Versículo destacado

Nahúm 1:2 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Dios es celoso, y el SEÑOR se venga; el SEÑOR se venga y está lleno de furor. El SEÑOR se vengará de sus adversarios y guarda ira para sus enemigos. "

Nahúm 1:2

menu_book El versículo en contexto

1 La carga de Nínive. El libro de la visión de Nahúm el elcosita.

2 Dios es celoso, y el SEÑOR se venga; el SEÑOR se venga y está lleno de furor. El SEÑOR se vengará de sus adversarios y guarda ira para sus enemigos.

3 El SEÑOR es lento para la ira y grande en poder, y de ningún modo absolverá al malvado. El SEÑOR tiene su camino en el torbellino y en la tormenta, y las nubes son el polvo de sus pies.

4 Él reprende al mar y lo seca, y hace que todos los ríos se sequen. Basán se marchita, y también el Carmelo; la flor del Líbano se marchita.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Nínive no conocía a Dios, al Dios que ahora se levantaba contra ella. Por eso, el profeta le dice qué clase de Dios es él. Es bueno que todos recibamos esta verdad con fe. Para los malvados trae terror, y para el pueblo de Dios, consuelo. Esta gran descripción del Gobernante del mundo es como la columna de nube y de fuego: resplandece hacia Israel, pero se vuelve oscura hacia los egipcios. Que cada persona reciba de ella lo que le corresponde. Que los pecadores la lean y tiemblen; que los santos la lean y se regocijen.

La ira de Dios se revela desde el cielo contra sus enemigos, mientras que su favor y su misericordia están asegurados para su pueblo fiel. Su poder todopoderoso hace que su ira sea verdaderamente aterradora y que su favor sea profundamente deseable. Él es un Dios de justicia estricta, un Dios celoso, y castigará a sus enemigos. Que Nínive entienda esto y tiemble delante de él. Sus ídolos no son nada. No hay nada verdaderamente temible en ellos. Pero el Dios de Israel debe ser temido en gran manera.

Dios se indigna por los insultos que le hacen quienes niegan su existencia o cualquiera de sus atributos, quienes ponen a otros dioses junto a él, quebrantan sus leyes, cuestionan sus actos, se burlan de su palabra o maltratan a su pueblo. Tales personas deben saber que el SEÑOR, el único Dios verdadero y viviente, es celoso y vengador. Él es celoso por el bien de quienes lo adoran y por su tierra (Joel 2:18), y no permitirá que sea perjudicada. Él es vengador y está lleno de furor. Esto no significa que tenga una ira humana e incontrolable, pues dice: «No hay furor en mí» (Isaías 27:4). Más bien, su ira santa forma parte de su gobierno justo. Hace más precisa su justicia y vuelve más serio su juicio para quienes, de otro modo, no temerían nada.

La expresión hebrea significa que es el «Señor de la ira». Tiene ira, pero la mantiene bajo control. La ira humana a menudo nos domina, especialmente a quienes no gobiernan su propio espíritu. Pero Dios siempre es dueño de su ira y «da rienda suelta a su furor» (Salmos 78:50). Él ajustará cuentas con quienes lo tratan de esa manera. No solo se nos dice que es vengador, sino también que se vengará. Lo ha dicho y lo ha jurado (Deuteronomio 32:40-41). Todo ser humano que se levante contra él sentirá su ira.

Aunque el juicio no llegue rápidamente, Dios acumula ira contra ellos y los reserva para el día de la ira. No mantiene para siempre su enojo contra su propio pueblo cuando este se arrepiente y se humilla. Pero contra sus enemigos dejará caer su ira sin fin. No dará por inocentes a los culpables que continúan pecando, persisten en su pecado y no se arrepienten (Nahúm 1:3). Quienes se apartan de Dios y nunca regresan (Salmos 18:21) no serán absueltos. Los que lo buscan con humildad encontrarán gracia, pero los orgullosos que claman por ayuda no encontrarán fácil acercarse a él, ni la misericordia se abrirá ante un «Señor, Señor» tardío y estruendoso.

Esta advertencia sobre la ira de Dios contra sus enemigos se aplica más adelante a Nínive (Nahúm 1:8), y todo el que persiste en el pecado debe aplicársela a sí mismo: «Con una inundación devastadora acabará por completo con ese lugar». El ejército caldeo arrasará Asiria, devastará la tierra y la dejará en ruinas. Cuando los juicios de Dios llegan con su autoridad, son como una inundación. Ningún pueblo puede detenerlos ni resistirlos. La oscuridad perseguirá a sus enemigos. El terror y la angustia los seguirán adondequiera que vayan, hasta que sean llevados a una oscuridad completa. Si intentan huir de la oscuridad que los sigue, solo correrán hacia la oscuridad que tienen por delante.

Dios también tiene un poder incontenible y puede tratar con sus enemigos, sin importar cuántos sean, cuán fuertes o cuán atrevidos se consideren. Él es grande en poder (Nahúm 1:3), así que es bueno tenerlo como amigo y peligroso tenerlo como enemigo. Su poder se manifiesta de muchas maneras en el mundo natural, donde vemos su obra en el orden habitual de las cosas y, a veces, en cambios repentinos y sorprendentes. Si levantamos la mirada al cielo, vemos su poder en el torbellino y la tormenta. Dondequiera que Dios va, lleva consigo el torbellino y la tormenta para infundir temor a sus enemigos (Salmos 18:9 y otros pasajes). Dondequiera que haya un torbellino y una tormenta, Dios gobierna sobre ellos, los dirige y los usa para cumplir su propósito. Habló con Job desde el torbellino, y hasta los vientos de la tormenta hacen lo que él ordena.

Él tiene su camino en el torbellino; es decir, avanza de manera invisible, y la forma en que obra a menudo no puede ser explicada por nosotros, así como también se dice que su camino está en el mar. Las nubes son el polvo que levantan sus pies. Él camina sobre ellas, se mueve entre ellas y las levanta cuando quiere, como los pies de una persona levantan polvo al caminar. Al diablo se le llama príncipe de la potestad del aire solo por permiso de Dios, o más bien por usurpación, porque ese poder realmente está en las manos de Dios.

Si contemplamos las grandes profundidades, vemos que el mar le pertenece, porque él lo hizo. Cuando quiere, reprende al mar y lo seca al secar los ríos que lo alimentan. Mostró ese poder cuando dividió el mar Rojo y el Jordán, y puede hacerlo de nuevo cuando le plazca. Si observamos la tierra que nos rodea, también vemos su poder cuando el calor y la sequía del verano, o el frío y la escarcha del invierno, hacen que Basán, el Carmelo y las flores del Líbano se marchiten, incluso las flores más fuertes y hermosas.

Su poder también se ve en los terremotos, que sacuden las montañas (Nahúm 1:5), derriten las colinas y las igualan con las llanuras. Cuando él lo quiere, la tierra arde en su presencia por el intenso calor del sol. También podría quemarla con fuego del cielo, como hizo con Sodoma, y al final de los tiempos quemará el mundo y todo lo que hay en él. La tierra y todas sus obras serán consumidas por el fuego. Verdaderamente, el Señor es grande y está lleno de poder.

Todo esto tiene como propósito especial mostrar el poder de su ira. Si Dios es todopoderoso, entonces queda claro que nadie puede mantenerse en pie ante su indignación. Los ninivitas habían experimentado anteriormente que Dios es lento para la ira, como él dice en Nahúm 1:3, y quizá se habían envalentonado por causa de esa misericordia. Pero descubrirán que él también es justo y celoso, además de misericordioso y compasivo. Después de mostrar la justicia de su ira, el profeta muestra su poder y la impotencia de los enemigos de Dios ante él. Es inútil que los pecadores más fuertes piensen que pueden mantenerse firmes frente al poder de la ira de Dios. Él es un fuego consumidor, terrible y poderoso.

Aquí vemos la ira de Dios contra el pecado y la intensidad de su furor. Su furia se derrama no como agua, sino como fuego, como el fuego y el azufre que cayeron sobre Sodoma (Salmos 11:6). El infierno muestra cómo es la intensidad de la ira de Dios (Apocalipsis 16:19). Su ira es tan fuerte que aplasta todo lo que encuentra a su paso. Hasta las rocas, que parecen inmovibles, son quebradas por él. En ocasiones, las rocas se han partido cuando el fuego brota desde debajo de la tierra, pero eso solo ofrece una imagen débil de la ira de Dios contra los pecadores de corazón duro y semejante a una roca. Nadie se ha endurecido contra Dios y ha prosperado.

Aquí los pecadores aparecen como paja frente al fuego: débiles, indefensos y completamente incapaces de resistir la ira de Dios o rechazar sus golpes. La persona más orgullosa y atrevida, todo el mundo de los malvados e incluso los ángeles que pecaron son incapaces de mantenerse firmes ante su ira. Tampoco pueden soportarla de tal manera que conserven su valor y algún consuelo en sí mismos. Así como la ira de Dios no puede ser resistida, tampoco puede ser soportada. En este mundo, una persona quizá pueda soportar algunos efectos del desagrado de Dios, pero nadie puede soportar la intensidad de su ira cuando cae directamente sobre el alma. Por eso debemos temerlo, reverenciarlo y no pecar.

Sin embargo, Dios también es un Dios de gran misericordia, y aun en medio de la ira se acuerda de la misericordia. Que los pecadores de Sion, es decir, el pueblo de Dios en Jerusalén que persiste en sus pecados, tengan miedo. Pero que quienes confían en Dios no tiemblen delante de él. Él es lento para la ira (Nahúm 1:3). No se enoja con rapidez, sino que está dispuesto a mostrar misericordia a quienes lo han ofendido y a recibirlos de nuevo cuando se arrepienten. Y cuando se ven señales de su ira contra los malvados, él cuida la seguridad y el consuelo de su propio pueblo (Nahúm 1:7).

El Señor es bueno con quienes hacen el bien, y será una fortaleza en el día de la angustia. La misma mano todopoderosa que trae terror y destrucción sobre los malvados también obra para proteger y consolar a su pueblo. Él tiene poder tanto para salvar como para destruir. En un día de calamidad pública, cuando los juicios de Dios estén sobre la tierra y todo quede reducido a ruinas, será un lugar seguro para quienes, por fe, se ponen bajo su cuidado. Estas son las personas que confían en él mientras cumplen con su deber, viven dependiendo de él y le están consagradas. Él las conoce y las reclama como suyas. Vigila lo que les sucede, sabe qué es lo mejor para ellas y conoce la mejor manera de ayudarlas. Tal vez el mundo no las tome en cuenta, pero el Señor las conoce (Salmo 1:6).

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