Versículo destacado
Salmos 86:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Inclina tu oído, oh SEÑOR, y escúchame, porque soy pobre y necesitado. "
Salmos 86:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Inclina tu oído, oh SEÑOR, y escúchame, porque soy pobre y necesitado.
2 Guarda mi alma, porque soy santo; tú, Dios mío, salva a tu siervo, que confía en ti.
3 Ten misericordia de mí, oh Señor, porque clamo a ti cada día.
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Este salmo aparece señalado como una oración de David. Eso no significa que David cantara únicamente oraciones, sino que a menudo entretejía la oración en sus cantos. Un salmo puede expresar cualquier sentimiento santo, y este se caracteriza por un estilo muy sencillo. Tiene menos adornos poéticos que muchos otros salmos, porque el lenguaje ostentoso no es el adorno apropiado para la oración.
Primero podemos observar las peticiones que David presenta a Dios. A veces la oración puede enseñar, pero su propósito principal es hablar con Dios. Por eso este salmo es tan directo: «A ti, Señor, levanto mi alma» (Salmos 86:4). En cada parte de la oración, el alma debe elevarse hacia Dios por medio de la fe y del deseo santo, dispuesta a recibir su gracia y a esperar grandes cosas de él.
Lo primero que David le pide a Dios es que lo escuche: «Inclina tu oído, oh SEÑOR, y escúchame» (Salmos 86:1). Cuando Dios escucha la oración, la Escritura habla de él como quien inclina su oído, porque es un gran acto de bondad que se fije en criaturas tan pequeñas y en oraciones tan débiles. David repite la súplica de otra manera, pidiendo un oído favorable, aunque su oración sea un susurro o salga entrecortada. Dios no necesita nuestras palabras para mover su corazón, pero nosotros sí debemos expresar cuánto deseamos su favor. Jesús, el Hijo de David, habló con plena confianza cuando dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas» (Juan 11:41-42).
David también pide la protección especial de Dios: «Preserva mi alma; salva a tu siervo» (Salmos 86:2). Era su alma la que servía a Dios, porque solo quienes lo sirven con su espíritu le sirven verdaderamente. Si esto se refiere a su vida natural, nos enseña que la mejor manera de mantenernos a salvo es ponernos bajo el cuidado de Dios. Si se refiere a su vida espiritual, entonces le está pidiendo a Dios que lo guarde del pecado, el gran peligro para el alma. A todos los que Dios salva también los preserva, y los guarda para su reino celestial.
Después pide misericordia: «Ten misericordia de mí, oh Señor» (Salmos 86:3). La misericordia de Dios incluye tanto el perdón del pecado como la ayuda en medio de los problemas. David reconoce que quizá las personas no tengan misericordia y que él mismo no merece ninguna; por eso pide misericordia simplemente porque Dios es misericordioso. También pide gozo interior: «Alegra el alma de tu siervo» (Salmos 86:4). Solo Dios puede poner alegría en el corazón y dar un gozo verdadero. Quienes sirven a Dios están llamados a servirle con alegría, y también reciben por medio de la fe el regalo del gozo y de la paz. David relaciona esta petición con su comunión con Dios al decir: «A ti levanto mi alma» (Salmos 86:4). El consuelo de Dios suele encontrarse allí donde se mantiene viva la comunión con él. La oración alimenta la alegría espiritual.
Luego David presenta razones para sus peticiones. Apela a su relación con Dios: «Tú eres mi Dios» y «yo soy tu siervo» (Salmos 86:2). Como pertenece a Dios y depende de él, espera de Dios su protección. También apela a su necesidad: «Escúchame, porque soy pobre y necesitado». Como está afligido y no tiene nada en qué apoyarse, le pide ayuda a Dios. Dios es el Rey de los pobres, y es para su gloria salvar a las almas necesitadas. Quienes reconocen su pobreza espiritual son bienvenidos ante el Dios de toda gracia.
También apela al carácter de Dios: «Porque tú, Señor, eres bueno» (Salmos 86:5). ¿Adónde han de acudir los mendigos sino a la puerta de un amo bondadoso? La bondad de Dios es una razón poderosa para orar a él. Esa bondad se manifiesta de dos maneras: él da y él perdona. Es un Dios que perdona el pecado; no solo puede perdonar, sino que está dispuesto a hacerlo. También es abundante en misericordia, lleno de compasión y generoso con todos los que lo invocan. Tiene suficiente para suplir toda necesidad y da con mano abierta.
David también apela a la obra de Dios en él, una obra que lo había preparado para recibir el favor de Dios. Él reconoce en sí mismo tres obras de la gracia. Primero, está la conformidad con Dios, de la que habla como santidad: «Yo soy santo; preserva mi alma» (Salmos 86:2). Esto no es orgullo, sino un agradecimiento humilde a Dios. Quiere decir: «Soy alguien a quien tú has apartado para ti». Si Dios ha comenzado en nosotros una buena obra de gracia, debemos recordar que ese fue un tiempo de amor. David es necesitado y santo, pobre en los bienes de este mundo y rico en la fe. Quienes conservan su pureza en medio de una profunda pobreza pueden tener la seguridad de que Dios guardará tanto sus consuelos como sus almas.
Segundo, apela a su confianza en Dios: «Salva a tu siervo que confía en ti» (Salmos 86:2). Incluso las personas santas no deben confiar en sí mismas ni en su propia posición correcta delante de Dios, sino únicamente en Dios y en su gracia. Quienes confían en Dios pueden esperar recibir de él la salvación.
Tercero, apela a su constancia en la oración y en la comunión con Dios. Espera que Dios le responda porque Dios ya lo ha movido a orar. Las expresiones «te clamo diariamente» y «todo el día» (Salmos 86:3) muestran que perseveraba en la oración. Se nos manda orar siempre, sin cesar, y mantenernos firmes en ello. Entonces, cuando llegue la dificultad, podemos esperar que nuestras oraciones sean escuchadas, si también hemos sido fieles en la oración en otros momentos. Es un consuelo que la aflicción encuentre la oración ya en marcha, en vez de que tengamos que comenzar desde cero. David también dice que eleva su alma a Dios (Salmos 86:4). Cuando dirigimos nuestro corazón hacia Dios en oración, podemos esperar que él salga a nuestro encuentro con sus misericordias.
David oraba con especial fervor cuando estaba en problemas (Salmos 86:7). «En el día de mi angustia, haga lo que hagan los demás, yo te invocaré y pondré mi caso en tus manos, porque tú me escucharás y me responderás». Estaba seguro de que no oraría en vano, a diferencia de quienes clamaron: «¡Baal, respóndenos!», pero no recibieron ninguna respuesta (1 Reyes 18:29).
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De este capítulo
Salmos 86:2
"Guarda mi alma, porque soy santo; tú, Dios mío, salva a tu siervo, que confía en ti."
Salmos 86:3
"Ten misericordia de mí, oh Señor, porque clamo a ti cada día."
Salmos 86:4
"Alegra el alma de tu siervo, porque a ti, oh Señor, elevo mi alma."
Salmos 86:5
"Porque tú, Señor, eres bueno y estás dispuesto a perdonar; eres abundante en misericordia con todos los que te invocan."
Salmos 86:6
"Escucha, oh SEÑOR, mi oración, y atiende a la voz de mis súplicas."
Salmos 86:7
"En el día de mi angustia clamaré a ti, porque tú me responderás."
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