Versículo destacado

Salmos 40:6 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Tú no te complaces en los sacrificios ni en las ofrendas de cereales; tampoco has pedido holocaustos ni ofrendas para quitar el pecado. En cambio, me has abierto los oídos. "

Salmos 40:6

menu_book El versículo en contexto

4 ¡Feliz el hombre que confía en el Señor y no busca a los insolentes ni a los que adoran a dioses falsos!

5 Señor y Dios mío, muchas son las maravillas que tú has hecho y las consideraciones que nos tienes. ¡Nada es comparable a ti! Quisiera anunciarlas y hablar de ellas, pero son más de las que puedo contar.

6 Tú no te complaces en los sacrificios ni en las ofrendas de cereales; tampoco has pedido holocaustos ni ofrendas para quitar el pecado. En cambio, me has abierto los oídos.

7 Por eso he dicho: Aquí estoy, tal como el libro dice de mí.

8 A mí me agrada hacer tu voluntad, Dios mío; ¡llevo tu enseñanza en el corazón!

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El salmista está tan asombrado por las grandes obras que Dios ha hecho por su pueblo que, al contemplarlas, es llevado a admirar algo todavía mayor: la obra de redención realizada por nuestro Señor Jesucristo. Los pensamientos de Dios acerca de esa obra eran los más sabios, abundantes y llenos de gracia; por eso merecen la mayor alabanza. El apóstol cita este pasaje y lo aplica a Cristo y a su obra a favor de nosotros (Hebreos 10:5 y siguientes). Así como ocurría con las ceremonias del Antiguo Testamento, también las oraciones del pueblo de Dios contenían cierto conocimiento del Redentor que habría de venir.

Cuando el apóstol quiere mostrarnos que Cristo aceptó voluntariamente su misión, no apela al plan oculto de Dios, que no nos corresponde conocer, sino a lo que Dios ha revelado. En primer lugar, los sacrificios establecidos por la ley eran completamente incapaces de quitar el pecado, darnos paz con Dios y producir gozo en él. «No deseaste sacrificio ni ofrenda» significa que Dios no designó al Redentor para ofrecer esos sacrificios como la verdadera respuesta al pecado. Era necesario ofrecer algo, pero no esos sacrificios (Hebreos 8:3). Por eso el Redentor no pertenecía a la familia de Aarón (Hebreos 7:14). O bien, si entendemos estas palabras en relación con la venida del Mesías, las ofrendas quemadas y las ofrendas por el pecado ya no serían necesarias, porque la ley ceremonial llegaría a su fin.

Pero incluso mientras esa ley todavía estaba vigente, Dios no deseaba esos sacrificios por sí mismos. Ellos no podían quitar la culpa al satisfacer la justicia de Dios. La vida de una oveja, cuyo valor era muy inferior al de una vida humana (Mateo 12:12), no podía ser un pago verdaderamente equivalente, y mucho menos reparar la deshonra causada al gobierno de Dios por el pecado humano. Los sacrificios tampoco podían calmar una conciencia culpable ni cambiar un corazón pecaminoso. Eso era imposible (Hebreos 9:9; 10:1-4). Todo el valor que tenían provenía de que señalaban a Jesucristo. Eran sombras, sí, pero sombras de los bienes venideros; ponían a prueba la fe y la obediencia del pueblo de Dios. La realidad tenía que venir, y esa realidad es Cristo, quien da gloria a Dios y concede gracia a las personas de una manera que aquellos sacrificios nunca pudieron hacerlo.

En segundo lugar, Cristo fue designado para la obra y el oficio de Mediador, es decir, para ser aquel que se coloca entre Dios y las personas con el fin de reconciliarlas. «Me abriste los oídos» significa que el Padre lo preparó para esta obra (Isaías 50:5-6) y luego le encargó llevarla a cabo. La frase también puede aludir a la costumbre de perforar la oreja de un siervo para marcar un servicio de por vida (Éxodo 21:6). Cristo amó tanto esta obra que no quiso quedar libre de ella. Se comprometió a servir para siempre, y por eso puede salvarnos completamente: aceptó servir por completo a su Padre, y el Padre lo sostiene en esa misión (Isaías 42:1).

En tercer lugar, Cristo dio su consentimiento voluntario a esta tarea: «Aquí estoy; he venido». Cuando los sacrificios no pudieron realizar la obra, él dijo que vendría para que la obra no fracasara. Vino a enfrentar a los poderes de las tinieblas y a promover la gloria y el reino de Dios. Esto muestra tres cosas. Él se ofreció libremente para este servicio; no estaba obligado a hacerlo antes de comprometerse por voluntad propia. En cuanto se le presentó la misión, la aceptó con alegría. Si no la hubiera escogido libremente, no podría haber sido fiador, representante garantizado de otros ni sacrificio, porque es por medio de ese corazón dispuesto, de la intención de quien se ofrece, que somos santificados (Hebreos 10:10).

También se comprometió firmemente con la misión: «He venido», es decir, «vendré en el tiempo señalado». Por eso el apóstol dice que, cuando entró en el mundo, ya estaba cumpliendo esta promesa en su corazón. Asumió esta obligación no solo para mostrar su amor, sino porque su compromiso debía considerarse válido antes de que se completara plenamente. Aunque el precio todavía no había sido pagado, estaba asegurado. En ese sentido, él era el Cordero sacrificado desde la creación del mundo. Además, reconoció abiertamente este compromiso. Dijo: «Aquí estoy; he venido», y había estado anunciándolo desde siempre a los santos del Antiguo Testamento, quienes lo conocían como aquel que habría de venir. Esa promesa era el fundamento de su fe y esperanza.

En cuarto lugar, la razón por la que vino fue que se había escrito acerca de él en el rollo del libro. Esto se refiere primero a los registros ocultos del decreto y propósito de Dios. Allí estaba escrito que sus oídos serían abiertos y que diría: «Aquí estoy; he venido». Allí estaba registrado el pacto de redención, el plan del Padre con el Hijo, y Cristo mantuvo sus ojos puestos en ese mandato en todo lo que hizo. También se refiere a las palabras escritas del Antiguo Testamento. Moisés y todos los profetas dieron testimonio acerca de él. En cada parte de ese libro había algo escrito acerca de Cristo, y él lo tuvo presente para que todo se cumpliera (Juan 19:28).

En quinto lugar, Cristo se deleitó en su obra. Como se ofreció voluntariamente, no retrocedió ni se desanimó, sino que siguió adelante con plena satisfacción: «Me deleito en hacer tu voluntad, Dios mío». Para Cristo, realizar la obra del Padre era como alimento y bebida (Juan 4:34). La razón se expresa así: «Tu ley está dentro de mi corazón». La ley estaba escrita allí y gobernaba su vida. Esto se refiere a la ley que regía la obra y el oficio del Mediador: lo que debía hacer y sufrir. Esa ley era preciosa para él y daba forma a toda su misión. Cuando la ley de Dios está escrita en nuestro corazón, nuestro deber se convierte en nuestro gozo.

En sexto lugar, el evangelio se da a conocer a las personas en la gran asamblea (Salmos 40:9-10). El mismo Cristo que obtuvo nuestra redención como sacerdote también la anuncia como profeta: primero por medio de su propia predicación, luego por medio de sus apóstoles y todavía hoy por medio de su palabra y su Espíritu. La gran salvación comenzó a ser anunciada por el Señor (Hebreos 2:3). Es el evangelio de Cristo predicado a todas las naciones. Lo que se proclama es la justicia, la justicia de Dios, la justicia eterna que Cristo trajo (Daniel 9:24; compárese con Romanos 1:16-17). También se proclaman la fidelidad de Dios a su promesa, la salvación esperada durante tanto tiempo, y la bondad amorosa y la verdad de Dios: su misericordia conforme a su palabra. En nuestra redención debemos observar con cuánta claridad resplandecen todas las cualidades de Dios y alabarlo por cada una de ellas. El mensaje se anuncia en la gran congregación, como se repite en los versículos 9 y 10.

Cuando Cristo estuvo en la tierra, predicó a grandes multitudes, a veces de miles de personas. El evangelio fue predicado tanto a judíos como a gentiles, y a grandes reuniones de ambos grupos. La adoración pública es un diseño del propio Dios, y en esas reuniones debe proclamarse y alabarse la gloria de Dios, visible en el rostro de Cristo, para el bien de las personas.

¿Cómo fue predicado? De manera libre y abierta. «No he refrenado mis labios», «no lo he escondido» y «no lo he ocultado». Esto muestra que cualquiera que sea llamado a predicar el evangelio sentiría una fuerte presión para guardar silencio, porque el mensaje debía proclamarse en medio de un conflicto abierto y de una intensa oposición. Pero Cristo mismo, y aquellos a quienes llamó a esta obra, afirmaron su determinación como un pedernal (Isaías 50:7), y fueron sostenidos de manera extraordinaria en ella.

Debemos estar agradecidos de que hayan sido fieles. Porque predicaron de esa manera, nuestros ojos pueden ver esta luz gozosa y nuestros oídos pueden escuchar este sonido lleno de alegría. Sin esa proclamación, quizá habríamos permanecido perdidos para siempre en la ignorancia.

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