Versículo destacado
Salmos 88:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Oh SEÑOR, Dios de mi salvación, he clamado día y noche delante de ti. "
Salmos 88:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Oh SEÑOR, Dios de mi salvación, he clamado día y noche delante de ti.
2 Que mi oración llegue ante ti; inclina tu oído hacia mi clamor.
3 Porque mi alma está llena de angustias, y mi vida se acerca al sepulcro.
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Por los títulos de este salmo y del siguiente, parece que Hemán escribió uno y Etán el otro. Hubo dos hombres llamados Hemán y Etán entre los hijos de Zera, hijo de Judá (1 Crónicas 2:4, 1 Crónicas 2:6). También hubo otros dos conocidos por su gran sabiduría, y se dijo que Salomón era más sabio que Hemán y Etán (1 Reyes 4:31). No sabemos con certeza si los cantores levitas llamados Hemán y Etán fueron esos mismos hombres, ni si alguno de ellos escribió estos salmos.
Hubo un Hemán que era uno de los principales cantores y al que se llamó vidente del rey, es decir, profeta que comunicaba las palabras de Dios (1 Crónicas 25:5). Es probable que este Hemán también tuviera discernimiento espiritual, pero aun así no encontraba consuelo para sí mismo. Podía guiar y animar a otros y, al mismo tiempo, sentirse excluido del consuelo. Las primeras palabras de este salmo son las únicas palabras de consuelo que contiene; todo lo demás es nube y oscuridad. Sin embargo, antes de comenzar su lamento, llama a Dios «el Dios de mi salvación». Esto muestra que esperaba ser rescatado aun en un tiempo muy oscuro y que dependía de Dios para lograrlo.
Aquí vemos al salmista como un hombre de oración. Oraba en todo tiempo, pero especialmente en el sufrimiento, porque quien está afligido debe orar. Su consuelo era haber orado, y su dolor consistía en seguir afligido aun después de hacerlo. Oraba con fervor: decía que clamaba a Dios y que extendía sus manos hacia él (Salmos 88:1, Salmos 88:9). La imagen es la de un hombre que intenta alcanzar a Dios, como si quisiera aferrarse a su misericordia y temiera no recibirla.
También era constante en la oración. Dice que invocaba a Dios cada día, sí, de día y de noche (Salmos 88:9, Salmos 88:1). Así debemos orar siempre y no desanimarnos. El pueblo escogido de Dios clama a él de día y de noche, comienza y termina cada día con oración y lo llena de oración. Eso significa orar continuamente. La oración se practica bien cuando perseveramos en ella.
Además, dirigía su oración a Dios y quería recibir de él la respuesta. Dice: «Llegue mi oración delante de ti» (Salmos 88:2). No quería ser visto por la gente, como los fariseos que oraban para llamar la atención. Quería que Dios aceptara su oración. Estaba dispuesto a dejar la respuesta en las manos de Dios, como si dijera: «Señor, escucha mi clamor y respóndeme como tú quieras».
El salmista también era un hombre lleno de tristeza, y algunos lo han considerado aquí una imagen de Cristo, cuyos clamores en el sufrimiento reflejan con frecuencia un tono semejante. Dice: «Mi alma está llena de angustias» (Salmos 88:3). Cristo dijo: «Ahora está turbada mi alma» y, durante su agonía: «Mi alma está muy triste, hasta la muerte». El salmista también dice: «Mi vida está cercana al sepulcro». Hemán era sabio, bueno, un hombre de Dios y cantor, de modo que esperaríamos verlo alegre. Sin embargo, aquí aparece profundamente turbado en su interior y cerca de la desesperación. La angustia interior suele ser la más dolorosa, y aun los mejores siervos de Dios la han sentido con intensidad. Ningún espíritu humano puede soportar siempre su propia debilidad; un espíritu herido puede resultar insoportable.
También se veía como un hombre moribundo, con el corazón a punto de quebrarse por la tristeza (Salmos 88:5). Dice que está «libre entre los muertos», como si ya perteneciera a esa compañía sombría, tendido en el sepulcro junto con los asesinados. En esa imagen, ya nadie se fija en ellos ni se preocupa por ellos. Parecen olvidados, entregados a la corrupción y a los gusanos. Están separados de la mano de Dios, la mano que antes los sostenía y se extendía hacia ellos. Ahora se encuentran más allá de toda ayuda humana, y el versículo habla como si Dios lo hubiera puesto en lo más profundo de la fosa, en tinieblas y en lo profundo (Salmos 88:6). Se siente hundido hasta el fondo mismo, sin ver ninguna salida y dispuesto a pensar que todo está perdido.
Las personas buenas pueden sufrir profundamente y también pueden formarse pensamientos muy oscuros acerca de su sufrimiento y de lo que les espera. Esto puede suceder por el peso de la tristeza y por la debilidad de la fe. El salmista se quejaba sobre todo del desagrado de Dios, porque eso amargaba todos los demás dolores. Dice: «Tu ira pesa sobre mí» (Salmos 88:7). Si hubiera percibido el favor de Dios en medio de su sufrimiento, este le habría parecido más ligero. Pero, en cambio, sentía que la ira divina lo oprimía con gran peso y que estaba a punto de desmayar.
Le parecía que el peso de esa ira llegaba desde Dios en oleadas, una tras otra. Apenas lograba recuperarse de un pensamiento oscuro cuando otro volvía a derribarlo. Esas olas llegaban con fuerza y estruendo. Dice que todas las ondas de Dios se levantaban contra él para afligirlo y humillarlo. A veces, incluso los hijos amados de Dios pueden pensar que son hijos de ira. Ninguna dificultad externa puede pesar tanto sobre ellos como ese pensamiento.
Su dolor también aumentaba porque sus amigos se habían alejado de él y lo trataban como a un extraño. Cuando sufrimos, ayuda tener cerca a personas que nos amen y se compadezcan de nosotros. Pero este hombre bueno no tenía nada de eso. No los acusa de traición, ingratitud ni crueldad. En vez de hacerlo, se queja ante Dios y reconoce su mano en lo ocurrido: «Has alejado de mí a mis conocidos» (Salmos 88:8). La providencia los había apartado, los había hecho incapaces de ayudar o había vuelto sus corazones contra él. Toda criatura es para nosotros aquello que Dios permite que sea.
Si los amigos de antes se distancian y quienes esperábamos que fueran amables se vuelven contra nosotros, debemos soportarlo con la misma sumisión paciente a la voluntad de Dios que mostramos ante las demás aflicciones (Job 19:13). De hecho, sus amigos no solo se habían alejado, sino que incluso lo aborrecían porque era pobre y estaba angustiado. «Me has hecho repulsivo para ellos», dice. No eran simplemente indiferentes; su presencia les causaba rechazo. Lo miraban con desprecio y repugnancia. Nadie debe considerar extraño un sufrimiento así, pues hasta Hemán, famoso por su sabiduría, fue abandonado por el mundo cuando este se volvió contra él, como un objeto que ya nadie valora.
Veía su situación como desesperada y miserable: «Estoy encerrado y no puedo salir». Se sentía como un prisionero retenido bajo el juicio airado de Dios, sin ninguna manera de escapar. Así que permanece tendido bajo sus aflicciones y se rinde ante ellas, porque no logra ver una posibilidad real de liberarse.
Dice lo mismo en Salmos 88:9: «Mis ojos se debilitan a causa de mi aflicción». A veces, clamar puede traer cierto alivio al corazón herido. Pero las lágrimas no deben detener la oración. Hay que sembrar con lágrimas y seguir orando: «Mis ojos se entristecen, pero clamo a ti cada día». Las oraciones y las lágrimas deben ir juntas, y Dios recibirá ambas. «He escuchado tu oración; he visto tus lágrimas».
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De este capítulo
Salmos 88:2
"Que mi oración llegue ante ti; inclina tu oído hacia mi clamor."
Salmos 88:3
"Porque mi alma está llena de angustias, y mi vida se acerca al sepulcro."
Salmos 88:4
"Soy contado entre los que descienden a la fosa; soy como un hombre sin fuerzas."
Salmos 88:5
"Libre entre los muertos, como los caídos que yacen en el sepulcro, a quienes ya no recuerdas y que están separados de tu mano."
Salmos 88:6
"Me has puesto en la fosa más profunda, en tinieblas, en las profundidades."
Salmos 88:7
"Tu ira pesa sobre mí, y me has afligido con todas tus olas. Selah."
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