Versículo destacado
1 Samuel 30:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Y sucedió que, cuando David y sus hombres llegaron a Siclag al tercer día, los amalecitas habían invadido el sur y Siclag; habían atacado Siclag y la habían quemado con fuego. "
1 Samuel 30:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Y sucedió que, cuando David y sus hombres llegaron a Siclag al tercer día, los amalecitas habían invadido el sur y Siclag; habían atacado Siclag y la habían quemado con fuego.
2 También habían llevado cautivas a las mujeres que estaban allí. No mataron a nadie, ni grande ni pequeño, sino que se los llevaron y siguieron su camino.
3 Cuando David y sus hombres llegaron a la ciudad, vieron que había sido quemada con fuego, y que sus esposas, sus hijos y sus hijas habían sido llevados cautivos.
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Aquí vemos que los amalecitas saquearon Siclag mientras David estaba ausente, dejando la ciudad en ruinas. Atacaron cuando no había quien la defendiera, la saquearon, la quemaron y se llevaron cautivas a las mujeres y los niños (1 Samuel 30:1, 1 Samuel 30:2). Probablemente buscaban vengarse del daño que David les había causado poco tiempo antes a ellos y a sus tierras (1 Samuel 27:8). Quien se ha ganado muchos enemigos no debería dejar su propia casa sin protección. Los que tratan con dureza a los demás deben esperar que otros también los traten con dureza y prepararse para ello.
De aquí se desprenden varias lecciones. Primero, la bondad mal encaminada de Saúl, al perdonar a los amalecitas, terminó trayendo este problema. Si los hubiera destruido como debía, no habrían quedado vivos para causar semejante daño. Segundo, David estaba siendo corregido por haberse apresurado a unirse a los filisteos contra Israel. Dios le mostró que habría sido mejor quedarse en casa y cuidar de su propia familia. Cuando salimos por el camino del deber, podemos confiar en que Dios cuidará de nuestras familias durante nuestra ausencia, pero no podemos presumir de esa protección cuando nos apartamos de ese camino.
Tercero, es evidente que Dios impidió que los amalecitas mataran a los cautivos. Cuando David los atacó, los mató a todos (1 Samuel 27:9), y no hay razón humana que explique por qué ellos no respondieron de la misma manera en esta ocasión, excepto que Dios los detuvo. Él tiene todos los corazones en sus manos y puede frenar la furia de las personas más crueles. Ya fuera que dejaran con vida a los cautivos para exhibirlos, venderlos o convertirlos en esclavos, la mano de Dios estaba sobre todo aquello. Dios se proponía usar a los amalecitas para disciplinar a la casa de David, no para destruirla.
Cuando David y sus hombres regresaron y encontraron sus hogares quemados y a sus esposas e hijos llevados cautivos, quedaron abrumados por el dolor. Habían marchado durante tres días desde el campamento filisteo hasta Siclag, esperando descansar en sus casas y disfrutar de sus familias. En cambio, encontraron una escena oscura y terrible (1 Samuel 30:3). Todos lloraron hasta quedarse sin fuerzas para seguir llorando, y David no estuvo exento de ese sufrimiento (1 Samuel 30:4). La mención de Ahinoam y Abigail, las esposas de David, muestra cuánto lo afectó su cautiverio. Incluso los hombres más valientes no pierden su dignidad cuando sufren por el dolor de su familia y sus amigos.
Este problema surgió mientras ellos estaban lejos, y los amalecitas tenían una larga historia de atacar a Israel cuando encontraban ventaja. Los esperaron a su regreso, y parece que sus propios ojos fueron los primeros en mostrarles lo que había sucedido. Nunca sabemos qué problema puede estar esperándonos al volver a casa. Un viaje puede comenzar con alegría y terminar en tristeza. Por eso, no presumas de lo que traerá el día de mañana, ni siquiera de esta noche, porque no sabes qué puede traer un día, o una parte del día (Proverbios 27:1). Si regresamos de un viaje y encontramos nuestros hogares a salvo en vez de destruidos, debemos alabar al Señor por ello.
Entonces David enfrentó otra prueba amarga. Sus propios hombres hablaron de apedrearlo (1 Samuel 30:6). Lo culpaban por el desastre, tanto porque había provocado a los amalecitas como porque había dejado Siclag sin protección. Cuando las personas atraviesan dificultades, a menudo arremeten contra quien parece haberlas causado, mientras ignoran la providencia de Dios, es decir, su gobierno sabio sobre los acontecimientos. También se volvieron contra David porque sus esperanzas se habían derrumbado. Habían esperado progresar y recibir honra al seguirlo, pero ahora se sentían arruinados y desesperados. La ira sin control puede llevar a las personas a cometer actos insensatos y violentos.
Esta fue una prueba muy pesada para David, el hombre conforme al corazón de Dios. Saúl lo había expulsado de su país, los filisteos lo habían echado de su campamento, los amalecitas habían saqueado su ciudad, sus esposas habían sido llevadas cautivas y ahora sus propios compañeros lo amenazaban de muerte. Eran precisamente los hombres a quienes él había protegido y alimentado. En vez de consolarlo, se volvieron contra él. La fe firme a menudo tiene que soportar pruebas muy duras. Sin embargo, David fue llevado a este punto tan bajo justo antes de convertirse en rey. Incluso puede ser que ese fuera el momento mismo en que se abrió el camino para su ascenso. A veces, las cosas están peor para el pueblo de Dios justo antes de comenzar a mejorar.
En medio de toda esta angustia, David se volvió hacia Dios. «David se fortaleció en el Señor su Dios» (1 Samuel 30:6). Sus hombres estaban llenos de amargura y enojo, y su descontento hacía que el problema fuera aún más pesado. Su propia impaciencia hacía más difícil soportar el dolor. David lo enfrentó de una manera diferente. Mientras ellos daban rienda suelta a sus pasiones, él puso en acción las virtudes que Dios le había dado y mantuvo firme su espíritu al confiar en el Señor. También puede que estas palabras se refieran especialmente a las amenazas de sus hombres. Ellos hablaban de apedrearlo, pero David no intentó responderles con venganza ni quedó aplastado por sus amenazas. En vez de eso, se fortaleció en el Señor su Dios.
David creyó y reflexionó detenidamente en el poder de Dios, su providencia, su justicia y su bondad. Recordó que Dios a menudo humilla a las personas antes de levantarlas. También recordó el cuidado que Dios tiene de quienes le sirven y confían en él, así como las promesas especiales que Dios le había hecho: que llegaría sano y salvo al trono. Con estas verdades delante de sí, se sostuvo y no dudó de que el problema presente terminaría bien. Quienes han tomado al Señor como su Dios pueden recibir valor de esa relación aun en los momentos más difíciles. Es tanto un deber como una muestra de sabiduría que el pueblo de Dios se fortalezca en él, confiando en que puede sacar luz de las tinieblas, paz del sufrimiento y bien del mal para quienes lo aman (Romanos 8:28). David aprendió esto en la práctica, y le trajo consuelo: «Cuando tengo miedo, en ti confío». Aunque había llegado al límite de sus propias fuerzas, todavía no había llegado al límite de su fe.
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De este capítulo
1 Samuel 30:2
"También habían llevado cautivas a las mujeres que estaban allí. No mataron a nadie, ni grande ni pequeño, sino que se los llevaron y siguieron su camino."
1 Samuel 30:3
"Cuando David y sus hombres llegaron a la ciudad, vieron que había sido quemada con fuego, y que sus esposas, sus hijos y sus hijas habían sido llevados cautivos."
1 Samuel 30:4
"Entonces David y el pueblo que estaba con él alzaron la voz y lloraron hasta que ya no tuvieron fuerzas para llorar."
1 Samuel 30:5
"También habían sido llevadas cautivas las dos esposas de David: Ahinoam la jezreelita y Abigail, esposa de Nabal el carmelita."
1 Samuel 30:6
"David estaba muy angustiado, porque el pueblo hablaba de apedrearlo, pues el alma de todo el pueblo estaba afligida, cada uno por sus hijos y por sus hijas. Pero David se fortaleció en el SEÑOR su Dios."
1 Samuel 30:7
"David dijo al sacerdote Abiatar, hijo de Ahimelec: «Te ruego que me traigas aquí el efod». Y Abiatar llevó allí el efod a David."
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