Versículo destacado

Zacarías 7:8 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Y la palabra del SEÑOR vino a Zacarías, diciendo: "

Zacarías 7:8

menu_book El versículo en contexto

6 Y cuando comían y bebían, ¿no comían para ustedes mismos y bebían para ustedes mismos?

7 ¿No debían escuchar las palabras que el SEÑOR proclamó por medio de los antiguos profetas, cuando Jerusalén estaba habitada y gozaba de prosperidad, junto con las ciudades que la rodeaban, y cuando se habitaban el sur y la llanura?

8 Y la palabra del SEÑOR vino a Zacarías, diciendo:

9 Así habla el SEÑOR de los ejércitos: Practiquen el juicio verdadero, y muestre cada uno misericordia y compasión a su hermano.

10 No opriman a la viuda, al huérfano, al extranjero ni al pobre; y ninguno de ustedes imagine el mal contra su hermano en su corazón.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Lo dicho en Zacarías 7:7, que debían escuchar las palabras de los profetas anteriores, ahora se explica con mayor detalle. Es una advertencia para estos interrogadores hipócritas, que seguían pecando mientras preguntaban, con mucho cuidado, si debían continuar con sus ayunos. El profeta ya les había recordado la desobediencia de sus antepasados a los profetas y las consecuencias que sufrieron por ello (Zacarías 1:4-6), y aquí vuelve a hacerlo. Lo que les sucedió a otros debería servirnos de advertencia, y los juicios de Dios sobre Israel en tiempos antiguos quedaron escritos para nuestra enseñanza como cristianos (1 Corintios 10:11).

El profeta repite los puntos principales de los mensajes que los antiguos profetas habían predicado a sus antepasados, porque esas mismas obligaciones todavía se les exigían a ellos (Zacarías 7:9-10). El «Señor de los ejércitos» les habla ahora como les habló a sus antepasados: «Juzguen con justicia». Lo que Dios exigía no era ayuno ni sacrificios, sino justicia y misericordia. Estas obligaciones eran evidentes por la ley natural, aun si nunca se hubieran enviado profetas para insistir en ellas. También contribuían al bienestar de la sociedad y a la paz, y el beneficio sería para el pueblo mismo, no para Dios.

Los gobernantes civiles deben administrar justicia de manera imparcial, de acuerdo con la ley y con los hechos de cada caso, sin favorecer a nadie. Deben «juzgar con verdadera justicia» y hacerla cumplir después de haber dictado el fallo. Los vecinos deben cuidarse unos a otros con ternura, no solo evitando hacer daño, sino estando dispuestos a hacer todo el bien que puedan. Deben mostrar misericordia y compasión a cada persona y a sus hermanos, según lo requiera la necesidad. Incluso las debilidades de los demás, y no solamente sus sufrimientos, deberían movernos a tener compasión. Tampoco deben aprovecharse de las personas cuando tienen ventaja y saben que ellas no pueden defenderse. En los negocios o en los tribunales, no deben oprimir a la viuda, al huérfano, al extranjero ni al pobre (Zacarías 7:10).

No se debe desplazar al más débil simplemente por ser débil. Es fácil no negarle justicia a quien puede exigirla y hacerla valer, pero debemos dar a cada persona lo que le corresponde, incluso por conciencia delante de Dios, cuando no tiene poder para obligarnos a hacerlo. Esto también significa que lo que en algunos casos sería solo rigor, con las viudas y los huérfanos se convierte en una opresión cruel. De hecho, no ayudarlos como debemos equivale, en la práctica, a oprimirlos.

No solo deben evitar hacerles mal a los demás, sino también evitar desearles el mal. «No piensen hacerle mal a su hermano en su corazón». No deben planearlo, desearlo ni siquiera deleitarse en la idea. La ley de Dios llega hasta el corazón. No prohíbe únicamente las acciones malvadas, sino también aceptar pensamientos crueles o llenos de amargura. «Cuídense de albergar en su corazón un pensamiento perverso contra su hermano» (Deuteronomio 15:9).

Después, el profeta describe la obstinada desobediencia de sus antepasados, quienes persistieron en toda clase de maldad e injusticia a pesar de las muchas advertencias dadas en el nombre de Dios (Zacarías 7:11-12). Estas expresiones repetidas muestran la terquedad de la mente carnal, es decir, de la mente humana pecaminosa, que es enemiga de Dios y no se somete a su ley ni puede hacerlo. Eran obstinados y rebeldes, y continuaban pecando con una actitud de oposición a la ley de Dios.

No querían acercarse a los profetas si podían evitarlo y, si los escuchaban, no prestaban atención. Se apartaban como si los profetas no les hubieran hablado. Si llegaban a oír y por un momento parecían dispuestos a obedecer, pronto retrocedían cuando llegaba el momento de actuar. Eran como un buey joven que no está acostumbrado al yugo: sacudían de sí la carga y no querían someterse al yugo fácil ni a la carga ligera de los mandamientos de Dios. «Retiraban el hombro»; parecían ponerlo al trabajo, pero enseguida se echaban atrás, como los que se describen en Jeremías 34:10-11. Eran como un arco engañoso o como el hijo que dijo: «Sí, señor, iré», pero no fue.

Llenaban su mente de prejuicios contra la palabra de Dios y siempre tenían alguna objeción contra cada mensaje que escuchaban. Se tapaban los oídos para no oír, como la víbora sorda (Salmo 58:4). Nadie es tan sordo como quien se niega a escuchar y endurece sus propios oídos. También estaban decididos a que nada de lo que se les dijera para insistir en estos mandamientos pudiera afectarlos. Hicieron su corazón como una piedra de diamante, como el pedernal más duro que un albañil no puede tallar. Nada es tan duro, obstinado o inflexible como el corazón de un pecador orgulloso. Y quienes endurecen su corazón solo pueden culparse a sí mismos. Ellos mismos se endurecieron, y es justo que Dios los entregue a la dureza y a la falta de arrepentimiento que escogieron.

Estos pecadores obstinados endurecieron deliberadamente su corazón para no escuchar lo que Dios decía por medio de la ley escrita de Moisés y de las palabras de los profetas. Tenían a Moisés y a los profetas, pero se negaron a escuchar a ambos. No se habrían convencido ni siquiera si alguien hubiera resucitado de entre los muertos. Ignoraron las palabras del profeta, aunque eran las palabras que el Señor de los ejércitos les había enviado y dirigido a ellos, hablándoles directamente por medio de su Espíritu a través de los profetas. Por eso, al despreciar esas palabras, insultaron a Dios mismo y resistieron al Espíritu Santo. La razón por la que las personas no son buenas es que no quieren serlo. No quieren pensar ni obedecer y, por tanto, si desprecian la sabiduría, ellas mismas cargarán con las consecuencias.

Por eso vino del Señor de los ejércitos una gran ira. Dios estaba profundamente disgustado con ellos, y con razón, porque no les pedía nada que no fuera razonable y bueno para ellos. Sin embargo, se negaron, y lo hicieron de una manera desafiante e insultante. ¿Qué amo podría soportar que su propio siervo lo tratara de esa manera? Un odio tan arraigado contra el evangelio, como el que estas personas mostraron contra la ley y los profetas, trajo todo el peso de la ira sobre la última generación de la comunidad judía (1 Tesalonicenses 2:16). Los grandes pecados contra el Señor de los ejércitos, cuya autoridad no puede cuestionarse, traen una gran ira del Señor de los ejércitos, cuyo poder no puede resistirse.

El resultado fue este: así como ellos hicieron oídos sordos a la palabra de Dios, Dios hizo oídos sordos a sus oraciones (Zacarías 7:13). Cuando gozaban de tiempos buenos, él los había llamado a abandonar sus pecados, pero no quisieron escuchar y siguieron haciendo el mal. Por eso, cuando llegó la angustia y clamaron por alivio, él no los escuchó, sino que permitió que su sufrimiento continuara. Quienes en su orgullo habían desafiado a Dios clamaron a él cuando el dolor cayó sobre ellos. En la angustia acudieron a él, pero Dios ya había dicho —y mantendría su decisión— que, si alguien se niega a escuchar la ley, hasta su oración le resulta detestable (Proverbios 28:9; 1:24). El pecado que se conserva en el corazón arruinará inevitablemente la eficacia de la oración (Salmo 66:18).

Como habían abandonado su deber y su lealtad a Dios, y se habían vuelto inquietos e inestables, Dios los dispersó como la paja que el torbellino se lleva. Los esparció entre naciones que no conocían, de modo que ni siquiera podían esperar recibir bondad de ellas (Zacarías 7:14). Así como ellos quebrantaron la ley de Dios de todas las maneras, él quitó la gloria de su tierra. La tierra quedó desolada detrás de ellos, y nadie pasaba por allí ni regresaba. Después de que el resto de los judíos fue llevado al exilio, especialmente después de la muerte de Gedalías, la tierra de las dos tribus quedó vacía. No hubo allí hombre, mujer ni niño hasta que los judíos regresaron al final de los setenta años de cautiverio. Incluso los caminos del país parecen haber quedado abandonados, sin nadie que transitara de un lado a otro.

Esto contenía una misericordia silenciosa, porque la tierra se mantuvo vacía para su regreso. Pero, por el momento, hacía que el juicio pareciera aún más terrible. ¡En qué espantoso desierto se convierte una tierra después de permanecer deshabitada durante tantos años! Solo ellos tenían la culpa. Fue su propia maldad la que convirtió en desolación aquella tierra agradable, no únicamente los caldeos. La ruina de una tierra procede del pecado de su pueblo (Salmo 107:34). Ese fue el resultado de su desobediencia voluntaria a la ley de Dios. Aun entonces, las personas de aquella época podían ver cómo el pecado había dejado desolada aquella tierra agradable, y todavía se negaban a aprender de ello.

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