Versículo destacado
Salmos 40:11 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Y tú, Señor, ¡no me niegues tu ternura! ¡Que tu amor y tu fidelidad me protejan siempre! "
Salmos 40:11
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
9 En presencia de tu numeroso pueblo he dado a conocer lo que es justo. ¡Tú bien sabes, Señor, que no he guardado silencio!
10 No me he quedado callado acerca de tu justicia; he hablado de tu fidelidad y tu salvación. Jamás he ocultado tu amor y tu verdad ante tu numeroso pueblo.
11 Y tú, Señor, ¡no me niegues tu ternura! ¡Que tu amor y tu fidelidad me protejan siempre!
12 Pues me han sobrevenido tantas desgracias que ni siquiera puedo contarlas. Mis propias maldades me han atrapado; ¡hasta he perdido la vista! Son más que los pelos de mi cabeza, y hasta el ánimo he perdido.
13 Señor, por favor, ¡ven a librarme! Señor, ¡ven pronto en mi ayuda!
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El salmista ha meditado en la redención y ha hablado de ella en relación con el Mesías. Ahora aplica la verdad de la mediación de Cristo entre Dios y nosotros, y habla con su propia voz. Puesto que Cristo hizo la voluntad de su Padre, terminó su obra y dio la orden de que el evangelio fuera predicado a toda criatura, tenemos la confianza de acercarnos al trono de la gracia para recibir misericordia y gracia.
Esto debe animarnos a pedir la misericordia de Dios y a ponernos bajo su protección. «Señor, no perdonaste a tu Hijo ni nos lo negaste. Tampoco retengas de nosotros tus tiernas misericordias, que has reservado para nosotros en él; pues, si nos diste a tu Hijo, también nos darás gratuitamente todas las cosas» (Romanos 8:32). Que tu misericordia y tu verdad me protejan siempre. Aun los santos más fieles están constantemente en peligro y saben que se perderían si Dios no los guardara por su gracia. Debemos depender de la misericordia y la verdad eternas de Dios para llegar a salvo a su reino celestial (Salmos 61:7).
Esto también nos anima cuando pensamos en la culpa del pecado, porque Jesucristo hizo lo que los sacrificios y las ofrendas no podían hacer: librarnos de ella. Primero, el salmista muestra la terrible perspectiva que tenía del pecado (Salmos 40:12). Eso hizo que la nueva visión de un Redentor fuera tan bienvenida para él. Veía sus pecados como males, los peores de todos. Los veía rodeándolo por completo. Cada vez que repasaba su vida y cada paso que miraba en retrospectiva, encontraba algo malo. Las consecuencias de su pecado parecían cerrarse a su alrededor. Adondequiera que miraba, veía problemas esperándolo; problemas que sabía que había merecido por sus pecados.
También veía que sus pecados se apoderaban de él, como un alguacil que atrapa a un deudor. Los veía como algo imposible de contar, más numerosos que los cabellos de su cabeza. Las conciencias despertadas temen el peligro de pecados que parecen pequeños, como cabellos, pero que son numerosos y, por eso, peligrosos. Dios cuenta nuestros cabellos (Mateo 10:30), aunque nosotros no podemos contarlos. De la misma manera, lleva cuenta de nuestros pecados, aunque nosotros no lo hagamos. La visión del pecado lo agobiaba tanto que no podía levantar la cabeza, y mucho menos mantener el ánimo. Ver nuestros pecados en sus verdaderos colores nos llevaría a la desesperación si no viéramos también a un Salvador.
Por eso se volvió cuidadosamente a Dios, consciente de su pecado (Salmos 40:13). Al verse llevado por sus pecados al borde de la ruina, incluso de la ruina eterna, clama con santa urgencia: «Por favor, Señor, líbrame. Sálvame de la ira venidera y del temor presente que siento a causa de ella. Estoy perdido, muero y perezco si no me ayudas pronto». En un asunto como este, en el que está en juego un alma inmortal, la demora es peligrosa. Por eso suplica: «Señor, apresúrate a ayudarme».
Esto también nos anima a esperar la victoria sobre nuestros enemigos espirituales, que persiguen nuestras almas para destruirlas (Salmos 40:14). Satanás es como un león rugiente que anda siempre buscando a quién devorar. Si Cristo ha triunfado sobre ellos, entonces nosotros, por medio de él, seremos más que vencedores. Con humilde confianza podemos orar: «Que queden avergonzados y confundidos, y que retrocedan» (Salmos 40:14). «Que queden desolados» (Salmos 40:15). Tanto la conversión de un pecador como la glorificación de un santo son grandes derrotas para Satanás. Él usa todo su poder y astucia para impedir ambas cosas, pero nuestro Señor Jesucristo ha asumido la salvación de todo su pueblo escogido. Por eso podemos orar con fe para que este gran enemigo sea confundido de ambas maneras.
Cuando un hijo de Dios cae en ese horrible hoyo y en el lodo cenagoso, Satanás grita de alegría, pensando que ha ganado. Pero se enfurecerá al ver que el alma es arrebatada del fuego, y quedará desolado como castigo por su vergüenza. «El Señor te reprenda, Satanás». El acusador de nuestros hermanos ha sido expulsado.
Esto también debe animar a todos los que buscan a Dios y aman su salvación a alegrarse en él y alabarlo (Salmos 40:16). Las personas buenas buscan a Dios a la luz de la religión natural; es decir, desean su favor y acuden a él en cada necesidad, como corresponde que las personas acudan a su Dios. A la luz de la religión revelada, aman su salvación: esa gran salvación que los profetas investigaron con diligencia y que el Redentor vino a realizar cuando dijo: «Mira, aquí estoy». Todos los que serán salvos aman esta salvación, no solo como rescate del infierno, sino también como rescate del pecado.
Esta oración también asegura una gran felicidad para las personas buenas. Quienes buscan a Dios se alegrarán y se regocijarán en él, y con razón, porque él no solo permitirá que lo encuentren, sino que también los recompensará abundantemente. Quienes aman su salvación estarán llenos del gozo de su salvación y seguirán diciendo: «Sea engrandecido el Señor». De ese modo prueban un poco del cielo en la tierra. Dichosos los que siempre alaban así a Dios.
Finalmente, esto anima a los santos que enfrentan dificultades y sufrimientos a confiar en Dios y hallar consuelo en él (Salmos 40:17). David mismo estaba entre ellos. «Soy pobre y necesitado». Aunque fuera rey, quizá incluso ya estuviera en el trono, se llama pobre y necesitado porque, en medio de su espíritu atribulado, siente su necesidad y angustia: está perdido y sin esperanza si no tiene un Salvador. Sin embargo, el Señor piensa en él, por medio del Mediador por quien somos aceptados. Las personas suelen olvidar a los pobres y necesitados y rara vez piensan en ellos, pero los pensamientos de Dios hacia ellos, ya mencionados anteriormente (Salmos 40:5), son su apoyo y consuelo.
Pueden estar seguros de que Dios es su ayuda en la angustia y que, a su debido tiempo, los librará de ella. No esperará para siempre. La visión prometida llegará en el tiempo señalado; por eso, aunque parezca tardar, podemos esperarla, porque sin duda llegará.
De este capítulo
Salmos 40:1
"Puse mi esperanza en el Señor, y él se inclinó para escuchar mis gritos;"
Salmos 40:2
"me salvó de la fosa mortal y me libró de hundirme en el pantano. Afirmó mis pies sobre una roca y dio firmeza a mis pisadas."
Salmos 40:3
"Hizo brotar de mis labios un canto nuevo, un canto de alabanza a nuestro Dios. Muchos, al ver esto, se sintieron conmovidos y pusieron su confianza en el Señor."
Salmos 40:4
"¡Feliz el hombre que confía en el Señor y no busca a los insolentes ni a los que adoran a dioses falsos!"
Salmos 40:5
"Señor y Dios mío, muchas son las maravillas que tú has hecho y las consideraciones que nos tienes. ¡Nada es comparable a ti! Quisiera anunciarlas y hablar de ellas, pero son más de las que puedo contar."
Salmos 40:6
"Tú no te complaces en los sacrificios ni en las ofrendas de cereales; tampoco has pedido holocaustos ni ofrendas para quitar el pecado. En cambio, me has abierto los oídos."
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