Versículo destacado
1 Samuel 10:17 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Samuel congregó al pueblo ante el Señor en Mizpa. "
1 Samuel 10:17
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
15 El tío de Saúl dijo: «Dime, por favor, qué les dijo Samuel».
16 Saúl respondió a su tío: «Nos aseguró que las asnas habían sido encontradas». Pero no le contó nada acerca del asunto del reino del cual Samuel había hablado.
17 Samuel congregó al pueblo ante el Señor en Mizpa.
18 Y dijo a los hijos de Israel: «Así dice el Señor, Dios de Israel: “Yo hice subir a Israel de Egipto y los libré de la mano de los egipcios, de la mano de todos los reinos y de los que los oprimían”».
19 «Pero hoy ustedes han rechazado a su Dios, quien él mismo los salvó de todas sus adversidades y tribulaciones. Le han dicho: “No, sino pon un rey sobre nosotros”. Ahora, pues, preséntense ante el Señor por sus tribus y por sus millares».
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El nombramiento de Saúl como rey se hizo público ante una asamblea general de los ancianos de Israel, representantes de sus tribus, reunidos en Mizpa. Fue prudente convocar esta reunión poco después de que Saúl fuera ungido, porque si iba a ocurrir un cambio de gobierno, debía hacerse pronto. El pueblo se reunió en una asamblea solemne, donde Dios estaba presente de manera especial; por eso el texto dice que fueron convocados ante el Señor (1 Samuel 10:17). Entonces Samuel habló entre ellos en nombre de Dios.
Primero, Samuel los reprendió por apartarse del gobierno de un profeta y pedir un rey. Les recordó lo bendecidos que habían sido bajo el gobierno de Dios. Cuando Dios los gobernaba, los rescataba de sus opresores, y ningún gobernante humano podría haber hecho más por ellos. También les mostró cuán profundamente habían insultado a Dios, quien ya los había salvado de toda aflicción con su propio poder y por medio de líderes que él había escogido y capacitado. En términos claros, les dijo: «Hoy ustedes han rechazado a su Dios»; es decir, en la práctica lo habían hecho, y por eso Dios podía rechazarlos justamente. Quienes confían más en la fuerza humana que en Dios se apartan de la fuente de agua viva y prefieren cisternas rotas. Algunos también han visto en esta obstinación una advertencia sobre el posterior rechazo de Cristo, porque rechazarlo es rechazar el gobierno de Dios.
Después, Samuel hizo que escogieran a su rey por sorteo. Él ya sabía a quién había escogido y ungido Dios, pero también sabía que el pueblo era difícil de complacer. Algunos no aceptarían a Saúl si Samuel simplemente lo nombraba. Por eso presentó las tribus y las familias ante el sorteo, dando a cada grupo una oportunidad que, a sus ojos, era justa (1 Samuel 10:19). Primero fue escogida la tribu de Benjamín entre todas las tribus, y luego Saúl, hijo de Quis, entre los benjaminitas (1 Samuel 10:20-21). Así quedó claro para todos que Dios había escogido a Saúl, porque el resultado del sorteo depende del Señor. También ayudó a acallar las discusiones, ya que el sorteo pone fin a las disputas y decide entre adversarios poderosos. Quienes conocían las Escrituras también podían entender que este reino no duraría para siempre, pues Jacob había anunciado que al final el gobierno pertenecería a Judá, mientras que Benjamín sería comparado con un lobo (Génesis 49:10, 27).
Sin embargo, Saúl no apareció de inmediato. Cuando el sorteo cayó sobre él, todos esperaban que se presentara, pero sus familiares no pudieron encontrarlo. Se había escondido entre el equipaje (1 Samuel 10:21-22). En ese momento estaba tan poco dispuesto a recibir el poder que más tarde se aferraría a él con tanta firmeza. Tal vez esperaba que, si no se presentaba, escogieran a otra persona; o quizá simplemente estaba mostrando modestia, pues ya sabía que el sorteo lo había señalado. En ese momento pudo haber sentido sinceramente que no estaba preparado para una responsabilidad tan pesada. No se había formado para los libros, la guerra ni la vida de la corte, y quizá temía cometer algún error grave. También pudo haber temido la envidia de los vecinos que no lo apreciaban. Samuel había dejado claro que Israel había pecado al pedir un rey, así que Saúl sabía que Dios les había concedido su petición en medio de su enojo. Además, la nación se encontraba en una situación difícil: los filisteos eran fuertes y los amonitas amenazaban al pueblo. Tomar el mando en medio de semejante tormenta no era poca cosa.
Pero la asamblea creyó que la elección de Dios era la correcta, así que buscó con cuidado hasta encontrarlo. Consultaron al Señor, probablemente por medio del sumo sacerdote y del pectoral usado para tomar decisiones, o por medio de Samuel y el don de profecía; y el Señor les mostró dónde estaba escondido Saúl entre el equipaje (1 Samuel 10:23). Al final, la humildad y la modestia no empobrecen a nadie. El honor sigue a quienes huyen de él y abandona a quienes lo persiguen.
Entonces Samuel llevó a Saúl delante del pueblo, y ellos lo aceptaron. Saúl no necesitaba una plataforma elevada para llamar la atención. Incluso de pie en terreno llano, sobresalía por encima de todos, pues era más alto que cualquiera de ellos, de los hombros para arriba (1 Samuel 10:23). Samuel señaló que Dios había escogido precisamente el tipo de rey que ellos querían: un hombre de presencia imponente y porte noble. Sobresalía entre el pueblo como un cedro entre los arbustos. Samuel les pidió que juzgaran por sí mismos si no era un hombre excelente y capaz. El pueblo respondió gritando su aprobación: «¡Viva el rey!». Con esas palabras expresaban el deseo de que reinara por mucho tiempo, con salud y paz. Los súbditos solían mostrar su lealtad mediante buenos deseos para su gobernante, y esos deseos eran en realidad oraciones a Dios a favor del rey (Salmo 72:15; Salmo 20:1). Samuel les había advertido que pronto se cansarían de su rey, pero en ese momento estaban llenos de confianza: «¡Viva el rey!».
Luego Samuel estableció las normas del reino y las puso por escrito (1 Samuel 10:25). Antes les había explicado qué clase de hombre sería un rey y cómo abusaría de su poder (1 Samuel 8:11). Ahora les explicó la ley y el orden del reino, es decir, las reglas establecidas para su gobierno. Les mostró qué autoridad podía reclamar el príncipe y qué derechos conservaría el pueblo. Marcó los límites entre gobernante y súbdito para que ninguno invadiera el lugar del otro. Es bueno entenderse claramente desde el principio, y también es bueno dejar el acuerdo por escrito, porque eso ayuda a conservar la paz con el tiempo. El obispo Patrick pensaba que Samuel quizá repitió y registró oficialmente la advertencia que ya había dado en 1 Samuel 8:11, para que más adelante sirviera como testimonio contra ellos. Se les había dicho cuánto les costaría su petición y, aun así, querían tener un rey.
Cuando terminó la asamblea solemne, Samuel envió a cada hombre a su casa.
No se realizó ninguna votación y, hasta donde sabemos, ni siquiera se propuso reunir dinero para sostener la dignidad de su nuevo rey. Por eso, si más adelante Saúl decidía tomar lo que ellos se habían negado a darle, aunque necesitara apoyo, solo podrían culparse a sí mismos. El pueblo regresó a sus casas, bastante satisfecho con la idea de tener un rey que los gobernara. Saúl también regresó a Guibeá, la casa de su padre, y no permitió que su nuevo honor lo llenara de orgullo.
Allí no tenía palacio, trono ni corte, pero aun así volvió a ese lugar. Si iba a ser rey, convertiría su propia ciudad en la ciudad real. Como alguien que recuerda la humilde roca de la que fue sacado, no se avergonzó de su familia sencilla. Esa clase de espíritu humilde añade verdadera belleza a los grandes logros. Cuando una persona asciende de posición sin elevarse en orgullo, eso es bueno y agradable.
La mayoría del pueblo no parecía demasiado interesada en su nuevo rey. Cada uno se fue a su propia casa, y los asuntos de su familia ocupaban más su corazón que el bien público. Ese era el sentir general. Sin embargo, algunos fueron lo bastante fieles como para quedarse con él: era un grupo de hombres cuyos corazones Dios había tocado (1 Samuel 10:26). No representaban a toda la nación, sino que eran un grupo pequeño, quizá porque estaban dispuestos a apoyar al rey que habían escogido o porque entendían que, si él era el rey, merecía respeto. Lo acompañaron a Guibeá como su guardia.
Eran personas cuyos corazones Dios había movido a hacer lo correcto. Todo lo bueno que hay en nosotros y todo el bien que hacemos debe atribuirse a la gracia de Dios. Si un corazón se vuelve en la dirección correcta, es porque Dios lo ha tocado. Un solo toque basta cuando proviene de él.
Sin embargo, había otros que eran amargados e insultantes. Eran llamados hijos de Belial, es decir, hombres inútiles y rebeldes que no querían someterse a ninguna autoridad. Nada de lo que Dios o Samuel hiciera podía satisfacerlos. Despreciaron a Saúl (1 Samuel 10:27) por causa de su tribu, su origen familiar, sus pocas posesiones y su crianza sencilla. Decían: «¿Cómo puede salvarnos este hombre?». Pero no ofrecían a nadie mejor. Y, en cualquier caso, la salvación no provendría del hombre mismo, sino de Dios.
Ni siquiera quisieron unirse a sus vecinos para mostrarle respeto a Saúl, llevándole regalos o saludándolo como rey. Tal vez eran precisamente los que habían exigido con más insistencia tener un rey, y ahora se quejaban porque él no era la clase de hombre que esperaban. Con frecuencia, las personas rechazan algo que otros aprueban simplemente por esa misma razón. Del mismo modo, la gente responde de maneras muy diferentes ante nuestro exaltado Redentor, Cristo. Dios lo ha establecido como rey sobre su santo monte de Sion. Algunos se someten a él, se alegran en él, le llevan regalos y lo siguen adondequiera que los guíe. Son aquellos cuyos corazones Dios ha tocado y a quienes ha hecho dispuestos en el día de su poder.
Pero otros lo desprecian y dicen: «¿Cómo puede salvarnos este hombre?». Se ofenden por su humildad exterior y tropiezan con él; y ese tropiezo terminará en su ruina.
Saúl no respondió a los insultos de quienes rechazaban su gobierno. La nota marginal señala que era como si estuviera sordo. Ni siquiera parecía darse cuenta de sus ofensas, lo cual mostraba su humildad, su modestia y su espíritu apacible. También demostraba que estaba plenamente satisfecho con su derecho al trono. Las personas suelen ser más celosas de su honra y estar más dispuestas a responder a los insultos cuando han obtenido el poder por medios injustos.
Cristo guardó silencio cuando lo insultaron, porque aquel era el tiempo de su paciencia. Pero viene el día del juicio y de la retribución.
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De este capítulo
1 Samuel 10:1
"Entonces Samuel tomó un frasco de aceite, lo derramó sobre su cabeza, lo besó y dijo: «¿No es porque el Señor te ha ungido como jefe sobre su heredad?»"
1 Samuel 10:2
"Cuando hoy te hayas apartado de mí, encontrarás a dos hombres junto al sepulcro de Raquel, en el territorio de Benjamín, en Selsa. Ellos te dirán: «Las asnas que fuiste a buscar han sido encontradas. Tu padre ha dejado de preocuparse por las asnas y está angustiado por ustedes, diciendo: “¿Qué haré por mi hijo?”»"
1 Samuel 10:3
"Luego seguirás adelante desde allí y llegarás a la llanura de Tabor. Allí te encontrarán tres hombres que suben a Dios, a Betel: uno lleva tres cabritos; otro, tres panes; y otro, una botella de vino."
1 Samuel 10:4
"Ellos te saludarán y te darán dos panes, que recibirás de sus manos."
1 Samuel 10:5
"Después llegarás a la colina de Dios, donde está la guarnición de los filisteos. Cuando hayas llegado allá, a la ciudad, encontrarás a un grupo de profetas que baja del lugar alto. Delante de ellos irán un salterio, un pandero, una flauta y un arpa, y ellos profetizarán."
1 Samuel 10:6
"Entonces el Espíritu del Señor vendrá sobre ti, profetizarás con ellos y te convertirás en otro hombre."
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