Versículo destacado
Nehemías 2:9 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Entonces fui a los gobernadores del otro lado del río y les entregué las cartas del rey. El rey había enviado conmigo capitanes del ejército y jinetes. "
Nehemías 2:9
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
7 Además, le dije al rey: Si al rey le parece bien, que se me den cartas para los gobernadores del otro lado del río, a fin de que me permitan pasar hasta que llegue a Judá;
8 y una carta para Asaf, el encargado del bosque del rey, a fin de que me dé madera para hacer vigas para las puertas del palacio que pertenece a la casa, para la muralla de la ciudad y para la casa en la que entraré. El rey me lo concedió conforme a la buena mano de mi Dios sobre mí.
9 Entonces fui a los gobernadores del otro lado del río y les entregué las cartas del rey. El rey había enviado conmigo capitanes del ejército y jinetes.
10 Cuando Sanbalat el horonita y Tobías el siervo amonita se enteraron, les disgustó muchísimo que hubiera llegado un hombre para procurar el bienestar de los hijos de Israel.
11 Llegué, pues, a Jerusalén y permanecí allí tres días.
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Aquí se nos dice, en primer lugar, que Nehemías salió de la corte del rey con honores. El rey designó oficiales del ejército y jinetes para que lo acompañaran (Nehemías 2:9). Esto servía tanto para protegerlo como para mostrar que el rey se complacía en honrarlo, de modo que todos sus servidores también lo respetaran. De la misma manera, aquellos a quienes el Rey de reyes envía están protegidos y honrados por él, y cuentan con la asistencia de los ángeles.
En segundo lugar, vemos cómo fue recibido por la gente de la tierra a la que había ido a servir. Entre los judíos y sus aliados en Jerusalén, al principio casi nadie le prestó atención, porque había mantenido oculto su propósito. Permaneció tres días en Jerusalén (Nehemías 2:11), y parece que ninguno de los hombres importantes de la ciudad salió a darle la bienvenida. El rey había enviado jinetes con él, pero los judíos no enviaron a nadie para recibirlo, y Nehemías no llevaba ningún animal aparte del que él mismo montaba (Nehemías 2:12). Las personas sabias y dignas de un honor especial no buscan llamar la atención ni hacen ostentación, aun cuando traen grandes bendiciones. El mundo todavía no reconoce a quienes un día reinarán, porque aún permanecen ocultos (1 Juan 3:1).
Aunque los demás le prestaron poca atención, Nehemías estudió cuidadosamente la situación. Se levantó de noche e inspeccionó las murallas derribadas, probablemente a la luz de la luna (Nehemías 2:13), para ver qué era necesario hacer y cuál sería la mejor manera de comenzar. Quería saber si todavía podían utilizarse los antiguos cimientos y qué materiales viejos podían servir para la reparación. Por lo general, el buen trabajo se realiza bien cuando primero se piensa y se planifica con cuidado. Es prudente que quienes participan en una obra pública vean las cosas con sus propios ojos tanto como sea posible, y que lo hagan discretamente si pueden. Quienes desean reconstruir las murallas de la iglesia deben observar primero con atención las ruinas. Para saber cómo mejorar algo, primero hay que reconocer qué está mal, qué necesita reformarse y qué todavía puede conservarse.
Cuando finalmente les comunicó su plan a los gobernantes y al pueblo, todos estuvieron de acuerdo con entusiasmo. Al principio, Nehemías no explicó por qué había ido (Nehemías 2:16), porque no quería parecer presumido y porque, si la obra resultaba imposible, podría retirarse con mayor dignidad. Las personas sinceras y humildes no anuncian sus donaciones ni sus buenas obras para llamar la atención. Pero después de haber examinado todo y, probablemente, de haber percibido la actitud de los líderes y del pueblo, les contó lo que Dios había puesto en su corazón (Nehemías 2:12): reconstruir la muralla de Jerusalén (Nehemías 2:17).
Presentó el asunto de manera justa. Les recordó su aflicción, lo expuestos que estaban ante los enemigos de todos lados, la razón por la que eran objeto de burlas como gente débil e inútil, y lo fácil que era atacarlos cuando alguien lo decidía. Entonces les dijo: «Vengan, reconstruyamos la muralla». No intentó hacer el trabajo solo, porque un solo hombre no podía realizarlo. Tampoco les dio órdenes con dureza, aunque tenía la autoridad del rey. Más bien, los animó como un hermano e invitó a todos a unirse a la obra. Para alentarlos, presentó el plan como algo que provenía de la gracia especial de Dios. No se atribuyó el mérito de una buena idea propia, sino que dijo que Dios la había puesto en su corazón. Por eso todos debían apoyarla, porque todo lo que viene de Dios debe impulsarse, y podían esperar que prosperara, ya que Dios bendice la obra que encomienda.
También señaló la providencia de Dios, es decir, su cuidado sabio y su mano guía. Les mostró la carta del rey y les explicó con cuánta libertad se la había concedido y cuán dispuesto había estado el rey a ayudarlo. En todo esto, Nehemías veía la buena mano de su Dios actuando. Eso animaría tanto a él como a ellos a perseverar en una obra que Dios había favorecido tan claramente. Y todos respondieron de inmediato: «Levantémonos y construyamos». Se avergonzaban de haber permanecido inactivos durante tanto tiempo, sin siquiera intentar realizar aquella obra necesaria. Así que resolvieron levantarse de su pereza, ponerse a trabajar y animarse unos a otros. «Levantémonos» significaba: «Hagamos esto con fuerza, cuidado y determinación, sin abandonar a mitad del camino». De ese modo, fortalecieron sus propias manos y las de los demás para realizar aquella buena obra.
Muchas buenas obras tendrían suficientes trabajadores si tan solo hubiera un buen líder que diera el primer paso. Todos veían la condición arruinada de Jerusalén, pero nadie había propuesto repararla. Cuando Nehemías habló, todos estuvieron de acuerdo. Es lamentable que una buena idea se pierda simplemente porque nadie está dispuesto a hablar primero y romper el hielo. Cuando nos animamos unos a otros a hacer el bien, nos fortalecemos mutuamente para llevarlo a cabo. Una razón importante por la que nos debilitamos en el cumplimiento de nuestro deber es que nuestro corazón se vuelve frío, indiferente y poco dispuesto.
También vemos cómo Nehemías fue recibido por quienes odiaban a los judíos. Estos hombres maldecían a quienes Dios y su pueblo bendecían. Tan solo su llegada los inquietó (Nehemías 2:10). Sanbalat y Tobías, dos samaritanos —aunque Sanbalat era moabita de nacimiento y Tobías amonita— se alteraron profundamente al ver llegar a alguien con la autoridad del rey para ayudar a Israel. Sus esfuerzos pequeños y egoístas por debilitar a Israel estaban siendo desbaratados por un plan justo, noble y generoso para fortalecerlo. Nada irrita más a los enemigos de las personas buenas que verlas gozar del favor de los gobernantes, con su inocencia reconocida y su vergüenza quitada. Les enfurece comprobar que esas personas no solo tienen permiso para vivir, sino que también son dignas de confianza.
Cuando Nehemías comenzó a actuar, intentaron detenerlo, pero no tuvieron éxito (Nehemías 2:19-20). Procuraron desanimarlo burlándose de la obra y calificándola de absurda. Se rieron de ellos y los trataron como constructores inútiles, incapaces de terminar lo que habían comenzado. También intentaron presentar la obra como algo malvado, como si fuera una rebelión: «¿Acaso se están rebelando contra el rey?». Esa era la antigua calumnia. Aunque ahora contaban con la comisión y la protección del rey, sus enemigos todavía los llamaban rebeldes. Pero los judíos tenían buenas razones para ignorar esas acusaciones.
Obtuvieron valor de esta verdad: eran servidores del Dios del cielo, el único Dios verdadero y viviente. Sabían que estaban actuando por él y que, por eso, él los sostendría y haría prosperar su trabajo, aunque las naciones se enfurecieran (Salmo 2:1).
También entendieron por qué esos enemigos los odiaban. Era porque no tenían ningún derecho legítimo sobre Jerusalén y sentían celos del derecho que los judíos sí tenían allí. De la misma manera, el pueblo de Dios puede desestimar con facilidad las débiles amenazas de los enemigos de la iglesia.
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De este capítulo
Nehemías 2:1
"En el mes de Nisán, en el año veinte del rey Artajerjes, había vino delante de él. Yo tomé el vino y se lo serví al rey. Hasta entonces nunca había estado triste en su presencia."
Nehemías 2:2
"Por eso el rey me preguntó: «¿Por qué está triste tu rostro, si no estás enfermo? Esto no es sino tristeza de corazón». Entonces tuve muchísimo miedo,"
Nehemías 2:3
"y le dije al rey: «¡Viva el rey para siempre! ¿Por qué no habría de estar triste mi rostro, cuando la ciudad, el lugar de los sepulcros de mis padres, está en ruinas y sus puertas han sido consumidas por el fuego?»"
Nehemías 2:4
"Entonces el rey me preguntó: «¿Qué es lo que pides?» Así que oré al Dios del cielo."
Nehemías 2:5
"Y le dije al rey: «Si al rey le parece bien, y si su siervo ha hallado favor ante sus ojos, le ruego que me envíe a Judá, a la ciudad de los sepulcros de mis padres, para que yo la edifique»."
Nehemías 2:6
"Entonces el rey me preguntó, (mientras la reina estaba sentada a su lado): «¿Cuánto durará tu viaje y cuándo regresarás?» Al rey le pareció bien enviarme, y yo le indiqué un plazo."
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