Versículo destacado

1 Samuel 10:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces Samuel tomó un frasco de aceite, lo derramó sobre su cabeza, lo besó y dijo: «¿No es porque el Señor te ha ungido como jefe sobre su heredad?» "

1 Samuel 10:1

menu_book El versículo en contexto

1 Entonces Samuel tomó un frasco de aceite, lo derramó sobre su cabeza, lo besó y dijo: «¿No es porque el Señor te ha ungido como jefe sobre su heredad?»

2 Cuando hoy te hayas apartado de mí, encontrarás a dos hombres junto al sepulcro de Raquel, en el territorio de Benjamín, en Selsa. Ellos te dirán: «Las asnas que fuiste a buscar han sido encontradas. Tu padre ha dejado de preocuparse por las asnas y está angustiado por ustedes, diciendo: “¿Qué haré por mi hijo?”»

3 Luego seguirás adelante desde allí y llegarás a la llanura de Tabor. Allí te encontrarán tres hombres que suben a Dios, a Betel: uno lleva tres cabritos; otro, tres panes; y otro, una botella de vino.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Samuel ahora actúa como profeta y le da a Saúl plena seguridad, de parte de Dios, de que será rey, como lo confirmarían los acontecimientos posteriores. Ungió a Saúl y lo besó (1 Samuel 10:1). Esto no ocurrió en una reunión pública, sino por mandato de Dios, y por eso tuvo todo su peso aunque el lugar y la ocasión fueran sencillos y privados. Los actos establecidos por Dios siguen siendo grandes y honorables, aun cuando se realizan en un entorno humilde.

Al ungir a Saúl, Samuel le mostró que era Dios mismo quien lo estaba haciendo rey: «¿No es porque el Señor te ha ungido?». En el Antiguo Testamento, el sumo sacerdote era ungido para mostrar que Dios le concedía los dones necesarios para su tarea. El mismo significado estaba presente en la unción de los reyes, porque Dios no solo llama a las personas, sino que también las capacita para la responsabilidad que les da. Estas unciones sagradas apuntaban al gran Mesías, el Ungido, Jesucristo, Rey de la iglesia y Sumo Sacerdote de nuestra fe. Él fue ungido con el Espíritu Santo sin medida, muy por encima de los sacerdotes y gobernantes de Israel.

Samuel probablemente usó aceite común, y el texto no menciona ninguna bendición ni oración sobre él. Usó un pequeño frasco de aceite, lo cual correspondía al reino de Saúl, que pronto se debilitaría y se dividiría. La pequeña cantidad también podía señalar la medida menor del Espíritu dada a Saúl, en comparación con David, quien más adelante fue ungido con un cuerno de aceite; también Salomón y Jehú fueron ungidos con un recipiente de aceite.

Al besar a Saúl, Samuel mostró que aprobaba la elección. No solo estaba de acuerdo con ella, sino que la aceptaba con alegría, aunque eso reducía su propio poder y el honor de su familia. El beso también expresaba respeto y lealtad. En efecto, Samuel estaba diciendo que Saúl era ahora su rey. De la misma manera, se nos dice que debemos «besar al Hijo» (Salmo 2:12), es decir, honrar y someternos a aquel que Dios ha establecido.

Luego Samuel explicó el significado de la ceremonia. En primer lugar, Saúl había sido designado como jefe, un gobernante en la guerra, lo cual implicaba honor y autoridad, pero también cuidado, trabajo arduo y peligro. En segundo lugar, el origen de su autoridad era el Señor mismo. Puesto que el Señor lo había ungido, Saúl debía gobernar para Dios, depender de Dios y buscar la gloria de Dios. En tercer lugar, el propósito de su gobierno era cuidar la heredad de Dios. Debía atender al pueblo del Señor, protegerlo y organizar sabiamente sus asuntos, como un administrador encargado de una casa grande.

Para darle mayor seguridad a Saúl, Samuel le anunció señales que ocurrirían de inmediato, ese mismo día. Estas señales demostrarían que Samuel hablaba con verdad en general y, en particular, que su mensaje acerca del reinado de Saúl era verdadero. Primero, Saúl se encontraría con unos hombres que le llevarían noticias de su casa: le dirían que su padre estaba preocupado por él (1 Samuel 10:2). Se encontrarían cerca de la tumba de Raquel. Samuel primero lo envió a un lugar de sepultura, la tumba de una de sus antepasadas, para que Saúl recordara su propia muerte mientras pensaba en una corona. Dos hombres le dirían que habían encontrado las asnas y que su padre estaba ansioso, preguntando: «¿Qué haré por mi hijo?». Saúl comprendería que encontrarse con ellos no era una coincidencia. Es bueno reconocer el cuidado de Dios incluso en los acontecimientos pequeños, para poder confiar en él en los asuntos mayores.

Después, Saúl se encontraría con personas que iban a Betel, donde aparentemente había un lugar elevado de adoración, y llevaban sacrificios (1 Samuel 10:3, 1 Samuel 10:4). Era una buena señal que el hombre que gobernaría a Israel se encontrara con adoradores dondequiera que fuera. Los cabritos, los panes y el vino probablemente formaban parte del sacrificio y de las ofrendas que lo acompañaban. Samuel le dijo a Saúl que ellos le darían dos panes y que debía aceptarlos. Para nosotros, eso podría parecer un regalo pequeño, casi como la ayuda que se le da a un mendigo. Pero Saúl necesitaría recordar el momento en que recibió un regalo así, para mantenerse humilde y bondadoso con los pobres. También podía ser un regalo apropiado para un príncipe, y Saúl debía recibirlo como tal. Como quienes se lo daban no sabían lo que estaban haciendo, Dios era quien estaba moviendo sus corazones, lo cual hacía que la señal fuera aún más clara. Esos dos panes, el primer tributo al nuevo rey, también podían recordarle a Saúl que no desperdiciara sus riquezas reales en lujos, sino que se contentara con alimentos sencillos. El pan sostiene la vida.

La señal más impactante sería que se uniera a un grupo de profetas y quedara bajo la influencia del Espíritu de profecía (1 Samuel 10:5, 1 Samuel 10:6). Lo que Dios obra en nosotros por medio de su Espíritu es mucho más provechoso para la fe que cualquier cosa que haga por nosotros mediante su providencia. Samuel le dijo a Saúl dónde ocurriría esto: en la colina de Dios, donde había una guarnición filistea, probablemente cerca de Gabaa, la ciudad de Saúl. Ese lugar se llamaba la colina de Dios porque allí estaba una de las escuelas de los profetas. Incluso los filisteos parecían mostrar cierto respeto por la religión, pues permitían que los profetas de Dios vivieran allí en paz y no perturbaban su adoración.

Saúl se encontraría con un grupo de profetas que venían con música y profetizando, y se uniría a ellos.

Por lo visto, estos profetas no habían recibido inspiración para anunciar acontecimientos futuros. Dios no se les revelaba por medio de sueños y visiones. Más bien, estudiaban la ley, enseñaban a sus vecinos y se dedicaban a actos de adoración, especialmente a alabar a Dios. El Espíritu de Dios les daba ayuda especial y mayor fortaleza para cumplir estos deberes santos.

Fue una gran bendición para Israel tener no solo profetas, sino también grupos de profetas. Estos hombres daban buena instrucción, ofrecían buenos ejemplos y ayudaban a mantener viva la verdadera religión entre el pueblo. En ese tiempo, «la palabra del Señor no era frecuente», es decir, ya no era algo raro como lo había sido cuando Samuel comenzó a aparecer. Es probable que Samuel hubiera ayudado a establecer estas escuelas o casas de enseñanza religiosa, de las cuales quizá más adelante surgieron las sinagogas. Es triste que Israel se cansara del gobierno de un hombre así. Como hombre de guerra, no había expulsado a los filisteos; pero como hombre de Dios, había hecho algo más grande por Israel: había establecido las escuelas de los profetas.

En aquel tiempo, la música se usaba como una manera apropiada de preparar la mente para la obra del Espíritu Santo, como ocurrió con Eliseo (2 Reyes 3:15). No debemos esperar que la música produzca ahora el mismo efecto, a menos que viéramos que obra con el mismo poder que mostró en el caso de Saúl, cuando expulsó un espíritu maligno. Estos profetas habían estado en el lugar elevado, probablemente ofreciendo un sacrificio, y ahora regresaban mientras cantaban salmos. Debemos salir de la adoración santa con el corazón lleno de gozo santo y alabanza (Salmo 138:5).

Saúl se sentiría profundamente impulsado a unirse a ellos y, por medio de esto, se convertiría en otro hombre, diferente de quien había sido en su vida privada. El Espíritu de Dios, al obrar por medio de los medios que él ha establecido, cambia a las personas y las transforma de manera maravillosa. Saúl, al alabar a Dios en comunión con los santos, se convirtió en otro hombre, aunque es dudoso que llegara a ser verdaderamente un hombre nuevo.

Luego Samuel le dijo a Saúl que siguiera adelante en su gobierno conforme lo guiara la providencia y según los consejos de Samuel. En los asuntos comunes, debía seguir el camino que los acontecimientos fueran abriendo delante de él (1 Samuel 10:7). Debía usar su buen juicio y tomar las medidas que parecieran adecuadas. Pero en una crisis especial que ocurriría más adelante en Gilgal, un momento muy importante en el que necesitaría más que nunca la ayuda de Dios, debía esperar a que Samuel llegara y permanecer allí siete días (1 Samuel 10:8).

Más adelante, el fracaso de Saúl en este asunto se convertiría en la causa de su caída (1 Samuel 13:11). Por ahora, era una señal clara de que todavía estaba siendo puesto a prueba. Aunque era rey, debía actuar bajo la dirección de Samuel y hacer lo que él le ordenara. Aun los hombres más importantes deben reconocer que están sujetos a Dios y a su palabra.

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