Versículo destacado

Salmos 44:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Oh Dios, lo hemos oído con nuestros propios oídos; nuestros padres nos han contado lo que tú hiciste en sus días, en aquellos tiempos pasados: "

Salmos 44:1

menu_book El versículo en contexto

1 Oh Dios, lo hemos oído con nuestros propios oídos; nuestros padres nos han contado lo que tú hiciste en sus días, en aquellos tiempos pasados:

2 con tu propia mano expulsaste a los paganos, castigaste a las naciones y estableciste allí a nuestros padres.

3 Pues no fueron su brazo ni su espada los que les dieron la victoria; ellos no conquistaron la tierra. ¡Fueron tu poder y tu fuerza! ¡Fue el resplandor de tu presencia, porque tú los amabas!

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Algunos observan que la mayoría de los salmos titulados «Masquil», es decir, «instrucción», son salmos de aflicción. Las dificultades enseñan, y un corazón triste suele escuchar mejor. «Bienaventurado el hombre a quien tú, oh Dios, corriges y enseñas» (Salmo 94:12). Aquí, la iglesia, aunque ahora ha sido pisoteada, recuerda los días en que Dios le dio victoria sobre sus enemigos.

Este recuerdo cumple dos propósitos. Primero, hace que su sufrimiento presente se sienta aún más pesado. El yugo de la esclavitud resulta especialmente doloroso para quienes alguna vez llevaron la corona de la victoria. Las señales del desagrado de Dios son más amargas para quienes durante mucho tiempo conocieron su favor. Segundo, les da esperanza de que Dios volverá a cambiar su cautividad y mostrará misericordia. Así, el salmo une el recuerdo, la oración y la esperanza.

Comienzan recordando las grandes cosas que Dios había hecho por ellos: «Nuestros padres nos han contado lo que hiciste en sus días» (Salmo 44:1). Los muchos actos de la providencia se presentan como una sola obra, porque todo lo que Dios hace encaja en un único plan sabio. Sus numerosas obras poseen una hermosa unidad.

Era un deber que cada generación tenía con la siguiente. Quienes vivieron antes nos contaron lo que Dios hizo en sus días, y nosotros debemos contarles a nuestros hijos lo que él ha hecho en los nuestros. De esa manera, una generación alaba las obras de Dios ante la siguiente (Salmo 145:4). Los padres dan a conocer a sus hijos la verdad de Dios (Isaías 38:19).

No debemos recordar solamente lo que Dios ha hecho en nuestro tiempo. También debemos aprender lo que hizo hace mucho tiempo y enseñárselo a nuestros hijos. La Escritura nos ofrece un registro seguro de aquellos acontecimientos antiguos, tan seguro como el de la profecía. Los niños deben escuchar con atención cuando sus padres les cuentan las obras maravillosas de Dios, porque esos recuerdos les serán de ayuda más adelante.

Las misericordias pasadas son un firme apoyo para la fe y poderosas razones para orar durante los tiempos difíciles. Gedeón apeló a este mismo recuerdo cuando dijo: «¿Dónde están todas aquellas maravillas que nuestros padres nos contaron?» (Jueces 6:13). La iglesia hace ahora lo mismo.

Sus padres les habían contado especialmente cómo Dios estableció por primera vez a Israel en Canaán, la tierra que les había prometido (Salmo 44:2-3). Expulsó a los pueblos que vivían allí para hacerles lugar a los israelitas. Los derrotó y los entregó, como polvo bajo la espada de Israel y como paja delante de su arco. Las victorias obtenidas bajo Josué no fueron obra de Israel.

No obtuvieron esas victorias porque las merecieran, sino por el favor y la gracia soberana de Dios. Fue por la luz de su rostro, porque él se complacía en ellos. Moisés dijo que Dios no expulsó a las naciones por la justicia ni por la rectitud del corazón de Israel (Deuteronomio 9:5-6), sino porque cumplió el juramento hecho a sus padres (Deuteronomio 7:8). Esto nos quita toda gloria, pero también nos consuela, porque todo éxito proviene del favor de Dios.

Tampoco obtuvieron esas victorias por su propia fuerza. La mano derecha y el brazo de Dios les dieron la tierra. Sin él, todos sus esfuerzos habrían fracasado. Él peleó por Israel; de otro modo, Israel habría luchado en vano. Por medio de Dios actuaron con valentía y vencieron. Dios plantó a Israel en aquella buena tierra como un agricultor cuidadoso que planta un árbol y espera que dé fruto (Salmo 80:8).

Esto también apunta al establecimiento de la iglesia de Cristo en el mundo mediante la predicación del evangelio. La adoración pagana fue expulsada de una manera maravillosa, como ocurrió con los cananeos, aunque no de una sola vez. No se hizo mediante la habilidad o el poder humanos, pues Dios escogió usar las cosas débiles y necias del mundo. Se llevó a cabo por la sabiduría y el poder de Dios. Cristo, por medio de su Espíritu, salió venciendo y para vencer.

Ese recuerdo es de gran ayuda para quienes gimen bajo la tiranía anticristiana. Algunos consideran que la parte posterior de este salmo describe muy bien a la iglesia bajo la Babilonia del Nuevo Testamento. El mismo Dios que estableció a su iglesia mediante su poder y bondad ciertamente la sostendrá con ese mismo poder y bondad; las puertas del infierno no podrán derrotarla.

También recordaban cuántas veces Dios les había dado la victoria sobre los enemigos que intentaban perturbarlos en aquella buena tierra (Salmo 44:7). Muchas veces los había salvado, había hecho huir a sus enemigos y así los había avergonzado. Las victorias de los jueces sobre las naciones que oprimían a Israel demostraban esto claramente. De la misma manera, muchos perseguidores de la iglesia cristiana han sido avergonzados por el poder de la verdad (Hechos 6:10).

Usaron bien este registro, y ya lo habían usado antes. Habían reconocido a Dios como su legítimo Rey y le habían jurado lealtad (Salmo 44:4). La iglesia dice: «Tú eres mi Rey, oh Dios» (Salmo 74:12). Dios gobierna su iglesia como un rey. Le da leyes, conserva en ella la paz y el orden, juzga a su favor, defiende su causa, pelea sus batallas y la protege. La iglesia es el reino de Dios en el mundo y debe vivir bajo su gobierno.

O quizá el salmista está hablando por sí mismo: «Señor, tú eres mi Rey; ¿a quién más podría acudir con mis peticiones?». El favor que pide no es solamente para él, sino para la iglesia de Dios. Es deber de todos usar su acceso personal al trono de la gracia para buscar el bien público del pueblo de Dios. Moisés oró de esta manera: «Si he hallado gracia delante de tus ojos, guíame con tu pueblo» (Éxodo 33:13).

También habían acudido siempre a Dios en oración cuando estaban en dificultades: «Ordena liberaciones para Jacob». Su petición abarca mucho. Piden liberaciones, no solo una, sino muchas; tantas como necesiten. Buscan una cadena completa de rescates, una liberación de todo peligro. Su fe también muestra una firme confianza en el poder de Dios.

No le pidieron a Dios simplemente que realizara liberaciones, sino que las ordenara. Esto muestra cuán fácil y rápidamente puede salvar, como cuando habla y todo queda hecho. También muestra cuán segura y eficaz es su palabra. Querían que diera la orden como alguien que posee plena autoridad, cuyas instrucciones ciertamente serán obedecidas. Como dice la Escritura, donde está la palabra del rey, hay poder; y esto es aún más cierto del Rey de reyes.

En el pasado habían confiado en Dios y habían triunfado por medio de él. Así como reconocieron que no fue su propia espada ni su propio arco lo que los salvó (Salmo 44:3), tampoco quisieron confiar en sus propias armas para el futuro (Salmo 44:6). Estaban diciendo: «No confiaré en mi arco ni en ninguna fuerza militar, como si pudieran ayudarme sin Dios. No; por medio de ti derribaremos a nuestros enemigos (Salmo 44:5). Actuaremos con tu fuerza, dependiendo únicamente de ella, no del tamaño ni de la habilidad de nuestras tropas. Puesto que tú estás de nuestro lado, no dudaremos de la victoria. Por tu nombre, mediante tu sabiduría que nos guía, tu poder que nos fortalece y tu promesa que asegura el éxito, pisotearemos a quienes se levanten contra nosotros».

También habían hecho de Dios su alegría y su canción de alabanza (Salmo 44:8). «En Dios nos hemos gloriado y en él seguiremos gloriándonos, todos los días, durante todo el día». Cuando sus enemigos se jactaban de su propia fuerza y de sus victorias, como Senaquerib, el rey de Asiria, y su portavoz, el Rabsaces, que amenazaron a Ezequías, rey de Judá, ellos respondían que no tenían nada de qué gloriarse excepto de su relación con Dios y de su pertenencia a él. Si Dios estaba a favor de ellos, podían enfrentar al mundo entero sin temor.

El que se gloría, debe gloriarse en el Señor, y eso debe excluir toda otra forma de orgullo. Quienes confían en Dios deben gloriarse en él, porque saben en quién han confiado. Pueden alabarse en él durante todo el día, porque siempre hay algo más que decir acerca de su bondad. Sin embargo, también deben alabar su nombre para siempre. Si disfrutan del consuelo de su nombre, deben darle la gloria que le corresponde.

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