Versículo destacado

Mateo 4:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. "

Mateo 4:1

¿Qué significa Mateo 4:1?

Mateo 4:1 significa que el Espíritu guió a Jesús al desierto para enfrentar la tentación del diablo. Este momento inició una etapa de prueba y preparación para su ministerio; también muestra que ser guiado por Dios no elimina las dificultades. Ante presión o necesidad económica, su ejemplo anima a resistir el mal y confiar en Dios.

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menu_book El versículo en contexto

1 Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo.

2 Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre.

3 Y cuando el tentador se acercó a él, le dijo: «Si eres el Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en pan».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos la historia de una lucha famosa, cara a cara: entre Miguel y el dragón, entre la Descendencia de la mujer y la descendencia de la serpiente; en efecto, con la serpiente misma. En esa lucha, la Descendencia de la mujer sufre al ser tentada, y por eso se le hiere el talón. Pero la serpiente es completamente derrotada en sus tentaciones, y por eso se le aplasta la cabeza. Nuestro Señor Jesús sale victorioso, y por medio de esa victoria asegura consuelo presente y la victoria final para todos sus seguidores fieles.

En cuanto a la tentación de Cristo, observemos primero el momento en que ocurrió. La palabra «entonces» es importante. Inmediatamente después de que los cielos se le abrieron, el Espíritu descendió sobre él y fue declarado Hijo de Dios y Salvador del mundo, lo siguiente que escuchamos es que fue tentado. Ese era precisamente el momento en que estaba mejor preparado para enfrentarla.

Los grandes privilegios y las señales especiales del favor de Dios no nos libran de la tentación. De hecho, después de recibir grandes honores, debemos esperar algo que nos humille. A Pablo le fue enviado un mensajero de Satanás para atormentarlo después de haber sido llevado hasta el tercer cielo. Por lo general, Dios prepara a su pueblo para la tentación antes de llamarlo a enfrentarla. Él da fuerzas para cada día y, antes de una prueba difícil, muchas veces concede un consuelo fuera de lo común.

La seguridad de que somos hijos de Dios es la mejor preparación para la tentación. Si el Espíritu Santo da testimonio de nuestra adopción, eso nos proporciona una respuesta para cada insinuación que trae el espíritu maligno, ya sea que quiera corrompernos o angustiarnos. Así, cuando Jesús acababa de participar en una ordenanza solemne, después de su bautismo, fue tentado. Después de haber sido llevados a la comunión con Dios, debemos esperar que Satanás nos ataque. Un alma que ha recibido mucha gracia debe mantenerse doblemente alerta. Cuando hayas comido y estés satisfecho, cuídate.

Además, cuando Jesús comenzó a manifestarse públicamente ante Israel, fue tentado; eso no le había ocurrido mientras vivía en privado. El diablo siente un odio especial por las personas útiles, por quienes no solo son buenos, sino que también hacen el bien, especialmente cuando apenas comienzan su labor. El hijo de Sira dice: «Hijo mío, si vienes a servir al Señor, prepárate para la tentación» (Eclesiástico 2:1). Los ministros jóvenes deben saber qué esperar y estar preparados.

En segundo lugar, observemos el lugar donde ocurrió: el desierto. Probablemente se trataba del gran desierto del Sinaí, donde Moisés y Elías ayunaron durante cuarenta días, pues ninguna parte del desierto de Judea parece haber estado tan desolada y llena de animales salvajes como esta (Marcos 1:13). Cuando Cristo fue bautizado, no fue a Jerusalén para anunciar la gloria que había recibido. En cambio, se retiró a un desierto. Después de tener comunión con Dios, es bueno apartarse por un tiempo, para no perder lo que hemos recibido en medio del ruido y la prisa de los asuntos del mundo.

Cristo fue al desierto por dos razones. Primero, para obtener una ventaja para sí mismo. La soledad da tiempo para meditar y tener comunión con Dios. Incluso quienes han sido llamados a las vidas más ocupadas necesitan horas de reflexión y primero deben aprender a estar a solas con Dios. Quienes hablan públicamente acerca de las cosas de Dios no están capacitados para esa labor si antes no han tratado en secreto con esas mismas cosas. Cuando Cristo se presentó como un maestro enviado por Dios, la gente no diría: «Acaba de llegar de viajar; ha visto el mundo». Diría: «Acaba de salir del desierto; ha estado a solas con Dios y con su propio corazón».

En segundo lugar, fue allí para darle una oportunidad al tentador, de modo que Satanás pudiera acercarse a él más fácilmente que si hubiera estado acompañado. La soledad es buena para un corazón piadoso, pero Satanás sabe cómo usarla en nuestra contra. ¡Ay de quien está solo! Quienes, bajo el pretexto de la santidad y la devoción, se retiran a desiertos y lugares escondidos descubren que no están fuera del alcance de sus enemigos espirituales; además, allí pierden la ayuda que proviene de la comunión con otros creyentes.

Cristo se retiró, primero, para hacer más gloriosa su victoria. Le dio al enemigo el sol y el viento a su favor, y aun así lo derrotó. Podía darle esa ventaja al diablo con toda seguridad, porque el gobernante de este mundo no tenía nada en él. Pero el diablo sí encuentra algo en nosotros; por eso debemos orar para no caer en tentación y mantenernos alejados del peligro cuando podamos. En segundo lugar, Cristo se retiró para librar él solo la batalla, a fin de ser exaltado por su propia fuerza. Por eso está escrito: «He pisado el lagar yo solo, y de los pueblos nadie estaba conmigo». Cristo entró en el combate sin un segundo.

En tercer lugar, observemos la preparación para la tentación; hubo dos aspectos. Él fue llevado al conflicto. No se lanzó neciamente a él, sino que el Espíritu lo condujo al desierto para que fuera tentado por el diablo. El Espíritu que descendió sobre él como una paloma lo hizo manso, pero también valiente. Nuestra preocupación debe ser no entrar en tentación. Pero si Dios, en su providencia, nos coloca en lugares difíciles para probarnos, no debemos considerarlo extraño. Más bien, debemos mantenernos aún más alerta. Sean fuertes en el Señor, permanezcan firmes en la fe, y todo estará bien.

Si confiamos en nuestras propias fuerzas e invitamos al diablo a probarnos, estamos pidiéndole a Dios que nos deje entregados a nosotros mismos. Pero dondequiera que Dios nos conduzca, podemos confiar en que irá con nosotros y nos sacará de allí más que vencedores. Cristo fue llevado para ser tentado por el diablo, y solo por el diablo. Otras personas son tentadas cuando sus propios deseos las atraen y las seducen hacia el pecado (Santiago 1:14). El diablo se apodera de esa debilidad y trabaja con ella. Pero nuestro Señor Jesús no tenía una naturaleza pecaminosa; por eso fue llevado sin peligro ni temor, como un campeón que entra al campo de batalla, para ser tentado únicamente por el diablo.

La tentación de Cristo muestra su propia humildad y su disposición a rebajarse. Las tentaciones son dardos encendidos, espinas en la carne, golpes, zarandeos, luchas y batallas: todas estas palabras muestran dificultad y dolor. Cristo se sometió a ellas porque quiso humillarse y hacerse semejante a sus hermanos y hermanas en todo sentido. De esa manera, entregó su espalda a quienes lo golpeaban.

También le dio vergüenza a Satanás. No hay victoria sin batalla. Cristo fue tentado para derrotar al tentador. Satanás tentó al primer Adán y triunfó sobre él. Pero no triunfará para siempre. El segundo Adán lo vencerá y llevará cautiva la cautividad.

Esto también es un consuelo para todos los creyentes. En la tentación de Cristo vemos que nuestro enemigo es astuto, lleno de odio y audaz en sus ataques. Sin embargo, también vemos que no es invencible. Aunque es un hombre fuerte y armado, el Capitán de nuestra salvación es más fuerte que él. Nos consuela saber que Cristo sufrió al ser tentado. Eso demuestra que las tentaciones, si no cedemos ante ellas, no son pecados, sino aflicciones que pueden soportarse. Además, tenemos un Sumo Sacerdote que sabe por experiencia lo que es la tentación, y por eso se compadece con mayor ternura de nuestras debilidades en la hora de la tentación (Hebreos 2:18; Hebreos 4:15).

Es un consuelo mucho mayor recordar que Cristo obtuvo la victoria cuando fue tentado, y que la obtuvo por nosotros. El enemigo contra el que luchamos ya fue derrotado, confundido y despojado de su poder. Más aún, compartimos la victoria de Cristo y, por medio de él, somos más que vencedores.

Cristo también estaba preparado para el conflicto, como los luchadores que se entrenan con dominio propio en todo (1 Corintios 9:25). Ayunó durante cuarenta días y cuarenta noches, siguiendo el modelo y ejemplo de Moisés, el gran legislador, y de Elías, el gran profeta y reformador del Antiguo Testamento. Juan el Bautista vino con el espíritu y el poder de Elías en asuntos de carácter moral, pero no en milagros (Juan 10:41); ese honor quedó reservado para Cristo. Cristo no necesitaba ayunar para dominar deseos pecaminosos, porque no tenía ninguno. Sin embargo, ayunó por varias razones. Se humilló y se presentó como alguien abandonado, como alguien a quien nadie buscaba. También le dio lugar a Satanás para atacar, a fin de que su victoria sobre él brillara con mayor claridad. Además, dejó establecido el ayuno para nuestro uso cuando la providencia de Dios nos llame a practicarlo, cuando nos falte el alimento diario, cuando necesitemos disciplinar el cuerpo o cuando sea necesario avivar la oración. Estas son buenas maneras de prepararnos para la tentación.

Si los fieles son humillados, si carecen de amigos y de ayuda, esto puede consolarlos. Su Maestro fue probado de la misma manera. Una persona puede carecer de pan y aun así contar con el favor del cielo y ser guiada por el Espíritu. El uso que hace la Iglesia católica romana de la Cuaresma como referencia al ayuno de cuarenta días de Cristo es, según las palabras de la fuente, una necedad y una superstición, y la ley civil de aquel tiempo también daba testimonio contra esa práctica. Cuando Cristo ayunó durante cuarenta días, no tuvo hambre durante ese tiempo. La comunión con el cielo ocupó para él el lugar de la comida y la bebida. Pero después tuvo hambre, para mostrar que era verdadera y plenamente humano. Tomó sobre sí nuestras debilidades naturales para poder hacer expiación por nosotros. La humanidad cayó por medio de la comida, y nosotros a menudo pecamos de la misma manera; por eso Cristo también tuvo hambre.

Ahora llegamos a las tentaciones mismas. El propósito de Satanás en cada tentación era llevar a Cristo a pecar contra Dios, para que dejara de ser apto como sacrificio por los pecados de otros. Cualquiera que fuera la forma de la tentación, Satanás intentaba hacer tres cosas: llevar a Cristo a dudar de la bondad de su Padre, hacerlo presumir del poder de su Padre o apartarlo del honor de su Padre ofreciéndoselo a Satanás. En las dos primeras, la tentación parecía inofensiva, y allí se veía la habilidad del tentador. En la última, lo que se ofrecía parecía atractivo. Las dos primeras eran tentaciones ingeniosas, difíciles de detectar y que requerían gran sabiduría; la última era una tentación poderosa, que exigía una gran determinación para resistirla. Sin embargo, Cristo venció todas.

Primero, Satanás lo tentó a dudar de la bondad y el cuidado de su Padre. El diablo se acercó a él (Mateo 4:3). El diablo es el tentador y, por eso, también es Satanás, el adversario. Cualquiera que nos conduce al pecado actúa como agente de Satanás y hace su obra. Se le llama especialmente «el tentador» porque tentó a nuestros primeros padres y todavía hace lo mismo. Se acercó a Cristo en una forma visible, pero no aterradora como la que adoptaría después en Getsemaní. Si alguna vez el diablo se disfrazó de ángel de luz, fue aquí, fingiendo ser un espíritu bueno o un ángel guardián.

El tentador fue muy astuto al relacionar este ataque con lo que acababa de suceder. Cristo había comenzado a sentir hambre, así que la sugerencia de convertir las piedras en pan parecía adecuada para su necesidad. Satanás suele aprovecharse de nuestras circunstancias externas y usarlas como punto de partida para sus ataques. Es vigilante además de malicioso, y cuanto mayor sea la habilidad que use contra nosotros, con mayor cuidado debemos protegernos. Cuando Cristo tuvo hambre en un desierto donde no había nada disponible, el diablo lo atacó. La necesidad y la pobreza son una fuerte tentación al descontento, la incredulidad y las maneras ilícitas de obtener alivio. La gente excusa esto diciendo que la necesidad no conoce ley o que el hambre atraviesa muros de piedra, pero para nosotros la ley de Dios debe ser más firme que los muros de piedra. Agur oró para ser librado de la pobreza, no porque la pobreza sea solamente una vergüenza o una dificultad, sino porque es una tentación: «no sea que siendo pobre, robe». Quienes han sido humillados por las circunstancias necesitan cuidarse el doble. Es mejor morir de hambre que vivir y prosperar por medio del pecado.

Cristo también acababa de ser declarado Hijo de Dios, y ahora el diablo lo tentó a dudar de ello: «Si eres Hijo de Dios». Si Satanás no hubiera sabido que el Hijo de Dios vendría al mundo, no habría dicho esto. Y si no hubiera sospechado que Jesús era ese Hijo, tampoco se lo habría dicho a él. Además, no se habría atrevido a hablar así si Cristo no hubiera ocultado entonces su gloria y si el diablo no se hubiera vuelto insolente. La insinuación era esta: si Cristo realmente era el Hijo de Dios, ¿cómo podía encontrarse en semejante necesidad? Si Dios verdaderamente era su Padre, seguramente no permitiría que pasara hambre, pues todas las bestias del bosque le pertenecen (Salmo 50:10, Salmo 50:12). La voz del cielo, «Este es mi Hijo amado», fue descartada como un error o, peor aún, como una mentira. Según el tentador, o Dios no era su Padre, o era un padre muy poco bondadoso.

Uno de los principales objetivos de Satanás cuando tienta a las personas piadosas es destruir su certeza de que son hijos de Dios. Si puede lograrlo, corta su confianza en Dios, su deber hacia él y su comunión con él. El Espíritu Santo, que consuela a los creyentes, da testimonio de que son hijos de Dios. El espíritu maligno, que acusa a los creyentes, hace todo lo posible por sacudir ese testimonio. Las dificultades externas, la carencia y las cargas se encuentran entre los argumentos más fuertes de Satanás, como si el sufrimiento no pudiera ser compatible con ser hijo de Dios, cuando en realidad a menudo procede del amor paternal de Dios. Quienes puedan responder a esta tentación con el espíritu del santo Job estarán bien armados: aunque él me mate, aunque me deje pasar hambre, aun así confiaré en él y lo amaré como a un amigo, incluso cuando parezca venir contra mí como un enemigo.

El diablo también intenta sacudir nuestra fe en la palabra de Dios y hacernos dudar de que sea verdadera. Así comenzó con nuestros primeros padres: «¿De veras Dios les ha dicho esto?». Aquí vuelve a hacer lo mismo: «¿Acaso Dios ha dicho que eres su Hijo amado? Seguramente no lo dijo; y si lo dijo, no es verdad».

Le damos lugar al diablo cuando ponemos en duda cualquier palabra que Dios haya pronunciado. Su obra, como padre de mentira, es luchar contra las palabras verdaderas de Dios. A menudo lo hace poniendo en la mente de las personas pensamientos difíciles acerca de Dios, como si Dios fuera cruel, infiel o se hubiera olvidado de quienes confiaron en él.

Intentó esto con nuestros primeros padres, haciéndoles pensar que Dios les prohibía el árbol del conocimiento porque quería privarlos de algo bueno. Aquí le sugiere a nuestro Salvador que el Padre lo ha rechazado y lo ha dejado valerse por sí mismo. Pero la insinuación no tiene sentido y es fácil de responder. Si Cristo parecía ser solamente un hombre porque tenía hambre, ¿por qué no habría de ser reconocido como más que un hombre, incluso como el Hijo de Dios, cuando ayunó durante cuarenta días sin sentir hambre?

El argumento del diablo era este: «Ahora tienes la oportunidad de demostrar que eres el Hijo de Dios. Si eres el Hijo de Dios, demuéstralo ordenando que estas piedras, probablemente un montón que estaba delante de él, se conviertan en pan» (Mateo 4:3). Juan el Bautista acababa de decir que Dios puede levantar hijos para Abraham aun de estas piedras, así que el poder divino ciertamente podía convertir las piedras en pan. Si Cristo tenía ese poder, el diablo lo instaba a usarlo para sí mismo en su necesidad. No le dijo: «Pídele a tu Padre que las convierta en pan», sino: «Ordena que se haga». En otras palabras: «Tu Padre te ha abandonado; actúa por tu cuenta y no dependas de él».

Al diablo le encanta todo lo que es orgulloso y autosuficiente. Logra su objetivo si puede apartar a las personas de la dependencia de Dios y hacerles pensar que pueden arreglárselas por sí mismas.

Cristo resistió y venció la tentación de dos maneras. Primero, se negó a hacerlo. No quiso ordenar que las piedras se convirtieran en pan, no porque no pudiera, pues poco después convirtió las piedras en pan en otro sentido, sino porque no quiso hacerlo. A primera vista, la petición parecía bastante razonable. De hecho, cuanto más convincente parece una tentación y cuanto más bien parece ofrecer, más peligrosa es. Cristo vio de inmediato la trampa oculta y no quiso hacer nada que pareciera poner en duda la verdad de la voz del cielo, dudar del cuidado de su Padre, actuar de manera independiente o agradar a Satanás haciendo lo que Satanás le sugería.

Segundo, estaba preparado con la Escritura (Mateo 4:4). Respondió: «Escrito está». Esto merece nuestra atención. Cristo respondió a cada tentación de Satanás con las palabras: «Escrito está». Él mismo es la Palabra eterna y podría haber expresado la voluntad de Dios sin citar a Moisés, pero honró la Escritura y nos dejó un ejemplo. Le habló así a Satanás sabiendo que Satanás conocía muy bien lo que estaba escrito. Incluso quienes son hijos del diablo pueden conocer lo que está escrito en el libro de Dios, pues «los demonios creen y tiemblan».

Así también debemos responder a la tentación. Debemos resistirla y hacerla retroceder diciendo: «Escrito está». La Palabra de Dios es la espada del Espíritu, la única arma ofensiva de la armadura cristiana (Efesios 6:17). En nuestras batallas espirituales, nada se le compara.

La respuesta de Cristo proviene de Deuteronomio, que significa «segunda ley». Ese libro contiene muy poca ley ceremonial. Los sacrificios y lavamientos levíticos, que formaban parte de la ley dada al sistema sacerdotal de Leví, no podían expulsar a Satanás, aunque Dios los había establecido. Mucho menos pueden hacerlo el agua bendita o la señal de la cruz, que fueron inventadas por los seres humanos. Pero los mandamientos morales y las promesas del evangelio, unidos a la fe, son poderosos por medio de Dios para derrotar a Satanás.

Las palabras provienen de Deuteronomio 8:3, donde Dios explicó por qué alimentó a Israel con maná. Lo hizo para enseñarles que el ser humano no vive solamente de pan. Cristo aplica esa lección a sí mismo. Israel era el hijo de Dios, a quien él llamó de Egipto (Oseas 11:1), y Cristo también lo era (Mateo 2:15). Israel estaba entonces en el desierto, y Cristo estaba ahora en el desierto, quizá en el mismo lugar.

Así que el diablo quería que Cristo pusiera en duda su identidad como Hijo precisamente porque tenía necesidad. Cristo responde que Israel también era hijo de Dios, y que Dios había tratado a ese hijo con mucha ternura, aunque también lo había disciplinado (Hechos 13:18). Deuteronomio 8:5 dice: «Así como un padre disciplina a su hijo, así el Señor tu Dios te disciplina a ti». Del mismo modo, Cristo, como Hijo, estaba aprendiendo a obedecer.

El diablo también quería que desconfiara del amor y del cuidado de su Padre. En esencia, la respuesta de Cristo fue: «Eso sería como Israel, que en medio de su necesidad preguntó: “¿Está el Señor entre nosotros? ¿Puede darnos pan en el desierto?”». Dios ya había demostrado que podía proveer. El diablo también quería que Cristo buscara alivio de inmediato, tan pronto como comenzara a sentir hambre. Pero Dios tenía razones sabias y santas para permitir que Israel pasara hambre antes de alimentarlo. Lo humilló y lo puso a prueba. Los hijos de Dios deben aprender no solo a esperar en él, sino también a esperar que él actúe.

El diablo quería que Cristo se consiguiera pan por sí mismo. En esencia, Cristo respondió: «¿Por qué habría de hacerlo? Ya se ha demostrado sin lugar a dudas que el ser humano puede vivir sin pan, como Israel vivió en el desierto durante cuarenta años alimentándose del maná». Normalmente, Dios mantiene con vida a las personas mediante el pan que produce la tierra (Job 28:5), pero puede usar otros medios si así lo decide. Cualquier palabra que salga de la boca de Dios, cualquier cosa que él ordene con ese propósito, basta para sostener a una persona tanto como el pan.

Podemos tener pan y aun así no recibir alimento si Dios retira su bendición (Hageo 1:6, 1:9; Miqueas 6:14). Al pan se le llama sustento de la vida, pero es la bendición de Dios la que mantiene firme ese sustento. También podemos carecer de pan y, aun así, recibir alimento de alguna otra manera. Dios sostuvo a Moisés y a Elías sin pan, y Cristo mismo acababa de pasar cuarenta días sin comer. Alimentó a Israel con pan del cielo, con alimento de ángeles. Alimentó a Elías con pan que unos cuervos le llevaron milagrosamente, y en otra ocasión, con la comida de una viuda que se multiplicó milagrosamente. Por eso, Cristo no necesitaba convertir las piedras en pan. Podía confiar en que Dios lo mantendría con vida de alguna otra manera, tal como lo había sostenido durante los cuarenta días anteriores, antes de que sintiera hambre.

Aquí vemos que, así como no debemos pensar que podemos vivir sin Dios cuando tenemos abundancia, también debemos aprender a vivir dependiendo de Dios cuando estamos en gran necesidad. Cuando la higuera no florece, el campo no produce alimento y desaparecen todos los medios ordinarios de ayuda, aun así debemos alegrarnos en el Señor. No debemos exigir lo que queremos, aunque parezca necesario, si eso va en contra del mandamiento de Dios. Más bien, debemos pedir con humildad lo que él considere apropiado darnos y agradecerle por el pan que nos permita tener, aunque sea solo una pequeña porción.

Aprendamos de Cristo a depender de la provisión de Dios en vez de nuestros propios recursos, y a no tomar medidas ilícitas para satisfacer nuestras necesidades, por urgentes que sean (Salmo 37:3). Jehová-jiré significa «el Señor proveerá» de alguna manera. Es mejor vivir en pobreza con los buenos dones de Dios que vivir en abundancia gracias a los resultados de nuestro propio pecado.

Entonces Satanás tentó a Cristo a presumir del poder y la protección de su Padre. Observemos lo inquieto e incansable que es el diablo. Si fracasa en un ataque, intenta otro. En esta segunda tentación, quiso convertir la confianza de Cristo en el cuidado de su Padre para recibir alimento en una confianza imprudente en el cuidado de su Padre para estar a salvo.

Estamos en peligro de equivocarnos hacia cualquiera de los dos extremos, así que debemos tener cuidado. Si evitamos un extremo, Satanás puede intentar empujarnos hacia el opuesto. Si vencemos el despilfarro, podemos caer en la avaricia. Los extremos de la desesperación y la presunción son especialmente peligrosos en lo que se refiere a nuestra alma. Algunas personas llegan a estar convencidas de que Cristo puede y quiere salvarlas de sus pecados, y luego son tentadas a pensar que las salvará mientras permanecen en sus pecados. Del mismo modo, cuando las personas comienzan a tomar en serio su fe y a vivirla con celo, Satanás puede llevarlas a la dureza y a una pasión llena de ira.

En esta tentación, observemos cómo preparó el camino. No llevó a Cristo por la fuerza ni contra su voluntad, sino que lo condujo a Jerusalén y fue con él. No queda claro si Cristo fue por tierra y subió las escaleras del templo, o si fue llevado por el aire. Pero fue colocado en un pináculo, es decir, en un punto elevado del templo.

Primero, observemos cuán dispuesto estaba Cristo a permitir que lo llevaran allí, para que Satanás hiciera lo peor que pudiera y aun así fuera vencido. La paciencia de Cristo en este momento, al igual que después en su sufrimiento y muerte, es más asombrosa que el poder de Satanás. Satanás no tenía ningún poder sobre Cristo, excepto el que le había sido permitido desde lo alto. Qué consolador es saber que Cristo, quien permitió que Satanás ejerciera ese poder contra él, no permite que haga lo mismo contra nosotros. Lo limita, porque conoce nuestra condición.

Segundo, observemos cuán astuto fue el diablo al escoger el lugar de la tentación. Quería tentar a Cristo hacia un orgullo ostentoso y una confianza vana en el cuidado de Dios. Por eso lo colocó en un lugar público de Jerusalén, una ciudad llena de gente y alegría de toda la tierra; lo puso en el templo, una de las maravillas del mundo, que siempre era admirado por alguien. Allí Cristo podía darse a conocer ante todos y demostrar que era el Hijo de Dios, no en la soledad de un desierto, como en la primera tentación, sino ante una multitud y en el escenario más visible.

Jerusalén es llamada la ciudad santa porque era santa de nombre y de profesión, y porque todavía permanecía allí un pueblo santo, que era la esencia de la ciudad. Pero ninguna ciudad en la tierra es tan santa que pueda protegernos del diablo y sus tentaciones. El primer Adán fue tentado en el huerto santo, y el segundo Adán, Cristo, fue tentado en la ciudad santa. Por eso debemos mantenernos alerta en todo lugar. De hecho, la ciudad santa es a menudo el lugar donde el diablo tienta con mayor eficacia al orgullo y la presunción. Sin embargo, gracias sean dadas a Dios, nada impuro entrará jamás en la Jerusalén de arriba, la ciudad santa celestial. Allí estaremos a salvo de la tentación para siempre.

Colocó a Cristo en un pináculo del templo que, según Josefo, era tan alto que cualquiera habría sentido vértigo con solo mirar hacia abajo. Los pináculos del templo son lugares de tentación de dos maneras. Primero, los lugares elevados son peligrosos. Son lugares resbaladizos. Ascender en el mundo convierte a una persona en un blanco fácil para las flechas encendidas de Satanás. Dios hace descender para luego levantar. El diablo eleva para luego derribar. Quien quiera evitar la caída debe tener cuidado de no subir demasiado.

Segundo, las posiciones elevadas dentro de la iglesia son especialmente peligrosas. Quienes tienen grandes dones, ocupan puestos importantes o han alcanzado una gran reputación necesitan mantenerse humildes. Satanás intentará inflarlos de orgullo para que caigan bajo el mismo juicio que él recibió. Quienes están en lo alto necesitan mantenerse firmes.

Entonces el diablo llevó adelante la tentación. Le dijo, en esencia: «Si eres el Hijo de Dios, muéstrate al mundo y demuéstralo. Arrójate». Primero, estaba insinuando que Cristo sería admirado como alguien que recibía una protección especial del cielo. Si caía desde semejante altura y no sufría ningún daño, la gente diría de él, como dijo de Pablo, que era un dios. La tradición cuenta que Simón el Mago intentó demostrarse dios de esa misma manera, pero quedó expuesto porque cayó y sufrió graves heridas.

Segundo, el diablo insinuaba que Cristo sería recibido como alguien que venía con un mensaje especial del cielo. Toda Jerusalén vería y aceptaría no solo que era más que un hombre, sino también que era el Mensajero del pacto, el que debía venir de pronto al templo (Malaquías 3:1) y después salir a las calles de la ciudad santa. De esa manera, el diablo parecía pensar que la obra de convencer a los judíos quedaría terminada rápidamente.

Observemos que el diablo dijo: «Arrójate». Él mismo no podía arrojar a Cristo, aunque un pequeño empujón desde lo alto de aquella torre habría sido suficiente. El poder de Satanás es limitado. Solo puede llegar hasta donde Dios se lo permite. Sin embargo, aunque el diablo hubiera arrojado a Cristo, no habría ganado. Eso habría sido el sufrimiento de Cristo, no su pecado. En cierto sentido, cualquier daño real que sufrimos es obra nuestra. El diablo solo puede persuadir, no forzar. Solo puede decir: «Arrójate». No puede arrojarnos. Cada persona es tentada cuando su propio deseo la atrae y la seduce; no es forzada, sino atraída. Por eso, no nos hagamos daño a nosotros mismos y, gracias a Dios, nadie más podrá hacernos un daño verdadero (Proverbios 9:12).

Para respaldar su propuesta, el diablo incluso recurrió a las Escrituras: «Él dará órdenes a sus ángeles acerca de ti». Pero eso no significa que Satanás no conociera las Escrituras ni que no pudiera citarlas rápidamente. Parece que sí las conocía.

Es posible que una persona conozca mucho de la Escritura de memoria y la tenga en los labios, mientras su corazón sigue lleno de odio contra Dios y contra todo lo bueno. Los demonios también conocen la Escritura, y ese conocimiento solo aumenta su maldad y su sufrimiento. El diablo nunca habló con más dolor para sí mismo que cuando le dijo a Cristo: «Sé quién eres».

El diablo quería que Cristo se arrojara desde lo alto, con la esperanza de que se destruyera y pusiera fin a su obra. Para hacer que aquello pareciera seguro, señaló la promesa de (Salmo 91:11): «Él dará órdenes a sus ángeles acerca de ti». Había algo de verdad en esa cita. Es cierto que Dios ha prometido el servicio de los ángeles para proteger a su pueblo. El diablo lo sabe por experiencia, porque sus ataques contra ellos siguen fracasando, y se enfurece por eso, tal como se enfureció por la protección que rodeaba a Job (Job 1:10).

También tuvo razón al aplicar la promesa a Cristo, porque todas las promesas destinadas a proteger al pueblo de Dios pertenecen primero y en el sentido más pleno a Cristo, y luego a ellos por medio de él. La promesa de que ninguno de sus huesos sería quebrado (Salmo 34:20) se cumplió en Cristo (Juan 19:36). Los ángeles protegen a los creyentes por causa de Cristo (Apocalipsis 7:5, Apocalipsis 7:11).

Pero hubo mucho de incorrecto en la manera en que el diablo usó la promesa. Es posible que sintiera un odio especial por ella porque muchas veces frustraba sus planes malvados contra el pueblo de Dios. La citó de manera incorrecta, y eso estuvo mal. La promesa dice: «Ellos te sostendrán», pero solo «en todos tus caminos». Si abandonamos el camino del deber y actuamos fuera de la voluntad de Dios, perdemos el derecho a esa promesa y salimos de la protección de Dios. Cristo habría estado fuera de su camino si se hubiera arrojado, porque no había recibido ningún llamado a hacerlo.

Por eso es tan bueno examinar la Escritura por nosotros mismos y no aceptar afirmaciones de segunda mano. No debemos permitir que alguien recorte partes de la palabra de Dios y las use para engañarnos. Debemos ser como los nobles de Berea, que examinaban las Escrituras todos los días.

El diablo también aplicó mal la promesa, y eso fue todavía peor. La Escritura se usa de manera abusiva cuando se emplea para apoyar el pecado. Quienes la tuercen de esa manera lo hacen para su propia destrucción (2 Pedro 3:16). La promesa es segura, pero el diablo la convirtió en una excusa para la presunción, es decir, para correr riesgos pecaminosos suponiendo que Dios nos protegerá. No es algo nuevo que la gracia de Dios se convierta en una licencia para pecar, o que las personas encuentren consuelo en el pecado debido a la bondad de Dios hacia los pecadores. Pero ¿seguiremos pecando para que la gracia aumente? ¿Nos arrojaremos desde lo alto para que los ángeles nos levanten? De ninguna manera.

Cristo venció esta tentación de la misma manera que venció la primera: diciendo «Está escrito». El mal uso que el diablo hizo de la Escritura no impidió que Cristo la usara correctamente. Cristo respondió con (Deuteronomio 6:16): «No tentarás al Señor tu Dios». Esto no significa: «Por lo tanto, no debes tentarme a mí», sino: «Por lo tanto, yo no debo tentar a mi Padre». En el contexto original, el mandamiento está en plural: «No tentarán»; pero aquí Cristo lo usa en singular: «No tentarás».

Lo más probable es que recibamos un beneficio verdadero de la palabra de Dios cuando escuchamos las promesas generales como si nos hablaran personalmente. Satanás dijo: «Está escrito», y Cristo también dijo: «Está escrito». Eso no significa que una parte de la Escritura anule otra. Dios es uno, y su palabra es una. La diferencia está en que una es una promesa y la otra es un mandamiento; la promesa debe entenderse y aplicarse a la luz del mandamiento. La Escritura es el mejor intérprete de la Escritura. Quienes la explican deben hacerlo de acuerdo con la verdad de la fe (Romanos 12:6) y con una vida práctica de piedad.

Si Cristo se hubiera arrojado desde lo alto, habría estado tentando a Dios de dos maneras. En primer lugar, habría estado pidiendo más pruebas de algo que ya se le había mostrado claramente. Cristo estaba completamente convencido de que Dios ya era su Padre, que cuidaba de él y que había dado órdenes a sus ángeles acerca de él. Exigir una nueva prueba habría sido tentar a Dios, como hicieron los fariseos cuando ya habían visto muchas señales en la tierra y aun así pidieron una señal del cielo. Eso es ponerle límites al Santo de Israel.

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Corazón Inteligencia emocional
Mateo 4:1 presenta a Jesús entrando en un desierto justo después de ser afirmado como Hijo amado. Esa cercanía entre la identidad y la prueba revela algo profundo: la tentación no significa que Dios haya … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

Mateo 4:1 presenta a Jesús entrando en un desierto justo después de ser afirmado como Hijo amado. Esa cercanía entre la identidad y la prueba revela algo profundo: la tentación no significa que Dios haya retirado su amor, ni que la vida espiritual esté fallando. A veces, incluso después de una experiencia de claridad o consuelo, llega un tiempo árido, silencioso y vulnerable. El Espíritu conduce a Jesús al desierto, pero no para abandonarlo. Allí enfrenta el hambre, la presión y las voces que intentan distorsionar quién es y cómo debe usar su poder. El relato no romantiza ese lugar: el desierto desgasta. Sin embargo, también muestra que la fidelidad puede vivirse sin respuestas rápidas ni señales extraordinarias. Jesús permanece sostenido por una verdad más profunda que la necesidad del momento: es el Hijo amado. Su prueba no borra esa identidad. Para quienes atraviesan cansancio, duda o confusión, este pasaje ofrece una compañía sobria: el desierto puede ser real, y aun así no ser la última palabra. Dios no se vuelve distante en la fragilidad; su cuidado puede estar presente de manera silenciosa, firme y paciente.

Mind
Mente Sabiduría teológica
Mateo 4:1 presenta una tensión central: Jesús es llevado por el Espíritu al desierto, pero allí es tentado por el diablo. El texto no atribuye al Espíritu la maldad de la tentación. La distinción clave … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

Mateo 4:1 presenta una tensión central: Jesús es llevado por el Espíritu al desierto, pero allí es tentado por el diablo. El texto no atribuye al Espíritu la maldad de la tentación. La distinción clave es entre conducir a una prueba y provocar al pecado. En el marco bíblico, el desierto es lugar de prueba, dependencia y revelación; también recuerda la experiencia de Israel, que fue probado durante cuarenta años. Jesús entra en ese escenario después de su bautismo, cuando ha sido declarado Hijo amado, y enfrentará qué significa vivir fielmente como Hijo. El verbo griego relacionado con “tentar” también puede expresar “poner a prueba”. Mateo enfoca aquí una confrontación real con el diablo, no una lucha simbólica meramente interior. Sin embargo, el pasaje no sugiere que Jesús estuviera moralmente inclinado al mal. Más bien muestra que su obediencia será probada bajo hambre, vulnerabilidad y presión espiritual. La escena prepara el resto del ministerio: Jesús no ejercerá su identidad mediante espectáculo, autosuficiencia o dominio egoísta, sino mediante confianza obediente en Dios. Su victoria comienza no con poder visible, sino con fidelidad en el lugar solitario.

Life
Vida Vida práctica
Mateo 4:1 muestra una verdad incómoda pero necesaria: después de un momento espiritual significativo, puede llegar una temporada de desierto. Jesús acaba de ser afirmado como Hijo amado, y enseguida el Espíritu lo conduce a … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

Mateo 4:1 muestra una verdad incómoda pero necesaria: después de un momento espiritual significativo, puede llegar una temporada de desierto. Jesús acaba de ser afirmado como Hijo amado, y enseguida el Espíritu lo conduce a un lugar de soledad y prueba. La dificultad no significa automáticamente que Dios se haya alejado; a veces forma parte de un proceso de preparación, claridad y obediencia. El versículo también distingue entre ser guiado al desierto y ser tentado por el diablo. Dios puede permitir una prueba sin ser la fuente del mal. La tentación busca desordenar la identidad, las prioridades y la confianza; pretende que una necesidad legítima se convierta en una decisión infiel. Por eso, el desierto no se atraviesa únicamente con fuerza de voluntad, sino aferrándose a lo que Dios ya declaró y permaneciendo atento a sus límites. En la vida cotidiana, esta escena invita a no tomar decisiones impulsivas durante el cansancio, la presión o la soledad. Primero conviene reconocer la temporada, cuidar lo básico y buscar apoyo sabio. La fidelidad no siempre se ve espectacular: muchas veces consiste en esperar, decir no y recordar quién se es delante de Dios.

Soul
Alma Perspectiva eterna
Mateo 4:1 sitúa a Jesús en un umbral decisivo: después de su bautismo y de la afirmación del Padre, el Espíritu lo conduce al desierto. No es un desvío accidental ni una señal de abandono. … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

Mateo 4:1 sitúa a Jesús en un umbral decisivo: después de su bautismo y de la afirmación del Padre, el Espíritu lo conduce al desierto. No es un desvío accidental ni una señal de abandono. El desierto aparece como un lugar de despojo, donde la identidad recibida debe sostenerse sin aplausos, provisiones visibles ni reconocimiento humano. El texto también distingue entre la acción del Espíritu y la del diablo. Dios puede permitir un tiempo de prueba y formar fidelidad en medio de él; el tentador, en cambio, busca deformar la confianza y separar la vocación de la obediencia. Jesús no entra al desierto para descubrir si vale algo, sino llevando ya la palabra pronunciada sobre él. Hay aquí una sobriedad importante: estar en el centro de la voluntad de Dios no significa quedar exento de conflicto. La presencia del Espíritu no siempre se manifiesta como comodidad; a veces acompaña en silencio mientras se aclaran las lealtades profundas. Mateo 4:1 prepara el camino para mostrar que la misión de Jesús no nacerá del poder, la exhibición ni el control, sino de una confianza arraigada en Dios.

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healing Aplicación para la restauración de la salud

Mateo 4:1 presenta a Jesús entrando en un desierto y enfrentando tentación, una imagen que puede iluminar las temporadas de estrés, soledad y vulnerabilidad emocional. El pasaje no enseña que Dios cause el sufrimiento ni que la ansiedad, la depresión o las reacciones relacionadas con un trauma sean señales de poca fe. Más bien, reconoce que incluso una persona profundamente comprometida con Dios puede atravesar momentos de intensa presión.

En la salud mental, los “desiertos” pueden incluir aislamiento, pérdidas, conflictos, agotamiento, discriminación o cambios importantes. Durante estas etapas, conviene distinguir entre la reflexión voluntaria y el aislamiento dañino. Mantener rutinas básicas de sueño, alimentación, movimiento y contacto con personas confiables puede ayudar a regular el sistema nervioso. Las prácticas de respiración lenta, atención plena y oración pueden complementar —no reemplazar— la psicoterapia, la evaluación médica o los medicamentos indicados.

La tentación también puede entenderse como la presión de responder al dolor con conductas que ofrecen alivio inmediato pero causan daño después. Reconocer esas señales sin vergüenza permite buscar apoyo temprano. La fe puede sostener la esperanza y el sentido, mientras que profesionales capacitados ayudan a procesar trauma, ansiedad o depresión con seguridad y herramientas basadas en evidencia. Si existe peligro inmediato, en Estados Unidos se puede llamar o enviar un mensaje al 988 en español.

info Aplicaciones erróneas comunes que debes evitar expand_more

Mateo 4:1 no enseña que toda crisis, abuso, enfermedad mental o dificultad económica sea enviada por Dios para “probar” a alguien, ni que resistir la tentación elimine automáticamente el sufrimiento. Usar este versículo para presionar a una persona a soportar violencia, abandonar tratamiento, rechazar medicamentos o ignorar necesidades básicas puede causar daño. También es una señal de alerta interpretar los pensamientos intrusivos, la depresión, la ansiedad o una experiencia espiritual intensa como evidencia segura de posesión o fracaso moral. La positividad tóxica y la evasión espiritual aparecen cuando se imponen frases como “solo hay que tener fe” para evitar el duelo, la responsabilidad o la atención clínica. La fe puede acompañar el proceso, pero no sustituye evaluación profesional. Ante riesgo de autolesión, desconexión de la realidad o incapacidad para cuidarse, se necesita apoyo inmediato de servicios de emergencia o de un profesional de salud mental en Estados Unidos.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa Mateo 4:1?
Mateo 4:1 relata que Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. El versículo presenta el comienzo de una prueba importante antes de su ministerio público. Jesús no fue llevado allí porque hubiera pecado, sino dentro del propósito de Dios. En el desierto enfrentó tentaciones reales y permaneció fiel. Este pasaje muestra tanto la realidad del conflicto espiritual como la obediencia de Jesús.
¿Por qué es importante Mateo 4:1?
Mateo 4:1 es importante porque prepara al lector para entender cómo Jesús responde a la tentación. Después de su bautismo, Jesús entra en un tiempo de prueba y enfrenta al diablo sin apartarse de la voluntad de Dios. El versículo también recuerda que las pruebas pueden formar parte de una etapa significativa de la vida espiritual. Jesús aparece como el Hijo obediente, capaz de mantenerse firme donde otros han fallado.
¿Cuál es el contexto de Mateo 4:1?
El contexto de Mateo 4:1 comienza en Mateo 3, donde Jesús es bautizado y el Espíritu de Dios desciende sobre él. Después, el Espíritu lo lleva al desierto, y los versículos siguientes describen tres tentaciones del diablo. El capítulo 4 conecta la identidad de Jesús como Hijo de Dios con su obediencia práctica. Más adelante, Jesús comienza a anunciar el reino de los cielos y a llamar a sus primeros discípulos.
¿Qué enseña Mateo 4:1 sobre la tentación?
Mateo 4:1 enseña que ser tentado no es lo mismo que pecar. Jesús fue probado, pero no cedió a la tentación. El versículo también muestra que una persona puede enfrentar luchas espirituales aun cuando está buscando obedecer a Dios. La tentación puede presentarse en momentos de transición, cansancio o preparación. Este pasaje invita a reconocer la realidad de la lucha sin asumir que toda prueba significa que Dios ha abandonado a alguien.
¿Cómo puedo aplicar Mateo 4:1 a mi vida?
Puedes aplicar Mateo 4:1 recordando que las pruebas no determinan tu valor ni significan automáticamente que has hecho algo malo. Cuando enfrentes presión o tentación, busca permanecer cerca de Dios, examina tus decisiones a la luz de la Biblia y evita aislarte de personas maduras en la fe. El ejemplo de Jesús anima a responder con obediencia y confianza. También recuerda que enfrentar una tentación no exige ceder ante ella.

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