Versículo destacado
1 Crónicas 12:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Estos son los que fueron a David en Siclag, mientras él todavía permanecía escondido por causa de Saúl hijo de Cis; estaban entre los guerreros valientes que lo ayudaban en la guerra. "
1 Crónicas 12:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Estos son los que fueron a David en Siclag, mientras él todavía permanecía escondido por causa de Saúl hijo de Cis; estaban entre los guerreros valientes que lo ayudaban en la guerra.
2 Estaban armados con arcos y podían usar tanto la mano derecha como la izquierda para lanzar piedras y disparar flechas con el arco. Eran de los hermanos de Saúl, de Benjamín.
3 El jefe era Ahiezer; después, Joás, ambos hijos de Semaá el gabaatita; también Jeziel y Pelet, hijos de Azmavet; Berequías y Jehú el anatotita;
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Este pasaje nos habla de los hombres que acudieron a David después de la muerte de Saúl, ayudando a que se produjera el cambio de gobierno. Mientras David era perseguido, solo tenía consigo a seiscientos hombres, que principalmente servían como sus guardias. Pero cuando llegó el momento de dejar el escondite y actuar abiertamente, Dios le proporcionó más ayudantes.
Mientras David permanecía escondido por causa de Saúl y no llamaba a nadie para que se uniera a él, Dios ya estaba moviendo a esos hombres para que llegaran en el momento indicado (1 Crónicas 12:1). David no veía venir la muerte de Saúl, pero Dios ya estaba preparando apoyo para él. Quienes confían en que Dios llevará a cabo su obra a su manera y en su tiempo descubren que su cuidado va más allá de sus planes y suposiciones. La guerra pertenecía a Dios, y él levantó ayudantes para ella; por eso, la disposición de estos hombres para apoyar al hombre que Dios había escogido para gobernar quedó registrada como un honor para ellos.
Algunos parientes del mismo Saúl, de la tribu de Benjamín, se pasaron al lado de David (1 Crónicas 12:2). No se nos dice exactamente qué los motivó, pero quizá estaban indignados por el trato vergonzoso que Saúl le daba a David, pues Saúl pertenecía a su propia tribu. Estos benjamitas eran guerreros hábiles, entrenados para disparar flechas y lanzar piedras con cualquiera de las dos manos. Eran hombres capaces y ágiles, y unos pocos de ellos podían hacerle mucho bien a David. En este capítulo se menciona a varios de sus líderes.
Otros llegaron de la tribu de Gad, al este del río Jordán. Aunque vivían lejos de David, estaban convencidos de que él tenía el derecho de gobernar y que era apto para hacerlo. Por eso se separaron de sus familiares y fueron a reunirse con él en su fortaleza del desierto, probablemente en los lugares fortificados de En-gadi (1 Crónicas 12:8). Solo eran once, pero fortalecieron mucho a David. La mayoría de los que se habían unido antes a él eran hombres quebrantados, afligidos o descontentos, y soldados que tenían poco que perder y que acudían principalmente en busca de protección (1 Samuel 22:2). Estos gaditas eran diferentes: eran soldados valientes, bien preparados para la batalla.
Eran hombres fuertes y veloces, tan ágiles que podían perseguir a sus enemigos con la facilidad con que los venados corren por las montañas, y tan feroces que nadie podía hacerles frente. Eran soldados entrenados que sabían manejar tanto el escudo como el escudo pequeño, es decir, armas para defenderse y atacar. También eran oficiales de su propia tribu. Así que, aunque no llevaron consigo soldados comunes, tenían bajo su mando a muchos hombres, cientos y miles (1 Crónicas 12:14). Se atrevieron a cruzar el Jordán cuando estaba desbordado, lo que demuestra cuánto confiaban en la protección de Dios (1 Crónicas 12:15). Quienes están preparados para la obra de Dios deben estar dispuestos a correr riesgos semejantes con fe. También llevaron a término lo que comenzaron. Una vez que cruzaron el río, atacaron a sus enemigos y los persiguieron sin detenerse, tanto hacia el este como hacia el oeste, hasta completar la tarea.
Después, algunos hombres de Judá y Benjamín también fueron a reunirse con David (1 Crónicas 12:16). Su líder era Amasai, aunque no está claro si era el mismo Amasa que más tarde apoyó a Absalón (2 Samuel 17:25). David tuvo cuidado cuando los vio, porque antes había sido traicionado muchas veces por hombres de Judá, como los de Zif y Keila. Era comprensible que actuara con cautela, pues su vida había sido amenazada en repetidas ocasiones. La dolorosa experiencia le había enseñado que no se podía confiar en muchas personas.
David trató el asunto con justicia. Les habló claramente y fue honesto acerca de cómo los trataría. Si venían en paz para ayudarlo, aunque llegaran tarde y aportaran pocas fuerzas, los recibiría con gusto. Su buena voluntad sería bienvenida, y su corazón quedaría unido al de ellos. El afecto sincero, el respeto y el servicio agradan a una persona buena, tal como agradan a un Dios bueno, aun cuando sean imperfectos y parezcan pequeños. Pero si venían para traicionarlo, David dejó el asunto en manos de Dios, quien juzga con justicia y se ocupa de la traición.
Nadie fue atacado y abatido con más crueldad que David, excepto el Hijo de David, Jesucristo. Sin embargo, David podía decir sinceramente que tenía las manos limpias. No deseaba hacerle daño a nadie, y eso le daba consuelo en medio de sus dificultades. También lo ayudaba, cuando temía una traición, a confiar su causa al que juzga rectamente. Aunque era sabio y valiente, no se tomó la justicia por su propia mano. Dejó la venganza en manos del Dios justo, quien ha dicho: «Mía es la venganza». David dice que el Dios de nuestros antepasados debía ver aquello y reprenderlo.
Al hacer ese llamado, David se refiere a Dios como el Dios de nuestros antepasados, tanto de los suyos como de los de ellos. Les estaba recordando que no debían tratarlo mal, pues todos provenían de los mismos antepasados y dependían del mismo Dios. También se estaba animando a sí mismo, porque si Dios era el Dios de sus antepasados, entonces la bendición estaba unida a esa relación de pacto. Puesto que Dios es el Dios de todo Israel, no solo es el juez de toda la tierra, sino que también se interesa especialmente en los conflictos entre israelitas.
David no pide que caiga sobre ellos un juicio severo, aunque estuvieran actuando con traición. Simplemente le pide al Señor que vea el asunto y juzgue según le parezca bien, porque Dios ve el corazón, y que reprenda el mal. Quienes acuden a Dios deben hablar con moderación y calma, porque la ira humana no produce la justicia de Dios.
Amasai era el portavoz de aquellos hombres, y el Espíritu del Señor vino sobre él. No se trataba de un espíritu de profecía, sino de un espíritu de sabiduría y valor apropiado para ese momento. Dios le dio las palabras correctas en el momento preciso, sin que las hubiera preparado de antemano. Eran exactamente las palabras que David necesitaba escuchar y que animarían a los hombres que estaban con él.
Amasai habló por sí mismo y por todos sus hombres. Declaró su lealtad completa a David y a su causa, aunque eso les costara todo lo que amaban: «Somos tuyos, David, y estamos de tu lado, hijo de Isaí». Al llamarlo «hijo de Isaí», se recordaban a sí mismos que David provenía de la línea real de Judá, por medio de Nahsón y Salmón, quienes fueron líderes en su tiempo. Saúl había usado ese título con desprecio (1 Samuel 20:27; 1 Samuel 22:7), pero estos hombres lo consideraban un honor.
Estaban convencidos de que Dios estaba con David, y esa era razón suficiente para ponerse de su lado. Cuando tenemos que escoger un bando, es sabio estar con quienes están del lado de Dios y cuentan con Dios de su parte.
Amasai también deseaba paz y éxito para David y sus seguidores. No estaba ofreciendo un simple brindis, sino pidiendo que todo bien llegara a David, a sus ayudantes y a todos los que le deseaban el bien. En efecto, estaba diciendo: «Que la paz sea con ustedes, y que la paz sea también con nosotros, como sus amigos y aliados».
También señaló la verdadera fuente de la fortaleza de David: «Tu Dios te ayuda». Como Dios estaba ayudando a David, ellos podían pedir paz y confiar en que la paz llegaría. Si Dios es el Dios de una persona, también será su ayudador en todo momento de necesidad y peligro.
De las palabras de Amasai podemos aprender cómo mostrar nuestro amor y lealtad al Señor Jesús. Debemos pertenecerle sin reservas, sin intención de retractarnos. Debemos estar listos para defender su causa y actuar para honrarlo. Debemos desear sinceramente el avance de su evangelio y de su reino, porque su Dios lo ayuda y seguirá ayudándolo hasta que haya sometido todo gobierno, poder y autoridad que se le opongan.
David recibió con alegría a estos hombres y los aceptó en su amistad y servicio. Tanto el amor como el honor nos enseñan a dejar de lado las sospechas una vez que se ha ofrecido confianza. Los recibió y los nombró capitanes de su grupo.
Algunos hombres de Manasés también se unieron a David (1 Crónicas 12:19). La providencia les dio una buena oportunidad para hacerlo cuando David y sus hombres pasaron por su territorio. Aquis había llevado a David consigo para luchar contra Saúl, pero los líderes filisteos obligaron a David a retirarse. El relato aparece en 1 Samuel 29:4 y los versículos siguientes.
Cuando David regresaba, algunos hombres importantes de Manasés, que no tenían ningún deseo de ayudar a Saúl contra los filisteos, se pasaron al lado de David. Lo hicieron justo en el momento indicado, ayudándolo contra la banda de amalecitas que había saqueado Siclag. No eran muchos, pero todos eran guerreros valientes, y le prestaron a David una ayuda verdadera en aquella ocasión (1 Samuel 30).
Así vemos cómo la providencia de Dios provee. El apoyo de David aumentó rápidamente justo cuando más lo necesitaba (1 Crónicas 12:22). La ayuda llegó de todas partes hasta que tuvo un gran ejército. Cuando Dios lleva una promesa al punto de cumplirse, debemos dejar en sus manos que proporcione la fuerza necesaria para completarla.
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De este capítulo
1 Crónicas 12:2
"Estaban armados con arcos y podían usar tanto la mano derecha como la izquierda para lanzar piedras y disparar flechas con el arco. Eran de los hermanos de Saúl, de Benjamín."
1 Crónicas 12:3
"El jefe era Ahiezer; después, Joás, ambos hijos de Semaá el gabaatita; también Jeziel y Pelet, hijos de Azmavet; Berequías y Jehú el anatotita;"
1 Crónicas 12:4
"Ismaías el gabaonita, guerrero valiente entre los treinta y jefe de los treinta; Jeremías, Jahaziel, Johanán y Josabad el gederatita;"
1 Crónicas 12:5
"Eluzai, Jerimot, Bealías, Semarías y Sefatías el harufita;"
1 Crónicas 12:6
"Elcana, Jesías, Azareel, Joezer y Jasobeam, los coreítas;"
1 Crónicas 12:7
"y Joela y Zebadías, hijos de Jeroham de Gedor."
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