Versículo destacado

Sofonías 3:8 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" «Por tanto, espérenme», dice el SEÑOR, «hasta el día en que me levante para tomar la presa; porque he determinado reunir a las naciones y congregar a los reinos, para derramar sobre ellos mi indignación, todo el ardor de mi ira. Porque toda la tierra será devorada por el fuego de mis celos». "

Sofonías 3:8

menu_book El versículo en contexto

6 He eliminado a las naciones; sus torres están desoladas. Dejé desiertas sus calles, de modo que nadie pasa por ellas. Sus ciudades están destruidas, de modo que no queda ningún hombre ni habitante alguno.

7 Dije: «Ciertamente me temerás y recibirás instrucción». Así su morada no sería eliminada, sin importar cómo los castigara. Pero ellos se levantaron temprano y corrompieron todas sus acciones.

8 «Por tanto, espérenme», dice el SEÑOR, «hasta el día en que me levante para tomar la presa; porque he determinado reunir a las naciones y congregar a los reinos, para derramar sobre ellos mi indignación, todo el ardor de mi ira. Porque toda la tierra será devorada por el fuego de mis celos».

9 Porque entonces daré a los pueblos un lenguaje puro, para que todos invoquen el nombre del SEÑOR y le sirvan de común acuerdo.

10 Desde más allá de los ríos de Etiopía, mis suplicantes, la hija de mis dispersos, traerán mi ofrenda.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Jerusalén se veía en una situación terrible en los versículos anteriores. Había adquirido una mala reputación y parecía estar más allá de toda corrección, sanidad, misericordia o juicio. Podríamos esperar que lo siguiente fuera que Dios la abandonaría por completo, como se desecha la plata inútil. Puesto que ni los profetas ni las providencias de Dios habían logrado cambiarla, podríamos pensar que debía quedar en ruinas, como las naciones que la rodeaban.

Pero debemos detenernos y maravillarnos ante las riquezas de la gracia de Dios. Con frecuencia, Dios usa el pecado humano para mostrar aún más claramente su propia gloria. Como el pueblo seguía empeorando, el Señor dice: «Por tanto, espérenme» (Sofonías 3:8). Puesto que la ley no podía perfeccionar nada, la llegada de una esperanza mejor sí lo lograría. Por eso, a quienes lamentan la corrupción de la iglesia se les dice que esperen en Dios, hasta que él envíe a su Hijo para salvar a su pueblo de sus pecados, y hasta que envíe el evangelio para reformar y limpiar a su iglesia y formar para sí un pueblo apartado tanto de judíos como de gentiles.

Algunos sí esperaron de esa manera, aguardando la redención, la redención de Jerusalén. Finalmente llegó aquello que habían esperado durante tanto tiempo (Lucas 2:38). Cristo también vino al mundo para juicio (Juan 9:39). Esto significa que vino, en primer lugar, para juzgar y derrotar lo que se había levantado contra su iglesia. Derribará y destruirá a sus enemigos, especialmente a sus enemigos espirituales. La destrucción de Babilonia y de otros opresores en el Antiguo Testamento era una imagen de esto y una señal alentadora de lo que habría de venir.

Él se levantará para tomar la presa, llevando cautiva la cautividad (Salmo 68:18), conquistando y despojando a los poderes de las tinieblas y a los poderes terrenales que se levantan contra el Señor y contra su Ungido. Los quebrantará con vara de hierro (Salmos 2:5, 9; Salmo 11:5, 6). Su propósito es reunir a las naciones y congregar a los reinos. Por medio de la predicación del evangelio de Cristo a toda criatura, todas las naciones son, en cierto sentido, convocadas a comparecer ante el Señor Jesús, quien está estableciendo su reino en el mundo.

Pero, como la mayoría no obedecerá ese llamado, él derramará su ira sobre ellos. El que no cree ya ha sido condenado. Cuando se establezca el reino del Mesías, habrá angustia entre las naciones, con confusión y temor (Lucas 21:25), y habrá una gran tribulación, como nunca ha habido ni volverá a haber (Mateo 24:21). Entonces Dios derramará su indignación y el ardor de su ira por la furia del mundo contra el Mesías y su reino (Salmo 2:1, 2). Entonces toda la tierra será devorada por el fuego de sus celos, porque tanto judíos como gentiles tendrán que rendir cuentas por su hostilidad contra el evangelio.

Los poderes de este mundo serán despojados y expuestos en vergüenza, y el Redentor victorioso triunfará sobre ellos. Quienes sigan viviendo para las cosas terrenales después de que Dios haya establecido el reino de los cielos entre las personas terminarán en destrucción (Filipenses 3:19). Serán devorados por el fuego de los celos de Dios.

En segundo lugar, Cristo viene para corregir lo que está mal en su iglesia. Cuando Dios se propone restaurar a Israel y renovar su paz y prosperidad, primero prepara el camino reformándolo y reavivando su virtud y su piedad. Así obra Dios tanto con las personas como con las comunidades enteras. Primero las hace santas, y después las hace felices.

Estas promesas se cumplieron parcialmente después de que los judíos regresaron de Babilonia. El cautiverio los sanó de la idolatría, y ese fue el resultado principal: quitar el pecado. Pero las palabras también miran hacia los resultados benditos del evangelio y de su gracia, hacia estos tiempos de reforma en los que vivimos (Hebreos 9:10).

Primero, hay una promesa de reformar la manera de hablar, que se había corrompido ampliamente, pero que entonces estaría «sazonada con gracia» (Sofonías 3:9). Dios dice: «Entonces cambiaré el lenguaje de los pueblos por un lenguaje puro». Los apartará de la conversación maligna que casi había destruido las buenas costumbres entre ellos. La gracia que convierte limpia la manera de hablar, no haciendo que las personas sean más ingeniosas, sino haciendo sabio lo que dicen.

Entre los judíos después del cautiverio, era necesario reformar su manera de hablar, porque habían mezclado el idioma de Canaán con el de Asdod (Nehemías 13:24). Ese problema sería corregido. Pero la promesa va más allá. Su lenguaje sería limpiado de toda blasfemia, suciedad y mentira. Algunos lo interpretan como «un lenguaje escogido». Ya no hablarían de manera descuidada, sino con reflexión y cuidado. Escogerían bien sus palabras.

Un tono de pureza y piedad en la conversación diaria es una señal muy buena para cualquier pueblo. Cuando Dios da un lenguaje puro a personas que antes tenían labios impuros, también les dará otras gracias y bendiciones.

En segundo lugar, el culto a Dios, conforme a su voluntad, se practicará con mayor fidelidad y unidad. En lugar de sacrificios e incienso, invocarán el nombre del Señor. La oración es la ofrenda espiritual con la que Dios debe ser honrado. Para prepararnos para ese deber, necesitamos un lenguaje puro. No somos aptos para llevar el nombre de Dios en los labios si esos labios no son puros.

La purificación de nuestras palabras en la vida diaria es necesaria para que las palabras de nuestra boca y los pensamientos de nuestro corazón sean aceptables en la adoración. ¿Cómo pueden salir agua dulce y agua amarga de la misma fuente? (Santiago 3:9-12). También se promete que, una vez purificado su lenguaje, servirán a Dios con un mismo propósito o, como sugiere la palabra, con un solo hombro, como bueyes bajo un yugo que tiran juntos. Cuando los cristianos están unidos al servicio de Dios, la obra avanza con alegría. Esta unidad nace de un lenguaje puro, de palabras limpiadas de ira, envidia y crítica cruel. La pureza conduce a la unidad. Un cambio en la conducta es el camino hacia una iglesia más amplia y unida. La sabiduría de lo alto es, ante todo, pura; después, pacífica.

En tercer lugar, quienes habían sido alejados de Dios volverán a él y serán aceptados por él (Sofonías 3:10). Desde más allá de los ríos de Etiopía, es decir, desde Egipto, como en Isaías 18:1, o desde algún país muy lejano, sus adoradores, la hija de su pueblo disperso, le traerán una ofrenda. Quienes habían vivido tan lejos que casi se habían olvidado de Dios y de su deber para con él volverán a recordarlo, como el hijo pródigo que, en un país lejano, recordó la casa de su padre.

Quienes habían sido dispersados como señal del desagrado de Dios podrían temer volver a él. Sin embargo, también ellos serán reunidos bajo sus alas. La hija de su pueblo disperso, aunque esté lejos, será hallada entre aquellos a quienes el Señor nuestro Dios llamará. Y aunque estén dispersos, él los reconocerá como suyos. Al llamarlos «mi pueblo disperso», les da un honor que compensa con creces la vergüenza de su dispersión.

Estas personas vendrán con peticiones humildes, porque son sus adoradores.

Los verdaderos convertidos son personas que acuden a Dios pidiendo misericordia. No presentan argumentos para defender su propio caso ante su Juez, sino que se humillan y suplican gracia (Job 9:15). Dondequiera que estén, incluso si se encuentran muy lejos, más allá de los ríos de Etiopía, Dios todavía los ve y los escucha. Son sus propios suplicantes, quienes acuden a él con humildad.

También traen sacrificios espirituales. Se ofrecen a Dios como sacrificios vivos (Romanos 12:1). La conversión de los gentiles incluso se describe como la ofrenda de los gentiles (Romanos 15:16). Junto con ellos mismos, traen las ofrendas del evangelio: oración, alabanza y ayuda para los necesitados; y Dios se agrada de ellas.

Dios también promete purgar el pecado y a los pecadores de en medio de ellos (Sofonías 3:11). Quitarà de ellos la vergüenza que justamente les correspondía. «En aquel día no te avergonzarás por todas tus acciones». Seguirán sintiendo vergüenza en el sentido de arrepentimiento y permanecerán humildes, como en Ezequiel 16:63. Pero ya no se avergonzarán como personas que continúan volviendo al pecado. Dios quitará su culpa mediante su misericordia perdonadora, y levantará de su conciencia la vergüenza del pecado. Entonces su conciencia quedará limpia, tranquila y lavada de obras muertas.

Cuando la maldad se vuelve común en una nación, las pocas personas buenas que viven allí sienten vergüenza por lo que las rodea y por su propia tierra. Pero cuando los pecadores regresan a Dios y la tierra es reformada, tanto esa vergüenza como su causa desaparecen. Dios también quitará su falsa soberbia. No solo eliminará de en medio de ellos a los pecadores manifiestos, que son una vergüenza para la tierra, sino también a los hipócritas, que aparentan ser buenos por fuera y se alegran en su orgullo: un orgullo relacionado con la ciudad santa y el templo santo. Estas cosas realmente eran la gloria de Israel, pero el pueblo las convirtió en una excusa para enorgullecerse y sentirse seguro en su pecado. Confiaban en ellas como si fueran su justicia y su fuerza, diciendo con jactancia: «Este es el templo del SEÑOR» (Jeremías 7:4). Se llenaron de orgullo por causa del monte santo, despreciaron a los demás y actuaron como si los juicios de Dios no pudieran alcanzarlos. Los privilegios de la iglesia, cuando no se usan correctamente, con frecuencia se convierten en motivo de orgullo y en una falsa sensación de seguridad. Nada ofende más a Dios que el orgullo basado en afirmaciones de santidad, y él lo hará callar y lo quitará.

Dios también dejará entre ellos un remanente, un pequeño grupo que quedará: personas santas, humildes y serias que conocerán el consuelo de pertenecerle (Sofonías 3:12). «Dejaré en medio de ti un pueblo afligido y pobre». Cuando los caldeos llevaron cautivos a los judíos, dejaron atrás a algunos de los pobres de la tierra para que trabajaran como viñadores y agricultores. Eso llegó a ser una imagen del remanente escogido por Dios, al que él aparta para sí. Son afligidos y pobres, de poca importancia ante los ojos del mundo; y estas son las personas que Dios ha escogido (Santiago 2:5). Los pobres reciben las buenas noticias, y son pobres en espíritu, humildes a sus propios ojos y cargados por el pecado. Son el remanente de Dios, porque él los ha reservado para sí, como en Romanos 11:4-5. Y confiarán en el nombre del SEÑOR.

A quienes Dios se propone honrar con su nombre, también les enseña a confiar en ese nombre. Cuanto mayores son sus dificultades y su pobreza en este mundo, más motivos encuentran para confiar en Dios, porque no tienen nada más en qué apoyarse (1 Timoteo 5:5). Este remanente escogido también será bendecido con pureza y paz (Sofonías 3:13). En sus palabras y acciones serán puros. No harán ningún mal ni hablarán mentiras. La justicia y la verdad los gobernarán, aun cuando ser honestos vaya en contra de sus intereses mundanos. No se limitarán a evitar una mentira directa e intencional. No se encontrará en su boca ninguna lengua engañosa, ni saldrá de ellos siquiera el más pequeño engaño.

También serán bendecidos con paz. Como ovejas en el pasto de Dios, comerán y se acostarán, y nadie los hará temblar de miedo. No vivirán atemorizados, ni las personas que los rodean los asustarán. Quienes tienen cuidado de no hacer el mal no necesitan temerle a la calamidad, porque la calamidad no puede hacerles un daño verdadero. Por eso no debe aterrorizarlos.

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