Versículo destacado

Salmos 86:8 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entre los dioses no hay ninguno como tú, oh Señor, ni hay obras como tus obras. "

Salmos 86:8

menu_book El versículo en contexto

6 Escucha, oh SEÑOR, mi oración, y atiende a la voz de mis súplicas.

7 En el día de mi angustia clamaré a ti, porque tú me responderás.

8 Entre los dioses no hay ninguno como tú, oh Señor, ni hay obras como tus obras.

9 Todas las naciones que hiciste vendrán y adorarán delante de ti, oh Señor, y glorificarán tu nombre.

10 Porque tú eres grande y haces maravillas; solo tú eres Dios.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

David continúa aquí con su oración. Primero le da gloria a Dios, porque nuestras oraciones también deben ser alabanza. Debemos honrar el reino, el poder y la gloria de Dios con profunda humildad y reverencia.

Alaba a Dios porque no tiene igual. No hay nadie como el Señor, ni nada puede compararse con él (Salmo 86:8). Entre los falsos dioses que adoraban las naciones, entre los ángeles y entre los reyes de la tierra, nadie es como él. Nadie es tan sabio, fuerte ni bueno. Sus obras también lo demuestran, porque no hay obras como las suyas. La mejor manera de alabar a Dios es reconocer que nadie es como él.

También alaba a Dios como la fuente de toda vida y el centro de toda alabanza (Salmo 86:9). Dios hizo a todas las naciones, y todas las personas provienen de él y dependen de él para vivir. Por eso, las naciones vendrán a adorarlo delante de él y glorificarán su nombre. Esto se vio parcialmente en las muchas personas que se unieron a la fe judía durante los días de David y Salomón. Pero se cumpliría plenamente en los días del Mesías, cuando personas de todo reino y nación serían reunidas para alabar a Dios (Apocalipsis 7:9). Dios hizo a todas las naciones por medio de Cristo, porque sin él no se hizo nada de lo que ha sido hecho. Por medio de Cristo, y mediante el poder de su evangelio y su gracia, todas las naciones serán llevadas a adorar a Dios (Isaías 66:23).

También alaba a Dios como infinitamente grande (Salmo 86:10). Todas las naciones deben adorarlo porque él es el Rey sobre todas ellas. Su gobierno es completo y no puede ser desafiado. Su majestad inspira reverencia, su poder alcanza todas partes, sus riquezas nunca se agotan y su autoridad no tiene límites. Lo demuestra al hacer maravillas que todas las naciones admiran. Estas obras deben llevar a las personas a reconocer que solo él es Dios, que no hay nadie como él ni otro fuera de él. Debemos tener pensamientos elevados de este gran Dios y llenarnos de asombro santo ante el Dios que hace milagros. Solo él debe ocupar nuestro corazón, porque solo él es Dios.

También alaba a Dios como infinitamente bueno. Las personas son malas, muy perversas y corruptas (Salmo 86:14), así que no se puede esperar misericordia de ellas. Pero el Señor es un Dios lleno de compasión y gracia (Salmo 86:15). Esta es la parte de su carácter que dio a conocer en su nombre, y por eso también es lo que nosotros debemos proclamar (Éxodo 34:6-7). Su bondad cubre todas sus obras, y eso debe llenar toda nuestra alabanza. Esta también es nuestra esperanza en un mundo cruel, porque, sin importar cómo sean las personas, Dios es bueno. Las personas son duras, pero Dios es misericordioso. Las personas no son confiables, pero Dios es fiel. Él no solo es compasivo, sino que está lleno de compasión; en él, la misericordia triunfa sobre el juicio. Es paciente con nosotros, aun cuando seguimos ofendiéndolo, y es rico en misericordia y verdad: fiel para cumplir lo que prometió, así como prometió libremente.

Finalmente, David alaba a Dios como un amigo bondadoso y un ayudador generoso para él mismo. Debemos alabar a Dios por lo que él es en sí mismo, pero sentimos su bondad con mayor profundidad cuando vemos lo bueno que ha sido con nosotros. David se detiene en esto con especial alegría en Salmos 86:12-13. Había dicho que todas las naciones alabarían a Dios y glorificarían su nombre. Para una persona piadosa es un consuelo saber que otros alabarán a Dios, pero su mayor interés y alegría es hacerlo ella misma. Sin importar lo que hagan los demás, David dice: «Yo te alabaré, Señor mi Dios». No ve al Señor solamente como Dios en general, sino como su propio Dios. Lo alabará con todo su corazón: con disposición y entrega completa, con alegría y sinceridad, procurando honrar a Dios. Glorificará el nombre de Dios, no por poco tiempo, sino para siempre. Se propone hacerlo mientras viva y espera alabarlo por toda la eternidad.

David tiene buenas razones para alabar a Dios de esta manera, porque Dios le ha mostrado una misericordia especial: «Grande es tu misericordia para conmigo». La misericordia de Dios siempre es abundante, y sus bendiciones son ricas más allá de toda medida. Cuando hablamos de la misericordia que Dios nos muestra, debemos exaltarla de esta manera. David da un ejemplo de esa misericordia: «Has librado mi alma de lo más profundo del sepulcro», es decir, de la muerte; de una muerte tan grande como la que menciona Pablo (2 Corintios 1:10), incluso de la muerte eterna, que algunos escritores judíos también entendían que se refería a esto. David sabía que, por su pecado con Urías, merecía ser rechazado para siempre y arrojado a lo más profundo del infierno. Pero Natán le dijo que el Señor había quitado su pecado, y por medio de esa palabra fue librado de lo más profundo del infierno. En esto, la misericordia de Dios hacia él fue grande.

Aun los santos más fieles deben a la misericordia de Dios, y no a sus propios méritos, el haber sido librados de lo más profundo del infierno. Esta verdad debe ensanchar mucho nuestro corazón para alabar la misericordia de Dios, que debemos glorificar para siempre. Un rescate tan grande de la miseria eterna merece justamente una alabanza eterna.

Luego David pasa a orar con fervor por misericordia y gracia. Se queja del odio constante e implacable de sus enemigos contra él (Salmo 86:14): «Señor, defiéndeme, porque son muchos los que están contra mí». Observa cómo son ellos. Eran hombres orgullosos que despreciaban al pobre David. Muchos se convierten en perseguidores por causa del orgullo. Eran hombres violentos que trataban de imponer su voluntad, tuvieran o no la razón. Algunos los consideran hombres aterradores, que hacían todo lo posible por atemorizar a quienes los rodeaban. David también nota cuántos eran: grupos de hombres poderosos que se reunían en consejos y tribunales, o personas comunes que se reunían en grupos; y, al estar unidos, podían hacer más daño.

También observa su hostilidad contra él. Se levantan abiertamente en rebelión. No solo planean el mal, sino que llevan a cabo sus planes hasta donde pueden. Su objetivo no es únicamente quitarlo del poder, sino destruirlo. Buscan su vida para matarlo e incluso procuran apoderarse de su alma para arruinarlo, si pudieran. Finalmente, nota cuán alejados están de Dios, y que esa es la raíz de su odio contra David. No han puesto a Dios delante de ellos. No se puede esperar nada bueno de quienes no temen a Dios. David le pide al Señor que se enfrente a ellos, porque son enemigos de Dios tanto como de él.

Luego su oración pide que la gracia de Dios obre en su propio corazón (Salmo 86:11). Le pide a Dios un corazón entendido, uno que sea enseñado y guiado en el cumplimiento de su deber. «Enséñame tu camino, Señor», dice; el camino que Dios le ha señalado para andar. Cuando no está seguro, le pide a Dios que le muestre claramente qué debe hacer y que le permita escuchar la voz que dice: «Este es el camino» (Isaías 30:21). David conocía bien las cosas de Dios, pero aun así sabía que necesitaba más instrucción. Muchas veces no podía confiar plenamente en su propio juicio. «Enséñame tu camino», dice, «y caminaré en tu verdad».

Alguien podría esperar que la oración dijera: «Enséñame tu verdad, y caminaré en tu camino». Pero, en realidad, ambas expresiones conducen a lo mismo. Dios nos enseña el camino de la verdad, y nosotros debemos decidir caminar por él (Salmo 119:30). Cristo es tanto el camino como la verdad, así que debemos aprender de Cristo y caminar en él. No podemos andar en el camino y la verdad de Dios a menos que él nos enseñe; y, si queremos que nos enseñe, debemos estar dispuestos a vivir conforme a lo que nos enseña (Isaías 2:3).

También pide un corazón íntegro: «Une mi corazón para que tema tu nombre». En otras palabras: «Hazme sincero en mi fe». El hipócrita tiene un corazón dividido, pero el salmista quiere que su corazón sea completo y esté plenamente entregado a Dios; no dividido entre Dios y el mundo, ni apartado de él. Nuestro corazón se desvía y dispersa fácilmente su atención entre muchas cosas, por lo que necesitamos la gracia de Dios para reunirlo y afirmarlo. Entonces podemos servir a Dios con todo lo que hay en nosotros, y aun eso no es demasiado para entregarlo a su servicio.

También ora pidiendo señales del favor de Dios de tres maneras. Primero, le pide a Dios que le hable de paz y consuelo. «Vuélvete hacia mí», dice, como alguien que es amado y cuidado. Sus enemigos se vuelven contra él y sus amigos se alejan, así que le pide al Señor que se vuelva hacia él y le muestre misericordia. Le daría consuelo saber que Dios se compadece de él.

Segundo, le pide a Dios que lo libre y lo mantenga a salvo. «Dame tu fuerza», dice; es decir: «Pon fuerza en mí para que pueda defenderme y usa tu fuerza a mi favor para salvarme de quienes quieren destruirme». Apela a su lugar en el servicio de Dios: «Yo soy tu siervo, y lo soy desde mi nacimiento, como hijo de tu sierva, nacido en tu casa. Por eso soy legítimamente tuyo y puedo esperar tu protección. Te pertenezco; así que sálvame». Los hijos de padres piadosos, que fueron dedicados al Señor desde pequeños, pueden presentar esta misma súplica. Si están bajo la disciplina de su familia, tienen derecho a disfrutar de sus privilegios.

En tercer lugar, le pide a Dios que le dé una señal clara de su favor. «Muéstrame una señal para bien», dice, «para que tanto los demás como yo podamos ver que me estás haciendo bien y que tienes preparado más bien para mí». Quiere señales claras e inconfundibles de la bondad de Dios, para que quienes lo odian las vean y se avergüencen de su odio.

Tendrán razones para avergonzarse cuando vean que el Señor lo ha ayudado y consolado, porque entonces sabrán que han estado luchando contra Dios: se han opuesto a alguien que le pertenece y han intentado, en vano, arruinar y afligir a quien Dios mismo ha tomado bajo su cuidado para ayudarlo y consolarlo. La alegría del pueblo de Dios se convertirá en la vergüenza de sus perseguidores.

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