Versículo destacado
Salmos 40:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Puse mi esperanza en el Señor, y él se inclinó para escuchar mis gritos; "
Salmos 40:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Puse mi esperanza en el Señor, y él se inclinó para escuchar mis gritos;
2 me salvó de la fosa mortal y me libró de hundirme en el pantano. Afirmó mis pies sobre una roca y dio firmeza a mis pisadas.
3 Hizo brotar de mis labios un canto nuevo, un canto de alabanza a nuestro Dios. Muchos, al ver esto, se sintieron conmovidos y pusieron su confianza en el Señor.
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En estos versículos vemos, primero, la profunda angustia del salmista. Dice que había estado en un pozo de destrucción y en el lodo cenagoso (Salmos 40:2), hundiéndose cada vez más y sin poder salir por sí mismo. Aquí no menciona una enfermedad física ni los insultos de sus enemigos, así que parece tratarse de una aflicción interior, una profunda inquietud del alma. La desesperación oscura que surge al sentir que Dios se ha retirado, junto con las fuertes dudas y temores acerca de la vida eterna, puede sentirse verdaderamente como un pozo de destrucción y lodo cenagoso; muchos de los amados hijos de Dios han conocido esa experiencia.
En segundo lugar, vemos su humilde espera en Dios y su esperanza llena de fe en medio de aquel lugar oscuro. «Esperé pacientemente al SEÑOR» significa que siguió esperando la ayuda de Dios solamente. La misma mano que hiere debe sanar también, y la misma mano que golpea debe vendar la herida (Oseas 6:1); de otro modo, la sanidad nunca llegará. Él esperaba recibir ayuda de Dios y la buscaba con una esperanza firme, sin dudar de que llegaría en el tiempo de Dios. En Dios hay suficiente poder para ayudar al más débil y suficiente gracia para ayudar al menos digno de todos los que confían en él.
Sin embargo, esperó pacientemente, lo cual muestra que la ayuda no llegó de inmediato. Aun así, no dejó de creer, esperar y orar hasta que llegó. Quienes ponen su esperanza en Dios pueden esperar con confianza, pero también deben esperar con paciencia.
Esto se aplica claramente a Cristo. Su agonía en el huerto y en la cruz fue un sufrimiento prolongado y abrumador, verdaderamente semejante a un pozo de destrucción y lodo cenagoso. Entonces su alma estuvo angustiada y profundamente triste, pero oró: «Padre, glorifica tu nombre» y «Padre, sálvame». También se aferró a su relación con el Padre al decir: «Dios mío, Dios mío», y así esperó pacientemente en él.
En tercer lugar, vemos la misericordia consoladora de Dios como respuesta a esa angustia, algo que David registra para honrar a Dios y animar a los demás. Dios respondió a sus oraciones: «Se inclinó hacia mí y oyó mi clamor». Quienes esperan pacientemente en Dios, aunque tengan que esperar mucho tiempo, no esperan en vano. Nuestro Señor Jesús fue escuchado por su reverencia y temor piadoso (Hebreos 5:7). Más aún, él sabía que el Padre siempre lo escuchaba.
Dios también calmó los temores de David, aquietó las tormentas que había dentro de él y le dio una paz firme de conciencia (Salmos 40:2). Lo sacó de aquel pozo de desesperación, apartó las nubes y resplandeció sobre él con la seguridad de su favor. Más aún, puso sus pies sobre una roca y afirmó sus pasos. Quienes han pasado por una profunda oscuridad espiritual y han recibido la ayuda de la gracia de Dios pueden sentir esto de manera muy personal: han sido sacados de un pozo de destrucción.
Esta misericordia es completa de dos maneras. Primero, sus pies son puestos sobre una roca, donde tienen un apoyo firme y pueden elevarse con esperanza del cielo después de haber sido aplastados por el temor del infierno. Cristo es la roca sobre la cual un alma afligida puede permanecer segura, y solo por medio de él podemos edificar una esperanza sólida y una paz firme con Dios. Segundo, Dios afirma sus pasos. Cuando Dios concede una esperanza estable, espera también una vida firme y consecuente. Si ese es el fruto bendito de su obra, debemos agradecerle profundamente por la riqueza y el poder de su gracia.
Dios también llenó a David de gozo, además de paz por medio de la fe: «Puso en mi boca un cántico nuevo». Le dio una nueva razón para alegrarse y un corazón dispuesto a hacerlo. Era como si David hubiera sido llevado a un mundo nuevo, y eso llenó su boca de un cántico nuevo: alabanza a nuestro Dios. Todos nuestros cánticos deben entonarse para honrarlo y glorificarlo. Las misericordias recientes, especialmente las que nunca habíamos recibido antes, reclaman cánticos nuevos.
Esto también señala a nuestro Señor Jesús en su entrada al paraíso, en su resurrección de entre los muertos y en su exaltación al gozo y la gloria que estaban delante de él. Fue sacado del pozo de destrucción, puesto sobre una roca y recibió un cántico nuevo en su boca.
En cuarto lugar, debemos hacer buen uso de este ejemplo de la bondad de Dios hacia David. La experiencia de David debe animar a muchos a poner su esperanza en Dios, y por eso él la dejó escrita: «Muchos verán esto, sentirán temor y confiarán en el SEÑOR». Temerán al SEÑOR y a su justicia, que llevó a David y al Hijo de David a aquel pozo de destrucción, y dirán: Si esto le ocurrió al árbol verde, ¿qué sucederá con el seco? También temerán al SEÑOR y a su bondad, manifestada al llenar a David y al Hijo de David con nuevos cánticos de gozo y alabanza.
Este es un temor santo y reverente de Dios. No solo es compatible con la esperanza en él, sino que es el fundamento mismo de esa esperanza. No temerán a Dios para alejarse de él, sino que lo temerán y confiarán en él en medio de sus mayores aflicciones, sin dudar de que él tiene la misma capacidad y disposición para ayudar que mostró cuando David estaba angustiado.
La manera en que Dios trató a nuestro Señor Jesús es nuestra principal razón para confiar en Dios. Cuando agradó al SEÑOR quebrantarlo y afligirlo por nuestros pecados, estaba exigiéndole a él el pago de nuestra deuda. Cuando lo levantó de entre los muertos y lo sentó a su derecha, mostró que había aceptado el pago y estaba satisfecho con él. No podríamos tener un estímulo mayor para temer y adorar a Dios, y para confiar en él (Romanos 4:25; Romanos 5:1-2).
El salmista también invita a los demás a hacer de Dios su esperanza, como él lo hizo, al llamar feliz a quien actúa de esa manera (Salmos 40:4): «Bendito es el hombre que pone su confianza en el SEÑOR y confía solamente en él». Esa persona tiene pensamientos grandes y buenos acerca de Dios y está completamente entregada a él. No presta atención a los orgullosos, no actúa como quienes confían en sí mismos ni depende de quienes, con orgullo, animan a los demás a confiar en ellos. Los dos caminos se desvían hacia la mentira, como ocurre con todos los que se apartan de Dios.
Esto se aplica especialmente a nuestra fe en Cristo. Bienaventurados son quienes confían solamente en él y en su justicia, y no prestan atención a los fariseos orgullosos que colocan su propia justicia en lugar de la justicia de Cristo. Bienaventurados son quienes no se dejan gobernar por esas voces y no se desvían hacia la mentira con los judíos incrédulos que no se someten a la justicia de Dios (Romanos 10:3). Bienaventurados son quienes escapan de esa tentación.
La gozosa experiencia de esta misericordia también llevó a David a reconocer con gratitud muchos otros dones que ya había recibido de Dios (Salmos 40:5). Cuando Dios pone cánticos nuevos en nuestra boca, no debemos olvidar nuestros cánticos anteriores, sino volver a entonarlos. «Muchas son, SEÑOR mi Dios, tus maravillas que has hecho, tanto por mí como por los demás. Esta es solo una de muchas». Cada día estamos colmados de numerosos beneficios provenientes de la providencia y la gracia de Dios. Estas son sus obras, no solo regalos de su bondad, sino también actos de su poder. Él obra a nuestro favor y obra en nosotros, dándonos motivos no solo para agradecer, sino también para alabar.
Son sus obras maravillosas. Es admirable la manera en que las planeó, y también lo es su bondad al concedérnoslas. Ni siquiera la eternidad sería demasiado larga para pasarla contemplándolas con admiración.
Todas sus obras maravillosas proceden de sus pensamientos hacia nosotros. Él hace todo conforme al propósito de su voluntad (Efesios 1:11), de acuerdo con los planes de su gracia que estableció en sí mismo (Efesios 3:11). Son diseños de sabiduría infinita y amor eterno (Colosenses 2:7; Jeremías 31:3), pensamientos de bien y no de mal (Jeremías 29:11). Por eso, sus dones y su llamamiento no serán retirados, pues no son decisiones repentinas, sino el resultado de sus pensamientos, de sus muchos pensamientos acerca de nosotros.
Son demasiadas para organizarlas o contarlas en orden. Hay orden en todas las obras de Dios, pero muchas de ellas se presentan ante nosotros al mismo tiempo, de modo que no sabemos por dónde comenzar ni cuál mencionar después. El orden que existe entre ellas, sus conexiones naturales y la manera en que encajan los eslabones de esta cadena de oro son un misterio para nosotros. No podremos explicarlo hasta que se quite el velo y el misterio de Dios llegue a su cumplimiento. Tampoco podemos contarlas, ni siquiera mencionar todas sus partes principales. Cuando hayamos dicho todo lo que podemos acerca de las maravillas del amor divino hacia nosotros, tendremos que terminar con «y demás», adorando su profundidad y renunciando a toda esperanza de llegar a encontrar su límite.
De este capítulo
Salmos 40:2
"me salvó de la fosa mortal y me libró de hundirme en el pantano. Afirmó mis pies sobre una roca y dio firmeza a mis pisadas."
Salmos 40:3
"Hizo brotar de mis labios un canto nuevo, un canto de alabanza a nuestro Dios. Muchos, al ver esto, se sintieron conmovidos y pusieron su confianza en el Señor."
Salmos 40:4
"¡Feliz el hombre que confía en el Señor y no busca a los insolentes ni a los que adoran a dioses falsos!"
Salmos 40:5
"Señor y Dios mío, muchas son las maravillas que tú has hecho y las consideraciones que nos tienes. ¡Nada es comparable a ti! Quisiera anunciarlas y hablar de ellas, pero son más de las que puedo contar."
Salmos 40:6
"Tú no te complaces en los sacrificios ni en las ofrendas de cereales; tampoco has pedido holocaustos ni ofrendas para quitar el pecado. En cambio, me has abierto los oídos."
Salmos 40:7
"Por eso he dicho: Aquí estoy, tal como el libro dice de mí."
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