Versículo destacado

Salmos 110:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" El SEÑOR dijo a mi Señor: «Siéntate a mi derecha hasta que haga de tus enemigos el estrado de tus pies». "

Salmos 110:1

menu_book El versículo en contexto

1 El SEÑOR dijo a mi Señor: «Siéntate a mi derecha hasta que haga de tus enemigos el estrado de tus pies».

2 El SEÑOR enviará desde Sion la vara de tu fuerza: gobierna en medio de tus enemigos.

3 Tu pueblo estará dispuesto en el día de tu poder, en los esplendores de la santidad, desde el vientre de la mañana: tienes el rocío de tu juventud.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Algunos han llamado a este salmo el credo de David, porque contiene casi todas las verdades principales de la fe cristiana. El título lo presenta como un salmo de David porque, por la fe y por su visión del Mesías, David alabó a Dios y encontró consuelo en él. ¡Cuánto más deberíamos cantarlo nosotros, pues lo que David solo vio de antemano ahora se ha cumplido y nos ha sido revelado con mayor claridad!

Aquí se dicen cosas maravillosas acerca de Cristo, y deberían llevarnos a considerar cuán grande es él. Primero, es el Señor de David. Debemos notar esto especialmente porque Jesús mismo lo señaló: «David, hablando por el Espíritu, lo llama Señor» (Mateo 22:43). Así como el apóstol demuestra la grandeza de Melquisedec, y por medio de él la de Cristo, al mostrar que Abraham le dio los diezmos (Hebreos 7:4), también el hecho de que David llamara Señor a Jesús demuestra la grandeza de Jesús. El propio rey se inclina ante él como un siervo ante su amo.

Algunos piensan que David lo llama su Señor porque Cristo vendría de su linaje: sería su hijo y, sin embargo, su Señor. De la misma manera, María lo llamó su Salvador (Lucas 1:47). Incluso sus propios padres estaban sujetos a él, porque eran personas a quienes él vino a salvar.

Segundo, Cristo fue constituido Señor soberano por la voluntad y el decreto de Dios mismo: «El SEÑOR dijo a mi Señor: “Siéntate a mi derecha”» (Salmo 110:1). Él recibe este honor y esta gloria del Padre, quien es la fuente de todo honor y poder; Cristo no se atribuye ese honor por sí mismo (2 Pedro 1:17). Por eso es el verdadero y legítimo Señor, y nadie puede cuestionar su derecho, porque lo que Dios ha declarado no puede ser revocado. También es el Señor eterno, porque lo que Dios ha dicho permanecerá para siempre. Sin duda recibirá y conservará el reino que el Padre le ha dado, y nadie puede impedírselo.

Tercero, Cristo ha sido elevado al honor supremo y se le ha dado plena autoridad en el cielo y en la tierra: «Siéntate a mi derecha». Sentarse es una postura de descanso y, después de su obra y sufrimiento, Cristo entró en el descanso de todas sus labores. También es la postura de un gobernante, porque se sienta para dar leyes y juzgar. Además, es una postura permanente, porque se sienta como Rey para siempre. Sentarse a la derecha de Dios significa tanto honor como autoridad: la dignidad que el Padre le concedió y el poder que puso en sus manos.

Todas las bendiciones que vienen de Dios a las personas, y todo el servicio que de las personas asciende a Dios, pasan por sus manos. Cuarto, con el tiempo, todos sus enemigos serán convertidos en el estrado de sus pies, pero no antes de ese momento. Aun entonces, reinará en la gloria de su función como Mediador, es decir, como aquel que se interpone entre Dios y la humanidad, aunque en cierto sentido la obra de mediación habrá terminado. Cristo tiene enemigos que luchan contra su reino, contra su pueblo y contra su honor en el mundo. Algunos se niegan a dejar que él gobierne sobre ellos y, al hacerlo, se ponen del lado de Satanás, quien no quiere que Cristo gobierne en absoluto.

Estos enemigos se convertirán en el estrado de sus pies. Él los vencerá y triunfará sobre ellos con facilidad, así como un estrado se coloca fácilmente en el lugar que le corresponde. Lo hará de una manera que le traerá honor y los dejará en vergüenza permanente. «Pisaréis a los malos» (Malaquías 4:3). El Padre ha prometido hacerlo: «Pondré a tus enemigos por estrado de tus pies». Sin embargo, esto no sucederá de inmediato. Por ahora, sus enemigos están bajo control, pero todavía no han sido puestos como estrado de sus pies. El apóstol también señala esto: «Todavía no vemos que todas las cosas le estén sujetas» (Hebreos 2:8). Cristo mismo debe esperar hasta que se completen sus victorias y triunfos.

Aun así, esperará hasta que todo se haya cumplido, y ni todo el poder ni todo el odio de sus enemigos perturbarán siquiera un poco su gobierno. Su posición a la derecha de Dios es la garantía de que, finalmente, pondrá sus pies sobre el cuello de todos sus enemigos. Quinto, tendrá un reino establecido en el mundo, comenzando desde Jerusalén: «El SEÑOR enviará desde Sion el cetro de tu poder» (Salmo 110:2). Esto significa que su reino será establecido, sostenido y gobernado por ese cetro poderoso.

Cuando el Mesías se siente a la derecha de la Majestad en el cielo, seguirá teniendo una iglesia en la tierra y cuidará de ella. Él es Rey en el santo monte de Sion (Salmo 2:6), en contraste con el monte Sinaí, la montaña aterradora donde se entregó la ley (Hebreos 12:18, Hebreos 12:24; Gálatas 4:24-25). El reino de Cristo comenzó en Sion, la ciudad de David, porque él era hijo de David y recibiría el trono de David.

Por el cetro de su poder, o su cetro poderoso, el salmo se refiere a su evangelio permanente, junto con el poder del Espíritu Santo que obra por medio de él: el mensaje de la Palabra acompañado del brazo del Señor (Isaías 53:1; Romanos 1:16), el evangelio que llega «no solo con palabras, sino también con poder y con el Espíritu Santo» (1 Tesalonicenses 1:5). Por medio de la Palabra y del Espíritu de Dios, las personas primero serían llevadas a obedecer a Dios y luego guiadas conforme a su voluntad. Dios envió este cetro poderoso. Derramó el Espíritu y dio tanto la autoridad como los dones necesarios a quienes predicaban la Palabra y servían en el Espíritu (Gálatas 3:5).

Fue enviado desde Sion porque allí se dio el Espíritu, y allí debía comenzar, en Jerusalén, la predicación del evangelio a todas las naciones (Lucas 24:47, Lucas 24:49). La «ley» de la fe también debía salir de Sion (Isaías 2:3). El evangelio de Cristo, puesto que Dios lo envía, es poderoso por medio de Dios para realizar grandes cosas (2 Corintios 10:4). Es el cetro del poder de Cristo. Algunos entienden esto no solo como el cetro de un gobernante, que muestra la gloria de Cristo en el evangelio, sino también como el cayado de un pastor, que muestra el tierno cuidado de Cristo por su iglesia, pues él es tanto el gran Pastor como el buen Pastor.

Sexto, una vez establecido su reino, este será sostenido en el mundo a pesar de todos los ataques de los poderes de las tinieblas. Cristo gobernará, dará leyes y dirigirá a su pueblo por medio de ellas. Lo hará madurar y le dará paz y gozo. Cumplirá su propia voluntad, llevará a cabo sus planes y defenderá su causa entre las personas. Su reino procede de Dios y permanecerá. Su corona está firmemente sobre su cabeza y seguirá resplandeciendo allí.

Él gobernará «en medio de sus enemigos». En el cielo se sienta entre sus amigos, y su trono de gloria está rodeado únicamente de adoradores fieles (Apocalipsis 5:11). Pero en la tierra gobierna en medio de sus enemigos, y su trono de gobierno aquí está rodeado de personas que lo odian y luchan contra él. La iglesia de Cristo es un lirio entre espinos, y sus discípulos son enviados como ovejas en medio de lobos. Él sabe dónde viven, incluso dónde está el trono de Satanás (Apocalipsis 2:13). Esto le da honor a Cristo, porque no solo mantiene su posición, sino que también cumple su propósito a pesar de todos los planes perversos y poderes del infierno y de la tierra, que no pueden sacudir la roca sobre la cual está edificada la iglesia. Grande es la verdad, y prevalecerá.

Séptimo, tendrá un gran número de súbditos, quienes le traerán honor y alabanza (Salmo 110:3).

La idea es que esas personas deben ser suyas, con un derecho claro e incuestionable sobre ellas. El Padre se las dio, el mismo Padre que les dio la vida y la existencia, y a quien le debían sus vidas. «Eran tuyos, y me los diste» (Juan 17:6). Cristo también las redimió, comprándolas para sí como un pueblo especial (Tito 2:14). Por eso le pertenecen legítimamente, incluso antes de consentir en seguirlo. Ya tenía mucho pueblo en Corinto antes de que se convirtieran (Hechos 18:10).

También deben ser un pueblo dispuesto, personas que se entreguen a él con alegría. Esto se refiere a siervos que eligen servir, no a personas obligadas a hacerlo. Se refiere a soldados que se ofrecen voluntariamente, como aquel que dice: «Aquí estoy. Envíame a mí», y a sacrificios ofrecidos libremente, no entregados solo por obligación. Debemos presentarnos como sacrificios vivos. El pueblo de Cristo es un pueblo dispuesto. Una persona se convierte cuando está dispuesta a pertenecer a Cristo, a someterse a su gobierno y a participar en sus propósitos, con plena aceptación y satisfacción.

Estarán dispuestos en el día de su poder, cuando su autoridad sea manifestada. Algunos entienden esto como el día de su convocatoria, cuando reúne a sus soldados y encuentra a muchos voluntarios listos para alistarse. Una vez que se levante el estandarte, las naciones acudirán a él (Isaías 11:10; Isaías 60:3). Otros lo interpretan como el día de sus ejércitos, cuando los primeros predicadores del evangelio salen como el ejército de Cristo para derribar a los rebeldes y trastornar el reino de los ángeles rebeldes. Entonces todos los que le pertenecen estarán dispuestos, y ese será el momento de establecer su reino.

El significado también puede ser «el día de tu poder». El evangelio manifiesta públicamente su poder ante todos por la autoridad de su autor, la belleza de sus enseñanzas y los milagros que las confirmaron. También manifiesta el poder especial del Espíritu en el pueblo de Cristo, haciendo que sus propios hijos estén verdaderamente dispuestos. Lo primero deja a los pecadores sin excusa, y lo segundo no deja a los creyentes ninguna razón para jactarse. Si alguien está dispuesto a pertenecer a Cristo, es únicamente por la gracia libre y poderosa de Dios.

También estarán dispuestos en la hermosura de la santidad. Esto puede entenderse de tres maneras. Primero, son atraídos hacia él por la hermosura de la santidad: son conquistados al contemplar la santidad del propio Cristo y la santidad de la iglesia, que es su nación santa. Segundo, él los lleva a la hermosura de la santidad como sacerdotes espirituales que sirven en su santuario, pues por la sangre de Jesús tenemos confianza para entrar al lugar santo. Tercero, lo acompañan vestidos con las hermosas vestiduras de la gracia y la santificación, el traje bello que corresponde a su pueblo.

La santidad es la marca de la familia de Cristo y adorna para siempre su casa. Todos los soldados de Cristo llevan este vestido; estos son los colores que los identifican. Los ejércitos del cielo lo siguen vestidos de lino fino, limpio y blanco (Apocalipsis 19:14).

También tendrá grandes multitudes consagradas a él. La abundancia de súbditos es el honor de un príncipe, y esa será la honra de este Príncipe. La expresión «desde el seno de la mañana tienes el rocío de tu juventud» habla de una gran cantidad de jóvenes convertidos, como el rocío que cubre la hierba en una mañana de verano. En los primeros días del evangelio, en la mañana del Nuevo Testamento, muchos jóvenes acudieron a Cristo y multitudes creyeron. Eran un remanente semejante al rocío que viene del Señor (Miqueas 5:7; Isaías 64:4, 8).

O quizá estas palabras significan que, desde el seno de la mañana, desde sus primeros años, Cristo recibe el rocío de la juventud de su pueblo: sus corazones y afectos mientras aún son jóvenes. Es su juventud porque se la entregan a él. Este rocío de la juventud es un grupo numeroso, resplandeciente y lleno de esperanza de jóvenes que vienen a Cristo; son como rocío para la tierra, porque la hacen fructificar. El rocío de nuestra juventud, incluso desde nuestros primeros días, debe entregarse a nuestro Señor Jesucristo.

Él no solo debía ser rey, sino también sacerdote (Salmo 110:4). El mismo Señor que dijo «Siéntate a mi derecha» también juró: «Tú eres sacerdote»; es decir, lo estableció como sacerdote mediante la palabra de su juramento. Nuestro Señor Jesucristo es sacerdote. Fue designado para ese oficio y lo cumple fielmente. Fue ordenado para representar a las personas en lo relacionado con Dios, ofrecer dones y sacrificios por el pecado (Hebreos 5:1), pagar por nuestros pecados y presentar nuestros servicios para que Dios los acepte. Él es el ministro de Dios para nosotros y nuestro abogado ante Dios; por eso actúa como mediador, es decir, como quien reúne a dos partes, entre nosotros y Dios.

Él es sacerdote para siempre. Fue escogido para esta obra en el plan eterno de Dios, y fue sacerdote tanto para los creyentes del Antiguo Testamento como para todos los creyentes hasta el fin de los tiempos (Hebreos 13:8). Se le llama sacerdote para siempre no solo porque nunca habrá otro camino de gracia fuera del sacerdocio de Cristo, sino también porque los resultados benditos de su sacerdocio permanecerán para siempre.

Fue hecho sacerdote mediante un juramento, y el apóstol usa esto para mostrar que su sacerdocio es superior al de Aarón (Hebreos 7:20-21). El Señor hizo este juramento para mostrar que no había ningún plan oculto para revocarlo. No cambiaría de parecer, como lo hizo respecto al sacerdocio de Elí (1 Samuel 2:30). Esto tenía el propósito de honrar a Cristo y darles consuelo a los creyentes. El sacerdocio de Cristo cuenta con la confirmación más elevada posible, por lo que puede ser un fundamento firme para nuestra fe y esperanza.

Él es sacerdote, no de la descendencia de Aarón, sino según el orden de Melquisedec. Ese orden vino antes y, en muchos aspectos, fue superior al de Aarón; además, ofrece una imagen más clara del sacerdocio de Cristo. Melquisedec era sacerdote y rey, y Cristo también lo es (Zacarías 6:13): rey de justicia y rey de paz. Melquisedec no tuvo sucesor, y Cristo tampoco. Su sacerdocio no puede cambiar.

El apóstol explica estas palabras extensamente en Hebreos 7 y fundamenta en esta profecía firmísima su enseñanza acerca del oficio sacerdotal de Cristo. Así como el Nuevo Testamento explica el Antiguo, el Antiguo Testamento confirma el Nuevo; y Jesucristo es el principio y el fin de ambos.

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