cautiva la cautividad. Pero eso no fue todo. También se apoderaron de los bienes de los amalecitas (1 Samuel 30:20), de sus rebaños y ganado, ya fuera que estos hubieran sido tomados de los filisteos y de otros pueblos y ahora pertenecieran a David por derecho de guerra, o que David hubiera saqueado el territorio enemigo y los hubiera traído como compensación por lo que le pertenecía. Esta manada de ganado iba al frente del desfile de la victoria, mientras se anunciaba: «Este es el botín de David. A él le debemos esto».
Los que acababan de hablar de apedrear a David ahora lo alababan y le daban la bienvenida, porque por medio de él estaban recibiendo más de lo que habían perdido. Así, las opiniones del mundo suelen estar gobernadas por el interés propio.
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De este capítulo
1 Samuel 30:1
"Y sucedió que, cuando David y sus hombres llegaron a Siclag al tercer día, los amalecitas habían invadido el sur y Siclag; habían atacado Siclag y la habían quemado con fuego."
1 Samuel 30:2
"También habían llevado cautivas a las mujeres que estaban allí. No mataron a nadie, ni grande ni pequeño, sino que se los llevaron y siguieron su camino."
1 Samuel 30:3
"Cuando David y sus hombres llegaron a la ciudad, vieron que había sido quemada con fuego, y que sus esposas, sus hijos y sus hijas habían sido llevados cautivos."
1 Samuel 30:4
"Entonces David y el pueblo que estaba con él alzaron la voz y lloraron hasta que ya no tuvieron fuerzas para llorar."
1 Samuel 30:5
"También habían sido llevadas cautivas las dos esposas de David: Ahinoam la jezreelita y Abigail, esposa de Nabal el carmelita."
1 Samuel 30:6
"David estaba muy angustiado, porque el pueblo hablaba de apedrearlo, pues el alma de todo el pueblo estaba afligida, cada uno por sus hijos y por sus hijas. Pero David se fortaleció en el SEÑOR su Dios."
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