Versículo destacado

Jeremías 29:15 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Ustedes dicen: “El Señor nos ha dado profetas en Babilonia.” "

Jeremías 29:15

menu_book El versículo en contexto

13 Me buscarán y me encontrarán, porque me buscarán con todo el corazón.

14 Sí, permitiré que ustedes me encuentren y haré que cambie su suerte: los sacaré de todas las naciones y de todos los lugares por donde los dispersé; los reuniré y haré que regresen a este lugar de donde los desterré. Yo, el Señor, lo afirmo.”

15 Ustedes dicen: “El Señor nos ha dado profetas en Babilonia.”

16 (El Señor dice acerca del rey que ocupa el trono de David y acerca de los habitantes de esta ciudad, parientes de ustedes que no fueron llevados con ustedes al destierro:

17 “Yo, el Señor todopoderoso, digo: Voy a enviarles guerra, hambre y peste. Haré que queden como esos higos podridos, tan malos que no se pueden comer.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Jeremías ya había dado gran consuelo a los cautivos que eran serios y sinceros en su fe. Les había dicho que Dios tenía para ellos propósitos bondadosos. Ahora se dirige a quienes habían ignorado su consejo y su consuelo, y habían confiado en las mentiras de los falsos profetas.

Cuando recibieron la carta de Jeremías, probablemente dijeron: «¿Por qué debería intervenir y tratar de aconsejarnos? El Señor nos ha levantado profetas en Babilonia» (Jeremías 29:15). En otras palabras, afirmaban que Dios mismo les había dado esos profetas, así que no sentían ninguna necesidad de escuchar a Jeremías desde Jerusalén. Esto demuestra cuán atrevidos y pecaminosos eran. Así como los falsos profetas afirmaban que sus mentiras provenían de Dios, el pueblo también culpaba a Dios por haberles enviado a esos engañadores.

Pero podemos tener la certeza de que quienes fortalecen a las personas en el pecado y les dan falsas esperanzas acerca de la misericordia de Dios no son profetas levantados por él. Aquellos profetas en Babilonia seguían diciéndoles a los cautivos que ya nadie sería llevado al exilio y que los desterrados pronto regresarían a casa. Jeremías responde a esa afirmación de dos maneras.

Primero, dice que las personas que habían quedado en Jerusalén, incluidos el rey y los habitantes de la ciudad, de todos modos enfrentarían un juicio terrible (Jeremías 29:16, 18). La espada, el hambre y la enfermedad volverían a golpearlos una y otra vez, y muchos morirían. Los pocos sobrevivientes pobres serían dispersados entre las naciones. Dios los trataría como higos inservibles o como sal que ha perdido su sabor, algo que solo sirve para tirarse. Esto corresponde a la visión anterior de Jeremías 24:1-10. La razón es la misma por la que Dios juzga a los pecadores endurecidos en todas partes: no han escuchado sus palabras (Jeremías 29:19).

Segundo, Jeremías anuncia el juicio de Dios contra los falsos profetas en Babilonia, que estaban engañando allí al pueblo de Dios. Llama a todos los cautivos a escuchar la sentencia contra los profetas que admiraban (Jeremías 29:20). Se menciona por nombre a dos de ellos: Acab y Sedequías (Jeremías 29:21). Eran culpables de dos grandes males: predicar falsedades y llevar una vida inmoral. Profetizaban mentiras en nombre de Dios y volvían a hablar palabras engañosas usando su nombre (Jeremías 29:21, 23). Mentir ya era algo grave; mentirle al pueblo de Dios y llevarlo a una falsa esperanza era aún peor. Pero lo peor de todo era poner el nombre de Dios sobre sus mentiras.

También cometían adulterio con las esposas de sus vecinos, una maldad vergonzosa en Israel, especialmente en hombres que afirmaban ser profetas. Su conducta demostraba que no eran verdaderos mensajeros de Dios. El Señor es el Dios de profetas santos, no de hombres corruptos e impuros como ellos. Su comportamiento pecaminoso también explicaba por qué halagaban a otros en su pecado: no podían reprenderlo sin condenarse a sí mismos. Habían ocultado esas malas acciones para proteger su reputación, pero Dios dice: «Yo lo sé y soy testigo». Ningún pecado secreto está escondido de él. Él ve a través de la más espesa capa de hipocresía, y llegará el día en que expondrá toda obra oculta de las tinieblas.

Luego Jeremías dice que el rey de Babilonia los mataría ante los ojos de los cautivos. Incluso les daría una muerte terrible en el fuego (Jeremías 29:22). Esto quizá no ocurrió porque Nabucodonosor estuviera castigando su inmoralidad, sino porque estaban provocando agitación y rebelión. Al final, su maldad quedaría expuesta y morirían de una manera vergonzosa. Sus nombres se convertirían en una maldición entre los cautivos en Babilonia, de modo que la gente los usaría como ejemplo del peor destino posible. Sería como decir: «Que el Señor te haga como Sedequías y como Acab» (Jeremías 29:22).

Así, el pueblo quedaría avergonzado por haber admirado a profetas en quienes nunca debió confiar. Al final, se daría cuenta de lo insensato que había sido al escucharlos. Los profetas fieles de Dios a veces fueron llamados alborotadores, torturados e incluso asesinados. Sin embargo, cuando ya no estaban, sus nombres eran una bendición y su recuerdo era grato. Son los falsos profetas, no los verdaderos, quienes dejan vergüenza tras de sí. Los criminales terminan en deshonra, pero los mártires reciben honra.

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