Versículo destacado

Tito 1:6 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Si alguno es irreprochable, esposo de una sola mujer, con hijos fieles que no estén acusados de desenfreno ni sean rebeldes. "

Tito 1:6

menu_book El versículo en contexto

4 a Tito, mi verdadero hijo conforme a la fe común: Gracia, misericordia y paz de Dios Padre y del Señor Jesucristo nuestro Salvador.

5 Por esta causa te dejé en Creta: para que pusieras en orden lo que faltaba y nombraras ancianos en cada ciudad, tal como te indiqué:

6 Si alguno es irreprochable, esposo de una sola mujer, con hijos fieles que no estén acusados de desenfreno ni sean rebeldes.

7 Porque es necesario que el obispo sea irreprochable, como administrador de Dios; no obstinado, no propenso a la ira, no dado al vino, no pendenciero ni dado a ganancias deshonestas;

8 sino hospitalario, amante de los buenos, prudente, justo, santo y dueño de sí mismo;

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí el apóstol le da a Tito instrucciones acerca de la ordenación, mostrándole a quiénes debía ordenar y a quiénes no. Primero menciona las cualidades y virtudes de quienes podían ser designados. Algunas de estas cualidades se relacionan con su vida y conducta, y otras con su enseñanza. Las cualidades relacionadas con la vida y la conducta aparecen en los versículos 6, 7 y 8; las relacionadas con la doctrina, en el versículo 9.

El primer requisito es general: que el hombre sea irreprochable. Esto no significa que esté absolutamente libre de toda falta, porque nadie lo está. La Escritura dice que nadie vive sin pecado. Tampoco significa que nunca haya sido acusado, pues aun Cristo y sus apóstoles fueron acusados por otros, aunque no lo merecían. Cristo no tenía nada censurable, y las acusaciones contra los apóstoles eran falsas. El sentido es que el hombre no debe tener una mala reputación. Debe gozar de buen testimonio, incluso entre quienes están fuera de la iglesia. No debe ser culpable de pecados evidentes o vergonzosos que deshonrarían el santo oficio.

Luego Pablo habla de manera más específica. En su vida familiar, el hombre debe ser moralmente puro y fiel a sus votos matrimoniales: esposo de una sola mujer. La Iglesia de Roma enseña que un ministro no debe tener esposa, pero así no fue desde el principio. El matrimonio es un regalo de Dios, y ningún llamado excluye a una persona de él (1 Corintios 9:5). Pablo dice que prohibir el matrimonio es una de las falsas enseñanzas de la iglesia anticristiana (1 Timoteo 4:3). Esto no significa que los ministros tengan que estar casados, sino solamente que, si están casados, no deben tener más de una esposa al mismo tiempo. No deben ser bígamos ni haberse divorciado de una esposa para tomar otra por razones frívolas, como hacían algunos entre los judíos. La poligamia es vergonzosa en cualquier persona, y también lo es vivir con una concubina o amante mientras todavía se tiene una esposa legítima. Cualquiera que entre en un oficio tan santo debe estar muy alejado de esos pecados y de toda conducta lujuriosa.

En cuanto a sus hijos, deben ser hijos fieles, obedientes y de buena conducta, criados en la fe cristiana y viviendo conforme a ella, hasta donde unos padres fieles puedan guiarlos. Es un buen testimonio para los ministros que sus hijos sean piadosos y que su conducta corresponda a la religión que profesan. No deben ser acusados de una vida desenfrenada ni de rebeldía, al menos no con un fundamento justo. Incluso las personas inocentes pueden ser acusadas falsamente, por lo que el hombre debe asegurarse de que no exista una base real para tales acusaciones. Los hijos fieles, obedientes y disciplinados son una buena señal de que el padre ha sido fiel y cuidadoso al criarlos. Si ha demostrado fidelidad en su propia casa, se le puede confiar la tarea mayor de gobernar la iglesia de Dios.

La razón de este requisito está relacionada con la naturaleza de su oficio: el obispo, es decir, el supervisor, debe ser irreprochable, como administrador de Dios (Tito 1:7). A los hombres llamados antes ancianos aquí se les llama obispos, y en este pasaje ambos términos se refieren al mismo oficio. En ese tiempo no había autoridades superiores establecidas por encima de ellos. El trabajo de Tito en Creta era temporal, y su estancia allí fue breve. Después de nombrar ancianos y poner las cosas en orden, los dejó a cargo. La Escritura no menciona que tuviera un sucesor en Creta. A estos ancianos u obispos se les confió el cuidado completo de alimentar, gobernar y velar por la iglesia. Tenían toda la autoridad necesaria para continuar allí con la religión y el ministerio, y para transmitirlos a las generaciones posteriores.

Puesto que eran supervisores del rebaño y ejemplos para el pueblo, y puesto que eran administradores de Dios encargados del cuidado de su casa, hay una razón poderosa para que su carácter fuera claro y bueno. ¿Cómo podría prosperar la religión si sus vidas fueran vergonzosas? ¿Cómo no se vería obstaculizado su trabajo ni se perjudicarían las almas si su conducta causara ofensa? Estas son las cualidades relacionadas con su oficio, junto con la razón de ellas.

Después se presentan las cualidades más personales. En sentido negativo, el anciano u obispo no debe ser arrogante ni obstinado. Esto abarca una amplia variedad de defectos: enorgullecerse de las propias ideas, sobrevalorar las propias capacidades, confiar siempre en el propio juicio, amarse a sí mismo más que a los demás, buscar el beneficio personal, depender de uno mismo, complacerse a sí mismo y ser terco, áspero o aferrarse a la propia manera de hacer las cosas. Un ministro recibe gran honra cuando no es así. Debe estar dispuesto a pedir consejo, a ceder cuando sea posible y a adaptarse a los demás para ganar a algunos para Cristo.

Tampoco debe ser iracundo. No debe tener un temperamento explosivo que se encienda con facilidad. ¡Qué poco aptos son para gobernar la iglesia quienes no pueden gobernarse a sí mismos ni controlar sus pasiones inquietas! Un ministro debe ser amable, humilde y paciente con todas las personas.

Tampoco debe ser dado al vino. No hay mayor vergüenza para un ministro que ser un bebedor de vino que lo ama y se concede demasiada libertad con él, hasta quedar dominado por la bebida. El uso moderado y apropiado del vino, como el de otros buenos regalos de Dios, no es pecado. Pablo le dijo a Timoteo que usara un poco de vino por causa de su estómago y de sus frecuentes enfermedades (1 Timoteo 5:23). Pero el exceso en la bebida es vergonzoso en cualquier persona, y especialmente en un ministro. El vino puede nublar la mente y degradar a la persona. La advertencia de Pablo viene muy bien aquí: «No se emborrachen con vino, que lleva al desenfreno; más bien, sean llenos del Espíritu» (Efesios 5:18). Hay peligro en llegar demasiado lejos en este asunto, por lo que debemos evitar incluso acercarnos al límite.

Tampoco debe ser violento ni pendenciero: no debe golpear a otros por causa de la ira ni tratarlos con crueldad, venganza o dureza innecesaria. Tampoco debe ser codicioso de ganancias deshonestas (1 Timoteo 3:3). Esto no significa que deba rechazar una remuneración justa por su trabajo. Significa que no debe hacer del dinero su objetivo principal ni entrar al ministerio o ejercerlo para obtener ganancias mundanas. Nada es más impropio de un ministro, que debería elevar sus propios ojos y los de los demás hacia el otro mundo, que estar excesivamente concentrado en este. Se llama ganancia deshonesta porque mancha el alma de quien la ama demasiado o la persigue con avidez, como si tuviera valor por alguna razón distinta de su uso correcto y legítimo.

Con esto termina el aspecto negativo del carácter de un obispo. Ahora aparecen también cualidades positivas: debe ser amante de la hospitalidad (Tito 1:8). Esto demuestra que no está controlado por el amor al dinero, sino que está dispuesto a usar bien lo que tiene. No guarda sus bienes para sí de una manera que le impida dar generosamente. Al contrario, recibe y acoge a los extranjeros, que es lo que la palabra misma da a entender.

Esta era una responsabilidad muy importante de amor, especialmente en tiempos de sufrimiento y peligro. Con frecuencia los cristianos tenían que huir y andar de un lugar a otro para ponerse a salvo de la persecución y de sus enemigos. Los viajeros también se trasladaban de un lugar a otro cuando no existían las posadas públicas que tenemos hoy. Muchos creyentes pobres quizá ni siquiera tenían suficiente para ofrecer hospitalidad por su cuenta. En esos tiempos, recibirlos era algo bueno y agradable a Dios. Un espíritu y una práctica así, de acuerdo con la capacidad y las oportunidades de cada persona, corresponden a quienes deben ser ejemplos de buenas obras.

También debe ser amante de los buenos hombres, o de las cosas buenas. Los ministros deben demostrarlo tanto en su vida como en sus decisiones. Esto revela una piedad sincera y una semejanza con Dios y con el Señor Jesucristo. Debemos hacer el bien a todos, pero especialmente a los de la familia de la fe, las personas excelentes de la tierra, en quienes debemos deleitarnos.

Debe ser sobrio o prudente, que es lo que significa la palabra. Esta es una virtud necesaria en un ministro, tanto en su trabajo como en su conducta personal. Debe ser un administrador sabio, no imprudente, insensato ni precipitado. Debe saber gobernar sus pasiones y deseos. También debe ser justo en la vida civil, actuando con honestidad moral y equidad en todos sus tratos, y dando a cada persona lo que le corresponde. Debe ser santo en lo relacionado con la religión: un hombre que reverencia y adora a Dios, y cuya manera de vivir es espiritual y celestial. Debe ser dueño de sí mismo; esta expresión apunta a la fortaleza y describe a quien tiene poder sobre sus apetitos y deseos, y puede mantenerlos bajo control para fines buenos, incluso en asuntos legítimos.

Nada corresponde mejor a un ministro que estas cualidades: prudencia, dominio propio, justicia y santidad; prudente consigo mismo, justo con los demás y santo delante de Dios. Así, el apóstol ha descrito la vida y la conducta del ministro, tanto en lo que debe evitar como en lo que debe practicar.

En cuanto a la doctrina, tiene el deber de aferrarse a la palabra fiel, tal como se le ha enseñado. Debe mantenerse cerca de la doctrina de Cristo, la palabra de su gracia, y permanecer en las instrucciones que ha recibido. Debe sostenerla firmemente en su propia fe y profesión, y también al enseñarla a los demás.

Debemos notar dos cosas. Primero, la palabra de Dios dada en las Escrituras es verdadera y completamente confiable. Es la palabra de aquel que es el Amén, el testigo verdadero y fiel, y cuyo Espíritu guio a los escritores. Hombres santos de Dios hablaron impulsados por el Espíritu Santo. Segundo, los ministros deben aferrarse a esta palabra fiel y también presentarla, tanto en su enseñanza como en su manera de vivir. Pablo encontraba consuelo en poder decir: «He guardado la fe» (2 Timoteo 4:7), y también en saber que no había dejado de anunciar todo el propósito de Dios; esa era una expresión de su fidelidad (Hechos 20:27).

El propósito es que pueda animar, mediante una enseñanza sana, y refutar a quienes se oponen a la verdad. Debe persuadir a otros y guiarlos hacia la verdadera fe, pero también corregir a quienes la contradicen. ¿Cómo podría hacerlo si él mismo fuera inseguro o inconstante, sin aferrarse a la palabra fiel y a la doctrina sana que deben formar su enseñanza y sus respuestas a los opositores?

Aquí vemos, resumida, la labor principal del ministerio: animar a quienes están dispuestos a conocer y cumplir con su deber, y convencer a quienes lo contradicen. Ambas cosas deben hacerse con doctrina sana, es decir, de una manera clara y razonable, usando los argumentos y el testimonio de las Escrituras. Estas son las verdaderas palabras de verdad, y todas las personas pueden y deben apoyarse en ellas y dejarse afirmar por ellas. Hasta aquí las cualidades de los ancianos que Tito debía nombrar.

Después, el apóstol muestra a quiénes debía rechazar o evitar Tito: hombres de un carácter diferente. Los menciona para explicar por qué había insistido en que los ministros cumplieran requisitos tan cuidadosos y fueran únicamente del tipo que él había descrito. Da razones basadas en los malos maestros y en quienes los escuchaban.

1. Primero, habla de los malos maestros. Estos falsos maestros eran indisciplinados, obstinados y ambiciosos. Eran rebeldes y difíciles de dirigir; no estaban dispuestos a someterse a la disciplina ni al orden apropiado de la iglesia. No soportaban un gobierno sano ni una enseñanza sana. También eran habladores vanos y engañadores. Se creían sabios, pero en realidad eran necios; por eso hablaban mucho, caían en errores, se aferraban a ellos y se esforzaban por llevar a otros a las mismas equivocaciones. Había muchos de ellos, especialmente entre los de la circuncisión: convertidos que decían provenir del pueblo judío y querían mezclar el judaísmo con el cristianismo, formando una combinación corrompida. Estos eran los falsos maestros.

La instrucción del apóstol para tratar con ellos es la siguiente: hay que hacerlos callar (Tito 1:11). Esto no significa hacerlo por la fuerza, pues Tito no tenía tal autoridad y ese no era el método del evangelio. Significa refutar y dejar al descubierto su error, sin ceder ante ellos ni siquiera por un momento. Si son obstinados, perturban la paz de la iglesia y extienden la corrupción a otras iglesias, entonces debe aplicarse la disciplina eclesial como último recurso, tanto para restaurar al culpable como para proteger a muchos del daño. Los ministros fieles deben oponerse a los engañadores a tiempo, para que, una vez expuesta su necedad, no sigan avanzando.

Las razones son claras. Primero, sus errores causan un gran daño. Alteran familias enteras al enseñar lo que no deben enseñar, como la necesidad de circuncidarse y guardar la ley de Moisés; así trastornan el evangelio y arruinan vidas. No engañaban solamente a unas pocas personas, sino a familias enteras. Se acusó injustamente a los apóstoles de trastornar el mundo, pero esa acusación sí correspondía a estos falsos maestros, porque apartaban a muchos de la verdadera fe para llevarlos a la destrucción. A personas así había que hacerlas callar, especialmente por su motivo vergonzoso: lo hacían por ganancias deshonestas, es decir, servían a sus intereses mundanos bajo la apariencia de religión. El amor al dinero es la raíz de toda clase de males. Por eso es muy apropiado que tales hombres sean resistidos, refutados y avergonzados mediante la enseñanza sana y los argumentos de las Escrituras.

2. Luego, el apóstol se refiere a su pueblo, es decir, a quienes los escuchaban, y los describe basándose en un antiguo testimonio sobre ellos. Allí está el testimonio (Tito 1:12): uno de los suyos, un profeta de ellos mismos, es decir, uno de los cretenses, no un judío. Se trataba de Epiménides, un poeta griego que probablemente los conocía bien y que no tenía motivos para difamarlos sin causa. Se le llama profeta de ellos porque sus poetas eran considerados voces de la verdad divina y con frecuencia denunciaban con dureza los pecados del pueblo. Arato, Epiménides y otros hicieron esto entre los griegos, y Horacio, Juvenal y Persio entre los latinos. A menudo usaban palabras fuertes contra distintas formas de pecado.

Esta es la acusación hecha contra ellos: «Los cretenses son siempre mentirosos, malas bestias, glotones perezosos». Incluso en los dichos populares eran conocidos por su falsedad y sus mentiras. «Comportarse como cretense» llegó a significar mentir. También se los comparaba con animales salvajes y dañinos por su crueldad astuta y su carácter feroz. Se los llamaba «glotones perezosos» porque eran flojos y dados al placer, más interesados en comer que en trabajar o ganarse honestamente la vida.

Observemos cómo unos pecados tan vergonzosos, que traían reproche sobre los paganos, deben estar muy lejos de los cristianos. La falsedad, el daño causado con astucia, la crueldad, toda práctica sensual y degradante, junto con la ociosidad y la pereza, son pecados que incluso la razón natural condena. Esas eran las faltas que los propios poetas cretenses denunciaban en su pueblo.

Pablo mismo confirma este testimonio: «Este testimonio es verdadero» (Tito 1:13). Había visto suficiente entre ellos para saber que la descripción era acertada. Algunas naciones parecen más inclinadas a ciertos pecados que otras, y los cretenses tenían una reputación ampliamente conocida —y con demasiada frecuencia confirmada— de ser perezosos, malintencionados, falsos y poco confiables.

Por eso Pablo le dice a Tito cómo debe tratar con ellos: «Repréndelos severamente». Cuando Pablo le escribió a Timoteo, le indicó que enseñara con gentileza; pero aquí le dice a Tito que sea firme. La diferencia puede corresponder al temperamento de cada uno o al tipo de personas a las que servían. Timoteo trataba con un pueblo más refinado, por lo que se necesitaba gentileza; Tito trataba con personas más ásperas y menos refinadas, cuyos pecados eran públicos, graves y descarados, por lo que hacía falta una reprensión más fuerte.

La reprensión debe ser sabia. Algunos pecados son más graves por su propia naturaleza o más vergonzosos porque se cometen abierta y descaradamente, causando mayor deshonra a Dios y más daño a las personas. Algunos pecadores son sensibles y se puede llegar a ellos con mayor facilidad mediante la bondad; otros son obstinados y necesitan palabras más fuertes que despierten en ellos vergüenza y arrepentimiento. Por eso se necesita sabiduría para adaptar la corrección a cada caso, como dice Judas: «Tengan misericordia de algunos, haciendo distinción; y a otros sálvenlos con temor» (Judas 1:22-23).

Los pecados de los cretenses eran muchos, graves y arraigados desde hacía tiempo, por lo que necesitaban una reprensión severa. Pero Pablo no quiere que Tito use esa instrucción de manera indebida. El objetivo es este: «para que sean sanos en la fe» (Tito 1:13). Esto significa que debían ser transformados verdadera y claramente, apartándose de sus malos caminos, y que no siguieran aferrándose a fábulas judías ni a mandamientos humanos que alejan a las personas de la verdad. Algunos convertidos quizá todavía se sentían tentados a aferrarse a tradiciones judías y supersticiones farisaicas, pero esas cosas solo harían que perdieran el gusto por el evangelio y por su verdad pura y saludable.

Las reprensiones más severas siempre deben buscar el bien de la persona reprendida. Deben surgir del amor, no de la malicia ni del enojo. Su propósito no es satisfacer el orgullo o el temperamento de quien reprende, sino recuperar y reformar a quien está en el error. La salud en la fe es una gran bendición. Es la salud y la fortaleza del alma, agradable a Dios, consoladora para los creyentes y útil para hacerlos firmes y alegres en el cumplimiento de su deber.

Un medio importante para llegar a ser sanos en la fe es apartarse de las fábulas y de las invenciones humanas (Tito 1:14). Como dice Pablo en otra parte: «No presten atención a fábulas profanas y propias de viejas, sino ejercítense en la piedad» (1 Timoteo 4:7). Las ideas humanas introducidas en la adoración a Dios se oponen a la verdad y a la piedad. Las ceremonias y los ritos judíos habían sido establecidos en otro tiempo por Dios mismo, pero ahora que Cristo había venido y ese período había terminado, no eran más que mandamientos humanos. Ya no concordaban con la verdad, sino que apartaban del evangelio puro y de la adoración espiritual que Cristo estableció en lugar del servicio externo de la ley.

Es un juicio serio ser apartado de la verdad: dejar a Cristo por Moisés, abandonar la adoración espiritual del evangelio por las ordenanzas externas de la ley, o cambiar los verdaderos mandamientos de Dios por invenciones humanas. «¿Quién los hechizó?», preguntó Pablo a los gálatas, «para que no obedecieran a la verdad?» (Gálatas 3:1, 3:3). «Después de haber comenzado por el Espíritu, ¿ahora van a terminar por la carne?». Esto muestra lo peligroso que es apartarse de la verdad.

Luego, Pablo da las razones de esta advertencia, basadas en la libertad que tenemos en el evangelio frente a las observancias legales y en el daño que causa un espíritu judaizante bajo el pacto cristiano. Para los creyentes firmes en la fe y limpiados por la gracia, «todo es puro». Los alimentos, las bebidas y otras cosas que estaban prohibidas bajo la ley ya no se dividen de esa manera entre puras e impuras. Son lícitas y pueden usarse libremente. Pero para los contaminados y los incrédulos, nada es puro. Incluso las cosas buenas y permitidas las convierten en pecado. Extraen veneno de lo que debería producir dulzura, porque su mente y su conciencia, las partes del alma que orientan la conducta, ya están contaminadas.

Como dice la Escritura: «El sacrificio de los impíos es una abominación para el Señor» (Proverbios 15:8). También dice: «La siembra de los impíos es pecado» (Proverbios 21:4). No es que esas acciones sean pecaminosas en sí mismas, sino que se vuelven así por causa de quien las realiza. La inclinación malvada de la mente y del corazón arruina todo lo que hacen sus manos.

Algunos podrían objetar: ¿Acaso estos judaizantes no son personas que profesan tener fe y hablan bien de Dios, de Cristo y de una vida justa? ¿Se debería hablar de ellos con tanta severidad? La respuesta de Pablo es que «profesan conocer a Dios, pero con sus hechos lo niegan» (Tito 1:16). Muchos dicen con los labios que conocen a Dios, pero sus vidas lo niegan. Su conducta contradice lo que confiesan. Son como aquellos que acudían a escuchar a Ezequiel, pero no querían hacer lo que él decía: «Con la boca muestran mucho amor, pero su corazón va tras su avaricia» (Ezequiel 33:31). Son «abominables, desobedientes e incapaces de hacer cualquier cosa buena».

El apóstol le dice a Tito que los reprenda con firmeza, y aquí hace lo mismo. Usa palabras muy fuertes, pero no son más fuertes que el pecado de esas personas ni que la necesidad de confrontarlo. Los describe como abominables, es decir, tan ofensivos que Dios y las personas rectas deberían apartarse de ellos. También los llama desobedientes, es decir, personas que no están dispuestas a dejarse persuadir y que permanecen en la incredulidad.

Es posible que hayan hecho muchas cosas, pero no con la obediencia que nace de la fe. Lo que hicieron no era lo que Dios había mandado, ni siquiera se acercaba a ello. Eran incapaces para toda buena obra: no tenían la capacidad ni el juicio recto para hacer nada de manera correcta. Esto muestra la triste condición de los hipócritas, personas que solo tienen una apariencia externa de piedad, pero no su poder.

Aun así, debemos tener cuidado de no acusar a los demás demasiado rápido. También debemos asegurarnos de que esta acusación no se aplique a nosotros. Tenemos que cuidarnos de albergar un corazón malvado e incrédulo que se aparte del Dios vivo. Más bien, debemos ser sinceros e irreprochables hasta el día de Cristo, llenos de los frutos de justicia que vienen por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios (Filipenses 1:10-11).

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