Versículo destacado
Romanos 10:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
Hermanos, el deseo de mi corazón y mi oración a Dios por Israel es que sean salvos.
Romanos 10:1
¿Qué significa Romanos 10:1?
Romanos 10:1 muestra que Pablo no habla de Israel con desprecio, sino con amor y compasión. Aunque su pueblo rechazaba a Cristo, él deseaba sinceramente que recibiera la salvación y oraba por ello. El versículo anima a responder con oración y esperanza cuando familiares o amigos todavía no comparten la fe cristiana.
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El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Hermanos, el deseo de mi corazón y mi oración a Dios por Israel es que sean salvos.
2 Porque doy testimonio de ellos de que tienen celo de Dios, pero no conforme al conocimiento.
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El propósito de Pablo en esta parte del capítulo es mostrar la gran diferencia entre la justicia basada en la ley y la justicia basada en la fe, y cuánto mejor es la justicia que viene por la fe. Quiere persuadir a los judíos de que crean en Cristo, poner al descubierto el pecado y la insensatez de quienes lo rechazaron, y mostrar que Dios tiene razón al rechazar a quienes persisten en ese camino (Romanos 10:1, 2). Aquí Pablo también muestra su profundo afecto por los judíos y explica por qué se siente así.
Primero, expresa un buen deseo: que sean salvos (Romanos 10:1). Se refiere a que sean salvos de la ruina y la destrucción que les sobrevendrían en esta vida, y de la ira venidera de Dios, es decir, del juicio eterno. Este deseo también da por sentado que llegarían a convencerse y a volverse a Cristo, porque Pablo no podía orar con fe por su salvación mientras ellos siguieran aferrados a la incredulidad. Pablo predicaba contra sus errores, pero también oraba por ellos. En eso se parecía a Dios, quien no quiere que nadie perezca, sino que todos se vuelvan a él y vivan (2 Pedro 3:9).
Pablo dice que este era el deseo de su corazón y su oración. Eso muestra cuán intenso y genuino era su anhelo. No era un deseo superficial ni una expresión amable hecha solo por apariencia, como las que muchas personas pronuncian sin sentirlas realmente. Estaba en su corazón antes de convertirse en oración. La oración verdadera comienza con un anhelo real en el alma. Pero Pablo también llevó ese deseo delante de Dios. Un deseo todavía no es oración hasta que se presenta ante Dios. Simplemente desear algo no es lo mismo que orar por ello.
Segundo, Pablo da un buen testimonio acerca de ellos, y esta es otra razón de su deseo (Romanos 10:2). Dice: «Puedo dar testimonio de que tienen celo por Dios». Los judíos incrédulos estaban entre los enemigos más encarnizados de Pablo; aun así, él habla de ellos con toda la justicia y verdad posibles. Debemos hablar de los demás hasta donde la verdad lo permita, incluso de nuestros peores enemigos. El amor nos enseña a pensar lo mejor que podamos de las personas y a juzgar sus palabras y acciones de la manera más bondadosa y justa posible. Pablo reconoce lo bueno que hay en ellos, aunque están gravemente equivocados.
Tenían celo por Dios, pero era un celo ciego. Su oposición al evangelio surgía de su respeto por la ley, que sabían que provenía de Dios. Sin embargo, el celo puede estar profundamente equivocado cuando no lo guía la verdad. Los judíos odiaban al pueblo y a los ministros de Cristo, los expulsaban e incluso los mataban, mientras decían: «Que el Señor sea glorificado» (Isaías 66:5). Hasta pensaban que estaban prestando un servicio a Dios (Juan 16:2).
Luego Pablo muestra el error mortal que los arruinó. Su celo no estaba basado en el conocimiento. Dios sí les había dado la ley que defendían, pero ellos debían haber entendido que la llegada del Mesías prometido significaba que el antiguo orden de la ley había llegado a su meta. Cristo estableció una nueva manera de adorar, y la forma anterior debía cederle el lugar. Él demostró que era el Hijo de Dios y dio pruebas claras de que era el Mesías. Sin embargo, ellos se negaron a reconocerlo y no quisieron confesarlo. Cerraron los ojos ante la luz, y por eso su celo por la ley se convirtió en un celo ciego.
Esto se ve aún más en Romanos 10:3. No se sometieron a la justicia de Dios; es decir, no aceptaron las condiciones del evangelio ni recibieron el regalo de ser considerados justos ante Dios por medio de la fe en Cristo. La incredulidad es negarse a someterse a la manera de Dios de hacer justas a las personas. La verdadera fe siempre incluye sumisión. Por eso, la primera lección de Cristo es negarnos a nosotros mismos. Para los corazones orgullosos es difícil aceptar la gracia gratuita y reconocer que la necesitan.
Su incredulidad tenía dos causas principales. Primero, ignoraban la justicia de Dios. No comprendían la justicia estricta de Dios al aborrecer el pecado, castigarlo y exigir que se pagara plenamente la culpa del pecado. No reflexionaban lo suficiente en su necesidad de una justicia que pudiera llevarlos a salvo ante Dios. Si lo hubieran entendido, jamás se habrían resistido a la oferta del evangelio ni habrían esperado ser justificados por sus propias obras. También ignoraban la manera de Dios de justificar, la forma que él había establecido y revelado por medio de Jesucristo. No la conocían porque no querían conocerla. Cerraron los ojos ante la luz y prefirieron las tinieblas.
Segundo, se sentían orgullosos de su propia justicia. Intentaban establecer una justicia propia, formada por sus propias ideas y esfuerzos. Confiaban en el valor de sus obras y en el cumplimiento cuidadoso de la ley ceremonial. Pensaban que no necesitaban el mérito de Cristo, así que dependían de su propia obediencia como si fuera suficiente para hacerlos justos ante Dios. Pablo no podía hablar de esa manera. Había aprendido a rechazar toda dependencia de su propia justicia (Filipenses 3:9). El fariseo de la parábola de Jesús ofrece un ejemplo claro de este orgullo (Lucas 18:10, 11).
Pablo muestra después cuán insensato era este error. No tenía sentido seguir buscando la justicia por medio de las obras de la ley después de que Cristo había venido y había establecido una justicia eterna. La ley siempre tuvo como propósito conducir a las personas a Cristo (Romanos 10:4). La ley moral debía mostrar la herida, y la ley ceremonial debía señalar el remedio. Pero Cristo es la meta de ambas. El propósito de la ley era dirigir a las personas hacia él para recibir justicia.
Cristo es el fin de la ley ceremonial porque él es su cumplimiento. Cuando llega la realidad, la sombra desaparece. Los sacrificios, las ofrendas y los lavamientos del Antiguo Testamento apuntaban hacia Cristo. Su incapacidad para quitar el pecado mostraba la necesidad de un sacrificio verdadero que pudiera quitarlo de una vez y para siempre. Cristo también es el fin de la ley moral en el sentido de que hizo lo que la ley no podía hacer (Romanos 8:3) y cumplió su gran propósito. La ley tenía como meta llevar a las personas a una obediencia perfecta y, de ese modo, a la justificación, es decir, a ser declaradas justas ante Dios.
Debido al poder del pecado y a nuestra naturaleza corrupta, ese camino ahora es imposible para nosotros. Pero Cristo cumplió la exigencia de la ley por medio de su muerte, de modo que se alcanzó la meta y fuimos llevados a otra manera de ser justificados. Cristo es el fin de la ley para justicia, es decir, para justificación, de todo aquel que cree. Cuando creemos —cuando aceptamos humildemente las condiciones del evangelio— participamos de la satisfacción que Cristo ofreció por el pecado. Entonces somos justificados, es decir, declarados justos ante Dios, por medio de la redención que se encuentra en Jesús.
Pablo muestra después la grandeza del evangelio por encima de la ley al comparar ambas cosas. ¿En qué consiste la justicia que proviene de la ley? Lo explica en Romanos 10:5. Su mensaje es: «Haz esto y vivirás». Aunque la ley apunta hacia una justicia mejor en Cristo, por sí sola no ofrece ninguna justicia que pueda justificar a una persona, excepto la obediencia perfecta. Pablo respalda esto con Levítico 18:5: «Cumplan mis estatutos y decretos; quien los cumpla vivirá por ellos». También se refiere a Gálatas 3:12: «La persona que haga estas cosas vivirá por ellas».
Esta vida significa más que la vida en la tierra de Canaán, la tierra prometida a Israel. Canaán era una imagen del cielo. La obediencia exigida por la ley tenía que ser completa y sin pecado, sin quebrantar en absoluto ningún mandamiento de Dios. La ley dada en el monte Sinaí no era un pacto de obras puro, es decir, un sistema que prometiera la vida únicamente a cambio de una obediencia perfecta. Si lo hubiera sido, nadie habría podido salvarse durante ese período. Aun así, Dios la dio con buena parte de la severidad y el temor propios del pacto de obras, para que llevara a las personas a Cristo y hiciera más bienvenida la promesa del pacto de gracia.
Qué insensato era, entonces, que los judíos se aferraran con tanta fuerza a este camino difícil para buscar la justificación y la salvación, especialmente cuando el pecado había hecho imposible ese camino y se había abierto una senda nueva y viva. Pablo describe después la justicia que viene por la fe en Romanos 10:6 y los versículos siguientes. Lo hace usando las palabras de Moisés en Deuteronomio, el «segundo libro de la ley», que presenta una imagen más clara de Cristo y del evangelio que la primera entrega de la ley.
A partir de Deuteronomio 30:11-14, Pablo muestra primero que este camino no es difícil ni inaccesible. El camino de la justificación y la salvación no contiene ningún misterio profundo ni exige una tarea imposible que deba desanimarnos. Como dijo Isaías, es una calzada (Isaías 35:8). No se nos pide subir al cielo para encontrarlo ni bajar a las profundidades para alcanzarlo.
No necesitamos ir al cielo para buscar sus registros ni descubrir el consejo secreto de Dios. Cristo está en el cielo, pero no necesitamos ir allí para hacerlo descender y obtener nuestra salvación. Tampoco necesitamos bajar a las profundidades para hacer subir a Cristo de entre los muertos. Esto muestra que el descenso de Cristo a las profundidades, o al lugar de los muertos, significa sencillamente que entró en el estado de los muertos, como lo prefiguró la experiencia de Jonás. Cristo estuvo en la tumba y ahora está en el cielo, pero no necesitamos enredarnos en dificultades imaginarias ni convertir la salvación en algo imposible. Dios no puso la salvación lejos de nosotros.
La verdad es muy clara y está cerca: «La palabra está cerca de ti». Cuando hablamos de ver a Cristo, recibir a Cristo o alimentarnos de Cristo, no nos referimos a Cristo en el cielo ni a Cristo en lo profundo. Nos referimos a Cristo ofrecido en la promesa y puesto delante de nosotros en la palabra. Cristo está cerca porque la palabra está cerca. Está en nuestra boca y en nuestro corazón, de modo que no hay gran dificultad para entenderla, creerla o reconocerla abiertamente. La obra que debemos realizar está dentro de nosotros. El reino de Dios está dentro de nosotros (Lucas 17:21). De ahí debemos obtener nuestra certeza, no de los registros del cielo. La promesa dice que estará en nuestra boca y en nuestro corazón (Isaías 59:21; Jeremías 31:33).
Dios ya ha hecho lo que era necesario hacer por nosotros. Cristo descendió del cielo, así que no necesitamos hacerlo venir. Resucitó de entre los muertos, así que no necesitamos esforzarnos para hacerlo subir. Lo que queda es una obra dentro de nosotros, y ahí debe estar nuestra atención: en nuestro corazón y en nuestra boca.
Bajo la ley, las personas tenían que hacerlo todo por sí mismas: «Haz esto y vivirás». Pero el evangelio muestra que la mayor parte de la obra ya está terminada. Lo que queda se presenta de manera breve y clara en la justicia, y la salvación se ofrece en términos muy claros y sencillos, acercada a nosotros por medio de la palabra. Está en nuestra boca porque la leemos diariamente. Está en nuestro corazón porque estamos, o deberíamos estar, pensando en ella cada día. Esta es la «palabra de fe», la promesa del evangelio. Se llama así porque la fe es su tema, porque enseña la fe y porque es el medio habitual por el cual la fe obra en nosotros.
¿Cuál es esta palabra de fe? Pablo presenta su contenido en Romanos 10:9-10, donde se encuentra el corazón del evangelio, y lo expresa con suficiente claridad. En primer lugar, promete: «Serás salvo». El evangelio ofrece salvación: salvación de la culpa y de la ira, salvación del alma, salvación eterna; la salvación que Cristo trae como Salvador completo y perfecto.
En segundo lugar, establece las condiciones. Para la salvación se requieren dos cosas. Una es confesar al Señor Jesús: reconocer abiertamente que le pertenecemos y que dependemos de él como nuestro Rey y Salvador. Esto significa identificarnos con el cristianismo delante del mundo, sin importar sus tentaciones o amenazas, y permanecer al lado de Cristo en toda circunstancia. Nuestro Señor dio mucha importancia a confesarlo delante de las personas (Mateo 10:32-33). Esta confesión nace de muchas virtudes y demuestra verdadero dominio propio, amor por Cristo, desprecio por el mundo, valor y firmeza constante. Era especialmente costosa en la iglesia primitiva, cuando confesar a Cristo podía hacerle perder a una persona sus bienes, su honor, sus oportunidades, su libertad, su vida y todo lo que apreciaba en este mundo.
El otro requisito es creer de corazón que Dios lo levantó de entre los muertos. Una declaración verbal de fe, si el corazón no cree verdaderamente, no es más que una apariencia vacía. La raíz de la fe debe ser un asentimiento sincero al mensaje del evangelio acerca de Cristo, especialmente a su resurrección. Esa resurrección es la verdad principal de la fe cristiana, porque por medio de ella Cristo fue declarado Hijo de Dios con poder, y Dios dio una prueba clara de que aceptaba la expiación que Cristo había realizado por el pecado.
Pablo explica esto con mayor detalle en Romanos 10:10 e invierte el orden, porque la fe en el corazón debe venir antes de una confesión aceptable con la boca. La fe ocurre en el corazón. Esto significa más que estar de acuerdo mentalmente. Incluye también la voluntad: un consentimiento sincero, interior, de todo corazón y firme.
No es una fe verdadera si no procede del corazón. Esa fe conduce a la justicia. Está la justicia de la justificación, que significa ser considerados justos delante de Dios, y la justicia de la santificación, que significa ser hechos santos en la vida. La fe participa en ambas. Es la condición de nuestra justificación (Romanos 5:1), y también es la raíz y la fuente de nuestra santificación. La fe inicia esa obra santa y, por medio de la fe, esa obra continúa (Hechos 15:9).
La confesión de la fe se expresa con la boca. Esto incluye confesar a Dios en la oración y en la alabanza (Romanos 15:6), y confesarlo delante de las personas al reconocer abiertamente sus caminos, especialmente cuando se nos llama a hacerlo en tiempos de persecución. Es apropiado que Dios sea honrado con la boca, puesto que él hizo la boca humana (Éxodo 4:11). En esos momentos, ha prometido darles a sus fieles las palabras y la sabiduría necesarias (Lucas 21:15). También forma parte del honor de Cristo que toda lengua lo confiese (Filipenses 2:11). Se dice que esta confesión conduce a la salvación porque cumple la condición de esa promesa: «A cualquiera que me reconozca delante de los demás, yo también lo reconoceré delante de mi Padre» (Mateo 10:32).
La justificación por la fe establece el fundamento de nuestro derecho a la salvación. Después, la confesión se edifica sobre ese fundamento y, finalmente, nos lleva a recibir plenamente lo que fue prometido. Aquí tenemos, entonces, un breve resumen de las condiciones de la salvación, y son completamente razonables. En resumen, debemos entregarnos a Dios en alma y cuerpo: el alma, creyendo con el corazón, y el cuerpo, confesando con la boca. Haz esto y vivirás.
Por eso, en Romanos 10:11, Pablo cita Isaías 28:16: «Todo el que cree en él no será avergonzado». Esto significa, en primer lugar, que no se avergonzará de reconocer al Cristo en quien confía. Quien cree de corazón no tendrá vergüenza de confesarlo con la boca. La vergüenza pecaminosa es lo que lleva a las personas a negar a Cristo (Marcos 8:38). La expresión «el que cree no se apresurará» significa que no huirá del sufrimiento que pueda acompañar el cumplimiento de su deber ni se avergonzará de una fe que el mundo desprecia.
En segundo lugar, no se avergonzará de su esperanza en Cristo. No quedará decepcionado al final. Es nuestro deber no avergonzarnos de nuestra fe en Cristo, y es nuestro privilegio saber que nunca tendremos que avergonzarnos de ella. Quien confía plenamente en el Señor Jesús jamás tendrá motivos para lamentar haberlo hecho.
Perspectivas de IA cristiana
Romanos 10:1 nace de un corazón profundamente conmovido. Pablo no habla de Israel con desprecio ni con distancia; expresa un deseo y una oración. Hay dolor por quienes considera alejados de la salvación, pero ese … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
Romanos 10:1 nace de un corazón profundamente conmovido. Pablo no habla de Israel con desprecio ni con distancia; expresa un deseo y una oración. Hay dolor por quienes considera alejados de la salvación, pero ese dolor no se convierte en condena. Se vuelve intercesión, una manera humilde de llevar a Dios la preocupación por otros. Este versículo revela que la fe puede sostener una esperanza tierna aun cuando la realidad parezca difícil. La salvación no se presenta como un logro humano ni como algo que pueda imponerse por presión. Es una obra que se pide delante de Dios, con reverencia y paciencia. Por eso, el anhelo espiritual necesita estar acompañado de amor genuino: no basta tener razón si se pierde la compasión por las personas. También hay aquí un lenguaje de familia: “Hermanos”. Pablo habla desde un vínculo, no desde superioridad. El pasaje invita a reconocer que detrás de muchas discusiones religiosas existen nombres, historias y heridas reales. La preocupación por otros puede conservar su profundidad sin volverse dureza. En la presencia de Dios, el deseo de bien para alguien encuentra una forma más limpia: esperanza que ora, amor que no humilla y confianza que deja el resultado en Sus manos.
En Romanos 10:1, Pablo expresa una preocupación profundamente espiritual y afectiva: desea que Israel sea salvo y convierte ese deseo en oración. La frase «hermanos» muestra que, aunque está defendiendo su mensaje frente a la … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
En Romanos 10:1, Pablo expresa una preocupación profundamente espiritual y afectiva: desea que Israel sea salvo y convierte ese deseo en oración. La frase «hermanos» muestra que, aunque está defendiendo su mensaje frente a la incredulidad de muchos israelitas, no habla con desprecio ni hostilidad. Su análisis teológico nace del amor, no de la superioridad. El contexto es importante. En Romanos 9–11, Pablo reflexiona sobre la relación de Israel con las promesas de Dios y sobre la manera en que la salvación se recibe por medio de la fe en Cristo. El versículo 1, por sí solo, no explica todavía qué entiende Pablo por «salvos» ni desarrolla toda su argumentación; pero sí revela la prioridad de su corazón: la salvación de otros debe importar lo suficiente como para producir oración perseverante. La distinción clave es entre reconocer un problema doctrinal y condenar a las personas que lo enfrentan. Pablo no niega la seriedad de la incredulidad, pero tampoco permite que la corrección elimine la compasión. El texto presenta una espiritualidad en la que verdad y amor permanecen unidos: la convicción teológica se expresa mediante intercesión, y la esperanza se dirige a Dios.
Romanos 10:1 muestra que la preocupación espiritual verdadera nace del amor, no del desprecio. Pablo no habla de Israel como un caso perdido ni convierte su desacuerdo en una excusa para condenarlo. Expresa un deseo … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
Romanos 10:1 muestra que la preocupación espiritual verdadera nace del amor, no del desprecio. Pablo no habla de Israel como un caso perdido ni convierte su desacuerdo en una excusa para condenarlo. Expresa un deseo profundo y lo lleva delante de Dios en oración: quiere que sean salvos. Hay aquí una conexión importante entre el corazón y la conducta. Es posible tener razón en una discusión y, aun así, tratar a las personas con dureza. También es posible hablar mucho de fe sin cargar genuinamente con el bien de quienes piensan distinto. Pablo une convicción, compasión y dependencia de Dios. La oración no aparece como una manera de evitar toda responsabilidad, sino como el primer lugar donde se ordenan las motivaciones. Antes de corregir, debatir o intentar convencer, hace falta examinar si existe amor real por la persona. La salvación tampoco se presenta como un proyecto humano que pueda forzarse; sigue siendo una obra que se pide a Dios. En la vida cotidiana, este versículo invita a reemplazar la frustración por intercesión sincera y a sostener la verdad sin perder la ternura. Lo práctico también puede ser sabio: un corazón que ora aprende a hablar y actuar de otra manera.
En Romanos 10:1, Pablo deja ver que la verdad teológica nunca está separada del amor. Habla de Israel, un pueblo cercano a su corazón, y expresa dos movimientos inseparables: «el deseo de mi corazón» y … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
En Romanos 10:1, Pablo deja ver que la verdad teológica nunca está separada del amor. Habla de Israel, un pueblo cercano a su corazón, y expresa dos movimientos inseparables: «el deseo de mi corazón» y «mi oración a Dios». La salvación no aparece aquí como una idea que se defiende desde lejos, sino como una esperanza que toca profundamente a las personas y las lleva ante Dios. También hay una humildad importante. Pablo no presenta su preocupación como superioridad espiritual ni convierte la diferencia religiosa en desprecio. Llora, anhela y ora. Reconoce que el destino eterno pertenece a Dios, mientras que su responsabilidad consiste en amar con sinceridad y permanecer fiel a la verdad que ha recibido. Este versículo enseña que la oración madura puede contener dolor sin volverse desesperación, y convicción sin volverse arrogancia. El corazón de Pablo no busca ganar una discusión, sino que otros encuentren la vida de Dios. En esa tensión se forma una vocación genuina: sostener a las personas delante del Señor, aun cuando la respuesta no sea inmediata. La eternidad cambia el peso del presente, pero también purifica la manera de hablar de ella.
Aplicación para la restauración de la salud
Romanos 10:1 expresa un deseo profundo por el bienestar espiritual de otras personas y una oración confiada a Dios: “Hermanos, el deseo de mi corazón y mi oración a Dios por Israel es que sean salvos”. Este versículo muestra que la compasión puede convertirse en una respuesta saludable, pero no en una responsabilidad de controlar las decisiones o el proceso de alguien más.
En la salud mental, preocuparse por un ser querido puede traer ansiedad, culpa, tristeza o agotamiento, especialmente cuando hay depresión, trauma, adicciones o conflictos familiares. La fe puede sostener la esperanza sin negar la realidad ni exigir resultados inmediatos. La oración puede acompañarse de acciones concretas: escuchar sin juzgar, respetar límites, ofrecer ayuda práctica y animar a buscar atención profesional cuando sea necesario.
También es importante reconocer las propias emociones y necesidades. Dormir de manera regular, respirar lentamente, mantener contacto con personas de confianza y consultar con un terapeuta pueden fortalecer la capacidad de acompañar sin perder estabilidad. La salvación y la sanidad emocional no se producen por presión humana. Este texto invita a una compasión perseverante, humilde y respetuosa, que deja espacio para la libertad, el tiempo y la obra de Dios.
Aplicaciones erróneas comunes que debes evitar
Romanos 10:1 expresa el anhelo compasivo de Pablo por Israel; no autoriza a presionar, avergonzar o controlar a nadie para que adopte una creencia. Es dañino usar este versículo para afirmar que una enfermedad mental, un trauma, una crisis de fe o una dificultad emocional demuestran falta de salvación. Tampoco debe emplearse para justificar abuso espiritual, ignorar límites, reemplazar tratamiento clínico o presentar la oración como garantía de recuperación inmediata. La positividad tóxica y la evasión espiritual pueden silenciar el dolor con frases religiosas en vez de ofrecer escucha y ayuda concreta. Cuando hay síntomas persistentes, trauma, deterioro en el funcionamiento, riesgo de autolesión o pensamientos suicidas, se necesita apoyo de un profesional de salud mental con licencia; la fe puede acompañar, pero no sustituye esa atención. En una emergencia en EE. UU., puede llamarse o enviarse mensaje al 988; ante peligro inmediato, al 911.
Preguntas frecuentes
¿Por qué es importante Romanos 10:1?
¿Qué significa Romanos 10:1?
¿Cuál es el contexto de Romanos 10:1?
¿Cómo puedo aplicar Romanos 10:1 a mi vida?
¿Qué enseña Romanos 10:1 sobre la oración por otras personas?
De este capítulo
Romanos 10:2
"Porque doy testimonio de ellos de que tienen celo de Dios, pero no conforme al conocimiento."
Romanos 10:3
"Porque, ignorando la justicia de Dios y procurando establecer su propia justicia, no se han sometido a la justicia de Dios."
Romanos 10:4
"Porque Cristo es el fin de la ley para justicia de todo el que cree."
Romanos 10:5
"Porque Moisés describe la justicia que procede de la ley: «El hombre que haga esas cosas vivirá por ellas»."
Romanos 10:6
"Pero la justicia que procede de la fe habla de esta manera: «No digas en tu corazón: “¿Quién subirá al cielo?”» (esto es, para hacer bajar a Cristo desde arriba)."
Romanos 10:7
"O: «¿Quién descenderá al abismo?» (esto es, para hacer subir de nuevo a Cristo de entre los muertos)."
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