Versículo destacado

Números 17:8 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Al día siguiente, Moisés entró en el tabernáculo del testimonio y, miren, la vara de Aarón por la casa de Leví había brotado, había producido renuevos, había dado flores y había producido almendras. "

Números 17:8

menu_book El versículo en contexto

6 Moisés habló a los hijos de Israel, y cada uno de sus príncipes le dio una vara, una por cada príncipe, conforme a las casas de sus padres: doce varas. Y la vara de Aarón estaba entre las varas de ellos.

7 Y Moisés puso las varas delante del SEÑOR en el tabernáculo del testimonio.

8 Al día siguiente, Moisés entró en el tabernáculo del testimonio y, miren, la vara de Aarón por la casa de Leví había brotado, había producido renuevos, había dado flores y había producido almendras.

9 Entonces Moisés sacó todas las varas de delante del SEÑOR y las llevó a todos los hijos de Israel. Ellos las miraron, y cada uno tomó su vara.

10 Y el SEÑOR dijo a Moisés: «Vuelve a poner la vara de Aarón delante del testimonio, para que sea guardada como señal contra los rebeldes. Así apartarás por completo de mí sus murmuraciones, para que no mueran».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí se resolvió finalmente, mediante un milagro, la disputa acerca del sacerdocio (Números 17:8, 9). Sacaron las varas del lugar santísimo, donde las habían dejado, y las mostraron públicamente delante del pueblo. Mientras todas las demás varas permanecieron iguales, la vara de Aarón, que era un palo seco, se convirtió en una rama viva. Brotó, floreció y produjo almendras. En algunas partes había brotes, en otras flores y en otras fruto, todo al mismo tiempo. Esto fue un milagro y eliminó cualquier sospecha de engaño, como si Moisés hubiera quitado secretamente la vara de Aarón durante la noche y la hubiera reemplazado por una rama viva de almendro. Ninguna rama común habría tenido brotes, flores y fruto a la vez.

Esto les dio a los israelitas una señal clara de que Aarón había sido escogido para el sacerdocio y no cualquiera de los otros líderes tribales. Dios lo apartó de ellos y mostró que estaba bajo su bendición especial, la cual puede producir crecimiento donde ninguna mano humana ha plantado ni regado. El obispo Hall señala aquí que la fructificación es la mejor evidencia de un llamamiento divino y que las plantas que Dios establece prosperarán, aun cuando parezcan secas. Véase (Salmo 92:12-14). Los árboles del Señor, aunque parezcan secos, están llenos de savia.

También fue una señal apropiada de lo que sería el sacerdocio bajo la responsabilidad de Aarón. Debía ser fructífero y útil para el pueblo de Dios. Produjo no solo flores, sino también almendras, porque el sacerdocio no tenía como propósito únicamente honrar a Aarón, sino bendecir a Israel. De la misma manera, Cristo designó a sus apóstoles y ministros para que fueran y llevaran fruto, y para que su fruto permaneciera (Juan 15:16).

La vara también apuntaba a la continuidad del sacerdocio. No había solamente almendras para el presente, sino también brotes y flores que prometían más fruto en el futuro. De esa manera, Cristo proveyó en su iglesia un pueblo que le serviría de una generación a otra. Sin embargo, este sacerdocio no duraría para siempre. Como las ramas y las flores de un árbol, con el tiempo se marchitaría y se secaría. El florecimiento del almendro es una señal de la vejez (Eclesiastés 12:5). Esa señal quedó marcada desde temprano en el sacerdocio mosaico, que pronto envejeció y estaba a punto de desaparecer (Hebreos 8:13).

También era un tipo, o una representación, de Cristo y de su sacerdocio. Él es el hombre, el Renuevo, que sería sacerdote sobre su trono, como se diría más adelante (Zacarías 6:12). Crecería delante de Dios, así como esta vara creció delante del arca, como una planta tierna y como raíz de tierra seca (Isaías 53:2).

El registro de esta decisión se conservó al guardar la vara delante del testimonio, para que permaneciera como un recordatorio duradero (Números 17:10, 11). Es probable que los brotes, las flores y el fruto se conservaran frescos. El mismo poder que los produjo en una sola noche los mantuvo durante años, al menos mientras fueran necesarios como advertencia para los rebeldes. Así se convirtió en un milagro permanente, y su presencia continua demostraba claramente que el milagro era real. Ni siquiera la hoja de los árboles de Dios se marchita (Salmo 1:3).

Esta vara fue conservada, al igual que los incensarios, para detener sus murmuraciones y evitar que murieran. El propósito de Dios en todas sus acciones, tanto en sus misericordias como en sus juicios, y también en los recordatorios de esas acciones, es quitar el pecado e impedir que regrese. Estas cosas sucedieron y quedaron escritas para que no pequemos (1 Juan 2:1). Cristo fue manifestado para quitar el pecado.

Lo que Dios hace para quitar el pecado lo hace con verdadera bondad hacia nosotros, para que no muramos. Todos los remedios amargos que nos da y todos los caminos difíciles por los que nos lleva tienen el propósito de curar una enfermedad que, de otro modo, sería mortal. El obispo Hall también señala que las tablas de la ley, la vasija con el maná y la vara de Aarón se guardaban juntas, dentro del arca o cerca de ella, como el apóstol las menciona juntas (Hebreos 9:4). Esto mostraba a las generaciones posteriores cómo se enseñaba, se alimentaba y se gobernaba a la iglesia antigua. De ahí concluye que la doctrina, los sacramentos y el gobierno de la iglesia son valiosos para Dios y también deben serlo para nosotros.

La vara de Moisés se usó en muchos milagros, pero no leemos que haya sido conservada. Guardarla solo habría satisfecho la curiosidad. En cambio, la vara de Aarón, que llevaba consigo la evidencia de su milagro, fue preservada cuidadosamente porque tendría un propósito permanente. Serviría para convencer las conciencias, poner fin a las disputas acerca del sacerdocio y fortalecer la fe del pueblo de Dios en sus mandamientos. Esa es la diferencia entre los sacramentos que Cristo estableció para edificar a su pueblo y las reliquias que los seres humanos han inventado por superstición.

Entonces el pueblo clamó: «Moriremos, pereceremos; todos pereceremos. ¿Acaso todos seremos consumidos por la muerte?» (Números 17:12, 13). Esto puede entenderse de una de dos maneras. Puede ser la queja de un pueblo obstinado que discutía contra los juicios de Dios, los cuales ellos mismos habían provocado por su orgullo y resistencia. Parecen hablar con desesperación, como si Dios fuera un amo severo que buscara faltas y siempre estuviera listo para encontrar una razón para destruirlos. Parecen decir que, si se desviaban aunque fuera un poco, tendrían que morir y perecer, como si Dios nunca estuviera satisfecho hasta borrarlos por completo. Son como un toro atrapado, lleno de la furia del Señor (Isaías 51:20), enojado porque Dios es más fuerte que ellos y los obligó a someterse. Es muy pecaminoso impacientarse contra Dios en medio del sufrimiento y añadir más culpa a nuestro problema. Si morimos y perecemos, la culpa es nuestra.

O bien, estas palabras pueden ser las de un pueblo arrepentido. Muchos intérpretes las entienden como una expresión de sumisión: «Ahora vemos que es la voluntad de Dios que mantengamos nuestra distancia y que es peligroso acercarnos más de lo que él ha permitido. Nos sometemos a su mandato. Ya no discutiremos, para que no perezcamos todos». En ese caso, le piden a Moisés que interceda por ellos, para que no sean destruidos todos. De esta manera se resolvió el asunto y Dios quitó sus murmuraciones. Después de eso, aceptaron su decisión.

Cuando Dios juzga, al final prevalecerá. De una manera u otra, hará que hasta sus opositores más obstinados reconozcan tarde o temprano su error y confiesen que, en aquello en lo que actuaron con orgullo, él estuvo por encima de ellos. «Has vencido», como dice el antiguo clamor.

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