Versículo destacado

Hechos 4:15 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Entonces los mandaron salir de la reunión y se quedaron discutiendo unos con otros. "

Hechos 4:15

menu_book El versículo en contexto

13 Cuando las autoridades vieron la valentía con que hablaban Pedro y Juan y se dieron cuenta de que eran hombres sin estudios ni cultura, se quedaron sorprendidas y reconocieron que eran discípulos de Jesús.

14 Además, el que había sido sanado estaba allí con ellos, y por eso no podían decir nada en contra.

15 Entonces los mandaron salir de la reunión y se quedaron discutiendo unos con otros.

16 Decían: —¿Qué vamos a hacer con estos hombres? Todos los habitantes de Jerusalén saben que han hecho esta señal milagrosa, y no lo podemos negar.

17 Pero, a fin de que este asunto no siga corriendo de boca en boca, vamos a amenazarlos para que, de aquí en adelante, no hablen en el nombre de Jesús a nadie.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos el resultado del juicio de Pedro y Juan ante el consejo. Salieron triunfantes porque estaban siendo preparados poco a poco para el sufrimiento. Las pruebas menores los estaban preparando para enfrentar otras mayores. Por ahora solo habían corrido con soldados de a pie; más adelante tendrían que enfrentarse con caballos, como dijo Jeremías (Jeremías 12:5).

Primero, el tribunal deliberó y decidió qué hacer. Les ordenaron a los prisioneros que salieran de la sala, porque los gobernantes estaban contentos de librarse de ellos. Sus palabras habían herido sus conciencias, y no querían seguir escuchando la verdad que se habían visto obligados a reconocer. Podían sacar a los apóstoles de la sala, pero el registro de lo ocurrido permanece para nosotros. Los enemigos de Cristo suelen reunirse en secreto y cavar, por así decirlo, como si pudieran esconder sus planes del Señor.

Después, los gobernantes debatieron el asunto entre ellos. Se pidió a cada uno que hablara con libertad y diera su consejo sobre este caso tan serio. Así se cumplía la Escritura, que decía que los gobernantes se reunirían para conspirar contra el Señor y contra su Ungido, es decir, contra su Rey escogido, el Mesías (Salmo 2:2).

Su pregunta era: «¿Qué haremos con estos hombres?» (Hechos 4:16). Si hubieran estado dispuestos a someterse al poder evidente de la verdad, la respuesta habría sido sencilla. Debían haber puesto a los apóstoles al frente del consejo, recibido su enseñanza, bautizado en el nombre del Señor Jesús y unido a ellos en comunión. Pero cuando las personas se niegan a hacer lo que saben que deben hacer, no es de extrañar que terminen sin saber qué hacer. La verdad de Cristo, si se recibe correctamente, no les habría causado ningún problema. Pero cuando la reprimen con injusticia, la encuentran como una piedra pesada que no pueden manejar (Romanos 1:18; Zacarías 12:3).

Al final, llegaron a dos conclusiones. Primero, no era conveniente castigar a los apóstoles por lo que habían hecho. Con gusto lo habrían hecho, pero les faltaba valor, porque el pueblo estaba de parte de los apóstoles y alababa a Dios por el milagro. Ahora los gobernantes temían a la multitud, tal como antes la habían temido cuando no se atrevieron a arrestar a Cristo. Esto demuestra que el clamor público contra nuestro Salvador había sido provocado o manipulado, porque esas mismas personas pronto volvieron a su opinión anterior.

No podían encontrar una manera de castigar a Pedro y a Juan, ni siquiera una razón que pudieran presentar para hacerlo, a causa del pueblo. Sabían que tal castigo sería injusto, y el temor de Dios debió haberlos detenido. Sin embargo, lo único que los frenaba era el miedo a la gente. El pueblo estaba convencido de que el milagro era real. Era un milagro conocido, realizado en el nombre de Cristo y una señal clara de su poder y de su enseñanza. Todos en Jerusalén lo conocían porque había ocurrido en la entrada del templo. Ni siquiera los gobernantes, con toda su astucia y atrevimiento, podían negarlo. Podían negarlo ante sus propias conciencias, pero no delante del público. La evidencia a favor del evangelio era clara.

Además, todo el pueblo glorificaba a Dios por lo sucedido. Incluso quienes todavía no estaban dispuestos a creer en Cristo se conmovieron por la misericordia mostrada a un hombre pobre y por el honor que esto había traído a su nación. No podían evitar alabar a Dios por ello. Incluso la religión natural, ese sentido básico de que Dios debe ser honrado, se los enseñaba. Si los sacerdotes hubieran castigado a Pedro y a Juan por algo que todos alababan delante de Dios, habrían perdido toda credibilidad ante el pueblo y habrían quedado como enemigos tanto de Dios como de los seres humanos. De ese modo, su enojo terminaría alabando a Dios, y el resto de su furia sería detenida.

Segundo, decidieron que en el futuro había que silenciar a los apóstoles (Hechos 4:17-18). No podían demostrar que los apóstoles hubieran hecho o dicho algo malo, pero aun así querían que dejaran de hablar y actuar como lo habían estado haciendo. Su única preocupación era que la enseñanza acerca de Cristo no siguiera extendiéndose entre el pueblo. Era como si una obra de sanidad hubiera comenzado a propagarse como una plaga y ellos tuvieran que detenerla. Aquí vemos cómo el infierno lucha contra los planes del cielo. Dios quiere que el conocimiento de Cristo llegue a todo el mundo, pero los principales sacerdotes querían detenerlo allí mismo. El que está sentado en el cielo se ríe de planes semejantes.

Para impedir que esta enseñanza se extendiera, les ordenaron a los apóstoles que nunca volvieran a predicarla. Por medio de su autoridad, que ellos creían que todo israelita debía obedecer en conciencia, decretaron que nadie hablara ni enseñara en absoluto en el nombre de Jesús (Hechos 4:18). No dieron ninguna razón verdadera por la que debía suprimirse la enseñanza de Cristo. No podían decir que era falsa, peligrosa o dañina. Les daba vergüenza admitir la verdadera razón: esa enseñanza dejaba al descubierto su hipocresía, su maldad y su tiranía. No tenían una razón; solo tenían su propia voluntad. Exigían no solo que los apóstoles dejaran de predicar públicamente, sino también que dejaran de hablar en privado con cualquier persona en el nombre de Jesús (Hechos 4:17).

No hay mayor ayuda para el reino del diablo que silenciar a los ministros fieles, quienes son la luz del mundo. Son como lámparas escondidas debajo de una canasta. Los gobernantes también amenazaron a los apóstoles si desobedecían. Les advirtieron estrictamente que serían castigados. Querían que supieran que el tribunal consideraría una grave ofensa que siguieran predicando. Cristo había mandado a sus seguidores que predicaran el evangelio a toda criatura, y les había prometido sostenerlos y recompensarlos por hacerlo. Pero estos sacerdotes no solo prohibían la predicación del evangelio, sino que la amenazaban como si fuera un delito grave. Sin embargo, quienes conocen el verdadero valor de las amenazas del mundo, aun cuando este lance amenazas de muerte, pueden permanecer firmes (Hechos 9:1).

Segundo, vemos la valiente decisión de los prisioneros de seguir haciendo su trabajo a pesar de las órdenes del tribunal y de dar a conocer esa decisión (Hechos 4:19-20).

Pedro y Juan no necesitaban hablar en privado para saber lo que pensaba el otro, porque ambos eran guiados por el mismo Espíritu. Respondieron juntos y de inmediato: «Juzguen ustedes mismos si es correcto delante de Dios obedecerlos a ustedes en vez de obedecer a Dios. Nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído, y de anunciar lo que se nos ha encargado».

La prudencia podría haberles sugerido que guardaran silencio. No podían prometer sinceramente que nunca volverían a predicar el evangelio, pero tampoco era necesario que se lo dijeran abiertamente a los gobernantes. Sin embargo, el valor firme que Dios les dio los llevó a enfrentar sin temor tanto la autoridad como el odio de los gobernantes. En efecto, les dijeron que estaban decididos a seguir predicando, y defendieron esa decisión de dos maneras.

Primero, apelaron al mandato de Dios. Los gobernantes les habían ordenado que no predicaran el evangelio, pero Dios les había mandado predicarlo. Él les había confiado ese mensaje como un encargo sagrado y les exigía que lo cumplieran fielmente. Por tanto, la verdadera pregunta era: ¿a quién debían obedecer, a Dios o a los gobernantes humanos? Apelaron a una verdad que todos deberían conocer: cuando los mandatos humanos entran en conflicto con los mandatos de Dios, los mandatos de Dios deben ocupar el primer lugar. Incluso las leyes inglesas han sostenido durante mucho tiempo que una ley contraria a la ley de Dios no tiene validez. Nada es más absurdo que obedecer más a personas débiles y limitadas, que solo son criaturas y súbditos como nosotros, que a Dios, quien es infinitamente sabio y santo, nuestro Creador, nuestro Señor soberano y el Juez ante quien todos compareceremos. El asunto era tan claro que estuvieron dispuestos a dejar el juicio en manos de los mismos gobernantes, aunque estos estaban predispuestos contra ellos. ¿Podría ser correcto delante de Dios quebrantar un mandato divino para obedecer una orden humana? Lo correcto es lo correcto delante de Dios, porque su juicio siempre es verdadero, y debemos vivir conforme a él.

Segundo, señalaron la convicción de su propia conciencia. Aunque no hubieran recibido del cielo un mandato tan directo de predicar a Cristo, aun así no podían dejar de hablar de lo que habían visto y oído, y tenían que hablar públicamente. Como Eliú, estaban llenos de este mensaje, y el Espíritu de Dios dentro de ellos los impulsaba a hablar para encontrar alivio (Job 32:18, Job 32:20). Habían experimentado su poder en su propia vida, y los había transformado tan profundamente que no podían guardar silencio. Quienes mejor hablan de Cristo son los que han sentido su poder, han probado su bondad y han sido profundamente conmovidos por él. Para ellos, el mensaje era como un fuego en sus huesos (Jeremías 20:9).

También sabían lo importante que era este mensaje para los demás. Miraban con preocupación a quienes se encaminaban hacia la perdición y sabían que nadie podía escapar de la pérdida eterna sino por medio de Jesucristo. Por eso se sentían obligados a advertirles y a señalarles el camino correcto. Ellos habían visto y oído estas cosas; si no se las contaban a los demás, nadie lo haría. Conociendo tanto la bondad como la advertencia del Señor, trataban de persuadir a las personas. El amor de Cristo y el amor por las almas los impulsaban (2 Corintios 5:11, 5:14).

Después, pusieron en libertad a los detenidos (Hechos 4:21). Los gobernantes volvieron a amenazarlos, creyendo que los habían intimidado, y luego los dejaron ir. Habían logrado que muchas personas obedecieran sus órdenes injustas mediante amenazas. Sabían cómo obligar a la gente a someterse usando amenazas de excomunión (Juan 9:22), y pensaron que podrían hacer lo mismo con los apóstoles. Pero estaban equivocados, porque los apóstoles habían estado con Jesús.

Solo los amenazaron; eso fue todo lo que hicieron. Después los dejaron ir, en primer lugar, porque no se atrevían a oponerse al pueblo, que alababa a Dios por lo sucedido y que, según pensaban, los habría arrancado de sus puestos si castigaban a los apóstoles por ello. En la providencia de Dios, los gobernantes, que tienen el deber de contener a los malvados, a veces pueden ser contenidos por el pueblo. En segundo lugar, no podían negar el milagro. El hombre que había sido sanado tenía más de cuarenta años (Hechos 4:22). Eso hacía que el milagro fuera aún mayor, porque había sido cojo de nacimiento (Hechos 3:2). Cuanto mayor era, más tiempo había durado su enfermedad y más difícil habría sido curarla. Por eso, cuando personas adultas, acostumbradas durante mucho tiempo al mal, son sanadas de su debilidad espiritual y de sus malos hábitos, la gracia de Dios se muestra aún más poderosa. Además, su edad hacía más fácil comprobar la verdad del milagro, porque el hombre tenía la edad suficiente para hablar por sí mismo, como el ciego que Jesús sanó cuando lo interrogaron (Juan 9:21).

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