Versículo destacado

Salmos 116:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Amo al Señor porque ha escuchado mis súplicas, "

Salmos 116:1

menu_book El versículo en contexto

1 Amo al Señor porque ha escuchado mis súplicas,

2 porque me ha prestado atención. ¡Toda mi vida lo invocaré!

3 La muerte me enredó en sus lazos, la angustia del sepulcro me alcanzó, y me encontré preso del miedo y del dolor.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En esta parte del salmo, David presenta un resumen general de su propia experiencia y de su determinación de vivir para Dios. Estos versículos iniciales funcionan casi como un resumen de todo el salmo. David había conocido la bondad de Dios al responderle: «Ha oído mi voz y mis súplicas». En medio de la angustia, David había pedido misericordia con humildad y sinceridad, y Dios lo había escuchado. Esto significa que Dios aceptó su oración, tomó en cuenta su necesidad y le dio una respuesta de paz.

También dice: «Ha inclinado a mí su oído». Esta imagen muestra que Dios está dispuesto a escuchar la oración. Es como si se inclinara para escuchar, incluso cuando la oración llega en susurros y gemidos demasiado profundos para expresarlos con palabras. Dios escucha y oye (Jeremías 8:6). Al mismo tiempo, esta imagen nos recuerda su gran misericordia, porque es asombroso que Dios se digne a inclinarse para escuchar la oración humana.

Por esa bondad, David decidió entregarse por completo a Dios y vivir para honrarlo. Comienza el salmo con una confesión repentina y sincera: «Amo al Señor» (Salmo 18:1). Esto concuerda con el primero y más grande de los mandamientos, y también con el propósito de Dios para todos sus regalos. David quiere decir que ama a Dios por encima de todo, y que ama cualquier otra cosa solamente por causa de Dios. El cuidado amoroso de Dios hacia nosotros merece nuestra confianza amorosa y nuestro deleite en él.

David también dice que seguirá orando: «Por eso lo invocaré». Las respuestas pasadas a la oración son una razón poderosa para continuar orando. Si Dios ya nos ha mostrado misericordia, aun con nuestra debilidad e indignidad, no hay razón para dejar de acudir a él. Dios responde la oración para hacernos amar más la oración, y espera que volvamos a él con gratitud. «Lo invocaré mientras viva» significa que la oración debe durar tanto como dure la vida. Debemos seguir respirando el aliento de la oración hasta nuestro último suspiro, porque mientras vivamos siempre necesitaremos orar.

Luego David presenta un relato más detallado de la manera en que Dios trató con él y del efecto que eso produjo en su vida. Dios se mostró bueno, y David da testimonio público de ello: «Clemente es el Señor, y justo» (Salmo 116:5). Dios fue justo, de modo que no le hizo ningún mal a David al permitir que sufriera. Fue clemente, por lo que fue muy bondadoso al sostenerlo y librarlo. Debemos hablar de Dios tal como lo hemos conocido. Él nunca ha demostrado ser otra cosa que justo y bueno. Es misericordioso, y es por sus misericordias que no somos destruidos.

David recuerda primero cuán grande era su angustia: «Me rodearon los lazos de la muerte» (Salmo 116:3). Eran dolores semejantes a los que se acercan a la muerte misma, quizá un dolor físico intenso o una profunda angustia mental. La frase también puede señalar el tormento de la conciencia causado por la culpa. Tales sufrimientos son verdaderamente grandes, y los dolores del infierno son dolores terribles. Lo rodeaban por todas partes y parecían atraparlo, sin dejarle escapatoria. Se sentía presionado desde afuera y desde adentro: había lucha a su alrededor y temor en su interior. Dice: «Encontré angustia y dolor», lo que significa que la angustia no solamente lo encontró a él; él también se encontró con ella.

Las personas propensas a la tristeza pueden empeorar su sufrimiento al alimentar la imaginación y las emociones intensas. Incluso personas buenas han tenido a veces esa debilidad. Cuando la providencia de Dios hace difícil nuestra situación, no debemos empeorarla por nuestro propio descuido.

En medio de esa angustia, David acudió a Dios en oración fiel y sincera (Salmo 116:4). Lo dice claramente: «Entonces invoqué el nombre del Señor». Cuando llegó al límite de sus fuerzas, no trató la oración como un último recurso desesperado, sino como la antigua y única ayuda que siempre había conocido. Su oración fue breve, pero llegó directamente a su necesidad: «Señor, te ruego que libres mi alma». Pidió ser librado de la muerte y también del pecado, porque el pecado es lo que mata el alma.

El tono humilde y urgente de sus palabras muestra cómo se presentó ante Dios, como un mendigo que pide el pan de cada día. Las palabras «Clemente es el Señor» (Salmo 116:5) también pueden entenderse como parte de su oración, una razón para confiar en la misericordia de Dios. En efecto, David dice: «Señor, libra mi alma, porque tú eres clemente y misericordioso, y yo dependo solamente de eso».

Dios le respondió con ayuda oportuna y eficaz. Por experiencia, David aprendió que Dios es clemente y misericordioso, y que protege a los sencillos (Salmo 116:6). Los «sencillos» son quienes son sinceros, rectos y no actúan con engaño. También pueden ser personas débiles, indefensas e incapaces de valerse por sí mismas. Dios los protege porque se encomiendan a él y no confían en sus propias fuerzas. Quienes por fe se ponen bajo el cuidado de Dios estarán seguros.

David habla entonces desde su propia experiencia. Dios lo sostuvo en medio de sus dificultades: «Estaba muy débil, y él me ayudó». Dios lo ayudó a soportar lo peor, a seguir esperando algo mejor, a orar cuando sus deseos podían haber desfallecido y a esperar cuando su fe podía haber fallado. David era uno de esos sencillos a quienes Dios protege, como el pobre que clamó y el Señor lo escuchó (Salmo 34:6). El pueblo de Dios nunca cae tan bajo que los brazos eternos de Dios no estén debajo de él. No puede hundirse cuando Dios lo sostiene. De hecho, Dios suele escoger ayudar precisamente en el momento de mayor necesidad, cuando toda ayuda humana ha fallado (Deuteronomio 32:36).

Dios también lo libró de sus angustias (Salmo 116:8). Esto puede significar que Dios evitó que cayera en la angustia que estaba a punto de alcanzar, o que lo sacó de ella una vez que ya se encontraba en medio de esa situación. Dios lo libró bondadosamente, primero, de la muerte espiritual. Es una gran misericordia estar vivos, y esa misericordia se vuelve aún más evidente cuando hemos estado cerca de la muerte y, sin embargo, hemos sido preservados. Una vida que ha estado tantas veces en peligro y tan expuesta, pero que continúa, es un milagro de misericordia.

Sobre todo, los creyentes deben alabar a Dios por librar el alma de la muerte espiritual y eterna, especialmente quienes ahora han sido santificados y pronto serán glorificados. En segundo lugar, Dios libró sus ojos de las lágrimas; es decir, libró su corazón de una tristeza aplastante.

Es una gran misericordia ser guardados de las causas de la tristeza, del mal que produce el dolor, o al menos de quedar abrumados por una tristeza excesiva. Cuando Dios consuela a los que están abatidos, les quita la ropa de luto y les da alegría en su lugar, libra sus ojos de las lágrimas. Esa obra no estará completa hasta que lleguemos al mundo donde Dios enjugará toda lágrima de nuestros ojos.

También es una gran misericordia que nuestros pies sean guardados de resbalar, de caer en el pecado y, por medio de él, en la miseria. Cuando nuestros pies están a punto de fallar, es bondad de Dios que él nos sostenga con su mano derecha (Salmo 72:23), de modo que, aunque entremos en la tentación, no seamos derrotados por ella. O bien, estas palabras pueden significar: «Has impedido que mis pies cayeran en la tumba, cuando ya estaba a punto de llegar allí».

David demostró ser un hombre bueno por la manera en que le dio gracias a Dios. Dios había hecho todo esto por él, y por eso decidió vivir una vida de gozo en Dios (Salmo 116:7). Dice: «Regresa a tu descanso, alma mía». Es como si dijera: «Mantente tranquila y en paz. No te atormentes con temores llenos de desconfianza, como lo has hecho algunas veces. Cálmate y disfruta de la paz. Dios ha sido bondadoso contigo, así que no tienes que temer que ahora te trate con dureza».

También quiere decir: «Descansa en Dios. Regresa a él como tu descanso y no busques en las criaturas lo que solamente se puede encontrar en él». Dios es el descanso del alma. Solo en él puede el alma vivir en paz; por eso debe regresar a él y alegrarse en él. Dios ha sido generoso con nosotros. Ha provisto plenamente todo lo necesario para nuestro consuelo y renovación, y nos ha animado a acudir a él en todo momento y en toda circunstancia. Por lo tanto, debemos conformarnos con eso y descansar en él. Regresemos al descanso que Cristo da a los cansados y cargados (Mateo 11:28).

Luego dice: «Caminaré delante del Señor en la tierra de los vivientes» (Salmo 116:9). Es decir: «Viviré de esta manera mientras permanezca en este mundo». Nuestro gran deber es caminar delante del Señor, haciendo todo como quienes viven en su presencia y bajo su mirada. Debemos mostrarnos delante de él como un Dios santo, ajustando nuestra vida a su voluntad, y como un Dios plenamente suficiente, confiando en él con alegría.

El hecho de que todavía estemos en la tierra de los vivientes debe impulsarnos a hacerlo. Dios nos ha perdonado la vida y nos mantiene vivos por su poder, paciencia y tierna misericordia; por eso debemos tomar en serio nuestro deber hacia él. La tierra de los vivientes es una tierra de misericordia, así que debemos estar agradecidos por ella. También es una tierra de oportunidades, así que debemos aprovecharla bien. Puesto que Dios ha librado nuestra alma de la muerte, debemos caminar delante de él. Una vida nueva debe ser verdaderamente una vida nueva.

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