Versículo destacado
1 Reyes 8:22 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Salomón se puso de pie delante del altar del SEÑOR, en presencia de toda la congregación de Israel, y extendió las manos hacia el cielo. "
1 Reyes 8:22
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
20 El SEÑOR ha cumplido la palabra que habló, y yo me he levantado en lugar de David, mi padre, y me he sentado en el trono de Israel, como el SEÑOR prometió, y he edificado una casa para el nombre del SEÑOR, Dios de Israel.
21 Y allí he preparado un lugar para el arca, en la cual está el pacto del SEÑOR que él hizo con nuestros padres cuando los sacó de la tierra de Egipto.
22 Salomón se puso de pie delante del altar del SEÑOR, en presencia de toda la congregación de Israel, y extendió las manos hacia el cielo.
23 Y dijo: SEÑOR, Dios de Israel, no hay Dios como tú, ni arriba en el cielo ni abajo en la tierra; tú guardas el pacto y la misericordia con tus siervos que andan delante de ti con todo su corazón.
24 Tú has cumplido a tu siervo David, mi padre, lo que le prometiste; lo hablaste con tu boca y lo has cumplido con tu mano, como sucede en este día.
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Después de que Salomón entregó esta casa a Dios y Dios mostró que la aceptaba al tomar posesión de ella, Salomón ofreció su oración. En esa oración explicó con mayor profundidad lo que significaba aquella dedicación, con profunda humildad y reverencia, y le pidió a Dios que la aprobara. En pocas palabras, pidió que el templo fuera aceptado no solo como una casa para ofrecer sacrificios, algo que se da por sentado a lo largo de la oración, sino también como una casa de oración para todos los pueblos. De este modo, señalaba de antemano a la iglesia del evangelio, como se ve en (Isaías 56:7) y en comparación con (Mateo 21:13). Así que Salomón inauguró aquella casa no solo con un sacrificio especial, sino también con una oración especial.
En primer lugar, quien oró era un hombre importante. Salomón no llamó a uno de los sacerdotes ni a uno de los profetas, sino que oró él mismo delante de todo Israel (1 Reyes 8:22). Fue bueno que pudiera hacerlo, porque demostraba que había aprovechado bien la formación piadosa que sus padres le habían dado. Además de toda su sabiduría, había aprendido a orar bien y a hablar con Dios de una manera apropiada en ese momento, sin depender de una fórmula establecida. En medio de sus dichos de sabiduría, sus canciones y sus demás responsabilidades, no descuidó la oración. Había recibido mucho por medio de la oración (1 Reyes 3:11), y parece que la practicaba con suficiente frecuencia como para sobresalir en ella.
También fue bueno que estuviera dispuesto a orar públicamente delante de una multitud tan grande. No pensó que fuera indigno de él ser su propio capellán y hablar ante Dios en nombre de toda la asamblea. ¿Debería alguien considerarse demasiado importante para hacer eso por su propia familia? Salomón, aun con todo su esplendor real e incluso sentado en su trono de marfil, no parecía tan grande como en ese momento. Las personas importantes deben apoyar el culto público y usar su influencia para honrar a Dios. En esto, Salomón señalaba de antemano a Cristo, el gran intercesor que habla en favor de todo su pueblo.
En segundo lugar, la postura que adoptó al orar fue muy reverente y mostró humildad, seriedad y fervor. Se puso de pie delante del altar del SEÑOR, mostrando que esperaba que su oración fuera escuchada gracias al sacrificio que un día sería ofrecido plenamente, y que los sacrificios del altar representaban de antemano. Sin embargo, cuando comenzó a orar, se arrodilló, como vemos en (1 Reyes 8:54), donde se dice que se levantó de sus rodillas; compárese también (2 Crónicas 6:13). Arrodillarse es la postura más apropiada para orar (Efesios 3:14). Las personas más importantes nunca deben pensar que está por debajo de ellas arrodillarse delante del SEÑOR que las creó.
También extendió las manos hacia el cielo, y parece que las mantuvo levantadas durante toda la oración, como sugiere (1 Reyes 8:54). Esto mostraba su deseo de Dios y su expectativa de recibir ayuda de un Padre celestial. Abrió las manos como si ofreciera la oración desde un corazón sincero y dispuesto, y también como si fuera a recibir con ambos brazos la misericordia del cielo. Estas expresiones externas de una devoción concentrada y ferviente no deben ser objeto de burla ni tomarse a la ligera.
En tercer lugar, la oración fue muy larga y quizá mucho más extensa que la parte que se registra aquí. Ante el trono de la gracia tenemos libertad para hablar, y debemos aprovechar bien esa libertad. Cristo condena las oraciones largas únicamente cuando se hacen para aparentar. En esta excelente oración, Salomón hace lo que nosotros debemos hacer en cada oración: primero le da la gloria a Dios.
Comienza dirigiéndose a Dios como el SEÑOR, el Dios de Israel, el Dios que está en pacto con ellos. Alaba a Dios por quien es: el ser supremo que existe, sin nadie semejante a él en el cielo ni en la tierra. También es el mejor amo para su pueblo, pues mantiene su pacto y su misericordia con sus siervos. Eso significa que cumple sus promesas e incluso va más allá de lo que ha prometido, mostrando misericordia a quienes andan delante de él con todo su corazón y le son verdaderamente fieles. Salomón también le da gracias a Dios por lo que había hecho por David, su padre, y por su familia (1 Reyes 8:24). Dios había cumplido la promesa que le hizo a David. Aquella promesa había sido para David un gran consuelo, apoyo y motivo de alegría, y ahora su cumplimiento era la culminación de todo ello. Dios la había cumplido ese mismo día. Las nuevas experiencias de la fidelidad de Dios al cumplir sus promesas deben llevarnos a alabarlo más plenamente.
Después de eso, Salomón le pide a Dios gracia y favor. Le pide que cumpla con él y con su familia la misericordia que había prometido (1 Reyes 8:25, 1 Reyes 8:26). Observemos cómo presenta esta petición. Primero reconoce con gratitud que Dios ya había cumplido una parte de su promesa. Dios había sido fiel hasta ese momento, porque el hijo de David estaba sentado en el trono y había construido el templo. Así que Salomón le pide a Dios que cumpla el resto de la promesa a su debido tiempo. Las misericordias que ya hemos recibido deben fortalecer nuestra confianza en las promesas de Dios y darles mayor peso a nuestras oraciones. Quienes esperan recibir más misericordias deben agradecer las que ya han recibido. Dios nos ha ayudado hasta ahora (2 Corintios 1:10).
Salomón repite la promesa de que David siempre tendría un descendiente sentado en el trono, pero no omite la condición: sus hijos debían cuidar su manera de vivir. No podemos esperar que Dios cumpla la promesa sin tomar en cuenta nuestra parte en el pacto. Entonces pide humildemente: «Ahora, Dios de Israel, haz que se cumpla tu palabra» (1 Reyes 8:26). Las promesas de Dios deben guiar nuestros deseos y formar la base de nuestra esperanza al orar. David había orado de manera similar: «SEÑOR, haz tal como has dicho» (2 Samuel 7:25). Los hijos deben aprender de sus padres piadosos cómo orar y cómo apoyarse en las promesas de Dios al orar.
Salomón también le pide a Dios que mire con favor este templo, del cual ahora había tomado posesión, y que sus ojos permanecieran siempre abiertos hacia él (1 Reyes 8:29), para aceptarlo con bondad y honrarlo. Teniendo esto presente,
Salomón comienza con un humilde asombro ante la bondad de Dios al acercarse a las personas (1 Reyes 8:27). En esencia, pregunta si Dios realmente vivirá en la tierra. ¿Puede un Ser infinitamente santo, exaltado y bienaventurado humillarse tanto que se pueda decir que habita en la tierra y bendice con su presencia a personas pecadoras? Incluso la tierra misma está corrompida, llena de pecado y bajo juicio. Salomón también reconoce que la casa que construyó, aunque grande y espléndida, no puede contener a Dios. Ni siquiera el cielo, en toda su inmensidad, puede contenerlo, porque ningún lugar puede abarcar al Dios que está presente en todas partes.
La lección es clara: cuando hacemos lo mejor que podemos para Dios, aun así debemos reconocer la enorme distancia que existe entre nosotros y él. Nuestro servicio nunca puede compararse con su grandeza. Después de comenzar con esta humildad, Salomón le pide a Dios que escuche la oración que está ofreciendo (1 Reyes 8:28). Es la oración de un siervo y, al mismo tiempo, una oración urgente, semejante a un clamor. También es una oración de fe, presentada delante del Señor como su Dios. Salomón no le pide a Dios que lo escuche porque sea el rey de Israel, pues la posición y el honor no obtienen el favor de Dios, sino porque es su siervo.
Después le pide a Dios que escuche todas las oraciones ofrecidas en este templo o dirigidas hacia él, pues Dios había dicho que allí estaría su nombre (1 Reyes 8:29). Incluye sus propias oraciones futuras, las oraciones de todo Israel y las de cada israelita en particular (1 Reyes 8:30). Salomón le pide a Dios que escuche desde el cielo, su verdadera morada, de la cual el templo solo es una señal. Y cuando Dios escuche, Salomón le pide que perdone el pecado, incluso el pecado que se aferra a las cosas santas. El pueblo de Dios debe ser un pueblo que ora, y Salomón se propone cumplir él mismo con ese deber.
Salomón también dirige a los adoradores hacia el lugar donde Dios escogió mostrar su gloria de una manera especial. Solo los sacerdotes podían entrar en la parte interior del templo, pero el pueblo debía orar con la mirada puesta en ese lugar. El templo mismo no era el objeto de la adoración. Era una ayuda dada por Dios para una fe débil y apuntaba hacia la mediación de Jesucristo, el verdadero templo, por medio de quien nos acercamos a Dios en todo. Incluso quienes estaban lejos debían orientarse hacia Jerusalén por causa del templo, como lo hizo Daniel aun estando en el exilio (Daniel 6:10).
Salomón también pide que Dios escuche las oraciones y perdone los pecados de todos los que oren en esa dirección. No quiere decir que Dios rechazara las oraciones de quienes no sabían nada del templo. Más bien, desea que las señales visibles de la presencia de Dios allí les dieran verdadero consuelo a los creyentes. El templo debía fortalecer su confianza mientras oraban.
Luego menciona varias situaciones en las que las personas llevarían sus oraciones hacia este templo. Primero, si una disputa entre dos personas se resolviera mediante un juramento delante del altar, le pide a Dios que diera a conocer la verdad y juzgara entre ellas (1 Reyes 8:31-32). En los casos difíciles, este trono de gracia también debía ser un trono de juicio, donde Dios defendiera a la persona perjudicada que acudiera a él con fe y castigara a quien hubiera mentido y actuado mal. Más adelante, las personas juraban por el templo y por el altar (Mateo 23:16, 23:18), y esa costumbre quizá surgió de la idea de hacer juramentos en el lugar santo o cerca de él para darles mayor seriedad.
En segundo lugar, Salomón piensa tanto en los problemas públicos como en las dificultades personales. Si Israel sufriera una guerra, falta de lluvia, hambre, pestes o cualquier otra enfermedad o desastre, pide que Dios escuchara sus oraciones en este templo o dirigidas hacia él (1 Reyes 8:33, 8:35, 8:37). Da por sentadas tres cosas. Primero, que el pecado es la causa del juicio. Si son derrotados o si deja de llover, es porque han pecado contra Dios. Segundo, que el resultado de la aflicción será la oración. Quienes antes ignoraban a Dios lo buscarán cuando llegue la dificultad. Tercero, que Dios no quitará el juicio a menos que se aparten de su pecado y regresen a él. No podemos pedir misericordia bajo otros términos, ni en esta vida ni en la venidera.
Si se arrepienten, Salomón pide que Dios escuche desde el cielo, su santo templo en lo alto, mientras ellos miran hacia este templo terrenal. Le pide que perdone su pecado, porque el juicio solo se quita mediante la misericordia cuando el pecado es perdonado. También le pide que les enseñe el camino correcto por el cual deben andar, mediante su Espíritu, su palabra y sus profetas. Entonces la aflicción puede producirles bien, porque Dios usa la disciplina para enseñar a su pueblo. Cuando llegue la liberación, vendrá con amor, después de que hayan sido conducidos de regreso al buen camino y al deber que Dios les ha señalado. Salomón también pide que Dios quite el juicio y restaure lo que se había perdido: que no solo acepte la oración, sino que conceda la misericordia que le han pedido.
Después, Salomón se refiere a las aflicciones personales (1 Reyes 8:38-40). Si algún israelita lleva una carga y se vuelve a Dios en oración desde este lugar, pide que encuentre su favor. Salomón no enumera dificultades específicas, porque el sufrimiento humano se presenta de muchas maneras. Da por sentado que cada persona que sufre sentirá profundamente su propia carga y llevará delante de Dios aquello que ha guardado para sí, y quizá no le ha contado a nadie más. Cada persona conocerá la plaga de su propio corazón: lo que realmente la aflige y dónde siente el dolor con mayor intensidad. Entonces extenderá las manos en oración hacia este templo, como Ezequías extendió delante de Dios la carta que había recibido. Ya sea que la aflicción esté en el cuerpo o en la mente, debe presentarla delante de Dios. Aquí se tiene especialmente en cuenta la carga interior. El pecado mismo es la plaga de nuestro corazón, y nuestra corrupción interna es nuestra enfermedad espiritual.
Todo verdadero israelita se esfuerza por conocer estos pecados para darles muerte y protegerse de sus primeros impulsos. Estos son los pecados de los que se queja. Esta es la carga bajo la que gime: «¡Desdichado de mí!». Lo llevan de rodillas y al santuario. Mientras se lamenta por ellos, levanta las manos en oración.
Salomón también presenta ante Dios cada caso de este tipo. Primero, mira a la sabiduría omnisciente de Dios: «Solo tú conoces el corazón de todos», no solo sus problemas y necesidades internas, aunque Dios también conoce esas cosas, sino además los deseos y propósitos del corazón, sean sinceros o falsos. Dios sabe qué oración nace del corazón y cuál solo sale de los labios. Incluso el corazón de los reyes está descubierto delante de él.
Segundo, mira a la justicia de Dios. Le pide que dé a cada persona conforme a sus caminos. Dios lo hará, pero conforme a la gracia y no a la ley estricta, porque la ley estricta nos dejaría a todos arruinados. Tercero, mira a la misericordia de Dios. Le pide que escuche, perdone y actúe (1 Reyes 8:39), para que su pueblo le tema todos los días de su vida (1 Reyes 8:40). Cuando Dios escucha nuestras oraciones y perdona nuestros pecados, esa misericordia debe llevarnos a temerle mientras vivamos: «Teman al SEÑOR y a su bondad». «En él hay perdón, para que sea reverenciado».
Después, Salomón habla del extranjero, alguien que no es israelita, pero que ha venido al templo para orar al Dios de Israel. Esta persona ha visto la insensatez y la maldad de adorar a los dioses de su propio país, y se ha convertido en adorador del Dios verdadero. Salomón da por sentado que habrá muchos así (1 Reyes 8:41, 42). El relato de las grandes obras de Dios a favor de Israel, mediante las cuales demostró que es superior a todos los dioses, y que él es el único Dios, se extendería hasta países lejanos. Las personas que vivieran lejos oirían acerca de su mano poderosa y su brazo extendido, y eso llevaría a quienes reflexionaran sinceramente a orar hacia este templo, con la esperanza de hallar el favor de un Dios que realmente puede ayudarlas.
Salomón le pide a Dios que acepte y responda la oración del extranjero (1 Reyes 8:43): «Haz conforme a todo lo que el extranjero te pida». Este es un indicio temprano del favor de Dios hacia los pecadores gentiles. Así como había una sola ley para el israelita de nacimiento y para el extranjero (Éxodo 12:49), también había un solo evangelio para ambos.
A Salomón también le importan el honor de Dios y la difusión de su conocimiento. Quiere que Dios responda al extranjero de una manera especial, para que, al regresar a su país, pueda contarles a otros las cosas buenas acerca del Dios de Israel. Entonces «todos los pueblos conocerán y temerán tu nombre», igual que tu pueblo Israel. Si realmente conocen a Dios, le temerán. Salomón está muy lejos de querer que el conocimiento y la adoración de Dios se reserven solo para Israel, que es lo que los judíos quisieron después, en los días de Cristo y de sus apóstoles. Él oró para que todos los pueblos temieran a Dios como Israel. Ojalá todos recibieran la adopción, es decir, fueran recibidos como hijos de Dios. «Padre, glorifica tu nombre» de esta manera.
Luego, Salomón le pide a Dios que muestre su favor a un ejército que sale a la batalla. Se imagina al ejército acampado lejos, enviado por mandato de Dios contra el enemigo (1 Reyes 8:44). Cuando los soldados están listos para luchar y piensan en los peligros y en el resultado incierto de la batalla, si oran a Dios por protección y éxito, con la mirada puesta en esta ciudad y en este templo, Salomón le pide a Dios que los escuche. Le pide que anime su corazón, fortalezca sus manos, los proteja y defienda su causa, para que obtengan la victoria. Los soldados en el campo de batalla no deben pensar que basta con que quienes están en casa oren por ellos. También deben orar por sí mismos, y aquí se les anima a esperar una respuesta llena de gracia. La oración siempre debe acompañar la lucha.
El último caso que menciona Salomón es el de los pobres cautivos, los que han sido hechos prisioneros y necesitan la misericordia de Dios. Comienza suponiendo que Israel pecará. Conocía tanto a Israel como a sí mismo, y conocía demasiado bien la naturaleza humana como para pensar de otro modo. No hay una sola persona que no peque; nadie deja de ser lo bastante culpable como para merecer las reprensiones más severas de Dios. Tampoco hay nadie a salvo de caer en un pecado grave si Dios lo deja a su propia voluntad.
Luego supone, como era de esperarse, que si Israel se aparta de Dios, Dios se enojará con ellos y los entregará a sus enemigos, para que sean llevados cautivos a una tierra extranjera (1 Reyes 8:46). También supone que volverán en sí y reflexionarán sobre su conducta, porque el sufrimiento a menudo hace que las personas mediten. Cuando comiencen a pensar, se arrepentirán y orarán. Confesarán sus pecados y se humillarán, diciendo: «Hemos pecado y hemos hecho lo malo» (1 Reyes 8:47). Incluso en la tierra de sus enemigos, volverán al Dios que habían abandonado en su propia tierra.
Salomón supone que, en sus oraciones, mirarán hacia su propia tierra, la tierra santa; hacia Jerusalén, la ciudad santa; y hacia el templo, la casa santa, y les dice que lo hagan así (1 Reyes 8:48). Deben hacerlo por causa de aquel que les dio la tierra, escogió la ciudad y mandó construir el templo para su honor. Entonces le pide a Dios que escuche sus oraciones, perdone sus pecados, defienda su causa y mueva a sus enemigos a tener compasión de ellos (1 Reyes 8:49, 50). Dios tiene todos los corazones en su mano y, cuando quiere, puede cambiar el curso más fuerte y hacer que quienes antes perseguían a su pueblo sientan compasión por él. Vemos esta oración respondida en Salmos 106:46: hizo que sus captores tuvieran compasión de ellos. Esto no puso fin a su cautiverio, pero sí hizo que fuera más fácil soportarlo.
Salomón también apela a la relación de pacto que ellos tienen con Dios y al interés de Dios por ellos. «Son tu pueblo», dice; el pueblo que Dios tomó para sí mediante su pacto y puso bajo su cuidado, su herencia, de quienes, más que de cualquier otra nación, procede y se eleva el tributo de su gloria (1 Reyes 8:51). Están separados de los demás pueblos para pertenecerle, y por sus favores especiales han sido apartados para él (1 Reyes 8:53).
Al final, después de mencionar todos estos casos, Salomón concluye con una petición amplia. Le pide a Dios que escuche a todo su pueblo cuando ore, cualquiera que sea el motivo por el que clame a él (1 Reyes 8:52). Bajo el evangelio, ningún lugar puede considerarse ahora más propicio para que las oraciones sean aceptadas solo porque se ofrecen allí o se dirigen hacia ese lugar, como ocurría entonces con el templo. Aquel templo era solo una sombra; Cristo es la realidad. Todo lo que pidamos en su nombre lo recibiremos.
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De este capítulo
1 Reyes 8:1
"Entonces Salomón reunió ante el rey Salomón en Jerusalén a los ancianos de Israel, a todos los jefes de las tribus y a los principales de las casas paternas de los hijos de Israel, para que subieran el arca del pacto del SEÑOR desde la ciudad de David, que es Sion."
1 Reyes 8:2
"Todos los hombres de Israel se reunieron ante el rey Salomón durante la fiesta del mes de Etanim, que es el séptimo mes."
1 Reyes 8:3
"Llegaron todos los ancianos de Israel, y los sacerdotes tomaron el arca."
1 Reyes 8:4
"Subieron el arca del SEÑOR, el tabernáculo de reunión y todos los utensilios sagrados que estaban en el tabernáculo; los sacerdotes y los levitas los subieron."
1 Reyes 8:5
"El rey Salomón y toda la congregación de Israel que se había reunido ante él estaban con él delante del arca, sacrificando tantas ovejas y tantos bueyes que no se podían contar ni calcular por su multitud."
1 Reyes 8:6
"Los sacerdotes introdujeron el arca del pacto del SEÑOR en su lugar, en el santuario interior de la casa, en el Lugar Santísimo, debajo de las alas de los querubines."
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