Versículo destacado
Números 16:12 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Moisés mandó llamar a Datán y a Abiram, hijos de Eliab, pero ellos dijeron: No subiremos. "
Números 16:12
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
10 Él te ha acercado a él, junto con todos tus hermanos, los hijos de Leví. ¿También buscan ustedes el sacerdocio?
11 Por esta causa, tú y todo tu grupo se han reunido contra el SEÑOR. ¿Y qué es Aarón para que murmuren contra él?
12 Moisés mandó llamar a Datán y a Abiram, hijos de Eliab, pero ellos dijeron: No subiremos.
13 ¿Es poca cosa que nos hayas hecho subir de una tierra que fluye leche y miel para matarnos en el desierto, y que además te hagas príncipe absoluto sobre nosotros?
14 Tampoco nos has llevado a una tierra que fluye leche y miel ni nos has dado campos y viñas como herencia. ¿Les sacarás los ojos a estos hombres? No subiremos.
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Aquí vemos, en primer lugar, la insolencia descarada de Datán y Abiram y su queja rebelde. Moisés ya había escuchado a Coré y le había respondido, y ahora mandó llamar a Datán y Abiram para que fueran a presentar su caso (Números 16:12). Pero ellos no quisieron obedecer. Tal vez les daba vergüenza decirle en la cara lo que ya habían decidido decir. Lo más probable es que simplemente se negaran a reconocer su autoridad. Eso era pura arrogancia.
Sus palabras sonaban como las del faraón, quien también desafió a Moisés, aunque después pagó muy caro por ello. Si sus mentes no se hubieran oscurecido y sus corazones no se hubieran endurecido, habrían visto el peligro. Si no respetaban a esos mensajeros, Moisés pronto podría enviar mensajeros de muerte en el nombre de Dios. Pero el dios de este mundo ciega el entendimiento de los incrédulos.
Por medio de los mismos mensajeros, enviaron de vuelta sus acusaciones contra Moisés, y los cargos eran graves. Primero, lo culparon de haberlos sacado de Egipto y llamaron a Egipto una tierra donde abundaban la leche y la miel (Números 16:13). Egipto tenía cebollas, ajos y pescado, pero nunca se presentó como una tierra donde abundaban la leche y la miel. Se estaban burlando de la promesa de Dios acerca de Canaán. ¡Qué ingratitud llamar una herida a la liberación que habían recibido!
Segundo, acusaron a Moisés de querer matarlos en el desierto, aunque habían recibido todo lo necesario. Si estaban condenados a morir allí, solo ellos tenían la culpa. Moisés habría querido sanarlos, pero ellos no quisieron ser sanados.
Tercero, lo acusaron de quitarles la libertad y hacerse príncipe sobre ellos. ¿Príncipe sobre ellos? ¿Acaso no había sido, en realidad, un padre bondadoso para ellos y un siervo por causa del Señor? ¿No había protegido sus bienes, conservado el orden y juzgado con justicia? Vivían en paz y con honor, pero se quejaban como si el gobierno de Moisés fuera más duro que el del faraón. Además, ¿acaso Moisés trató de hacerse príncipe? Todo lo contrario. Al principio había sido reacio a aceptar ese cargo, y muchas veces después habría querido renunciar a él. Sin embargo, lo calumniaron, presentándolo como un tirano y un usurpador.
Cuarto, lo acusaron de haberlos engañado: les había prometido una buena tierra y luego no había cumplido su promesa (Números 16:14). Pero ¿de quién era la culpa? Moisés los había llevado hasta sus límites y estaba listo, bajo la dirección de Dios, para hacerlos entrar. Ellos mismos rechazaron la promesa y se cerraron la puerta. Así que ahora estaban fuera de Canaán por su propio pecado, pero culpaban a Moisés. Cuando las personas insensatas arruinan su propio camino, a menudo se enojan contra el Señor (Proverbios 19:3).
Quinto, hicieron una acusación general de trato injusto, diciendo que Moisés les había cegado los ojos y pretendía manejarlos a su antojo. Pero todo su propósito había sido abrirles los ojos, no cegarlos. Insinuaban que quería impedirles ver lo mal que los estaban tratando. Aun así, ni las personas más sabias y buenas pueden satisfacer a todos, y con frecuencia quienes merecen más elogios reciben las críticas más duras. Moisés les había hecho mucho bien de parte del Señor; ¿por cuál de esas obras lo estaban insultando?
Después vemos el enojo justificado de Moisés ante su insolencia (Números 16:15). Aunque era el hombre más humilde, se enojó mucho al ver que Dios estaba siendo deshonrado por culpa de lo que decían contra él. No podía soportar ver a un pueblo destruirse a sí mismo después de todo lo que había hecho por su liberación. En medio de su angustia, primero apeló a Dios para que diera testimonio de su integridad. Ellos lo habían presentado injustamente como ambicioso, codicioso y opresor, como si se hubiera hecho príncipe sobre ellos. Dios conocía la verdad.
Moisés dijo que no les había quitado ni siquiera un burro, ni como soborno, ni por extorsión, ni siquiera como pago por todo el bien que les había hecho. Nunca había recibido el sueldo de un general ni el salario de un juez, mucho menos el tributo de un príncipe. Cuando cuidaba el rebaño de Jetró tenía más bienes personales que cuando se convirtió en rey de Jesurún. También afirmó que no le había hecho daño a ninguno de ellos, ni siquiera la ofensa más pequeña, ni siquiera a los más difíciles de entre ellos. Nunca había usado su poder para apoyar la injusticia. Quienes no han herido su propia conciencia no tienen que temer las acusaciones falsas de los demás.
Entonces le pidió a Dios que defendiera su causa y mostrara su desagrado al no aceptar la ofrenda de ellos. «Señor —dijo—, no aceptes su ofrenda». Parece estar pensando en Caín, cuya ofrenda Dios no aceptó (Génesis 4:5). Los que siguieron la rebelión de Coré estaban andando por el camino de Caín, como dice Judas (Judas 1:11). Por eso Moisés oró para que fueran rechazados y avergonzados, como lo fue Caín.
Entonces el asunto se puso a prueba. Moisés les pidió que se presentaran con Aarón a la mañana siguiente, a la hora del incienso de la mañana, y que dejaran que Dios decidiera el caso (Números 16:16-17). Como el razonamiento sereno no los había convencido, estaba dispuesto a poner el asunto bajo el juicio de Dios. Moisés no dudaba de que Dios resolvería la disputa. Ya había aceptado antes una prueba de este tipo (Números 16:6-7), y aquí añadió otra muestra de justicia. Aarón, quien había sido elegido por Dios para ofrecer incienso en el tabernáculo, estaría allí como si estuviera siendo juzgado, al mismo nivel que Coré, a la entrada del tabernáculo. Moisés también estaría con ellos. Los que presentaban la acusación tendrían toda oportunidad justa que pudieran pedir, y después toda boca quedaría cerrada.
Coré aceptó el desafío y se presentó con Moisés y Aarón a la entrada del tabernáculo para defender su reclamo (Números 16:18-19). Debió de tener una enorme audacia para llevar el asunto tan lejos.
¿Acaso Coré no había visto hacía poco cómo Nadab y Abiú, sacerdotes consagrados, habían caído muertos por atreverse a ofrecer incienso con fuego no autorizado? ¿Podían él y sus compañeros esperar un resultado mejor al ofrecer incienso con manos no autorizadas? Sin embargo, en su orgullo desafió al cielo y actuó como si pudiera exigir la aprobación de Dios sin el mandato de Dios. Así es como el corazón se endurece por el engaño del pecado.
«Cada uno tomó su incensario». Es posible que algunos de esos incensarios fueran los que estos jefes de familia habían usado en sus altares familiares antes de que esta parte del culto quedara limitada a los sacerdotes y al altar del tabernáculo. Si era así, esperaban devolverle reconocimiento a su antigua práctica. O quizá simplemente eran braseros comunes, usados en la vida diaria.
Para observar esta prueba solemne y ver el resultado, uno pensaría que Moisés debió reunir al pueblo contra los rebeldes. En cambio, Coré reunió al pueblo contra Moisés (Números 16:19). Esto sugiere que una gran parte de la congregación se puso del lado de Coré, siguió su liderazgo y esperaba que tuviera éxito. La confianza de Coré era tan grande que convocó al pueblo para que presenciara su propia derrota. Las personas orgullosas y ambiciosas a menudo trabajan para elevarse, solo para apresurar su propia caída vergonzosa.
Entonces llegó el momento del juicio, y el Juez tomó su lugar. La gloria del Señor apareció (Números 16:19). La misma gloria que había aparecido por primera vez para nombrar a Aarón para su cargo (Levítico 9:23) apareció ahora para confirmarlo en él y confundir a quienes se le oponían y trataban de ocupar su lugar. La gloria visible de Dios normalmente permanecía entre los querubines, dentro del velo, pero ahora se vio sobre la entrada del tabernáculo, aterrorizando a toda la congregación. No vieron ninguna forma ni imagen, pero probablemente la luz y el fuego dejaron claro que Dios estaba enojado, como en Números 14:10. Nada atemoriza más a las personas culpables que ver la gloria de Dios, porque un Dios tan glorioso necesariamente será un enemigo terrible.
Dios amenazó con destruirlos a todos de una vez y les dijo a Moisés y Aarón que se apartaran de ellos para poder hacerlo (Números 16:21). De esta manera, Dios mostró lo que su pecado merecía y cuánto lo había ofendido. Es peligroso relacionarse con pecadores, aun de la manera más pequeña. Muchos de los que estaban allí probablemente habían ido solo por curiosidad o porque seguían al grupo. Sin embargo, si no se oponían abiertamente a los rebeldes ni se declaraban a favor de Dios y de Moisés, corrían el peligro de ser destruidos en un instante. Si seguimos a la multitud hacia donde el diablo ya ha entrado, lo hacemos bajo nuestro propio riesgo.
Entonces Moisés y Aarón intercedieron por el pueblo (Números 16:22). Cayeron rostro en tierra y se postraron delante de Dios como suplicantes sinceros, esperando obtener misericordia para la congregación. Aunque el pueblo los había traicionado, apartándose de ellos y uniéndose a los hombres que se habían levantado contra ellos, Moisés y Aarón permanecieron fieles al deber que Dios les había encomendado. Actuaron como pastores de Israel, poniéndose en la brecha cuando el rebaño estaba en peligro. Si otros fallan en su deber para con nosotros, eso no nos libera de cumplir nuestro deber para con ellos ni de procurar su bienestar.
Su oración fue una súplica intensa y eficaz. Dios los habría destruido si Moisés no hubiera aplacado su ira (Salmo 106:23). Sin embargo, no debemos pensar que Moisés era más considerado o compasivo que Dios. Dios quiso mostrar su santa ira contra el pecado mediante la sentencia y, al mismo tiempo, mostrar su misericordia hacia las oraciones de sus siervos al revocar esa sentencia cuando Moisés intercedió.
En su oración se dirigieron a Dios como «el Dios de los espíritus de todo ser humano». Esto nos recuerda lo que somos: espíritus que viven en un cuerpo, almas unidas a un cuerpo, criaturas formadas maravillosamente del cielo y de la tierra. También nos recuerda quién es Dios: el Dios de los espíritus de toda la humanidad. Él forma el espíritu humano (Zacarías 12:1), es su Padre (Hebreos 12:9), tiene poder para moldearlo (Salmo 33:15) y autoridad para decidir su destino, pues ha dicho: «Todas las almas son mías» (Ezequiel 18:4). Al llamarlo así, Moisés y Aarón parecen apelar a su misericordia. Como Dios de los espíritus de todo ser humano, podía destruir a toda la congregación en un instante, pero también podía perdonarla. Él los creó, le pertenecen y conoce su condición interior. Puede distinguir entre los líderes y el pueblo al que engañaron, entre quienes pecaron con malicia y quienes fueron arrastrados por el engaño. Puede juzgar a cada uno conforme a ello.
Su argumento se parecía mucho a la súplica de Abraham por Sodoma (Génesis 18:23): «¿Destruirás al justo junto con el malvado?». Ese era también el peso de su petición: «¿Pecará un solo hombre y te enojarás con toda la congregación?». Es cierto que todos eran culpables por haberse unido a aquel asunto, pero la principal responsabilidad recaía en quien había iniciado la rebelión. Dios puede actuar con poder soberano y estricta justicia; aun así, tenemos razones para esperar que no destruya a toda una congregación por el pecado de un solo hombre. En la obra del Redentor se han encontrado la justicia y la paz, y la misericordia triunfará sobre el juicio.
Moisés sabía que toda la congregación moriría poco a poco en el desierto, pero aun así oró fervientemente para que no fueran destruidos de una sola vez. Consideraría misericordia que tan solo se les concediera una prórroga: «Señor, déjalo así este año».
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De este capítulo
Números 16:1
"Coré hijo de Izhar, hijo de Coat, hijo de Leví, junto con Datán y Abiram, hijos de Eliab, y On hijo de Pelet, descendientes de Rubén, tomaron hombres."
Números 16:2
"Se levantaron contra Moisés junto con algunos de los hijos de Israel: doscientos cincuenta dirigentes de la asamblea, famosos en la congregación, hombres de renombre."
Números 16:3
"Se reunieron contra Moisés y contra Aarón, y les dijeron: «¡Ustedes se atribuyen demasiado! Toda la congregación es santa, cada uno de ellos, y el SEÑOR está en medio de ellos. ¿Por qué, entonces, se elevan ustedes por encima de la congregación del SEÑOR?»"
Números 16:4
"Cuando Moisés lo oyó, cayó rostro en tierra."
Números 16:5
"Luego habló a Coré y a todo su grupo: Mañana mismo el SEÑOR mostrará quiénes son suyos y quién es santo, y hará que este se acerque a él; hará que aquel a quien haya escogido se acerque a él."
Números 16:6
"Hagan esto: tomen incensarios, Coré y todo su grupo,"
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