Versículo destacado
Salmos 28:6 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" ¡Bendito sea el Señor, porque ha escuchado mis ruegos! "
Salmos 28:6
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
4 Dales su merecido conforme a sus malas acciones; págales con la misma moneda, conforme al mal que han cometido.
5 Ya que no tienen presentes las cosas que hizo el Señor, ¡que él los destruya y no vuelva a levantarlos!
6 ¡Bendito sea el Señor, porque ha escuchado mis ruegos!
7 El Señor es mi poderoso protector; en él confié plenamente, y él me ayudó. Mi corazón está alegre; cantaré y daré gracias al Señor.
8 El Señor es la fuerza de su pueblo; es la ayuda y el refugio de su rey escogido.
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En estos versículos, David le da gracias a Dios por haber escuchado su oración, con la misma intensidad con la que poco antes le había pedido que lo hiciera: «Bendito sea el SEÑOR» (Salmos 28:6). ¡Qué rápidamente pueden convertirse las tristezas del pueblo de Dios en canciones, y sus oraciones en alabanzas! David oró con fe: «Escucha la voz de mis súplicas» (Salmos 28:2), y ahora, con esa misma fe, le da gracias a Dios porque lo ha escuchado.
Quienes oran con fe también pueden alegrarse con esperanza. David quiere decir: «Me ha escuchado y me ha aceptado con bondad; por eso estoy tan seguro de recibir una respuesta como si ya la tuviera». Lo que recibimos por medio de la oración debemos llevarlo como una vestidura de alabanza. Si Dios ha escuchado nuestros clamores, entonces bendigamos su nombre.
David también se anima a confiar en Dios para todo lo demás que necesita. Después de darle gloria por su gracia, ahora encuentra consuelo en ella. Este es el camino hacia la paz: comenzar con la alabanza que está a nuestro alcance. Primero bendecimos a Dios, y entonces podemos considerarnos verdaderamente bendecidos.
Él dice: «El SEÑOR es mi fuerza y mi escudo». Dios lo fortalece para que pueda seguir adelante en todos sus deberes y sufrimientos, y lo protege de los planes malvados de sus enemigos. David ha escogido al SEÑOR para que sea eso en su vida. Siempre ha encontrado que Dios es fiel, y espera que siga siéndolo.
David también habla desde su propia experiencia: «Mi corazón confió en él, y fui ayudado». Quiere decir que Dios lo ha ayudado muchas veces en el pasado, y que incluso su confianza en Dios lo sostuvo mientras esperaba. La fe misma suele ser un apoyo real para un alma desanimada, especialmente cuando la ayuda parece estar lejos.
De esa experiencia, David saca dos conclusiones. Primero dice: «Mi corazón se alegra mucho». La alegría del creyente está profundamente arraigada en el corazón, mientras que el necio puede reír por fuera y seguir triste por dentro. La verdadera fe conduce, a su debido tiempo, a una gran alegría: el gozo y la paz que nacen de confiar en Dios. Segundo, David dice que Dios recibirá la alabanza: «Con mi cántico lo alabaré». La gratitud debe expresarse, y eso es lo mínimo que podemos hacer. También anima a otros a confiar en Dios.
Luego David se alegra por la bendición compartida que todo el pueblo de Dios tiene por medio de Cristo. «El SEÑOR es la fuerza de ellos», dice; no solo la mía, sino la fuerza de cada creyente. Los santos se alegran tanto por el consuelo de los demás como por el suyo propio. Así como la luz del sol no disminuye cuando más personas la comparten, el favor de Dios tampoco es menor para los demás porque se les conceda a muchos. Esta es parte de nuestra comunión con todos los santos: Dios es la fuerza de ellos y la nuestra, y Cristo es el Señor de ellos y el nuestro (Colosenses 1:2).
Él es la fuerza de todo Israel porque es la fuerza salvadora de su ungido, es decir, de David como figura de Cristo, quien habría de venir. Dios fortaleció a David, su rey, y así fortaleció a todo el reino mientras él luchaba en sus batallas. David se llama a sí mismo el ungido de Dios porque la consagración especial que había recibido provocaba la envidia de sus enemigos y, por eso, lo hacía depender de la protección de Dios. En un sentido más pleno, esto apunta a Cristo, el Mesías, el Ungido de Dios. Dios fue la fuerza salvadora de Cristo: lo preparó para su obra y lo sostuvo a través de ella (Salmos 89:21; Isaías 49:5; Isaías 50:7, 9). De esa manera, Dios llega a ser la fuerza de todos los santos. Fortaleció a la Cabeza de la iglesia, y de ella da fuerza a todos sus miembros (Salmos 68:28; Salmos 80:17-18).
David termina con una oración breve, pero llena de significado, por el pueblo de Dios. Ora por Israel no como «mi pueblo», aunque lo era, sino como «tu pueblo». El derecho de Dios sobre ellos está más cerca de su corazón que su propio interés. «Somos tu pueblo» es una súplica poderosa, al igual que: «Yo soy tuyo; sálvame» (Isaías 64:9; Isaías 63:19). El pueblo de Dios es su herencia, querida y preciosa para él.
David pide cuatro cosas para ellos. Pide que Dios los salve de sus enemigos y del peligro. Pide que los bendiga con todo bien que proceda de su favor y que cumpla sus promesas. Pide que los alimente, dándoles abundancia, especialmente la abundancia de su palabra y de la adoración, que son alimento para el alma. La nota marginal también dice: «Gobiernalos». Esto significa que Dios dirija correctamente sus planes y acciones, y que encamine sus circunstancias para bien. También pide que les dé pastores y gobernantes que cumplan su tarea con sabiduría y entendimiento.
Finalmente, David pide que Dios los levante para siempre. Quiere que los saque de sus dificultades, y mira más allá de aquel momento hacia todo el pueblo de Dios en cada generación, hasta el fin. Pide que sean elevados al glorioso reino de Dios, levantados hasta los cielos. Allí, y solo allí, los santos serán levantados para siempre, sin volver a caer ni ser oprimidos. Quienes reciben el alimento y la dirección de Dios, y están dispuestos a que él les enseñe, los guíe y los gobierne, serán salvados, bendecidos y levantados para siempre.
De este capítulo
Salmos 28:1
"Señor, mi protector, a ti clamo. ¡No te niegues a responderme! Porque, si te niegas a responderme, ya puedo contarme entre los muertos."
Salmos 28:2
"Escucha mis gritos cuando te pido ayuda, cuando extiendo mis manos hacia tu santo templo."
Salmos 28:3
"No me arrastres junto con los malvados ni me hagas correr la suerte de los malhechores, que por fuera se muestran amistosos, pero por dentro están llenos de maldad."
Salmos 28:4
"Dales su merecido conforme a sus malas acciones; págales con la misma moneda, conforme al mal que han cometido."
Salmos 28:5
"Ya que no tienen presentes las cosas que hizo el Señor, ¡que él los destruya y no vuelva a levantarlos!"
Salmos 28:7
"El Señor es mi poderoso protector; en él confié plenamente, y él me ayudó. Mi corazón está alegre; cantaré y daré gracias al Señor."
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