Versículo destacado
Números 21:4 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Partieron del monte Hor por el camino del mar Rojo, para rodear la tierra de Edom; y el ánimo del pueblo se desalentó mucho a causa del camino. "
Números 21:4
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
2 Entonces Israel hizo un voto al SEÑOR y dijo: «Si en verdad entregas a este pueblo en mi mano, destruiré por completo sus ciudades».
3 El SEÑOR escuchó la voz de Israel y entregó a los cananeos; ellos los destruyeron por completo, junto con sus ciudades, y él llamó Hormá a aquel lugar.
4 Partieron del monte Hor por el camino del mar Rojo, para rodear la tierra de Edom; y el ánimo del pueblo se desalentó mucho a causa del camino.
5 El pueblo habló contra Dios y contra Moisés: «¿Por qué nos han hecho subir de Egipto para morir en el desierto? No hay pan ni agua, y nuestra alma detesta este pan tan liviano».
6 Entonces el SEÑOR envió serpientes ardientes entre el pueblo; estas mordieron al pueblo, y murió mucha gente de Israel.
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Israel se cansó de la larga marcha alrededor de la tierra de Edom, porque no podía atravesarla por el camino más corto: «El ánimo del pueblo se desalentó mucho a causa del camino» (Números 21:4). El camino pudo haber sido áspero, sucio y agotador. También les frustraba tener que tomar un desvío tan largo y no poder abrirse paso por la fuerza a través de la tierra de Edom.
Las personas con un espíritu conflictivo y descontento siempre encuentran algo de qué quejarse. En esta ocasión también mostraron incredulidad y murmuración (Números 21:5). Acababan de obtener una gran victoria sobre los cananeos y seguían avanzando de victoria en victoria. Sin embargo, hablaron como si Dios hubiera hecho muy poco por ellos y como si no se pudiera confiar en él para el futuro.
Les molestaba que Dios los hubiera sacado de Egipto, y se quejaban de no tener pan ni agua como los demás, obtenidos mediante su propio trabajo y cuidado. En realidad, tenían suficiente pan y aun más, pero seguían diciendo que no había pan. Aunque comían el alimento que Dios les enviaba desde el cielo, se cansaron de él. El maná mismo les causaba repugnancia, y lo llamaban «pan liviano», apropiado para niños, pero no para hombres adultos y soldados.
¿Qué puede satisfacer a quienes no se conforman ni siquiera con el maná? Quien quiere encontrar defectos los encontrará aun donde no los hay. De la misma manera, quienes han disfrutado por mucho tiempo de la Palabra de Dios pueden cansarse de ella y llamarla un alimento ligero. Pero no debemos tener la Palabra de Dios en menos por el hecho de que algunos la desprecien. Es el pan de vida, un alimento verdadero y nutritivo, y dará vida eterna a todos los que se alimenten de ella por fe, sin importar quién la llame pan liviano.
El justo juicio de Dios cayó sobre ellos por su murmuración (Números 21:6). Envió serpientes venenosas entre el pueblo, y muchos murieron por sus mordeduras. El desierto por el que habían viajado siempre había estado lleno de esas serpientes (Deuteronomio 8:15), pero hasta ese momento Dios había protegido de ellas a su pueblo. Cuando se quejaron, Dios permitió que las serpientes invadieran el campamento como disciplina por su pecado.
Quienes no agradecen la misericordia merecen sentir el juicio. Estas serpientes son llamadas venenosas por su color, por su naturaleza feroz o por el ardoroso dolor que causaban sus mordeduras. Las mordeduras provocaban fiebre y una sed terrible. Como se habían quejado por la falta de agua (Números 21:5), Dios los castigó con una sed que ninguna agua podía saciar. A quienes claman sin motivo, a veces se les da una verdadera razón para clamar.
Habían llegado, con temor, a la conclusión de que morirían en el desierto, y Dios les permitió experimentar el resultado de esa incredulidad. Muchos de ellos murieron. Habían hablado atrevidamente contra Dios mismo, y ahora las serpientes venenosas se lanzaban contra ellos y los envenenaban. Su orgullo los había levantado contra Dios y Moisés, y ahora Dios los humilló usando a esas criaturas insignificantes para afligirlos.
El mismo poder que antes los había protegido de los peligros del desierto ahora hizo que esos peligros se volvieran contra ellos. El Dios que les había dado codornices como alimento también podía enviar serpientes para que los mordieran. Toda la creación se levanta contra quienes se rebelan contra Dios.
Bajo este juicio, se arrepintieron y le rogaron ayuda a Dios (Números 21:7). Reconocieron su culpa: «Hemos pecado». Nombraron claramente su pecado: «Hemos hablado contra el Señor y contra ti». Es probable que no hubieran confesado esto si no hubieran sentido el dolor del juicio. Pero la disciplina los ablandó. Cuando él los hizo morir, entonces lo buscaron.
Le pidieron a Moisés que orara por ellos, sabiendo que no merecían ser escuchados y creyendo que Moisés gozaba de gran favor delante de Dios. ¡Qué rápido cambió su actitud! Al hombre que acababan de tratar como a un enemigo ahora lo trataban como a su mejor amigo. Querían que se interpusiera entre ellos y Dios.
Los problemas suelen cambiar la manera en que las personas ven al pueblo de Dios, y les enseñan a valorar las oraciones que antes despreciaban. Moisés demostró que realmente los había perdonado al bendecir a quienes lo habían maldecido y orar por quienes lo habían maltratado. En esto fue una imagen de Cristo, quien oró por sus perseguidores, y un ejemplo para nosotros de hacer lo mismo y demostrar que amamos a nuestros enemigos.
Entonces Dios proveyó de manera extraordinaria para su sanidad. No se limitó a usar a Moisés para anunciar el juicio. Más bien, para que Moisés siguiera ganándose la confianza del pueblo, Dios hizo que fuera el medio de su alivio (Números 21:8-9). Dios le dijo a Moisés que hiciera una figura de una serpiente venenosa en bronce y la pusiera sobre un poste alto, donde todos en el campamento pudieran verla. Cualquiera que hubiera sido mordido por una serpiente venenosa sanaría al mirar la serpiente de bronce.
El pueblo le había pedido a Dios que quitara las serpientes (Números 21:7), pero Dios decidió no hacerlo. Él brinda una ayuda eficaz de la mejor manera, aunque no siempre de la manera que esperamos. A quienes no murieron por su pecado todavía les hizo sentir sus efectos, para que se arrepintieran más profundamente y se humillaran. También recibieron la sanidad de parte de Dios, por medio de Moisés, para que, en lo posible, nunca volvieran a hablar contra Dios ni contra Moisés.
Esta manera de sanar fue completamente milagrosa, y resulta aún más sorprendente si algunos naturalistas tenían razón al afirmar que mirar un metal brillante y pulido perjudica a quienes han sido mordidos por serpientes venenosas. Dios puede cumplir su propósito utilizando medios que parecen producir el efecto contrario. Los mismos judíos decían que la serpiente de bronce no los sanaba simplemente por mirarla, sino que, al mirarla, elevaban la mirada hacia Dios, el Señor que sana.
Este acto también tenía un profundo significado relacionado con el evangelio. Nuestro Salvador mismo lo afirmó (Juan 3:14-15): así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así también era necesario que el Hijo del Hombre fuera levantado, para que todo el que creyera en él no pereciera. Observemos la semejanza.
Primero, hay una semejanza entre la enfermedad de ellos y la nuestra. El diablo es la serpiente antigua, una serpiente venenosa, y por eso aparece como un gran dragón rojo (Apocalipsis 12:3). El pecado es la mordedura de esa serpiente venenosa. Hace sufrir a la conciencia afligida y envenena la conciencia endurecida. Las tentaciones de Satanás son llamadas sus dardos de fuego (Efesios 6:16). Los deseos y las pasiones inflaman el alma, al igual que los terrores del Todopoderoso cuando se levantan contra nosotros. Al final, el pecado muerde como una serpiente y pica como una víbora, y hasta su dulzura se convierte en el veneno de las serpientes.
Segundo, hay una semejanza entre el remedio de ellos y el nuestro.
Fue Dios mismo quien diseñó y estableció el remedio para las serpientes venenosas. De la misma manera, nuestra salvación por medio de Cristo fue el plan de la sabiduría infinita, y Dios mismo proveyó el rescate. La cura también era completamente inesperada, así como para muchos la salvación por medio de la muerte de Cristo parecía una insensatez. Para los judíos, Cristo crucificado es una piedra de tropiezo, y para los griegos, una necedad.
Moisés, el líder que levantó la serpiente en el desierto, nos señala otra verdad. La ley sirve como un maestro que nos guía hacia Cristo, y Moisés escribió acerca de él (Juan 3:14-16). Cristo también fue levantado por los gobernantes de los judíos, que vinieron después de Moisés. Lo que sanó al pueblo tenía la forma de aquello que lo había herido. De la misma manera, Cristo, aunque completamente libre de pecado, fue hecho semejante a la humanidad pecadora; es decir, asumió verdaderamente la naturaleza humana en un mundo caído (Romanos 8:3). Era tan semejante a los hombres pecadores que la gente supuso que él mismo era pecador (Juan 9:24).
La serpiente de bronce fue levantada, y Cristo también. Él fue levantado en la cruz (Juan 12:33-34), donde quedó expuesto públicamente ante el mundo. También fue levantado por medio de la predicación del evangelio. La palabra usada para el poste puede significar una bandera o estandarte, y Cristo crucificado permanece como una bandera para los pueblos (Isaías 11:10). Algunos entienden que el levantamiento de la serpiente representa a Cristo triunfando sobre Satanás, la serpiente antigua. En la cruz, Cristo hirió la cabeza de Satanás y exhibió públicamente a los gobernantes y poderes que había derrotado y destruido (Colosenses 2:15).
También hay una estrecha semejanza entre la manera en que ellos recibieron la cura y la manera en que nosotros la recibimos. Ellos miraron y vivieron; nosotros, si creemos, no pereceremos. Por la fe miramos a Jesús (Hebreos 12:2). Debemos ver nuestra herida y nuestro peligro, recibir el testimonio de Dios acerca de su Hijo y confiar en su promesa de que seremos sanados y salvos si nos sometemos a su dirección. La serpiente de bronce no sanaba a quien se negaba a mirarla. Si algunos seguían mirando fijamente su herida y no levantaban la mirada, sin duda morían. Si tomaban a la ligera el remedio de Dios y acudían a remedios naturales confiando en ellos, perecían justamente. De la misma manera, si los pecadores desprecian la justicia de Cristo o pierden la esperanza de recibir beneficio de ella, su herida será fatal.
Pero todo el que miraba aquella señal de sanidad, aun desde el lugar más lejano del campamento y con un ojo débil y lleno de lágrimas, ciertamente era sanado. De la misma manera, quien cree en Cristo, aun con una fe débil, no perecerá. Hay creyentes débiles por quienes Cristo murió. Es posible que, durante algún tiempo después de que levantaron la serpiente, el campamento de Israel siguiera siendo afligido por las serpientes venenosas. Algunos también han supuesto que llevaron consigo la serpiente de bronce durante el resto de su viaje y la levantaban cada vez que acampaban. Cuando se establecieron en Canaán, quizá la colocaron en algún lugar de la tierra. Parece poco probable que los israelitas hubieran viajado tan lejos por el desierto para quemarle incienso, como más adelante descubrimos que lo hicieron (2 Reyes 18:4).
Aun quienes son rescatados de la muerte eterna que el pecado merece deben seguir sintiendo el dolor del pecado mientras viven en este mundo. Sin embargo, si no somos culpables, todavía podemos llevar con nosotros la serpiente de bronce, siempre lista para que la miremos en cada necesidad, al llevar en nuestro cuerpo la muerte del Señor Jesús.
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De este capítulo
Números 21:1
"Cuando el rey cananeo Arad, que habitaba en el sur, oyó decir que Israel venía por el camino de los espías, peleó contra Israel y tomó prisioneros a algunos de ellos."
Números 21:2
"Entonces Israel hizo un voto al SEÑOR y dijo: «Si en verdad entregas a este pueblo en mi mano, destruiré por completo sus ciudades»."
Números 21:3
"El SEÑOR escuchó la voz de Israel y entregó a los cananeos; ellos los destruyeron por completo, junto con sus ciudades, y él llamó Hormá a aquel lugar."
Números 21:5
"El pueblo habló contra Dios y contra Moisés: «¿Por qué nos han hecho subir de Egipto para morir en el desierto? No hay pan ni agua, y nuestra alma detesta este pan tan liviano»."
Números 21:6
"Entonces el SEÑOR envió serpientes ardientes entre el pueblo; estas mordieron al pueblo, y murió mucha gente de Israel."
Números 21:7
"Por eso el pueblo acudió a Moisés y dijo: «Hemos pecado, porque hemos hablado contra el SEÑOR y contra ti. Ruega al SEÑOR que aparte de nosotros estas serpientes». Y Moisés oró por el pueblo."
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