Versículo destacado
Salmos 79:6 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Derrama tu ira sobre los paganos que no te han conocido y sobre los reinos que no han invocado tu nombre. "
Salmos 79:6
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
4 Nos hemos convertido en afrenta para nuestros vecinos, en objeto de burla y escarnio para quienes nos rodean.
5 ¿Hasta cuándo, SEÑOR? ¿Estarás enojado para siempre? ¿Arderán tus celos como fuego?
6 Derrama tu ira sobre los paganos que no te han conocido y sobre los reinos que no han invocado tu nombre.
7 Porque han devorado a Jacob y han dejado desolada su morada.
8 No recuerdes contra nosotros las iniquidades pasadas; que tus tiernas misericordias vengan pronto a nuestro encuentro, porque hemos caído muy bajo.
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Estas oraciones son muy apropiadas para la iglesia cuando atraviesa una gran aflicción, y se apoyan en razones sólidas, la mayoría relacionadas con el honor de Dios. Primero, el pueblo le pide a Dios que aparte de ellos su ira y la dirija contra quienes los habían perseguido y maltratado (Salmos 79:6). En efecto, esto también es una profecía que muestra que la ira de Dios se revela desde el cielo contra todo pecado y maldad humana.
Observemos, en primer lugar, el carácter de aquellos contra quienes oran. Son personas que no han conocido a Dios ni han invocado su nombre. No oran porque no saben cuán bueno es Dios ni cuán capaz es de ayudarlos. Quienes permanecen en la ignorancia acerca de Dios y descuidan la oración son impíos: viven en el mundo sin Dios. Naciones enteras pueden no conocer a Dios ni obedecer el evangelio, pero su número y su poder no las protegerán de sus justos juicios.
Observemos después su crimen: devoraron a Jacob, es decir, al pueblo de Dios. Eso bastaba para hacerlos culpables, porque Dios considera que el daño hecho a su pueblo es un daño hecho contra él mismo. No se limitaron a afligir a Jacob; lo devoraron. No solo invadieron la tierra de Canaán, su morada, sino que la dejaron desolada al saquearla y despoblarla.
Luego viene su condena: «Derrama tu ira sobre ellos». La oración no pide únicamente que Dios les impida causar más daño, sino que los castigue por el daño que ya han cometido.
Después, el salmo pasa al perdón del pecado, que ellos reconocen como la verdadera causa de todos sus problemas. Por más injustas que fueran las acciones de sus enemigos, Dios seguía siendo justo al permitir que sucedieran estas cosas. Primero le piden que no tenga en cuenta sus pecados anteriores, ni los pecados de su propio pasado ni los de sus antepasados. Durante el cautiverio babilónico, los pecados de generaciones anteriores fueron tomados en cuenta, pero después Dios prometió que no volvería a hacerlo de esa manera (Jeremías 31:29-30). Por eso oran: «No tomes en cuenta contra nosotros nuestros primeros pecados». Algunos remontan esta petición hasta el pecado del becerro de oro, porque Dios había dicho que castigaría ese pecado a su debido tiempo (Éxodo 32:34). Si los hijos, mediante el arrepentimiento y una vida transformada, rompen con la cadena del pecado de sus padres, pueden orar con fe pidiendo que Dios no les atribuya esos pecados. Cuando Dios perdona el pecado, lo borra y no lo vuelve a recordar.
También le piden a Dios que los limpie de los pecados que habían cometido recientemente, los que habían contaminado su mente y su conciencia: «Líbranos y perdona nuestros pecados» (Salmos 79:9). La liberación de los problemas solo es verdaderamente misericordiosa cuando viene acompañada del perdón y fluye de él. Por eso debemos pedir con más fervor que Dios quite nuestros pecados que pedirle que quite nuestras dificultades. El perdón es el fundamento y la dulzura de toda liberación.
También oran por una liberación pronta: «Que tu compasión se apresure a ayudarnos» (Salmos 79:8). No tenían esperanza fuera de la compasión de Dios. Su situación era tan triste que se consideraban los destinatarios apropiados de su misericordia. Estaban cerca de la ruina, a menos que la compasión interviniera pronto para librarlos de la destrucción. Esto hace que su oración sea más urgente: «Señor, ayúdanos. Señor, líbranos. Ayúdanos en medio de nuestras dificultades para que podamos soportarlas bien. Sácanos de ellas para que nuestro espíritu no desfallezca. Líbranos del pecado y de hundirnos».
Presentan tres razones. La primera es su gran aflicción: «Estamos completamente abatidos». Cuanto más bajo habían caído, más necesitaban la ayuda del cielo y más se exaltaría el poder de Dios al levantarlos. La segunda es su confianza en él: «Tú eres el Dios de nuestra salvación». Solo él puede ayudarlos. La salvación pertenece al Señor, y su pueblo espera de él la liberación. Quienes hacen de Dios el Dios de su salvación descubrirán que él realmente lo es. La tercera razón es el honor de Dios. No alegan ningún mérito propio, sino que piden: «Ayúdanos por la gloria de tu nombre; perdona nuestros pecados por causa de tu nombre». Las oraciones más firmes son las que descansan en Dios mismo y en lo que él ha revelado acerca de sí mismo.
Esta petición contiene dos ideas. La primera es que el honor de Dios quedaría gravemente afectado si no los liberara, porque sus enemigos se burlaban de ellos y blasfemaban contra Dios. Esos enemigos preguntaban con desprecio: «¿Dónde está su Dios?». Actuaban como si Dios los hubiera abandonado o se hubiera olvidado de ellos. El pueblo responde: «Señor, demuestra que estás con nosotros actuando a nuestro favor. Entonces, cuando pregunten: “¿Dónde está tu Dios?”, podremos decir que está cerca de nosotros en todo aquello por lo que lo invocamos, y ellos podrán verlo en lo que haces por nosotros». Lo que antes era su honor —servir a un Dios que está en todas partes— se había convertido en vergüenza, como si sirvieran a un Dios que no estaba en ninguna parte.
La segunda idea es que el honor de Dios aumentaría grandemente si los liberara. Su misericordia sería glorificada al rescatar a personas tan indefensas y afligidas. Al extender sobre ellos su brazo poderoso, Dios se haría un nombre eterno. Su liberación también señalaría de antemano la gran salvación que el Mesías Príncipe traería a su debido tiempo, para la gloria del nombre de Dios.
Finalmente, oran por justicia contra sus enemigos. Piden venganza contra quienes derramaron sangre inocente, conforme a la ley antigua (Génesis 9:6). «Que las naciones sepan lo que merecen por nuestra sangre», dicen. Que vean claramente que los juicios que caen sobre ellas son la retribución por el mal que nos hicieron. De ese modo, Dios sería conocido entre las naciones como el Dios a quien pertenece la venganza (Salmos 94:1), el Dios que defiende la causa de su pueblo. Quienes han bebido abundantemente la sangre de los santos un día recibirán sangre para beber, porque eso es lo que merecen. También le piden a Dios que les devuelva a sus enemigos los insultos y el desprecio que han expresado.
Los insultos y la vergüenza que los enemigos han dirigido contra el pueblo de Dios y contra el nombre de Dios deben serles devueltos por completo. El daño que nos hacen personalmente debemos dejarlo en manos de Dios, ya sea que él decida vengarlo o no, y debemos orar para que perdone a quienes nos hicieron daño. Pero cuando las personas blasfeman contra Dios mismo, podemos orar con fe para que él haga recaer sobre sus propias cabezas esa vergüenza multiplicada, de modo que toque su corazón, los humille y los lleve al arrepentimiento.
Esta oración también es una profecía con el mismo sentido de la advertencia de Enoc: Dios expondrá a los pecadores por cada palabra dura que hayan pronunciado contra él (Judas 1:15). También hará que esas palabras regresen a su propio corazón mediante un terror duradero, mientras recuerdan lo que dijeron.
Asimismo, oran para que Dios abra un camino de liberación para sus pobres prisioneros, especialmente para quienes ya habían sido condenados a muerte (Salmos 79:11). La situación de sus hermanos en la fe que habían caído en manos enemigas era muy dolorosa. Permanecían bajo una vigilancia estricta y, como no podían clamar abiertamente, derramaban su angustia en profundos suspiros silenciosos. Su respiración era un suspiro, y también lo era su oración. Estaban destinados a morir, como ovejas llevadas al matadero, y llevaban dentro de sí la sentencia de muerte.
El salmista presenta esta situación miserable ante Dios de dos maneras. Primero, apela a su compasión, pidiéndole que sus suspiros lleguen hasta él y que escuche sus gemidos. Segundo, apela a su poder, pidiéndole que, conforme a la grandeza de su brazo, salve a los que están destinados a morir; ninguna criatura puede resistir ese brazo. Cuando toda ayuda humana ha fracasado por completo, a menudo es cuando Dios se manifiesta a favor de su pueblo. Véase 2 Corintios 1:8-10.
Al final, prometen dar gracias cuando Dios responda su oración (Salmos 79:13). Descansan en su relación con Dios: aunque están oprimidos y abatidos, siguen siendo las ovejas de su prado. Él no los ha rechazado. Le pertenecen, y por eso claman: «Sálvanos».
También prometen usar su liberación como motivo de alabanza. La desean porque les dará más razones para agradecerle a Dios y preparará su corazón para esa excelente tarea, la tarea del cielo. Se comprometen no solo a darle gracias en ese momento, sino también a proclamar su alabanza de generación en generación. Así quieren conservar la memoria de la bondad de Dios y enseñarles a sus hijos a seguir alabándolo.
También presentan esto como un argumento ante Dios: «Señor, actúa contra nuestros enemigos, porque si ellos vencen, blasfemarán contra ti» (Salmos 79:12). «Pero si somos liberados, te alabaremos. Somos el pueblo que formaste para ti, para proclamar tu alabanza. Si desaparecemos, ¿de dónde vendrán esa alabanza y ese tributo?». Las vidas entregadas por completo a la alabanza de Dios ciertamente están bajo su protección.
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De este capítulo
Salmos 79:1
"Oh Dios, los paganos han entrado en tu heredad; han profanado tu santo templo; han convertido Jerusalén en montones de ruinas."
Salmos 79:2
"Han dado los cadáveres de tus siervos como alimento a las aves del cielo, y la carne de tus santos a las bestias de la tierra."
Salmos 79:3
"Han derramado su sangre como agua alrededor de Jerusalén, y no hubo nadie que los enterrara."
Salmos 79:4
"Nos hemos convertido en afrenta para nuestros vecinos, en objeto de burla y escarnio para quienes nos rodean."
Salmos 79:5
"¿Hasta cuándo, SEÑOR? ¿Estarás enojado para siempre? ¿Arderán tus celos como fuego?"
Salmos 79:7
"Porque han devorado a Jacob y han dejado desolada su morada."
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